Fedor Dostoiewski

EL ADOLECENTE

PRIMERA PARTE

CAPITULO PRIMERO

Sin resistir más, empiezo (1) a escribir esta historia de mis primeros pasos en la carrera de la vida. Y sin embargo, muy bien podría pasarme sin esto. Una cosa es segura: que ya nunca más escribiré mi autobiografía, aunque tenga que vivir cien años. Hay que estar prendado muy bajamente de uno mismo para hablar así sin avergonzarse. La sola excusa que me doy, es que no escribo por el mismo motivo que todo el mundo, es decir, para obtener las alabanzas del lector. Si de repente se me ha ocurrido anotar palabra por palabra todo to que me ha pasado desde ei año anterior, es por una necesidad íntima: ¡tan impresionado me he quedado por los hechos acaecídos! Me limito a registrar los acontecimientos, evitando con todas mis fuerzas lo que les es ajeno, y sobre todo los artificios literarios; un literato se lleva escribiendo treinta años, y al final ignora por qué ha escrito tanto tiempo. No soy literato ni quiero serlo. Arrastrar la intimidad de mi alma y una bonita descripción de mis sentimientos por el mercado literario sería a mis ojos una inconveniencia y una bajeza. Preveo no obstante, no sin disgusto, que será probablemente imposible evitar del todo las descripciones de sentimientos y las reflexiones (quizás incluso vulgares): ¡tanto desmoraliza al hombre todo trabajo literario, hasta el emprendido únicamente para sí! Y estas reflexiones pueden aún ser muy vulgares, porque to que uno estima puede muy bien no tener valor alguno para un extraño. Pero quede diçho todo esto entre paréntesis. He aquí hecho mi prefacio: no habrá nada más por el estilo. ¡Manos a la obra! Aunque no haya nada más embarazoso que emprender una obra, y quizás el poner manos a la obra en general.

 

II

Comienzo; es decir, querría comenzar mis memorias en la fecha del 19 de septiembre del año pasado (2), o sea precisamente el día en que por primera vez me encontré con...

Pero explicar con quién me encontré, así como así, de buenas a primeras, cuando nadie sabe nada, será una vulgaridad; este tono mismo, a mi parecer, es ya vulgar: después de haberme jurado evitar los adornos literarios, he aquí que caigo en ellos desde la primera línea. Además, para escribir de manera sensata, no basta con quererlo. Haré notar también que no hay, estoy convencido, una sola lengua europea que sea tan difícil para escribir como el ruso. Acabo de releer lo que he escrito hace un instante, y veo que soy mucho más inteligente que lo que ha quedado escrito. ¿Cómo puede suceder esto de que las cosas enunciadas por un hombre inteligente sean infínitamente más estúpidas que lo que se queda en su cerebro? Lo he notado más de una vez en mí y en mis relaciones orales con los demás hombres durante todo este último año fatal, y me he sentido bien atormentado por eso.

Aunque comience en la fecha del 19 de septiembre, diré sin embargo en dos palabras quién soy, dónde he estado antes de esa fecha y por añadidura lo que yo podía tener en la cabeza, a lo menos parcialmente, en aquella mañana del 19 de septiembre, para que todo sea más inteligible al lector, y quizás a mí mismo también.

 

III

Soy un antiguo bachiller, y heme aquí ahora con veintiún años cumplidos. Me llamo Dolgoruki, y mi padre legal es Makar Ivanov (3) Dolgoruki, ex siervo criado de los señores Versilov. Así pues, soy hijo legítimo, aunque ilegítimo en el más alto grado, no cabiendo la menor duda sobre mi origen. He aquí cómo fue la cosa: hace veintidós años, el propietario Versilov (mi padre), que entonces tenía veinticinco años, visitó sus propiedades de la provincia de Tula. Supongo que en aquella época era todavía un ser de escasa personalidad. Es curioso cómo este hombre que me ha impresionado tanto desde mi infancia, que ha tenido una influencia tan capital en la formación de mi alma y que, por mucho tiem.po quizá, ha contaminado todo mi porvenir, siga siendo para mí, incluso hoy y en una infinidad de puntos, un verdadero enigma. Pero volveremos sobre eso más tarde. No es tan fácil de referir. Pero, de todas formas, mi cuaderno entero estará lleno de este hombre.

En aquella época, a los veinticinco años, acababa de perder a su mujer. Era una muchacha del gran mundo, pero no muy rica, una Fanariotova, y él tenía de ella un hijo y una hija. Mis noticias sobre esa esposa desaparecida tan pronto son bastante incompletas y se pierden en el conjunto de mis materiales; por lo demás, muchas circunstancias de la vida de Versilov se me han escapado, hasta tal punto se ha mostrado siempre conmigo orgulloso, altivo, reservado y negligente, a pesar de una especie de humildad, pasmosa a veces, hacia mí. Menciono sin embargo, a título de indicación, que ha gastado en el curso de su existencia tres fortunas a incluso bastante grandes, por un total de más de cuatrocientos mil rublos (4) y quizá me quedo corto. Ahora, naturalmente, no tiene ya un copec. . .

Pues sucedió que fue a sus propiedades "Dios sabe por qué"; por lo menos así es como.se explicó él más tarde conmigo. Sus hijitos no estaban con él, sino en casa de parientes, según su costumbre; así es como se comportó toda la vida con su prole, legítima o ilegítima. Había en aquella hacienda una gran cantidad de criados: entre ellos, el jardinero Makar Ivanov Dolgoruki. Agregaré aquí, para no tener que volver sobre lo mismo, lo siguiente: pocas personas han podido maldecir su apellido tanto como yo lo he hecho a lo largo de toda mi vida. Era una cosa estúpida, pero era así. Cada vez que yo entraba en una escuela o me encontraba con gente a la que mi edad me obligaba a rendir cuentas, en una palabra, cada maestro de escuela, preceptor, censor, cura, no importa quién, después de haberme preguntado el nombre y de haberse enterado de que yo era Dolgoruki, experimentaba la necesidad de añadir:

-¿El príncipe Dolgoruki?

Y cada una de las veces me veía obligado a explicarles a todos aquellos holgazanes:

-No, Dolgoruki tout court (5).

Aquel tout court terminó por volverme loco. Anotaré como una especic de fenómeno que no me acuerdo de una sola excepción: todos me hacían la pregunta. Algunos, indudablemente, la hacían sin el menor interés; por lo demás, no sé qué podía interesar aquello a quienquiera que fuese. Pero todos lo hacían, todos, hasta el último. Al enterarse de que yo era simplemente Dolgoruki, el interrogador me examinaba de ordinario con una mirada obtusa y estúpidamente indiferente, poniendo de manifiesto que él mismo no sabía por qué me había interrogado, y se iba. Pero los más ofensivos eran los camaradas de la escuela. ¿Cómo pregunta un escolar a un novato? El novato, aturdido y confuso, el primer día de su entrada en la escuela (en no importa qué escuela) es la víctima propiciatoria en general: se le ordena, se le irrita, se le trata como a un criado. Un mocetón lleno de salud se planta de repente delante del infeliz, bien cara a cara, y lo observa algunos instantes con ojos severos a insolentes. El nuevo se mantiene delante de él en silencio, le mira a hurtadillas, si no es un cobarde, y aguarda los acontecimientos.

-¿Cómo te llamas?

-Dolgoruki.

.¿Príncipe Dolgoruki?

-No, Dolgoruki a secas.

-¡Ah!... ¡a secas! ¡Idiota!

Y tienen razón: nada más estúpido que llamarse Dolgoruki cuando no se es príncipe. Esa estupidez la arrastro conmigo sin que haya culpa por mi parte. Más tarde, cuando empecé a enfadarme seriamente, ante la pregunta "¿Eres príncipe?", respondía siempre:

-No, soy hijo de un criado, antiguo siervo.

Más tarde todavía, cuando llegué por fin a encolerizarme, a la pregunta "¿Es usted príncipe?", respondî firmemente un día:

-No, Dolgoruki a secas, hijo natural de mi antiguo señor, el caballero Versilov.

Fue en clase de retórica donde hice ese descubrimiento y, aunque me convencí pronto de que era una tontería, no renuncié en seguida. Me acuerdo de que uno de los profesores - por lo demás, el único - descubrió que yo estaba "lleno de ideas de venganza y de civismo". De una manera general, se acogió aquella salida con una seriedad un poco ofensiva para mí. Por fin uno de mis camaradas, un bajito muy mordaz con el cual yo apenas hablaba más de una vez al año, me dijo con aire profundo, pero mirándome ligeramente de costado:

-Esos sentimientos le honran a usted, desde luego, y, sin duda alguna, tiene motivos para estar orgulloso. Sin embargo, en su lugar, yo no me jactaría tanto de ser hijo natural... ¡Se diría en realidad que está usted en una situación envidiable!

Desde entonces cesé de jactarme de mi ilegitimidad.

Lo repito, es difícil escribir en ruso: he ennegrecido ya tres hojas de papel para explicar cómo he abominado toda mi vida de mi apellido, y el lector ha sacado seguramente la conclusión de que lo único que me pasa es que estoy rabioso por no ser príncipe, sino sencillamente Dolgoruki a secas. No me rebajaré a explicarme ni a justificarme una vez más.

 

IV

Así pues, entre aquella servidumbre que era legión, además de Makar Ivanov se hallaba una muchacha que tenía ya los díeciocho años cuando Makar Dolgoruki, a los cincuenta, manifestó de repente la intención de casarse con ella. En el régimen de servidumbre, los casamientos entre siervos domésticos se realizaban, como se sábe, con autorización de los señores, a veces incluso por orden de los mismos. En la propiedad habitaba entonces una tía; a decir verdad, no era tía mía, sino la señora del castillo; solamente que, no sé por qué, todo el mundo la llamaba tía, tía en general, y lo mismo ocurría entre los Versilov, con los cuales, por lo demás, puede que estuviera emparentada. Era Tatiana Pavlovna Prutkova. Poseía aún en aquella época, en la misma provincia y en el mismo distrito, treinta y cinco "almas" (6) de su propiedad exclusiva. Adrninistraba, o vigilaba más bien, a título de vecina, la hacienda de Versilov (quinientas almas), y aquella vigilancia, por lo que he oído decir, era tan eficaz como la de no importa qué intendente especialmente instruido. Por lo demás sus conocimientos no me interesan en absoluto; quiero agregar solamente, rechazando todo pensamiento de alabanza y de adulación, que esta Tatiana Pav1ovna es una criatura noble y hasta original.

Fue, pues, ella quien, lejos de contrariar las inclinaciones matrimoniales del sombrío Makar Dolgoruki (parece que era muy sombrío), las animó en el más alto grado. Sofía Andreievna (aquella sierva de dieciocho años, mi madre) era huérfana desde hacía varios años; su padre, que sentía por Makar Dolgoruki un respeto extraordinario y le estaba, no sé por qué, muy agradecido, siervo él también, al morir seis años antes, en su lecho de muerte, y se pretende incluso que un cuarto de hora antes de entregar el último suspiro, tanto que se podría haber visto en aquello, en caso de necesidad, un efecto del delirio si no hubiese sido ya incapaz como tal siervo, había llamado a Makar Dolgoruki y, delante de todo el personal y en presencia del sacerdote, le había expresado en voz alta y apremiante aquella última voluntad, señalándole a su hija:

-¡Edúcala y tómala por esposa!

Aquellas palabras fueron oídas por todo el mundo. En lo que concierne a Makar Ivanov, ignoro con qué sentimientos se casó seguidamente, si con gran placer o solamente para cumplir un deber. Lo más probable es que presentara el aire exterior de una perfecta indiferencia. Era un hombre que, ya entonces, sabía adoptar una pose. Sin estar versado en las Escrituras ni ser un letrado (se sabía de memoria todos los oficios y sobre todo algunas vidas de santos, pero principalmente de oídas), sin ser una especie de razonador de profesión, tenía sencillamente un carácter resuelto, a veces incluso aventurero; hablaba con aplomo, tenía juicios categóricos y, en una palabra, " vivía respetablemente", según su pasmosa expresión. He ahí la clase de hombre que era entonces. Naturalmente, disfrutaba del respeto universal, pero, se dice, se hacía insoportable a todo el mundo. Todo cambió cuando salió de la casa: no se habló ya de él más que como de un santo y un mártir. Todo esto lo sé de buena fuente.

Por lo que se refiere al carácter de mi madre, Tatiana Pavlovna la guardó a su vera hasta que cumplió los dieciocho años, a pesar del intendente, que quería ponerla como aprendiza en Moscú, y le dio alguna educación, es decir, le enseñó la costura, el corte, las buenas maneras a incluso le hizo aprender un poco a leer. En lo que se refiere a escribir, mi madre no llegó a hacerlo nunca pasablemente. A sus ojos, aquel matrimonio con Makar Ivanov era desde hacía mucho tiempo una cosa resuelta y todo lo que le sucedió entonces le pareció excelente y perfecto; se dejó conducir al altar con la fisonomía más tranquila que se pueda tener en caso semejante, tanto que la misma Tatiana Pavlovna la trató entonces de "pava". Por esta misma Tatiana Pavlovna me he enterado de lo que concíerne al carácter de mi madre en aquella época. Versilov llegó a sus tierras exactamente seis meses después de aquel matrimonio.

 

V

Quiero indicar solamente que jamás he podido saber ni adivinar de manera satisfactoria cómo comenzaron las cosas entre él y mi madre. Estoy totalmente dispuesto a creer, como él mismo me lo aseguró el año pasado, con rubor en las mejillas, aunque me hiciera todo el relato con el aire más desenvuelto y más "espiritual", que no hubo a11í ni la novela más mínima, y que todo pasó "como pasan esas cosas". Creo que es verdad, y el "como pasan esas cosas" es una expresión encantadora. A pesar de todo, siempre he tenido deseos de saber cómo pudo iniciarse aquello. Esas porquerías siempre me han inspirado horror y me lo siguen inspirando. No, desde luego no es porque haya curiosidad malsana por mi parte. Haré notar que hasta el año pasado no he conocido a mi madre, por así decirlo; desde la infancia he estado confiado a extraños, para mayor comodidad de Versilov (más tarde se tratará de eso), y por consiguiente soy incapaz de figurarme la fisonomía que ella pudiera tener entonces. Si no era hermosa, ¿qué había en ella que pudiese seducir a un hombre como Versilov? Esta cuestión es importante para mí, porque este hombre se dibuja aquí en un aspecto extremadamente curioso. He ahí por qué me planteo la pregunta, y no por perversión. Él mismo, este hombre sombrío y reservado, me decía, con esa amable ingenuidad que se sacaba Dios sabe de dónde (como se saca un pañuelo del bolsillo) cuando le era necesario, que, por aquel entonces, no era más que "un cachorrillo estúpido" y, sin ser sentimental, acababa de leer, " como quien no quiere la cosa", Antonio el Desgraciado (7) y Paulina Saxe (8), dos producciones literarias que han tenido un inapreciable influjo civilizador sobre la generación de aquellos tiempos. Agregaba que había sido quizás a causa del personaje de Antonio por lo que había vuelto al campo, y decía eso muy seriamente. ¿En qué forma aquel "cachorrillo estúpido" pudo entrar en relaciones con mi madre? Acabo de pensar que, si yo tuviese solamente un lector, éste no dejaría de prorrumpir en carcajadas a mis expensas: ridículo adolescente que, conservando su tonta inocencia, pretende razonar sobre cosas de las que no entiende ni jota. Sí, desde luego, todavía no entiendo nada de eso, y lo confieso sin el menor orgullo, porque sé hasta qué punto esta inexperiencia es algo estúpido en un chicarrón de veinte años; solamente que diré a ese señor que tampoco él entiende nada y se lo probaré. Es cierto que en cuestión de mujeres no sé nada, y nada quiero saber, porque me burlaré de ellas toda mi vida, me lo he jurado decididamente. Y sé sin embargo que una mujer puede encantarle a uno con su belleza, o sabe Dios con qué, en un abrir y cerrar de ojos; a otra, hace falta estarla trabajando seis meses antes de comprender lo que lleva en la mollera; a la de más a11á, para verla del todo y quererla, no basta con mirarla, no basta con estar dispuesto a todo. Hace falta además ser un superdotado. Estoy convencido de ello, aunque no entienda nada; de no ser así, se necesitaría de golpe y porrazo rebajar a todas las mujeres a la categoría de simples animales domésticos y no mantenerlas cerca de uno más que en esta forma. Eso es lo que querría quizá muchísima gente.

Lo sé positivamente por varios conductos, mi madre no era una belleza, aunque yo no haya visto jamás su retrato de aquellos tiempos, retrato que existe en alguna parte. Prendarse de ella a la primera mirada era pues imposible. Para una simple "distracción", Versilov podía elegir a otra cualquiera, y había una, en efecto, una jovencita, Anfisa Constantinovna Sapojkova, una criadita. Por lo demás, para un hombre que llegaba allí con el desgraciado Antonio, atentar, en virtud del derecho señorial, contra la felicidad conyugal de su siervo, habría resultado muy vergonzoso a sus propios ojos, puesto que, lo repito, apenas hace unos meses, es decir, después de transcurridos veinte años, hablaba aún de aquel infeliz Antonio con una seriedad extraordinaria. Ahora bien, a Antonio no le habían quitado más que el caballo, y no la mujer. Sucedió, pues, alguna cosa rara, en detrimento de la señorita Sapojkova (a mi entender, para ventaja de ella)j Una o dos veces, el año pasado, en los momentos en que se podía hablar con él, cosa que no ocurría todos los días, le hice estas preguntas y noté que, a pesar de toda su cortesía y a veinte años de distancia, se hacía rogar largo rato antes de decidirse a hablar. Pero yo lograba mi propósito. Por lo menos, con aquella desenvoltura mundana que se permitía conmigo muchas veces, esbozó un día cosas muy extrañas: mi madre era una de esas personas sin defensa a las que no se puede querer, ¡desde luego que no!, pero que de repente, sin que se sepa por qué, suscitan un sentimiento de lástima, a causa de su dulzura. ¿A causa de qué en realidad? Nunca se sabe con seguridad. Pero la lástima perdura; a fuerza de lástima, se siente uno ligado... "En una palabra, pequeño, sucede incluso que no es posible ya zafarse." Eso es to que él me dijo. Y si las cosas ocurrieron realmente de aquella manera, me veo obligado a ver en él algo muy distinto al cachorrillo estúpido de que él mismo habla, refiriéndose a cómo era en aquella época. Esto es todo lo que yo quería hacer constar.

Por lo demás, se puso en seguida a asegurarme que mi madre lo había querido por "humildad"; un poco más, y ya iba a inventar que "por obediencia servil". Mentía por dárselas de elegante, mentía contra su propia conciencia, contra toda norma de honor y de generosidad.

Todo esto, desde luego, lo he escrito, pudiera decirse, en alabanza de mi madre, y sin embargo, como ya lo he declarado, ignoro en absoluto to que ella fuese entonces. Es más, conozco muy bien la impermeabilidad del ambiente y de las nociones lastimosas entre las cual.es ella se ha enranciado desde su infancia y entre las cuales ha pasado a continuación toda su existencia. A pesar de todo, la desgracia terminó por consumarse. A propósito, una rectificación: me he perdido entre las nubes y he olvidado un hecho que, por el contrario, era preciso hacer resaltar: todo se inició entre ellos precisamente por la desgracia. (Espero que el lector no se pondrá a fingir ahora que no comprende todo aquello de lo que inmediatamente quiero hablar.) En una palabra, aquellos comienzos fueron señoriales, aunque la señorita Sapojkova hubiese sido dejada a un lado. Pero aquí intervengo yo y declaro anticipadamente que no me contradigo en lo más mínimo. ¿De qué, gran Dios, de qué podía en aquella época hablarle un hombre como Versilov a una persona como mi madre, ni siquiera en el caso de un amor irresistible? Les he oído decir a personas libertinas que muy frecuentemente el hombre, al abordar a la mujer, empieza sin pronunciar una palabra, lo que es evidentemente el colmo de la monstruosidad y del cinismo; Versilov, aunque lo hubiese querido, no habría podido, creo yo, empezar de otra manera con mi madre. ¿Podría empezar explicándole el argumento de Paulina Saxe? Sin contar con que la literatura rusa era la menor preocupación de ambos; según sus propias palabras (un día que se franqueó conmigo), se ociltaban en los rincones, se acechaban el uno al otro en las escaleras, rebotaban lejos, como globos, con las mejillas rojas, si alguien pasaba, y el "tirano" temblaba delante de la última de las lavanderas, a pesar de todos sus derechos feudales. Si las cosas empezaron a la manera señorial, continuaron del mismo modo, pero no completamente, y en el fondo no hay que buscar explicaciones. No servirían más que para espesar las tinieblas. Las proporciones que tomó el amor de la pareja son ya un enigma, puesto que la primera cualidad de individuos como Versilov es la de dejarlo todo plantado una vez conseguido su objetivo. Pero aquí ocurrió de otra forma. Pecar con una bonita sierva pazguata (y no es que mi madre fuera tonta), para un " cachorrillo" libertino (todos eran libertinos, todos, hasta el último, progresistas y retrógrados) es cosa no solamente posible, sino incluso inevitable, sobre todo si se piensa en su situación novelesca de viudo joven y a sus anchas. Pero quererla toda la vida, es demasiado. No garantizo que él la haya querido; pero que la ha arrastrado detrás de él toda su vida, es un hecho.

He hecho muchas preguntas, pero hay una, la más ímportante, que no me he atrevido a hacerle a mi madre de una manera formal, aunque me haya compenetrado mucho con ella el año pasado y, aunque hijo grosero a ingrato que juzga que se es culpable ante él, no me haya enfadado con ella en absoluto. En cuanto a la pregunta, hela aquí: ¿cómo pudo ella, casada no hacía más que seis meses y aplastada bajo todas las ideas sobre la santidad del matrimonio, aplastada como una mosca sin defensa, ella que respetaba a su Makar Ivanovitch como una especie de Dios, cómo pudo, en quince días escasos, caer en semejante pecado? No se trataba sin embargo de una mujer descarriada. A1 contrario, to diré ahora anticipadamente, sería difícil representarse un alma más pura, como lo ha sido durante toda su vida. La sola explicación es que obró sin darse cuenta de lo que hacía, sin tener conciencia de ello, no en el sentido en que los abogados de hoy en día lo dicen de sus asesinos o de sus ladrones (9), sino bajo una de esas impresiones fuertes que, en una víctima un poco simplota, la arrastran fatal y trágicamente. ¿Quién sabe? Tal vez ella le amó hasta la locura, amó el porte de sus trajes, la raya a la parisiense de sus cabel.los, su pronunciación francesa, sí, francesa, de la cual ella no comprendía ni jota, la romanza que él cantó al piano. Amó algo que ella no había visto ni oído jamás (él era un hombre muy guapo) y de golpe y porrazo lo amó de cuerpo entero, hasta el desfallecimiento, lo amó con sus trajes y sus romanzas. He oído decir que esto les sucedía a veces a siervas jóvenes en la época de la servidumbre, a incluso a las más honradas. Lo comprendo. Vergüenza para quien lo explique únicamente por la servidumbre y "la humildad". Así pues, aquel joven pudo tener bastante fuerza y seducción para atraer a una criatura hasta entonces tan pura, y sobre todo a una criatura tan perfectamente extraña a su naturaleza, procediendo de un mundo muy distinto y de una tierra muy diferente, pudo atraerla a un abismo tan manifiesto. Que aquello era un abismo, espero que lo comprendió mi madre en todo momento; solamente que mientras caminaba hacía él no pensaba en eso; estos seres "sin defensa" son siempre los mismos: saben que el abismo está ahí y corren hacia él.

Cometido el pecado, se arrepintieron inmediatamente. Él me ha contado con bastante ingeniosidad cómo sollozó sobre el hombro de Makar Ivanovitch, llamado expresamente para eso a su despacho, mientras que ella, durante aquel tiempo... Ella estaba acostada en algún sitio sin conocimiento, en su cuartito de sierva...

 

VI

Pero ya he hablado bastante de estas cuestiones y de estos detalles escandalosos. Versilov rescató a mi madre, comprándosela a Makar Ivanov, se marchó precipitadamente y desde entonces, como ya he escrito más arriba, la arrastró tras él casi por todas partes, salvo cuando se ausentaba por mucho tiempo: entonces la dejaba casi siempre encomendada a los buenos cuidados de la tía, es decir, de Tatíana Pavlovna Prutkova, que en aquellas ocasiones se encontraba siempre presente. Pasaban temporadas en Moscú, las pasaban en toda clase de otros dominios o villas, a incluso en el extranjero, y por fin en Petersburgo. Hablaré de eso más tarde o bien no hablaré en absoluto. Diré solamente que un año después de la separación de Makar Ivanovitch vine yo al mundo; un año después de mí nacimiento, vino mi hermana; luego, diez a once años más tarde, mi hermano menor, un niño enfermizo que murió al cabo de pocos meses. Aquellos partos dolorosos pusieron fin a la belleza de mi madre. Por ro menos eso es lo que se me ha dicho: empezó a envejecer y a debilitarse rápidamente.

Pero con Makar Ivanovitch las relaciones no cesaron jamás. O bien estuviesen pasando temporadas los de Versilov, o bien viviesen varios años seguidos en el mismo sitio o viajasen, Makar Ivanovitch no dejaba de enviar noticias suyas "a la familia". Se constituyeron así relaciones singulares, un poco solemnes y casi serias. Entre señores, fatalmente se habría mezclado en aquello algo de cómico, lo sé muy bien; pero en este caso, ni hablar de eso. Las cartas llegaban dos veces al año, ni más ni menos, asombrosamente parecidas las unas a las otras. Las he visto; no contienen casi nada de índole personal; por el contrario, en todo lo posible, únicamente informaciones ceremoniosas sobre los acontecimientos más genetales y los sentimientos más generales también, si es lícito expresarse así a propósito de sentimientos: noticias de su salud, luego preguntas sobre la salud del destinatario, luego votos de felicidad, saludos y bendiciones ceremoniosas, y pare usted de contar. Esta generalización y esta impersonalidad constituyen, a mi entender, el buen tono y el savoir vivre de aquel ambiente. "A nuestra amable y respetada esposa Sofía Andreievna dirijo nuestro más humilde saludo..." "A nuestros queridos hijos envío nuestra bendición paternal inalterable por siempre." Seguían todos los nombres de los hijos, en el orden en que se habían ido acumulando, yo incluido. Anotaré aquí que Makar Ivanovitch tenía la suficiente inteligencia para no calificar a "Su nobleza el muy respetado señor Andrés Petrovitch" como "bienhechor" suyo, pero en cada carta le dirigía invariablemente sus más humildes saludos, pidiéndole su bendición a impetrando para él la gracia de Dios. Las respuestas a Makar Ivanovitch eran remitidas prontamente por mi madre, redactadas siempre en el mismo estilo. Versilov no participaba en la correspondencia. Makar Ivanovitch escribía desde todos los rincones de Rusia, desde las ciudades y desde los monasterios donde residía, a veces durante mucho tiempo. Llegó a convertirse en un "errabundo" (10). No pedía nunca nada; pot el contrario, tres veces al año venía sin falta a casa y se detenía en las habitaciones de mi madre, que siempre resultaba tener entonces un apartamiento exclusivo para ella, distinto del ocupado pot Versilov. Tendré que volver más tarde sobre este particular, pero anotaré aquí solamente que Makar Ivanovitch no se tendía a pierna suelta en los divanes del salón, sino que se instalaba modestamente en algún sitio detrás de un biombo. No se quedaba mucho tiempo: cinco días, una semana.

Se me ha olvidado decir que él amaba y respetaba mucho el apellido de Dolgoruki. Naturalmente, es una estupidez ridícula. Lo más ridículo es que aquel nombre le agradaba precisamente porque hay príncipes Dolgoruki. ¡Extraña idea, lo más contrario al sentido común!

He dicho que la familia estaba siempre completa: ni que decir tiene que sin mí. Yo había sido, por decirlo así, como arrojado pot la borda y colocado, casi inmediatamente después de mi nacimiento, en casa de extraños. No hubo en eso la menor intención; fue una cosa que se produjo con la mayor naturalidad. Cuando me trajo al mundo, mi madre era todavía joven y hermosa: a él le servía por tanto para algo, y un niño de pecho resultaba muy molesto, sobre todo en los viajes. He ahí cómo se explica que, hasta no cumplir los veinte años, no vi, por decirlo así, a mi madre fuera de dos o tres ocasiones pasajeras. La falta no podía achacársele a los sentimientos de mi madre, sino a la actitud altiva de Versilov hacia la gente.

 

VII

Pasemos ahora a otra cosa.

Hace un mes, es decir, un mes antes del diecinueve de septiembre en Moscú, resolví renunciar a todos ellos y retirarme definitivamente dentro de mi idea. Escribo a propósito "retirarme dentro de mi idea", porque esta expresión puede significar todo mi pensamiento esencial, por lo que sigo estando vivo. En cuanto a lo que sea " mi idea", no haré más que hablar con mucha extensión en lo que sigue. En la soledad soñadora de mis largos años de Moscú se ha formado en mí desde los primeros años de estudio y desde entonces no me ha abandonado un instante. Ha devorado toda mi existencia. También antes de concebirla, yo vivía en el sueño, he vivido desde mi infancia en un reino encantado de un cierto matiz, pero, con la aparición de esa idea esencial y devoradora, mis sueños se han consolidado y han revestido de golpe y porrazo una forma determinada: absurdos que eran, se han hecho sensatos. El Instituto no impedía los sueños; tampoco impidió la llegada de la idea. Añadiré sin embargo que mi último curso fue malo, mientras que en todas las clases hasta entonces yo había estado en los primeros puestos: aquello se debió a esa misma idea, a la consecuencia tal vez falsa que extraje de ella. Así pues el Instituto no molestó a la idea, pero la idea molestó al Instituto. Molestó también a la Universidad. Salido del Instituto, tuv a inmediatamente la intención de romper de una manera radical no sólo con todos los míos, sino, si era preciso, con el mundo entero, aunque no tuviese aún más que veinte años. Escribí sin ambages, a Petersburgo, que se me dejase definitivamente tranquilo, que no se enviase más dinero para mi sostenimiento, y, que si era posible, se me olvidase del todo (en el caso, claro es, en que se acordasen un poco de mí), y, en fin, que "por nada de este mundo" entraría yo en la Universidad. El dilema que se me planteaba era ineluctable: o bien la Universidad y la continuación de mis estudios, o bien retrasar cuatro años todavía la puesta en práctica de mi "idea". Tomé sin vacilar el partido de mi idea, porque yo estaba convencido matemáticamente. Versilov, mi padre, al que yo solamente había visto una vez en mi vida, por espacio de un instante, cuando yo tenía diez años (y que con aquel instante había tenido tiempo para dejarme estupefacto), Versilov, en respuesta a mi carta, que por lo demás no había estado dirigida a él, me llamó a Petersburgo con un billete escrito de su puño y letra, prometiéndome un empleo en casa de un señor particular. Aquella invitación de un hombre seco y orgulloso, lleno de altivez y de negligencia respecto a mí y que hasta entonces, después de haberme engendrado y abandonado en manos de desconocidos, no solamente no me había tratado, sino que ni siquiera se había arrepentido jamás (¿quién sabe?, quizá de mi propia existencia no tenía más que una noción vaga a imprecisa, puesto que, como se reveló más tarde, no era él el que entregaba el dinero necesario para mi estancia en Moscú, sino otras personas); la invitación de aquel hombre, digo, acordándose de mí de repente y honrándome con una carta autógrafa, esta invitación, al halagarme, decidió mi suerte. Cosa singular, lo que me agradó entre otros detalles en su billete (una paginita de formato pequeño) era que no decía una palabra de la Universidad, no me pedía que cambiase de intención, no me censuraba por no querer proseguir mis estudios, en una palabra, no usaba ninguno de los sermones paternales que son obligados en semejantes casos: y sin embargo era aquello precisamente lo que estaba mal de su parte, al testimoniar aún más su indiferencia hacia mí. Resolví partir por otro motivo además, el que aquello no dificultaba en nada mi sueño principal: " Ya veremos qué pasará: en todo caso, me ligaré con ellos únicamente durante algún tiempo, y quizá muy breve. En cuanto que me dé cuenta de que este viaje, por condicional a insignificante que sea, me aleja sin embargo de lo esencial, romperé inmediatamente, lo abandonaré todo y volveré a entrar en mi concha." ¡En mi concha, qué bien está eso! "Me acurrucaré en ella como la tortuga"; la comparación me agradaba enormemente. "No estaré solo", continuaba yo haciendo mis cálculos mientras corría de un extremo a otro de Moscú durante aquellos días como una ardilla; "ya nunca estaré solo, como lo he estado hasta aquí durante tantos años espantosos: tendré conmigo mi idea, a la que no traicionaré jamás, aunque me agradasen todos los de por allá, aunque me diesen la felicidad más completa y aunque viviera con ellos diez años". He ahí la impresión, lo digo anticipadamente, he ahí la dualidad de planes y de objetivos que, esbozada ya en Moscú, no me abandonó ni un solo instante en Petersburgo (no sé si ha habido un solo día en Petersburgo que no me lo haya fijado de antemano como el plazo definitivo para ruptura con ellos y para mi partida); esta dualidad, digo, ha sido, creo yo, una de las causas principales de muchas de mis imprudencias en el curso de este año, de muchas de mis infamias, de mis bajezas incluso, sin hablar, naturalmente, de mis estupideces.

De repente hacía irrupción en mi vida un padre que antes no existía. Esa idea me embriagaba durante mis preparativos en Moscú, durante el viaje en el tren. Un padre no era todavía nada, a mí no me gustaban los mimos: pero aquel hombre no habia querido conocerme y me había humillado, mientras que, durante todos aquellos años, yo no soñaba más que con él hasta la saciedad (si esta expresión puede aplicarse a un sueño). Cada uno de mis sueños, desde mi infancia, se refería a él, flotaba en torno a él, terminaba por volver a él una y otra vez. No sé si lo odiaba o si lo quería, pero él llenaba todo mi porvenir, todas mis previsiones sobre la vida, y aquello había ido formándose por su cuenta, a medida que yo crecía.

Lo que influyó en mi partida de Moscú fue también una circunstancia poderosa, una tentación que, tres meses antes de mi partida (en un momento en que, por consiguiente, ni siquiera había surgido la más remota posibilidad de lo de Petersburgo), hacía ya latir y encogerse mi corazón. Lo que me atraía en aquel océano desconocido, era que yo podía entrar en él como dueño y señor de la suerte de otra persona, ¡y de quién! Pero en mí borboteaban sentimientos magnánimos, y no despóticos. lo prevengo con anticipación para que mis palabras no induzcan a error. Versilov podía pensar (si es que en general se dignaba pensar en mí) que iba a recibir a un jovencito recién salido del Instituto, un adolescente, entornando los ojos a la luz. Ahora bien, yo sabía, yo en persona, todo lo que él se traía entre manos y yo tenía en mi poder un documento de suma importancia, a cambio del cual (hoy lo sé con toda seguridad) él habría dado varios años de su vida, si yo le hubiese descubierto entonces el secreto. Pero me doy cuenta de que estoy hablando con enigmas. Imposible describir sentimientos sin hechos. Por lo demás, de todo esto se hablará suficientemente en el lugar que le corresponde, y por eso precisamente he cogido la pluma. Escribir de esta manera es casi estar sumergido en un delirio o ir andando por las nubes.

 

VIII

En fin, para llegar definitivamente a la fecha del 19, diré en pocas palabras, y, por decirlo así, de paso, que los encontré a todos, a Versilov, a mi madre y a mi hermana (veía a ésta por primera vez en mi vida) en un estado lamentable, casi en la miseria o al borde de la miseria. Ya me había enterado de eso en Moscú, pero estaba lejos de suponer que la cosa llegase a tal extremo. Desde mi infancia, me había acostumbrado a representarme a aquel hombre, "mi futuro padre, con una especie de aureola; yo no podía figurármelo de otra manera que ocupando en todas partes el primer puesto. Versilov jamás había habitado con mi madre, le alquilaba siempre un apartamiento particular: obraba así, desde luego, a causa de innobles "conveniencias". Ahora, por el contrario, vivían todos juntos, en un pabellón de madera de una callejuela del Semenovski Polk (11). Todo el mobiliario estaba ya en el Monte de Piedad, de forma que tuve incluso que entregar a mi madre, a espaldas de Versilov, mis misteriosos sesenta rublos. Misteriosos, porque se habían ido acumulando, con el dinero para mis gastos menudos que se me daba a razón de cinco rublos por mes, durante dos años; la acumuiación había comenzado desde el primer día de mi "idea", y por eso precisamente Versilov no debía saber nada de aquel dinero. Era algo que me daba pánico.

Aquella ayuda no fue más que una gota de agua en el océano. Mi madre trabajaba, mi hermana hacía también labores de costura; Versilov vivía en la ociosidad, se mostraba caprichoso y conservaba una multitud de viejas costumbres pasablemente dispendiosas. Era terriblemente difícil de contentar, sobre todo en la mesa, y sus aires eran siempre los de un verdadero déspota. Pero mi madre, mi hermana, Tatiana Pav1ovna y toda la familia del difunto Andronikov (un jefe de oficina muerto tres meses antes y que llevaba también los asuntos de Versilov), comprendiendo una infinidad de mujeres, estaban de rodillas delante de él como delante de un fetiche. Yo no podía figurarme espectáculo semejante. Debo decir que nueve años antes él era infinitamente más seductor. He dicho ya que se me aparecía en mis sueños con una especie de aureola, y además me costaba trabajo creer que hubiese podido envejecer y estropearse hasta aquel punto en nueve años escasos; experimenté por ello inmediatamente pena, lástima y vergüenza. Entre mis primeras impresiones de llegada, la de verle a él fue una de las más penosas. Distaba mucho de ser un anciano, apenas tenía cuarenta y cinco años. Examinándolo más de cerca, descubrí en su belleza algo más impresionante aún que lo que se me había quedado en la memoria. Menos brillo, menos apariencia, menos rebuscamiento, pero la vida había marcado aquel rostro con un no sé qué mucho más curioso que antaño.

Sin embargo, la miseria no era más que la décima o vigésima parte de sus desgracias; eso yo lo sabía muy bien. Además de la miseria, había algo infinitamente más grave, sin hablar de la esperanza que él conservaba aún de ganar un proceso entablado desde hacía un año contra los príncipes Sokolski a propósito de una herencia, y que podía reportarle en breve plazo una hacienda de setenta mil rublos y quizá más. Ya he dicho más arriba que este Versilov se había tragado en su vida tres herencias: ¡una vez más iba a sér salvado por otra! El asunto debía decidirse muy en breve. Yo había llegado con aquella esperanza. Únicamente que nadie prestaba dinero contando con una simple esperanza, no había nadie a quien pedirle prestado; mientras se aguardaba, había que sufrir.

Por lo demás, Versilov no iba a pedirle nada a nadie, aunque a veces estuviese todo el día fuera de casa. Hacía más de un año que lo habían expulsado de la buena sociedad. Aquella historia, a pesar de todos sus esfuerzos, seguía estando para mí inexplicada, no obstante llevar ya más de un mes en Petersburgo. ¿Versilov era culpable o no? ¡Aquello era lo que me importaba y por lo que yo estaba a11í! Todo el mundo le había vuelto la espalda, entre otros todos los personajes influyentes con los que siempre había sabido mantener relaciones. La causa eran ciertos rumores relativos a la conducta extremadamente baja y, lo que es peor a los ojos del mundo, extremadamente escandalosa, de la que se habría hecho culpable poco más de un año antes en Alemania, habiendo recibido entonces de forma muy ostentosa una bofetada justamente de un príncípe Sokolski, al cual no habría respondido con un desafío. Incluso su prole (legítima), su hijo y su hija, le habían vuelto la espalda y vivían separados de él. Cierto que este hijo y esta hija frecuentaban los medios más elevados de la buena sociedad, por su parentesco con los Fanariotov y el viejo príncipe Sokolski (ex amigo de Versilov). En realidad, al examinarlo en el curso de aquel mes, vi a un hombre orgulloso al que la sociedad no había excluido de su seno, sino que más bien era él quien había rechazado de su vera a la sociedad, ¡tan índependiente era el aire que tenía! Pero ¿tenía derecho a adoptar aquel aire? Eso era lo que me turbaba. Yo tenía que saber forzosamente toda la verdad en el plazo más breve posible, porque yo había venido a juzgar a aquel hombre. Yo le ocultaba todavía mis fuerzas, pero me era preciso o bien adoptarlo, o bien rechazarlo enteramente. La segunda solución me habría resultado demasiado penosa, y de esta forma me atormentaba a mí mismo. Haré, en fin, una confesión: ¡quería a aquel hombre!

De momento vivía con ellos, en su mismo alojamiento, trabajaba y a duras penas refrenaba mis groserías. No es que me abstuviese de ellas enteramente. Después de transcurrido un mes, estaba cada día más convencido de que la explicación definitiva no tenía que pedírsela a él. Aquel hombre orgulloso se erguía delante de mí como un enigma, profundamente ofensivo. Conmigo se mostraba incluso amable y complaciente, pero yo habría preferido las disputas a las bromas. Todas mis conversaciones con él tenían siempre no sé qué ambigüedad, o sencillamente no sé qué ironía singular por su parte. Desde el principio, a mi llegada de Moscu, no me había tomado en serio. Yo no llegaba a comprender por qué obraba él así. Sin duda, había conseguido aquel resultado consistente en permanecer impenetrable ante mí; pero, por mi parte, yo no me habría rebajado jamás pidiéndole que me tratase más en serio. Además, él tenía procedimientos sorprendentes a imperiosos ante los cuales yo no sabía qué hacer. En una palabra, me trataba como al último de los mocosos, cosa que me costaba trabajo soportar, aun sabiendo que aquello debía ser así. Consiguientemente, dejé incluso de hablar- casi en absoluto. Yo esperaba a una persona cuya llegada a Petersburgo podría descubrirme definitivamente la verdad: en eso estribaba mi última esperanza. De todos modos, me preparaba a romper definitivamente y tomé todas las medidas necesarias para eso. Mi madre me daba lástima, pero... "o él, o yo": he ahí lo que, quería proponerle, a ella y a mi hermana. El día incluso estaba fijado; mientras tanto, yo iba a mi oficina.

CAPÍTULO II

I

Aquel día diecinueve, yo debía también percibir mi primer mes de sueldo en casa del "partícular" en cuestión. No sé me había pedido mi opinión sobre aquella colocación, se me había entregado simplemente, por las buenas, a mi patrón, creo, el primer día de mi llegada. Era demasiado grosero, y casi me vi obligado a protestar. El sitio estába en casa del viejo príncipe Sokolski. Pero protestar inmediatamente habría sido romper de golpe con ellos, lo que no me asustaba en lo más mínimo, pero era contrario a mis objetivos esenciales. Así, pues, acepté la colocación, esperando, sin decir palabra; defender mi dignidad con mi silencio. Diré ahora mismo que este príncipe Sokolski, rico y consejero privado (12), no era en forma alguna pariente de los príncipes Sokolski de Moscú (miserables desde hacía varias generaciones) con los que Versilov estaba enfrentado en aquel proceso. Lo único que tenían de semejante era el apellido. Sin embargo, el viejo príncipe se interesaba mucho por ellos y quería de uná manera muy especial a uno de ellos, el jefe por así decirlo de la familia, un oficial joven. Versilov, hasta hacía poco, había tenido una influencia inmensa en los asuntos de aquel viejo y era su amigo, un amigo muy singular, puesto que aquel pobre príncipe, según he podido darme cuenta, le tenía un miedo terrible, no solamente en la época que entré a su servicio, sino también, creo, en todo el tiempo que duró aquella amistad. Por lo demás, desde hacía tiempo, ya no se veían; el acto deshonroso del que se acusaba a Versilov afectaba directamente a la familia del príncipe; pero Tatiana Pavlovna se encontró alií muy a propósito y por intermedio de ella fui colocado en casa del viejo, que quería tener a su vera " a un hombre joven", en su despacho. Sucedió también que él tenía un gran deseo de mostrarse agradable con Versilov, de dar en suma un primer paso hacia el otro, y que Versilov lo apreciara. El viejo príncipe había decidido de esta forma en ausencia de su hija, viuda de un general, que desde luego no le habría permitido hacer aquel avance. De eso se tratará más tarde, pero anotaré en seguida que esta rareza en sus relaciones con Versilov me impresionó en favor de éste. Yo pensaba que, si el jefe de una familia ofendida continuaba así teniendo respeto hacia Versilov, los rumores extendidos sobre la inmoralidad de éste debían ser falsos o por lo menos estar expuestos a interpretación. Aquello fue to que en parte me impidió protestar: yo esperaba, al entrar en casa del príncipe, poder comprobar todo aquello.

Esta Tatiana Pavlovna desempeñaba un raro papel en la época en que me la encontré en Petersburgo. Casi me había olvidado de su existencia y no esperaba en absoluto que tuviese que atribuirle semejante importancia. Me la había encoritrado tres o cuatro veces en Moscú; ella surgía, no se sabía de dónde ni por orden de quién, cada vez que hacía falta instalarme en alguna parte, hacerme entrar en la triste pensión Tuchard o bien, dos años y medio más tarde, trasladarme al Instituto o bien alojarme en casa del inoividable Nicolás Semenovitch. Una vez aparecida, se quedaba conmigo todo el día, pasaba revista a mi ropa blanca, a mis trajes, iba conmigo al Kuznetski (13), me compraba todos los objetos necesarios, me constituía, en una palabra, todo mi equipo, hasta el último maletín y el último portaplumas; y, mientras hacía aquello, no cesaba de gruñirme, de regañarme, de abrumarme de reproches, de hacerme sufrir exámenes, de proponerme como ejemplo a yo no sé qué otros muchachos imaginarios de sus conocidos o de su parentela, todos mejores que yo, según ella, a incluso, a fe mía, me pellizcaba, me daba verdaderos golpes, en varias tandas y dolorosos. Después de haberme instalado y colocado, desaparecía durante varios años sin dejar rastro. Pues bien, fue ella la que, inmediatamente después de mi llegada, se presentó de nuevo para colocarme. Era una personilla bajita y seca, con una naricilla puntiaguda de pájaro y ojillos penetrantes, de pájaro también. Para Versilov, era una verdadera esclava. Estaba en adoración delante de él como delante de un Papa, pero por convicción. Sin embargo, note bien pronto con asombro que todo el mundo sin excepción y en todas partes la respetaba y sobre todo que todo el mundo sin excepción y en todas partes la conocía. El viejo príncipe Sokolski tenía para ella una veneración extraordinaria; en su familia, pasaba lo mismo; los orgullosos hijos de Versilov, también; en casa de los Fanariotov, también. Sin embargo, ella vivía de la costura, del lavado de yo no sé qué encajes, y trabajaba para un almacén. Nos peleamos desde la primera palabra, porque pretendió regañarme como seis años antes; a continuación seguimos disputando cada día; pero eso no nos impedía conversar juntos a veces y confieso que al terminar el mes ya ella comenzaba a agradarme; esto era, pienso, a causa de la independencia de su carácter. Por to demás, me guardé muy mucho de decírselo.

Comprendí en seguida que se me había colocado junto a aquel enfermo únicamente para "ocuparlo" y que en eso consistía mi servicio. Naturalmente, aquello me humilló y tomé al punto mis medidas; pero bien pronto el viejo original me causó una impresión inesperada, como una especie de lástima, y, hacia fin de mes, sentía ya por él un raro afecto: en todo caso, abandoné mi intención de dejarlo plantado. Por lo demás no tenía mucho más de sesenta años. Había tenido toda una historia. Dieciocho meses antes había sufrido un ataque: en viaje para no sé dónde, perdió la cabeza por el camino, lo que dio lugar a una especie de escándalo del que se habló en Petersburgo. Como es conveniente en tales casos, se le condujo instantáneamente al extranjero, pero cinco meses después hizo su reaparición en perfecto estado de salud, únicamente que retirado. Versilov aseguraba seriamente (y con visible calor) que lo que le había pasado no era en modo alguno locura, sino un simple ataque de nervios. Aquel calor de Versilov, lo noté inmediatamente. Diré por lo demás que yo casi compartía su opinión. El viejo parecía únicamente a veces de una excesiva ligereza que no convenía en nada a su edad, lo que, según se dice, no le pasaba antes en ningún momento. Se decía que en otros tiempos daba yo no sé qué consejos ni dónde y que había ejecutado con mucha distinción una misión que le había sido confiada. Conociéndole desde hacía un mes, yo no le habría supuesto jamás capacidades especiales para ser consejero. Se había notado (aunque yo, por mi parte, no haya observado nada) que después de su ataque había quedado afectado por la singular manía de querer casarse lo antes posible y que, más de una vez en el curso de aquellos dieciocho meses, había pensado realizar aquella idea. En el mundo, a1 parecer, se sabía aquello y se estaba interesado en el asunto. Pero como aquella inclinación no respondía apenas a los intereses de ciertas personas que le rodeaban, por todas partes se montaba la guardia en torno al anciano. Su familia no era numerosa; hacía ya veinte años que.él estaba viudo y no tenía más que una hija única, aquella viuda de general que se esperaba que llegase de Moscú de un día a otro, una persona joven cuyo carácter él temía visiblemente. Pero tenía una masa de parientes lejanos, sobre todo por parte de su difunta esposa, y todos los cuales estaban, por así decirlo, en la miseria; además de eso, existía la multitud de sus pupilos varones y hembras, objetos de sus beneficencias, y todos los cuales aguardaban una pequeña parte en el testamento y por consiguiente ayudaban a la generala a vigilar al anciano. Tenía éste además, desde su juventud, una singularidad de la que no sabría decir si era ridícula o no: la de casar a muchachas pobres. Las casaba desde hacía veinticinco años: parientes lejanos, nietas de primos hermanos de su mujer, ahijadas, y hasta la hija de su portero. Empezaba trayéndolas a su lado, muy niñas todavía, las hacía educar por institutrices y criadas francesas, luego las enviaba a los mejores establecimientos de instrucción, y por fin las dotaba. Todo aquel mundo giraba perpetuamente en torno a él. Naturalmente, las pupilas, una vez casadas, tenían a su vez hijas, todas estas hijas aspiraban también a su protección, en todas partes era padrino, todo aquel mundo venía a felicitarle en su fiesta y todo aquello le resultaba extremadamente agradable.

Una vez en su casa, noté en seguida que en el cerebro del anciano se albergaba una convicción - era imposible no notarlo -, a saber que la gente le consideraba ahora con un aire extraño, que no se le trataba ya como antes, cuando el estado de su salud era perfecto; esa impresión no le abandonaba jamás, ni siquiera en las reuniones mundanas más alegres. El anciano se hizo susceptible; notaba algo en todos los ojos. La idea de que se le tuviese aún por loco le atormentaba visiblemente; incluso a mí mismo me miró a veces con desconfianza. Y si alguna vez se hubiese enterado de que alguien propagaba o confirmaba aquel rumor respecto a él, creo que ese hombre absolutamente sin rencor alguno se habría convertido en su enemigo mortal. Esto es lo que os ruego que tengáis en cuenta. Añadiré que esto fue también lo que me decidió desde el primer día a no tratarlo brutalmente; incluso me sentía feliz cuando por casualidad se me presentaba la ocasión de alegrarlo o de distraerlo; no creo que esta confesión pueda echar ninguna sombra sobre mi dignidad.

Tenía invertida en negocios una gran parte de su fortuna. Después de su enfermedad había adquirido una participación en una gran sociedad anónima. Por lo demás muy sólida (14). Y aunque la empresa fuera gobernada por otros, él se interesaba también, frecuentaba las reuniones de los accionistas, se hizo elegir miembro fundador, asistía a los consejos, pronunciaba largos discursos, refutaba, hacía ruido, con una satisfacción manifiesta. Le encantaba pronunciar discursos: por lo menos todo el mundo podia así ver su ingenio. Y de una manera general, incluso en su vida privada más íntima, le encantaba enormemente colocar en su conversación algunas sentencias profundas o algunas frases brillantes; y yo lo comprendo. Había en su palacio, en el piso inferior, una especie de mostrador doméstico en el que un empleado se ocupaba de los negocios, hacía las cuentas y llevaba los libros, sin dejar de gobernar la casa. Este empleado, que tenía además un puesto oficial, era completamente suficiente, pero, por deseos del príncipe, se me colocó junto a él, con el pretexto de ayudarle.

Ünicamente que fui trasladado en seguida a1 gabinete del príncipe, y con mucha frecuencia no tenía delante de mí, ni siquiera para cubrir las apariencias, ni trabajo ni papeles ni libro.

Escribo hoy como un hombre que se ha serenado hace mucho tiempo y está de vuelta de muchas cosas; pero ¿cómo representaría yo la pena (de la que me acuerdo aún tan vivamente) que invadía entonces mi corazón y sobre todo mi turbación de aquella época, que me condujo a un estado tal de inquietud y de acaloramiento, que ya no dormía por las noches, a causa de mi misma impaciencia y de los enigmas que me proponía a mí mismo?

 

II

Pedir dinero es una cosa muy sucia; incluso un salario, si en alguna parte de los repliegues de la conciencia se siente que ese salario no está bien ganado. Ahora bien, la víspera, mi madre, cuchicheando con mi hermana a propósito de Versilov ("para no causarle pena a Andrés Petrovitch"). había manifestado su intención de llevar al Monte de Piedad un icono al que ella estimaba mucho. Yo tenía un salario de cincuenta rublos por mes, pero ignoraba en absoluto cómo lo percibiría; al colocarme, no se había precisado nada. Tres días después, al encontrarme abajo con el empleado, le pregunté dónde podría hacer que me pagaran. El otro me miró con una sonrisa de hombre asombrado (no me tenía la menor simpatía):

-¿Es que tiene usted que cobrar algo?

Yo esperaba que él agregase, inmediatamente después de mi respuesta:

-¿Y por qué?

Pero se limitó a responder secamente:

-No sé nada -sumergiéndose luego en su libro rayado al que iba volcando cuentas escritas en tiras de papel.

Por lo demás, él bien sabía que yo realizaba algún trabajo, a pesar de todo. Quince días antes, me había llevado exactamente cuatro días ocupado en un trabajo que él mismo me encargó: copiar en limpio un borrador. Había sido preciso redactarlo casi todo de nuevo. Era un amasijo de " ideas" del príncipe, ideas que se disponía a presentar al comité de los accionistas. De todo aquello había que componer un todo, y arreglar el estilo. A continuación el príncipe y yo nos pasamos todo un día hablando de aquel documento, y discutió muy vivamente conmigo; pero se quedó satisfecho. Solamente ignoro si el escrito fue remitido o no. No mencionaré dos o tres cartas de negocios que escribí también a petición suya.

Si me fastidiaba lo de pedir mi salario, era porque había resuelto dejar la colocación, presintiendo que me vería obligado a irme también de allí, a causa de ciertas circunstancias inevitables. Aquella mañana, una vez despierto y dispuesto a vestirme en el piso alto, en mi habitacioncita, sentí que el corazón me latía con fuerza y tuve que imponerme a mí mismo para fingir indiferencia, pero al entrar en las habitaciones del príncipe, volví a sentir todavía la misma turbación: aquella mañana debería llegar la persona, la mujer de la que yo aguardaba la explicación de todo lo que me atormentaba. Era la hija del príncipe, la generala Akhmakova, aquella viuda joven de la que ya he hablado y que estaba en guerra abierta con Versilov. ¡He escrito ese nombre por fin! Naturalmente yo no la había visto nunca y no podía figurarme cómo le hablaría ni si le hablaría; pero me parecía (quizá con razones suficientes) que con su venida se disiparían las tinieblas que, a mis ojos, rodeaban a Versilov. No podía estar tranquilo: era un terrible fracaso encontrarse desde el primer momento tan cobarde y tan torpe; era terriblemente curioso y sobre todo odioso: tres impresiones a la vez. Aquel día lo recuerdo con todo detalle.

Mi príncipe no sabía nada aún de la llegada probable de su hija. No la aguardaba antes de una semana. Yo me había enterado la víspera y totalmente por azar: Tatiana Pavlovna, que había recibido una carta de la generala, había dejado escapar su secreto delante de mí, hablando con mi madre. En vano se habían esforzado en hablar en voz baja y con términos vagos; yo lo había adivinado todo. No es que estuviese escuchando, eso es evidente; pero no pude menos que poner el oído alerta cuando vi de repente hasta qué punto mi madre se turbaba al enterarse de la llegada próxima de aquella mujer. Versilov no estaba en casa.

Yo no quería avisar al anciano, porque había podido notar durante todo aquel tiempo cómo temía él aquella llegada. E incluso, tres días antes, se había dejado decir, tímida y vagamente, que aquella llegada la temía por mí, o más bien que por mi causa habría una discusión. Debo añadir sin embargo que, con respecto a su familia, conservaba su independencia y su superioridad, sobre todo en asuntos de dinero. Mi primera conclusión respecto a él fue que no era más que una mujercilla; pero en seguida tuve que enmendar aquel juicio en el sentido de que, si era una mujercilla, le quedaba sin embargo a veces una cierta terquedad, a falta de virilidad verdadera.

Había instantes en los que, con su carácter en apariencia cobarde y maleable, se ponía casi insufrible. Versilov me explicó la cosa en seguida más detalladamente. Anoto ahora con curiosidad que casi nunca hablábamos de la generala, por así decirlo evitábamos hablar de ella: era yo sobre todo quien lo evitaba, y él a su vez evitaba hablar de Versilov, y yo adivinaba que no me respondería en caso de hacerle una de esas preguntas delicadas sobre cosas que me intrigaban tanto.

Si se quiere saber de qué hablamos durante todo aquel mes, responderé: en resumen, de todo, pero siempre de cosas raras. Lo que me agradaba mucho era la extrema bonachonería con la que me trataba. A veces yo consideraba a aquel hombre con un asombro extremado y me preguntaba: " ¿Dónde ha podido encajar bien? En el Instituto, en el cuarto curso por ejemplo, habría sido un camarada encantador." Yo estaba también impresionado por su rostro: parecía extraordinariamente serio (y casi guapo), seco; cabellos rizados, blancos, espesos, ojos abiertos; en toda su persona era enjuto, de buena estatura; pero su rostro tenía la particularidad más bien desagradable, casi inconveniente, de pasar de pronto de una seriedad extrema a una alegría excesiva, que el que le veía por primera vez no habría podido prever jamás. Se lo dije a Versilov, que me escuchó con curiosidad; sin duda no me creía capaz de hacer tales observaciones; pero indicó como de paso que eso le acontecía al príncipe desde su enfermedad y en la época más reciente.

Con frecuencia hablábamos de dos temas abstractos: Dios y su existencia - ¿existe o no? - y de las mujeres. El príncïpe era muy religioso y muy sensible. Tenía en su despacho un inmenso armario de iconos con una lámpara. Pero en ciertos rnomentos le asaltaba la murria y se ponía de golpe y porrazo a dudar de la existencia de Dios, y decía cosas sorprendentes, para provocar mi réplica. Yo era bastante indiferente, de una manera general, a aquella idea, pero esto no impedía que nos enzarzásemos los dos y siempre sinceramente. Por lo demás, todas aquellas conversaciones me han dejado, hasta hoy día, un recuerdo agradable. Sin embargo, lo más agradable para él era charlar sobre las mujeres, y como, no gustándome apenas ese tema de conversación, yo no podía ser un buen interlocutor, a veces se mostraba dolido por eso.

Se puso justamente a hablar de ese tema desde el momento en que llegué a su casa aquella mañana. Me lo encontré de muy buen humor, siendo así que la víspera lo había dejado extremadamente cariacontecido. Ahora bien, me hacía una falta enorme resolver aquel mismo día la cuestión de mi salario, antes de la llegada de ciertas personas. Yo preveía que aquel día seríamos seguramente interrumpidos (no en vano me latía tan fuertemente el corazón); y entonces no tendría quizá valor para hablar de dinero. Pero como la conversación no recaía sobre el dinero, me enfurecí naturalmente contra mi estupidez y, me acuerdo muy bien de ello, por reacción contra alguna pregunta suya verdaderamente demasiado alegre, le expuse mis ideas sobre las mujeres de un solo tirón y con una vivacidad extraordinaria. Resultó así que .se desbocó todavía más y siempre a mi costa.

 

III

... No me gustan las mujeres, porque son groseras, porque son torpes, porque no tienen iniciativa y porque llevan un vestido absurdo.

Tal fue la conclusión desordenada de mi larga parrafada.

-¡Piedad para ellas, querido mío! - exclamó él, terriblemente divertido, lo que me enfureció aún más.

Soy conciliador y minucioso solamente en las cosas pequeñas; en las grandes no cedo jamás. En las cosas pequeñas, en vagas actitudes mundanas, se puede hacer de mí todo lo que se quiera, y maldigo siempre ese rasgo de mi carácter. Por no sé qué infecta bonachonería, he estado a veces dispuesto a aprobar incluso a un fatuo mundano, únicamente porque me sentía encantado por su cortesía, o a emprender una discusión con un imbécil, cosa que es de lo más imperdonable. Todo eso a causa de no saberme contener y porque he crecido en mi rincón. Uno se va furioso y jura no volver a empezar, pero al día siguiente es la misma historia. He ahí por qué se me ha tratado a veces como a un chiquillo de dieciséis años. Pero en lugar de adquirir el dominio de mí mismo, prefiero, aun hoy día, encerrarme más y más en mi rincón, aunque sea en la forma más misántropa: " ¡Torpe si queréis, pero os digo adiós! " Y lo digo en serio y para siempre. Por lo demás, no escribo esto en absoluto a propósito del príncipe, ni a propósito de la conversación de marras.

No estoy hablando para divertirle a usted - casi le grité -. Expreso sencillamente mi opinión.

-Pero ¿en qué son groseras las mujeres y por qué están vestidas de una manera absurda? Eso es lo que me parece nuevo.

-Son groseras. Vaya usted al teatro, vaya al paseo. Todos los hombres saben caminar por la derecha, se llega a un cruce y se cede el paso, yo cojo por la derecha y el otro también. La mujer, quiero decir la señora, porque estoy hablando de las señoras, arremete contra uno sin mirarlo siquiera, como sí estuviésemos obligados a desviarnos para cederles el sitio. Yo estoy dispuesto a ceder ante una criatura más débil, pero aquí no es cuestión de derecho. ¿Por qué está ella tan segura de que estoy obligado a hacerlo? ¡He ahí lo indignante! En esos encuentros escupo siempre de disgusto. Después de lo cual, ellas gritan que se las humilla, reclaman la igualdad. ¡La igualdad! ¡Cuando me empujan o me llenan la boca de polvo!

-¡De polvo!

-Sí. Porque van vestidas de una manera inconveniente. Hay que ser tan depravado para no notarlo. En los tribunales se hacen los juicios a puerta cerrada cuando se va a tratar de cosas inconvenientes: ¿por qué se permiten esas cosas en la calle, donde el público es aún más numeroso?

"Se cuélgan ostensiblemente polisones en el trasero, para demostrar que son mujeres guapas. ¡Ostensiblemente! Yo no puedo dejar de notarlo, los muchachos lo notan también, el niño, el jovencito que empieza, también lo nota. Es una infamia. ¡Que los viejos libertinos las admiren y corran detrás con la lengua afuera, ¡sea!, pero hay una juventud pura, a la que es preciso preservar. No queda más que escupir de disgusto. Va andando por el bulevar y detrás de ella una cola de un metro barre el polvo. Usted, que va detrás, tiene que salir corriendo para rebasarla o bien dar un salto de costadillo, de lo contrario ella le meterá en la boca y en la nariz dos kilos de polvo. A más de eso, esa seda, la pasea ella sobre los guijarros durante tres kilómetros, simplemente para obedecer a la moda, y su marido gana quinientos rublos por año en el Senado: ¡he ahí de donde vienen todos los tiestos! Yo escupo encima, escupo ruidosamente y suelto un juramento.

Anoto esta conversación de manera un poco humorística y con mi vivacidad de entonces; pero las ideas siguen siendo aún las mías.

-¿Y no te ha pasado nada? - se interesa el príncipe.

-Escupo y paso. Naturalmente, ella comprende, pero no lo deja entrever, avanza majestuosamente sin volver la cabeza. Una solo vez he disputado muy en serio con dos mujeres, las dos con cola, en el bulevar, sin palabras feas, desde luego, solamente he hecho la observación en voz alto de que aquellas colas me ofendían.

-¿Así lo dijiste?

-Desde luego. Ante todo, ese tipo de mujer traspasa las reglas de la buena sociedad. Además levanta polvo, y el bulevar es para todo el mundo: yo me paseo por él, otro se pasea, un tercero... Fedor, Iván, poco importa. Eso es lo que dije. Y por lo general no me gusta el andar de las mujeres, vistas de espalda; lo he dicho también, pero por alusión.

-Pero, amigo mío, puedes buscarte un 1ío desagradable. Podrían llevarte ante el juez de paz.

-¡Imposible! ¿De qué podían ellas quejarse? Un hombre pasa a su lado y va hablando solo. Cada cual tiene derecho a expresar sus opiniones en voz alto. Yo hablaba en abstracto, sin dirigirma a ellas. Son ellas las que me han atacado: ellas se han puesto a decir palabras gruesas mucho más feas que las mías; que yo era un vago, que debían dejarme sin postre, que era un nihilista, que se me debía llevar al calabozo municipal, que las había insultado porque eran solas y débiles y que, si hubiesen tenido un hombre con ellas, me habría escapado aprisa y corriendo. Declaré fríamente que sería mejor que me dejasen tranquilo y yo pasaría por el otro lado. Pero, para demostrarles que no tenía miedo de sus maridos y que estaba dispuesto a aceptar el desafío, las seguiría a veinte pasos hasta sus casas, luego me apostaría delante de su puerta y aguardaría a11í a sus maridos. Eso es lo que hice.

-¿Es posible?

-Desde luego. Era una tontería, pero yo estaba rabioso. Ellas me arrastraron así más de tres kilómetros, con un color tórrido, hasta los Institutos de señoritas. En seguída entraron en una casa de madera sin pisos, muy decorosa, tengo que reconocerlo, en las ventanas de la cual se veían muchas flores, dos canarios, tres perritos y grabados puestos en sus marcos. Me quedé una media hora delante de la casa, en plena calle. Ellas miraron tres veces a hurtadillas, luego bajaron todas las persianas. Por fin, por una puertecita salió un funcionario de edad madura. A juzgar por su aspecto, debía de estar durmiendo y lo habían despertado a propio intento; estaba con ropa de dormir o, por lo menos, vestido muy sumariamente; se apostó ante la puertecilla, con las manos detrás de la espalda, y se dedicó a mirarme; yo le miraba. Luego él apartó la vista, me miró después una vez más, y de pronto me sonrió. Volví la espalda y me fui.

-¡Pero, amigo mío, eso es Schiller! (15). Una cosa me ha asombrado siempre: tienes las mejillas rojas, la cara te brilla de salud, y... semejante..., sí, se le puede llamar así, ¡semejante repugnancia hacia las mujeres! ¿Es posible que la mujer no te produzca, a tu edad, una cierta impresión? Yo. mon cher yo no tenía más que once años cuando mi preceptor me hacía observar que miraba demasiado de cerca las estatuas del Jardín de Verano (16).

-Está usted empeñado en que haga una visita a cualquier Josefina de esos parajes y le traiga luego noticias. ¡Es inútil! A los trece años he visto la desnudez femenina, toda por entero. Desde aquel momento no tengo más que rcpugnancia por ella.

-¿En serio? Pero, cher enfant (17), una mujer hermosa y joven es como una manzana. ¿Qué hay en eso de repugnante?

-En mi antigua pensión, en casa de Tuchard, antes del Instituto, yo tenía un camarada llamado Lambert. Me pegaba siempre, pordue tenía tres años más que yo, y yo le servía y le sacaba las botas. El día de su confirmación, el abate Rigaud vino a visitarlo con motivo de su primera comunión; los dos se lanzaron al cuello el uno del otro con grandes llantos y el sacerdote to estrechó contra su pecho con toda clase de gestos. Yo lloraba también, y sentía muchos celos. Cuando su padre murió, salió de la pensión, estuve sin verle más de dos años, y luego me lo encontré en la calle. Dijo que me vendría a ver. Yo estaba entonces en el Instituto y vivía en casa de Nicolás Semenovitch. Vino una mañana, me enseñó quinientos rublos y me invitó a seguirle. Por más que dos años antes me pegara, siempre había tenido necesidad de mí, y no solamente para quitarse las botas; me contaba todos sus asuntos. Me dijo que aquel mismo día había robado el dinero a su madre, haciendo un duplicado de la llave de su cofrecito, porque el dinero del padre le pertenecía legalmente y ella no tenía derecho a negárselo; que el abate Rigaud había venido la víspera por la noche a sermonearlo: había entrado, se había colocado delante de él y se había puesto a gimotear, fingiendo horror y levantando los brazos al cielo: "yo saqué mi navaja y dije que iba a degollarlo" (pronunciaba degoyallo). Nos fuimos juntos al Kuznetski. Me contó por el camino que su madre tenía relaciones con el abate Rigaud, que él se había dado cuenta, que se ciscaba en todo, que todo lo que decían de la comunión eran tonterías. Habló todavía muchísimo más, y a mí me daba miedo. En el Kuznetski compró una escopeta de dos tiempos, un morral, cartuchos, una fusta y una libra de bombones. Nos fuimos a cazar por los alrededores y por el camino nos encontramos a un pajarero con jaulas. Lambert le compró un canario. En un bosquecillo, soltó el canario, que no podía volar bien, al salir de la jaula, y le tiró, pero sin darle. Era la primera vez en su vida que tiraba, pero, desde hacía mucho tiempo ya, quería comprar una escopeta; en casa de Tuchard aquello había sido por mucho tiempo el sueño de nosotros dos. Estaba como ahogado por la emoción. Sus cabellos eran de un negro espantoso, la cara blanca y roja, como una máscara, la nariz larga y corva como la tienen los franceses, los dientes blancos, los ojos negros. Ató al canario con un hilo a una rama y, con los dos cañones, a boca de jarro, a cuatro centímetros de distancia, soltó dos disparos que lo destrozaron en mil plumitas. En seguida deshicimos el camino, entramos en un hotel, tomamos una habitación, comimos, y bebimos champaña. Llegó una señora... me acuerdo que me quedé muy impresionado por el lujo de su indumentaria, su vestido de seda verde. Allí fue donde vi todo... eso de lo que le he hablado a usted... En seguida nos pusimos otra vez a beber y a enfadarla y a injuriarla. Estaba desnuda. Él escondió la ropa y, cuando ella se enfadó y reclamó la ropa para vestirse, le dio con toda su fuerza un fustazo en las espaldas desnudas. Me levanté, le cogí por los cabellos y le golpeé tan diestramente que, al primer golpe, cayó en tierra. Se apoderó de un tenedor y me lo clavó en el muslo. A mis gritos, la gente acudió, y pude huir. Desde entonces la desnudez me causa horror. Y, créalo usted, era una belleza.

A medida que yo hablaba veía como la fisonomía del príncipe pasaba del regocijo a la tristeza.

-Mon pauvre enfant! Siempre he estado convencido de que tu infancia ha conocido muchos días desgraciados.

-No se inquiete usted por rní, se to ruego.

-Pero estabas solo, tú mismo me lo has dicho. En cuanto a ese Ambert, me has hecho un retrato de él...: ese canario, esa confirmación con llanto sobre el pecho, y seguidamente, un año después, esa historia de su madre con el abate... O mon cher! Esta cuestión de la infancia es sencillamente terrible en nuestra época: mientras esas cabecitas doradas, con sus bucles y su inocencia, en su primera infancia, evolucionan delante de uno, mirándolo, con sus risas claras y sus ojos luminosos, se creería estar viendo ángeles del buen Dios o pajarillos encantadores; pero más tarde... ¡más tarde sucede que mejor habrían hecho no creciendo!

-¡Oh, príncipe, he aquí que se desanima usted! Se diría en realidad que tiene usted hijos. Sin embargo, no los tiene ni los tendrá nunca.

-Tiens! - y todo su rostro cambió de pronto -. justamente Alexandra Petrovna, anteayer, ¡ja, ja! Alexandra Petrovna Sinitskaia, tú debes de haberla encontrado aquí hace tres semanas, figúrate que anteayer, a mi observación burlona de que, si yo me casaba ahora, podría estar seguro por lo menos de no tener hijos, me replicó súbitamente, casi con una especie de rabia: "Al contrario, usted los tendrá, la gente como usted es la que los tiene oblígatoriamente, y vendrán dentro del primer año, ya lo verá." ¡Ja, ja! Todo el mundo se figura, no sé por qué, que voy a casarme. En fin, aunque esto se diga con malignidad, confiesa que es ingenioso.

-Ingenioso, pero ofensivo.

-Oh, cher enfant, hay gente con la que no se puede uno ofender. Lo que aprecio más en la gente es el ingenio, que por lo visto está en vías de desaparecer. Pero, ¿es que hay que echar cuenta de lo que pueda decir Alexandra Petrovna?

-¿Cómo, que ha dicho usted? Hay gente con la que no se puede... ¡Está muy bien eso! No todo hombre merece que se le preste atención. ¡Regla admirable! Justamente es una regla así la que yo necesito. Voy a anotarla. Príncipe, de vez en cuando dice usted cosas maravillosas.

Todo su rostro se iluminó.

-Nest-ce pas? Cher enfant, el verdadero ingenio desaparece, y cada día más. Eh mais... C'est moi qui connais les femmes. Créeme, la vida de toda mujer, cualesquiera que sean sus palabras, no es más que la búsqueda eterna de un amo... Una sed de obediencia, por decirlo así. Y, nótalo bien, sin la menor excepción.

-¡Absolutamente justo, admirable! -exclamé yo, entusiasmado.

En otro momento cualquiera, nos habríamos lanzado inmediatamente a consideraciones filosóficas sobre este tema, a lo menos durante una hora larga, pero de repente me sentí como mordido y me ruboricé hasta la raíz de los cabellos. Me pareció que, alabando sus frases brillantes, yo lo halagaba por su dinero y que, de todos modos, se quedaría persuadido de aquello cuando le formulase mi petición. Por eso menciono el hecho aquí.

-Príncipe, le quedaría muy reconocido si me hiciera entregar hoy mismo los cincuenta rublos que me debe de este mes - dije de una tirada y con una irritación que rozaba la grosería.

Me acuerdo (porque se me ha quedado impresa er la memoria toda aquella mañana hasta en sus menores detalles) que entonces se produjo entre nosotros una escena odiosa, por su realismo. Al principio, no me comprendió, me miró largo rato, sin llegar a entender de qué dinero quería yo hablarle. Era evidente que ni siquiera tenía la más mínima idea de que yo percibiese un salario. ¿Y por qué, por otra parte? Es cierto que en seguida me aseguró que se había olvidado y que, inmediatamente después de haber comprendido, sacó instantáneamente cincuenta rublos, apresurándose a incluso poniéndose colorado. Viendo aquello, me levanté y declaré categóricametite que ahora ya no podía yo aceptar dinero alguno, que si se me había hablado de un sueldo, era sin duda error o engaño, para que yo no me negase a aceptar el puesto, y que yo comprendía ahora demasiado bien que no tenía nada que percibir, puesto que nada tenía que hacer. El príncipe se asustó y se esforzó en persuadirme de que yo le prestaba servicios inmensos, que se los prestaría todavía más y que cincuenta rublos eran una suma tan ínfima, que, por el contrario, me la aumentaría, porque era deber suyo, y que él mismo se había puesto de acuerdo con Tatiana Pavlovna, pero que había cometido "un olvido imperdonable". Estallé y declaré definitivamente que me deshonraría percibiendo dinero por relatos escandalosos sobre la manera como había acompañado a dos suripantas hasta los Institutos, que yo no estaba a su servicio para divertirle, sino para trabajar en serio, que, si él no tenía trabajo, era preciso poner punto final, etc., etc. Yo no tenía la menor idea de que uno pudiese asustarse tanto como él se asustó después de aquellas palabras. Evidentemente, el asunto terminó de esta forma: dejé de protestar, y él me metió entre las manos, a pesar de todo, aquellos cincuenta rublos. ¡Todavía me acuerdo con la frente llena de vergüenza habérselos aceptado! En este mundo todo termina con alguna bajeza. Y, lo que es peor, casi llegó a demostrarme que yo había ganado indiscutiblemente aquel dinero, y cometí la estupidez de creerlo. Me parecía absolutamente imposible no tomarlos.

-Cher, cher enfant! - exclamaba abrazándome y cubriéndome de besos (lo confieso, yo estaba a punto de llorar, el diablo sabe por qué, pero me contuve a incluso hoy día, al escribir, el rubor me sube a la cara) -. Querido amigo, tú eres para mí casi un hijo, tú te has convertido durante este mes en un pedazo de mi corazón. En el "gran mundo" no hay más que el "gran mundo" y nada más. Catalina Nicolaievna - su hija - es una mujer brillante y estoy orgulloso de ella, pero con mucha frecuencia, querido mío, ella me hiere... En cuanto a esas muchachas (elles sont charmantes) y a sus madres, que vienen a felicitarme en mai onomástica, se traen consigo sus labores y son incapaces de decir una palabra. Tengo ya, hechos por ellas, docenas de cojines, siempre con perros y ciervos. Las quiero mucho, pero contigo me siento casi como con un hijo, o, mejor, con un hermano y me gusta sobre todo cuando me replicas... Tú tienes letras, tú has leído, tú eres capaz de entusiasmo...

-No he leído nada y no tengo letras en absoluto. He leído todo lo que me ha caído en las manos, y estos dos últimos años no he leído nada de nada y nunca leeré ya.

-¿Y por qué eso?

-Mis propósitos son otros.

--Cher..., será una lástima si, al fin de tu vida, te dices como yo: Je sais tout, mais je ne sais rien de bon. ¡No sé verdaderamente para qué he vivido! Pero... te debo tanto... quería incluso...

Se interrumpió de repente, se ensombreció, y se quedó pensativo. Después de cualquier arrebato (y esos arrebatos podían ocurrirle en cualquier instante, Dios sabe por qué motivo), solía perder durante cierto tiempo la facultad de razonar y de comportarse; por lo demás, se recuperaba tan rápidamente y de una manera tan total, que todo aquello no le causaba demasiado daño. Nos quedamos así por espacio de un minuto. Su labio inferior, muy ancho, le colgaba completamente... Lo que más me asombraba, era que hubiese nombrado a su hija, y sobre todo con tanta franqueza. Se lo atribuía al desarreglo de su espíritu.

-Cher enfant, no me tomarás a mal, ¿verdad?, que te hable de tú - soltó de improviso.

En lo más mínimo. Al principio, las primeras veces, lo confieso, la cosa me chocó un poco y quería hablarle a usted también de tú. Pero después he visto que era una tontería, puesto que usted no me tuteaba para humillarme.

Ya no me escuchaba y había olvidado su pregunta.

-Bueno, ¿y tu padre?

Bruscamente alzó hacia mí su mirada pensativa.

Me estremecí. Por lo pronto, llamaba a Versilov mi padre, cosa que no se permitía hacer jamás conmigo; además, era él el primero que había hablado de, Versilov, lo que no ocurría nunca.

-¡Está sin dinero y se lo llevan los diablos! -respondí secamente, pero ardiendo de curiosidad.

-Sí, sin dinero. Hoy precisamente va su asunto al tribunal de apelación, y estoy esperando el príncipe Sergio para ver qué me dice. Me ha prometido que vendrá directamente desde el tribunal aquí. Hoy se decide el destino de todos ellos: se trata de sesenta mil o de ochenta mil. Evidentemente, yo siempre le he tenido simpatía a Andrés Petrovitch (es decir, a Versilov), y creo qua será él quien ganará, pero los príncipes se quedarán sin nada. ¡Es la ley!

-¿Hoy? -exclamé estupefacto.

La idea de que Versilov ni siquiera se había dignado comunicarme esta noticia me llenaba de estupor. "Entonces no ha dicho nada a mi madre, ni a nadie quizá - pensé yo al punto -. ¡Vaya un carácter! "

-¿Y el príncipe Sokolski está en Petersburgo? -De golpe y porrazo se me había ocurrido una idea muy distinta.

-Desde ayer. Ha venido directamente de Berlín, especialmente para este día.

Otra noticia de extrema importancia para mí. "Y vendrá hoy, el mismo individuo que le dio a él una bofetada"

-Bueno - la fisonomía del príncipe cambió súbitamente -, continuará predicando, y sin duda... cortejará a las jóvenes, a las muchachitas sin experiencia. ¡Ja, ja! A propósito de esto, tengo una anécdota muy divertida... ¡Ja, ja!

-¿Quién predica? ¿Quién corteja a las muchachas?

-¡Andrés Petrovitch! ¿Podrás creerlo? Entonces estaba pendiente de todos nosotros: ¿qué comemos?, ¿en qué pensamos? O cosas por el estilo. Nos llegaba a dar miedo: "Si sois religiosos, ¿por qué no entráis en el convento?" ¡Ni más ni menos! Mais quelle idée! Quizá tenía razón, pero ¿no era algo demasiado riguroso? A mí sobre todo, a mí era cosa que le encantaba asustarme con el juicio final.

-Yo no he notado nada de esa índole, y, sin embargo, hace ya un mes que estamos viviendo juntos - respondí con impaciencia.

Estaba muy molesto al ver que no se recuperaba del todo y que balbuceaba sin orden ni concierto.

-Entonces es que ahora ya no lo dice, pero, créelo, es completamente cierto. Es un hombre espiritual, indudablemente, y de una ciencia profunda; pero ¿tiene la cabeza en su sitio? Todo eso le ha pasado después de sus tres años de estancia en el extranjero. Y to confieso, me sentí trastornado... como todo el mundo, por otra parte... Cher enfant, j'aime le bon Dieu... yo creo, creo todo lo que me es posible creer, pero en aquellos momentos... me hizo salir de mis casillas. Admitamos que empleé un procedimiento poco caballeresco, pero lo hice adrede, por despecho, y por lo demás, en el fondo, mi objeción era tan seria como lo ha sido siempre desde el principio del mundo: "Si existe un Ser Supremo, le decía yo, y si existe personalmente, y no bajo la forma de un espíritu repartido a través de la creación, bajo la forma de un líquido por ejemplo (porque. entonces es todavía más difícil de comprender), ¿dónde reside, pues? Amigo mío, c'était béte, sin duda alguna, pero ¿es que todas las objeciones no vienen a desembocar ahí? Un domicile, es una cosa grave. Se enfadó terriblemente. Era que allá abajo se había convertido al catolicismo.

-También yo to he oído decir. Seguramente es una mentira.

-Te lo garantizo, por lo que haya de más sagrado. Obsérvalo bien... Por lo demás, tú mismo dices que ha cambiado. Pues bien, en el momento que nos atormentaba tanto, ¿podrás creerlo?, se daba aires de santo, ¡no le faltaban más que los milagros; Nos pedía cuentas de nuestra conducta, ¡te lo juro! ¡Milagros! En voilà une autre! Todo lo monje o ermitaño que quieras, pero el caso es que se paseaba con traje de paisano y todo lo demás... ¡y después de eso, milagros! Extraño deseo para un hombre de mundo y, lo confieso, un gusto raro. No digo... desde luego, son cosas sagradas, y todo puede suceder... Además, todo eso, es de l'inconnu, pero para un hombre de mundo es incluso una inconveniencia. Si la cosa me sucediera a mí, o si se me ofreciera, yo rehusaría, lo juro. Supongamos por ejemplo que ceno hoy en el círculo, que en seguida, de golpe y porrazo, he aquí que me pongo a hacer milagros. ¡Se reirían de mí! Es lo que le dije entonces... Llevaba cadenas (18 ).

Enrojecí de cólera.

-¿Las vio usted esas cadenas?

-No es que las viera, pero...

-Entonces, se lo digo a usted, son mentiras, no es más que un amasijo de viles comadreos, una calumnia de enemigos, o más bien de un enemigo, principal a inhumano, puesto que él. no tiene más que un enemigo, ¡y es su hija de usted!

El príncipe estalló a su vez.

-Mon cher, te to ruego, a insisto en ello, te encarezco que, a partir de hoy, el nombre de mi hija no se pronuncie jamás delante de mí a propósito de esa historia infame.

Hice ademán de levantarme. Ël estaba fuera de sí; le temblaba la barbilla.

-Cette histoire infâme!... Yo no me la creía, no he querido jamás creer en eso... Pero... me lo han dicho: créeme, créeme, yo...

En aquel momento entró un criado y anunció una visita. Me volví a sentar.

 

IV

Entraron dos señoras, o más bien dos muchachas. Una era la nieta de un primo hermano de la difunta mujer del príncipe, o algo por el estilo, protegida suya, a la cual le había otorgado ya una dote y que (lo anoto para el porvenir) tenía ya fortuna; la segunda era Ana Andreievna Versilova, hija de Versilov, tres años mayor que yo y que vivía con su hermano en casa de los Fanariotova, no habiéndola yo visto hasta ahora más que una sola vez, de paso, en la calle, aunque, por otra parte, tuve unas palabras, también de paso, en Moscú, con su hermano (es muy posible que más ádelante mencione esta escaramuza, si tengo ocasión, porque en el fondo no vale la pena). Esta Ana Andreievna había sido desde su infancia la gran favorita del príncipe (las relaciones de Versilov con el príncipe se habían iniciado hacía muchísimo tiempo). Yo estaba tan turbado por lo que acababa de suceder, que, a su entrada, ni siquiera me levanté, aunque el príncipe se hubiese levantado para acogerlas; después pensé que ya sería vergonzoso levantarse, y me quedé en mi sitio. Sobre todo estaba desorientado por el hecho de que el príncipe me hubiese gritado tres minutos antes, y seguía sin saber si debía irme o no. Pero mi buen viejo lo había olvidado ya todo, como era su costumbre, y se animó del todo, muy agradablemente, al ver a las jóvenes. Incluso se las arregló, con una fisonomía cambiada rápidamente y un guiño de ojos misterioso, para susurrarme a toda prisa, justo un segundo antes de que entraran:

-Observa-bien a Olimpia, mírala atentamente, muy atentamente... ya te contaré luego...

La mire con bastante atención y no le encontré nada de particular: una muchacha de una estatura media, fuerte, con mejillas extraordinariamente rojas. Un rostro por lo demás bastante agradable, de los que agradan a los materialistas. Quizás una expresión de bondad, pero con sus reservas. No sería precisamente por su inteligencia por lo que podría brillar, por lo menos en el sentido superior de la palabra, puesto que en sus ojos se leía la astucia. No más de diecinueve años. En una palabra, nada digno de atención. En el Instituto habríamos dicho: una pavita. (Si la describo de manera tan detallada, es únicamente porque esto me servirá más tarde.)

Por lo demás, todo lo que he descrito hasta aquí, con tantos detalles en apariencia inútiles, todo eso prepara la continuación y será necesario más adelante. Todo se volverá a encontrar en su debido momento; no he encontrado medio de evitarlo; si resulto aburrido, no me leáis.

La hija de Versilov era una persona completamente distinta. Alta, incluso un poco delgada; un rostro ovalado y notablemente pálido, aero cabellos negros y abundantes; ojos sombríos y grandes, la mirada profunda; labios pequeños y bermejos, una boca fresca. La primera mujer cuyos andares no me inspiraban repugnancia; por lo demás era fina y un poco seca. Una expresión que no era del todo bondadosa, pero seria; veintidós años. Casi ningún parecido exterior con Versilov, y sin embargo, no sé por qué milagro, un parecido extraordinario en la expresión, en la fisonomía. No sé si era bonita; eso es cuestión de gusto. Las dos iban vestidas muy modestamente: nada que describir. Yo contaba ser ofendido inmediatamente por alguna mirada o algún gesto de Versilova, y estaba preparado; desde luego había sido bien ofendido por su hermano, en Moscú, en el primer encuentro que tuvimos en la vida. Ella no podía conocerme de vista, pero desde luego había oído decir que estaba en casa del príncipe. Todo lo que proyectaba o hacía el príncipe suscitaba inmediato interés y parecía un acontecimiento en toda aquella banda de parientes y de "postulantes": con mucha más razón el apasionamiento súbito que había concebido por mí. En compensación, yo sabía que el príncipe se interesaba muchísimo por la suerte de Ana Andreievna y le buscaba un novio. Pero encontrar ese novio era más difícil para Versilova que para las que se dedicaban a hacer labores.

Ahora bien, contra toda previsión, Versilova, después de haber estrechado la mano del príncipe y cambiado con él algunos festivos cumplidos mundanos, me miró con una curiosidad extrema, y, viendo que yo la miraba también, se inclinó bruscamente con una sonrisa. En suma, acababa de entrar y se inclinaba como la que ha llegado la última, pero aquella sonrisa era tan bondadosa, que, indudablemente, era algo querido a propio intento. Me acuerdo de eso; experimenté una sensación asombrosamente agradable.

-Y aquí---. aquí, es mi joven y querido amigo Arcadio-Andreievitch Dol... - balbuceó el príncipe notando que ella no había saludado, y que yo seguía sentado.

De repente se interrumpió: quizá se sintió confuso al presentarme a ella (es decir, al preserítar el hermano a la hermana). La pavita me saludó también; pero súbitamente y de una manera muy estúpida estallé y salté de mi asiento: un arrebato de orgullo ficticio, absolutamente insensato; ¡siempre mi amor propio!

-Dispense, príncipe, no soy Arcadio Andreievitch, sino Arcadio Makarovitch -- corté violentamente, olvidando por completo que era preciso responder a la señora con un saludo.

¡Al diablo aquella minucia incongruente!

-Mais. .. tiens! - exclamaba ya el príncipe, dándose con la mano en la frente.

-¿Dónde ha hecho usted sus estudios? - resonó en mis oídos la pregunta un poco tonta y lánguida de la pavita que se había acercado muchísimo.

-En Moscú, en el Instituto.

-Ah, ya me lo habían dicho. Bueno, ¿y enseñan bien allí?

Muy bien.

Yo seguía estando de pie, y respondía como un soldado a su jefe.

Las preguntas de aquella muchacha no denotaban ciertamente mucha imaginación, pero no por eso había dejado de encontrar algo con lo que hacer olvidar mi absurda salida de tono y calmar la turbación del príncipe, que escuchaba ya con una sonrisa gozosa las cosas alegres que le cuchicheaba al oído Versilova; se veía que no estaban hablando de mí. Pero ¿por qué aquella muchacha, que me era absolutamente desconocida, había juzgado necesario hacer olvidar mi absurda salida de tono y todo lo demás? Sin embargo, era imposible admitir que se condujera así -conmigo sin razón: ella tenía una intención determinada. Me examinaba con demasiada curiosidad; se hubiera dicho que deseaba que yo también por mi parte la observase lo más posible. Todo aquello me lo dije a mí mismo inmediatamente... y no me equivoqué.

-¿Cómo, hoy? - exclamó de repente el príncipe, saltando de su asiento.

-¿No lo sabía usted entonces? - se asombró Versilova -. Olympe!, el príncipe no sabía que Catalina Nicolaievna llega hoy. Hemos ido a casa de ella, pensábamos que había cogido el tren de la mañana y que estaba en casa desde hacía mucho tiempo. Pero acabamos de encontrárnosla en el zaguán; llegaba directamente de la estación y nos ha dicho que entremos a verle a usted; ella también va a venir de un momento a otro... ¡por lo demás, hela aquí!

La puerta lateral se abrió y ¡apareció aquella mujer!

Yo la conocía ya de cara, por un retrato sorprendente colgado en el despacho del principe; me había estudiado aquel retrato a lo largo de todo el mes. Frente a ella pasé en aquel despacho tres minutos, sm apartar los ojos de su rostro ni un solo segundo. Pues bien, sí yo no hubiese conocido el retrato y si me hubiesen preguntado después de aquellos tres minutos: " ¿Cómo la encuentra usted? ", no habría respondido nada, porque veía turbio.

Me ha quedado de esos tres minutos el recuerdo de una mujer verdaderamente hermosa, a la que el príncipe abrazaba y bendecía con la mano y que de repente dirigió una mirada rápida - completamente de improviso, entrada apenas - hacia mí. Distinguí claramente que el príncipe, sin duda señalándome, musitaba algo, con una risita, a propósito de su nuevo secretario y pronunciaba mi nombre. Ella hizo una mueca, me lanzó una mirada desagradable y sonrió tan insolentemente, que di un paso, me aproximé al príncipe y balbuceé, temblando locamente, sin acabar una sola palabra, y, a lo que creo, rechinando los dientes:

-Así pues, yo... yo tengo ahora que hacer... me voy.

Volví la espalda y salí. Nadie me dijo una palabra, ni siquiera el príncipe; todos se limitaban a mirar. El príncipe me contó luego que yo estaba tan pálido, que él "había tenido miedo".

¡No había por qué!

 

CAPÍTULO III

I

No había por qué tener miedo: una consideración superior absorbía todos los detalles, un sentimiento potente compensaba para mí todo el resto. Salí sumido en una especie de entusiasmo. A1 poner el pie en la calle, estaba dispuesto a echarme a cantar. Como hecha adrede, la mañana era espléndida: sol, transeúntes, ruido, movimiento, alegría, muchedumbre. ¿Cómo, es que esa mujer no me ha ofendido? ¿De quién habría yo tolerado aquella mirada y aquella sonrisa insolente sin una protesta inmediata, por tonta que fuera, poco importa, de mi parte? Y notadlo, había llegado justamente con la idea de ofenderme lo antes posible, antes de haberme visto: yo era a sus ojos "el comisionado de Versilov", y estaba persuadida ya en aquel momento, y lo ha seguido estando mucho tiempo después, de que Versilov tenía entre sus manos todo el destino de ella y tenía el medio de perderla en el momento mismo, si quisiera, gracias a un determinado documento; por lo menos ella lo sospechaba. Era un duelo a muerte. Pues bien, sin embargo yo no estaba ofendido. Había ofensa, pero yo no la sentía. ¿Qué digo?, estaba incluso contento; venido para odiar, sentía incluso que empezaba a amarla. "Me pregunto si la araña puede odiar a la mosca a la que acecha y a la que atrapa. ¡Querida mosca! Me parece que uno quiere a su víctima; por lo menos se la puede amar. De esta manera yo, por lo que a mí se refiere, amo a mi enemiga: estoy terriblemente contento de que sea tan bella. Estoy terriblemente contento, señora, de que sea usted tan arrogante y tan altiva: si fuese más modesta, tendría yo menos placer. Ha escupido usted sobre mí y yo triunfo;. si me hubiese usted escupido efectivamente al rostro, quizá no me habría enfadado, porque usted es mi víctima, la mía, y no la suya. ¡Qué seductora es esta idea! No, la conciencia secreta que se tiene de su poder es infinitamente más agradable que una dominación manifiesta. Si yo fuese rico hasta el punto de tener muchos millones, creo que encontraría un gran placer llevando vestidos raídos y haciéndome pasar por el más miserable de los hombres, casi por un mendigo, haciéndome despreciar y dar de empellones: la convicción de mi riqueza me bastaría. "

He aquí cómo podría traducir mis pensamientos de entonces y mi alegría y mucho de lo que sentía. Agregaré solamente que lo que acabo de escribir es más superficial: en realidad, yo era más profundo y más pudibundo. Todavía ahora, soy más pudibundo en mí mismo que en mis palabras y en mis actos. A Dios gracias.

Quizá he hecho mal en ponerme a escribir: quedan dentro de mí infinitamente más cosas que lo que se trasluce en las palabras. El pensamiento de uno, por mezquino que sea, en tanto que está en uno, es siempre más profundo; una vez expresado, es siempre más ridículo y más desleal. Versilov me ha dicho que lo contrario no sucede más que en la gente malvada. Éstos no hacen más que mentir, eso les resulta fácil; en cuanto a mí, me esfuerzo en escribir toda la verdad: ¡es terriblemente difícil!

 

II

Aquel 19 hice aún otra gestión.

Por primera vez desde mi llegada, me veía teniendo dinero en el bolsillo, puesto que los sesenta rublos reunidos en dos años se los había dado a mi madre, como ya he dicho más arriba; desde hacía algunos días, había decidido realizar, el día en que percibiese mi sueldo, una "experiencia" en la que pensaba desde hacía mucho tiempo. La víspera, había recortado de un periódico un anuncio de "el secretario ministerial en el consejo de los jueces de paz de San Petersburgo", etc., diciendo qu.e " este diecinueve de septiembre, a mediodía, en el barrió de Kazán, comisaría N.°- x, etc., etc., en la casa N.° x, serán vendidos los bienes muebles de la señora Lebrecht", y que "el inventario, las tasaciones de precio y los objetos que han de venderse podían ser vistos el día de la venta", etc., etc.

No eran mucho más de las dos. Me dirigí a pie a la dirección indicada Era el tercer año que no cogía nunca un coche: me había hecho el juramento a mí mismo (de otra forma no habría ahorrado jamás sesenta rublos). No iba nunca a las subastas públicas, todavía no me lo permitía a mí mismo, y mi aproximación ahora no iba a ser más que experimental. Había decidido no emprender nada de aquello más qúe cuando hubiese salido del Instituto, después de haber roto con todo el mundo, cuando hubiera vuelto a entrar en mi concha y estuviese completamente libre. En realidad, estaba muy lejos de estar a11í, en mi concha, y lejos de estar libre; pero esta gestión había decidido hacerla únicamente a título de experiencia, para ver, casí para soñar un poco, y no volver a ello en mucho tiempo quizá, mientras no llegase el día en que me ocuparía de eso seriamente. Para los demás, no era más que una pequeña venta sin importancia; para mí, era la primera cuaderna del barco sobre el que Cristóbal Colón partió para descubrir América. He ahí cuáles eran entonces mis sentimientos.

Una vez llegado, penetré en un hueco del patio del inmueble designado en el anuncio y entré en el apartamiento de la señora Lebrecht. Se componía de un recibidor y de cuatro habitaciones pequeñas y bajas. En la primera a partir de la entrada se apretujaba una multitud de una treíntena de personas: la mitad eran pastores; los otros, a primera vista, o curiosos o aficionados, o gente que operaba a favor de los Lebrecht; había comerciantes, judíos que acechaban los objetos dorados, y algunas personas de "buen porte". Las fisonomías de algunos de estos señores se han quedado grabadas en mi memoria. En la puerta grande y abierta de la habitación de la derecha, justamente entre l.os dos batientes, se había colocado una mesa, de forma que era imposible entrar en dicha habitacióm a11í se encontraban los objetos inventariados y destinados a ser vendidos. A la izquierda había otra habitación, pero su puerta estaba cerrada, aunque se entreabriese de vez en cuando dejando una pequeña hendidura por la que se veía mirar a alguien: sin duda un miembro de la numerosa familia de la señora Lebrecht, presa naturalmente de una gran vergüenza. Detrás de la mesa, de cara al público, se sentaba el señor secretario ministerial, revestido con sus insignias y que procedía a la subasta. Cuando llegué iban ya casi por la mitad; inmediatamente me abrí paso hasta la mesa. Estaban vendiendo candelabros de bronce. Miré.

Miré y me dije en seguida: ¿qué puedo comprar aquí? ¿Y dónde depositar estos candelabros de bronce, una vez adquiridos? ¿Es así como se hacen los negocios? ¿Pueden realizarse mis cálculos? ¿No era un cálculo infantil? Yo agitaba aquellos pensamientos y aguardaba. Era poco más o menos el sentimiento que se experimenta delante de una mesa de juego en el momento en que uno no ha coloeado aún su postura, pero en que se acerca ya con su carta: "Puedo poner, puedo marcharme, todo depende de mí." El corazón no os late aún, pero comienza a fallaros, palpita ligeramente, sensación que no carece de un cierto agrado. Pero la indecision os pesa pronto, y estáis como ciego: tendéis la mano, cogéis una carta, pero maquinalmente, casi contra vuestra voluntad. Como si vuestra mano estuviese regida por otro; por fin, heos aquí decididos, apostáis, y la sensación es completamente distinta, inmensa (19). No hablo de la venta, hablo de mí: ¿qué otra persona sentiría latir su corazón en una venta en pública subasta?

Había gente que se acaloraba. Había otros que se callaban y acechaban. Había algunos que compraban y se arrepentían. En cuanto a mí, no sentí la menor lástima de un señor que por error, por haber oído mal, había comprado una lecherita de imitación de plata, creyéndola de plata, por cinco rublos, en lugar de dos; incluso yo mismo me divertí mucho. El comisario-subastador variaba los objetos: después de los candelabros vinieron unos zarcillos, un cojín de cuero bordado, luego un cofrecito, sin duda por conseguir mayor variedad, o bien para responder a las exigencias del público. No pude contenerme más de diez minutos, me aproximé primeramente al cojín, luego al cofrecito, pero cada una de las veces me detuve en seco en el instance decisivo: aquellos objetos me parecían verdaderamente imposibles. Por fin entre las manos del comisario apareció un álbum.

-Un álbum, encuadernado en cuero rojo, usado, con dibujos en acuarela y en tinta china, en un estuche de marfil esculpido, con broches de plata: ¡dos rublos!

Me adelanté: el objeto parecía exquisito, pero había un defecto en el trabajado del marfil. Fui el único que me acerqué a mirar; todo el mundo se callaba, ningún competidor. Podía deshacer los atados y sacar el álbum de su estuche para examinarlo, pero no hice use de mi derecho a hice la señal, con una mano que temblaba: "¡Poco importa!"

-¡Dos rublos, cinco copeques! - dije rechinando los dientes, creo.

El álbum fue para mí. Saqué en seguida el dinero, pagué, cogí el álbum y me fui a un rincón de la estancia. Allí, lo saqué de su escuche y, febrilmente, con apresuramiento, me puse a examinarlo: con excepción del estuche, era la cosa más miserable del mundo, un álbum pequeñito, no más grande que una hoja de papel de cartas de formato pequeño, delgado, con los cantos desdorados ya, como aquellos álbumes que tenían antiguamente las jovencitas que salían de los colegios. En colores y con tinta china estaban dibujados templos sobre montañas, amorcillos, un estanque donde nadaban cisnes. Había también versos:

Me voy para una larga ausencia,

Abandono Moscú para siempre,

A mi amor digo adiós con tristeza,

A Crimea me marcho sin verte.

(¡Se me han quedado en la memoria!) Deduje que había cometido una pifia; si podía existir un objeto inútil para todo el mundo, aquél desde luego lo era.

"Es igual - me dije -; la primera postura se pierde siempre. Incluso eso es una señal excelente."

Estaba decididamente satisfecho.

--¡Ah, llego demasiado tarde! ¿Es usted quien lo tiene? ¿Lo ha comprado usted? - resonó completamente de improviso y cerca de mí la voz de un caballero de abrigo azul, de buen porte y bien parecido.

Llegaba retrasado.

-¡Demasiado tarde! ¡Ah, qué desgracia! ¿Y por cuánto?

-Dos rublos cinco copeques.

-¡Ah! ¡Qué lástima! ¿Y no me lo cedería usted?

-Salgamos - le musité al oído, latiéndome el corazón.

Salimos al rellano.

-Se lo cederé por diez rublos - dije, corriéndome un escalofrío por la espalda.

-¡Diez rublos! Perdone, ¿qué está usted diciendo?

-Como usted quiera.

Me miró con los ojos abiertos de par en par; yo iba bien vestido, no me parecía en lo más mínimo a un judío o a un revendedor.

-Pero, permítame, es un viejo álbum sin valor. ¿De qué puede servirle a usted? Ni siquiera el estuche vale nada. No encontrará a quien vendérselo.

-Sin embargo, usted quiere comprarlo.

-Pero es que yo tengo mis motivos particulares. Solamente me enteré ayer. Soy el único comprador posible.

-Debería pedirle veinticinco rublos; pero como, a pesar de todo, hay el riesgo de que renuncie usted a él, le he pedido solamente diez, para mayor seguridad. No rebajaré ni un solo copes.

Volvfíla espalda y me fui.

--¡Acepte usted cuatro rublos! - dijo alcanzándome, ya en el patio. ¡Vamos, cinco!

Continué andando sin responder.

-¡Vamos, tome! - sacó diez rublos, y le entregué el álbum -. Confiese que no es una acción muy honrada. ¡De dos rublos a diez!

-¿Y por qué no ha de ser honrada? ¡Es el mercado!

-¿Qué mercado? - Empezaba ya a enfadarse.

-Donde hay demanda, hay mercado. Si usted no lo hubiese pedido, yo no lo habría podido vender ni siquiera en cuarenta copeques.

Tenía que hacer grandes esfuerzos para no echarme a reír a carcajadas y conservar mi seriedad; reía interiormente, reía no de entusiasmo, sino sin saber por qué. Me ahogaba un poco.

-Escúcheme -- rezongué yo completamente a mi pesar, pero amistosamente y con un gran afecto hacia él -, escuche. Cuando el difunto James Rothschüd de París, el que ha dejado mil setecientos millones de francos (él agachó la cabeza), en su juventud, se enteró por casualidad, unas horas antes que los demás, del asesinato del duque de Berry, se apresuró a visitar a quien le correspondía, y por eso, en un abrir y cerrar de ojos, ganó varios millones (20). He ahí cómo se hacen las cosas.

-Entonces, ¿usted es Rothschild, usted? - me gritó indignado, como si estuviera dirígiéndose a un imbécil.

Salí vivamente de la casa. ¡Una sola gestïón, y siete rublos noventa y cinco copeques de ganancias! La maniobra había sido insensata, era un juego de niños, convengo en ello, pero lo cierto era que coincidía con mi idea y no podía menos que conmoverme profundamente. Por lo demás, no hay en esto sentimientos que describir. El billete de diez rublos estaba en el bolsillo de mi chaleco, hundí allí dos dedos para palparlo y caminé así sin retirar la mano. A cien pasos de la casa, cogí el billete para mirarlo, lo examiné y tuve ganas de besarlo. De repente un coche se detuvo delante de una casa; el portero abrió la puerta y una señora subió al carruaje, lujosa, joven, bella, rica, envuelta en sedas y terciopelos, con una cola de metro y medio. De pronto, un bonito portamonedas se le escapó de las manos y cayó al suelo; ella se acomodó; el criado se bajó para recoger el objeto, pero yo di un brinco, lo cogí y se lo alargué a la señora alzándome el sombrero (un bombín; iba vestido como un joven elegante, no mal del todo). La señora me dijo con discreción, pero con una sonrisa muy agradable:

-Merci, caballero.

El coche partió. Besé el billete de diez rublos.

Aquel mísmo día tenía yo que ver a Efim Zvierev, uno de mis antiguos camaradas del Instituto, que lo había abandonado para entrar en una escuela especial de Petersburgo. No vale la pena de una descripción y, en suma, yo no tenía con él ningún lazo de amistad; pero me había puesto en su búsqueda; él podía (en virtud de ciertas circunstancias que tampoco merecen ser mencionadas) proporcionarme la dirección de un tal Kraft, del que yo tenía una necesidad extrema, en el momento en que ese Kraft volviese de Vilna. Zvierev lo aguardaba justamente aquel mismo día o al otro, y me to había hecho saber la antevíspera. Era preciso it a Petersburgskaia storona (21), pero yo no sentía ningún cansancio.

Encontré a Zvierev (él también tenía los diecinueve años cumplidos) en el patio de la casa de su tía, con la que vivía provisionalmente. Acababa de comer y se paseaba por el patio en zancos; me anunció de sopetón que Kraft había- llegado la víspera y que había bajado a su antiguo apartamiento, también en Petersburgskaia storona, y que deseaba, él también, verme lo más pronto posible, para comunicarme inmediatamente una noticia urgente.

-Se vuelve a marchar no sé dónde - agregó Zvierev.

Como para mí era de una importancia capital, dadas las circunstancias, ver a Kraft, le rogué a Efim que me condujera inmediatamente a su casa, puesto que resultaba que vivía en una callejuela vecina, a dos pasos de a11í. Pero Zvierev me declaró que se lo había encontrado una hora antes, cuando se dirigía a casa de Dergatchev.

-¡Pero vamos a11í! - me invitó -. ¿Por qué has de negarte siempre? ¿Es que tienes miedo?

Efectivamente, Kraft podía demorarse en casa de Dergatchev, y entonces, ¿dónde iba a poder encontrarlo? Yo no le tenía miedo a Dergatchev, pero no tenía ganas de ir a su casa, aunque aquella fuese por lo menos la tercera vez que Efim quería arrastrarme hasta a11í. Pronunciaba siempre aquel "¿tienes miedo?" con una sonrisa muy desagradable para mí. Sin embargo, no era cuestión de miedo, lo digo de antemano, y si temía algo, era una cosa muy distinta. Aquella vez resolví ir; la casa estaba también a dos pasos. Por el camino le pregunté a Efim si seguía teniendo intenciones de marcharse a América.

-Quizás espere todavía - respondió con una risita.

Yo no lo apreciaba mucho, en realidad no lo apreciaba en absoluto. Tenía los cabellos casi blancos, una cara redonda, demasiado blanca, blanca hasta la inconveniencia, casi infantil; era más alto que yo, pero era imposible calcularle más de diecisiete años. Con él no era posible sostener ninguna conversación.

-¿Y qué pasa por a11á? ¿Siempre hay tanta gente? - pregunté por decir algo.

-Pero, ¿por qué has de tener siempre miedo? - dijo una vez más, echándose a reír.

-¡Vete al diablo! - respondí furioso.

-No hay gente en lo más mínimo. No vienen más que conocidos, ningún extraño, estáte tranquilo.

-Extraños o no, ¿qué quieres tú que eso me importe? ¿Y yo, es que no soy yo un extraño en esa casa? ¿Por qué quieres que tengan confianza en mí?

-Soy yo quien te lleva y eso basta. Han oído hablar de ti. Kraft también puede decir lo que piensa de ti.

-Oye, ¿estará Vassine?

-No sé.

-Si está, empújame con el codo cuando entremos y señálamelo; en el mismo momento que entremos, ¿comprendes?

Yo había oído hablar tan bien de Vassine, que hacía mucho tiempo que me interesaba por él.

Dergatchev vivía en un pequeño pabellón en el patio de la casa de madera de una mujer de comerciante, pero él solo ocupaba todo aquel pabellón. Tenía tres hermosas habitaciones. Las cuatro ventanas tenían las persianas echadas. Era casi ingeniero y ocupaba un puesto en Petersburgo; incidentalmente the había enterado de que le proponían una colocación muy ventajosa en provincias y que iba a marcharse a11í.

Acabábamos de entrar en un minúsculo recibidor, cuando resonaron voces. Se habría dicho que era una discusión animada y alguien gritaba: "Quae medicamenta non sanat, ferrum sanat; quae ferrum non sanat, ignis sanat!" (22).

Yo estaba realmente inquieto. Sin duda no estaba acostumbrado a la sociedad, cualquiera que fuese. En el Instituto nos tuteábamos todos, pero, por así decirlo, yo no tenía ni un solo camarada; me había hecho mi rinconcito para mí y a11í me quedaba. Pero no era eso lo que me tenía preocupado. Me había hecho a mí mismo la promesa de no participar en ninguna discusión y no pronunciar más que las palabras indispensables, para que nadie pudiese formular conclusión alguna sobre mí; sobre todo, no discutir.

En la habitación, muy exigua, había siete personas, y diez con las señoras. Dergatchev tenía veinticinco años y estaba casado. Su mujer tenía una hermana y otra parienta; vivían también con él. La habitación estaba amueblada de cualquier manera, suficientemente, a incluso con pulcritud. En la pared se veía un retrato litografiado, pero sin valor, y en el ángulo un icono sin adornos de metal, pero con una lámpara encendida. Dergatchev avanzó a mi encuentro, me estrechó la mano y me ofreció una silla.

-Siéntese usted; está aquí en su casa.

-Háganos el favor - agregó inmediatamente una mujer joven de figura bastante agradable, vestida muy modestamente, y a continuación, después de haberme dirigido un ligero saludo, salió. Era su mujer y parecía haber tomado parte en la discusión; ahora iba a darle de mamar a su niño. Pero quedaban todavía dos señoras, una de estatura muy baja, de unos veinte años, vestida de negro y tampoco fea; la otra, de unos treinta años, seca y de ojos penetrantes. Estaban sentadas, escuchaban mucho, pero no intervenían en la conversación.

En cuanto a los hombres, todos estaban de pie, excepto Kraft, Vassine y yo. Efim me los señaló en seguida, puesto que yo veía a Kraft también por primera vez. Me levanté y me aproximé a ellos para entablar conocimiento. No olvidaré jamás el rostro de Kraft: ninguna belleza particular, pero algo de delicado y de desprovisto de malicia, con una dignidad personal que se marcaba en todo. Veintiséis años, una cierta delgadez, una estatura superior a la estatura media, rubio, la fisonomía seria, pero dulce; una especie de tranquilidad en toda su persona. Y sin embargo, si queréis saberlo, no cambiaría jamás mi rostro tan vulgar por el suyo, que me parecía tan seductor. Había en su fisonomía un no sé qué que no me habría gustado en la mía, una especie de tranquilidad excesiva en el sentido moral de la palabra, una especie de orgullo secreto, ignorándose a sí mismo. Sin embargo, yo no podía juzgar exactamente de esta manera en aquel tiempo; es ahora cuando me parece haber juzgado así, después de consumado el hecho.

-Encantado de verle - dijo Kraft --. Tengo una carta que le interesará. Nos quedaremos aquí un momento y en seguida iremos a casa.

Dergutehev era (23) de estatura mediana, un moreno robusto, de hombros anchos, con una gran barba. Se veía en su mirada la inteligencia práctica y la reserva en todas sus cosas, una cierta prudencia jamás desmentida; en vano se esforzaba en callarse la mayor parte del tiempo; era él quien evidentemente dirigía la conversación. La fisonomía de Vassine no me impresionó apenas, aunque yo hubiese oído alabar su rara inteligencia: rubio, de grandes ojos de un gris claro, el rostro muy abierto, pero al mismo tiempo algo de un exceso de firmeza. Se le presentía poco sociable, pero la mirada era realmente inteligente, más que la de Dergatchev, más profunda, más inteligente que las de todos los presentes. Por lo demás, puede ser que yo esté exagerando ahora. De los restantes, no me acuerdo más que de dos personas entre toda aquella juventud: un hombre alto, bronceado, con patillas negras, hablando mucho, de edad de unos veintisiete años, profesor o algo por el estilo, y un muchacho de mi edad, con cazadora de campesino, el rostro corroído, taciturno, y todo oídos. Resultó ser en efecto de origen aldeano.

-¡No, no es así como hay que plantear la cuestión! - comenzó, reanudando por lo visto la discusión del momento, el profesor de las patillas negras, más acalorado que todos los demás -. Por lo que se refiere a las pruebas matemáticas, no tengo nada que decir, pero esta idea, que estoy dispuesto a aceptar incluso sin pruebas matemáticas...

-Espere un momento, Tikhomirov (24)-interrumpió ruidosamente Dergatchev -, los recién llegados no comprenden. Miren ustedes, se trata - y se volvió bruscamente hacia mí sólo (confieso que, si tenía intención de hacer sufrir un examen al "nuevo" a obligarrne a hablar, el procedimiento era muy hábil por su parte; lo percibí inmediatamente y me preparé) -, miren ustedes, se trata de que el señor Kraft, por ejemplo, del que todos conocemos su fuerza de carácter y la firmeza de sus convicciones, ha sido conducido por un hecho muy ordinario a una conclusión totalmente extraordinaria y que a todos nos ha asombrado. Ha llegado a la conclusión de que el pueblo ruso es un pueblo de segunda categoría...

-¡De tercera categoría! - le gritó alguien.

-... De segunda categoría, destinado a servir de materia prima a una raza más noble, sin tener jamás un papel independiente en los destinos de la humanidad. Basándose en esta conclusión, quizá justa, el señor Kraft ha llegado a decir que toda la actividad de los rusos, cualquiera que sea, debe quedar en lo sucesivo paralizada por esta idea, que, por así decirlo, los brazos se nos deben caer a todos y...

-¡Permite, Dergatchev! ¡No es así como hay que plantear la cuestión! - intervino Tikhomirov con impaciencia. (Dergatchev le cedió la palabra en seguida) -. Siendo asi que Kraft ha realizado estudios serios, ha extraído de la fisiología deducciones que él estima matemáticas y ha consagrado quizá dos años a su idea (que estoy dispuesto a adoptar con toda tranquilidad a priori), siendo así esto, quiero decir, la alarma y la seriedad de Kraft, la cosa se me aparece como un fenómeno. Todo nos conduce a la cuestión que Kraft no puede comprender, y de eso es de lo que debemos ocuparnos, quiero decir, de la incomprensión de Kraft, porque se trata de un fenómeno. Hay que decidir si este fenómeno corresponde a la clínica como caso aislado, o bien si es una propiedad que puede reproducirse normalmente en otros casos; es interesante para la causa común. Por lo que se refiere a Rusia, yo creo lo mismo que Kraft, y diría incluso que me alegro de ello; si esta idea fuese aceptada por todos, nos dejaría las manos libres y desembarazaría a mucha gente del prejuicio patriótico...

-No es por patriotismo - dijo Kraft con una especie de esfuerzo.

Todos aquellos debates parecían resultarle desagradables.

-¡Patriotismo o no, dejemos eso a un lado! - declaró Vassine, silencioso desde hacía mucho tiempo.

-Pero ¿de qué forma, decidme, la conclusión de Kraft podría debilitar las aspiraciones hacía la obra común de la humanidad? - gritó el profesor (él solo gritaba, todos los demás hablában.en voz baja)-. Yo bien quiero que Rusia sea colocada en un segundo rango; pero se puede trabajar para otros que no sean Rusia. Además, ¿cómo puede ser Kraft patriota si ha dejado de creer en Rusia?

-¡Por otra parte, él es alemán! - lanzó de nuevo una voz.

-¡Soy ruso! -dijo Kraft,

-Ésa es una cuestión que no afecta al fondo de las cosas - le hizo observar Dergatchev al interruptor.

--Salid, pues, de la estrechez de vuestra idea - continuó Tikhomirov, que no quería oír nada -. Si Rusia no es más que una materia para razas más nobles, ¿por qué no había ella de aceptar ese papel de materia? Es todavía un papel bastante brillante. ¿Por qué no descansar sobre esa idea para extender a continuación los puntos de vista? La humanidad está en vísperas de su regeneración, que ha comenzado ya. Hace falta estar ciego para negar las tareas que van a presentarse. Dejen ustedes a Rusia, si no tienen ya fe en ella, y trabajen por el porvenir, por el porvenir de un pueblo todavía desconocido, pero que se compondrá de toda la humanidad, sin distinción de razas. De todos modos, Rusia estará muerta un día; los pueblos, incluso los mejor dotados, viven mil quinientos años, dos mil años como máximo; dos mil años o doscientos años, ¿no es eso casi lo mismo? Los romanos, ¿no han triunfado durante mil quinientos años, y se han cambiado también en materia? Hace mucho tiempo que no existen, pero han dejado una idea, y esta idea ha sido un elemento de progreso en la evolución de la humanidad. ¿Cómo se le puede decir a un hombre que no tiene nada que hacer? Trabajad por la humanidad y no os preocupéis del resto. Hay tantas cosas que hacer, que la vida no bastará, sí se considera bien.

-¡Hay que vivir según la ley de la naturaleza y de la verdad! - dijo desde detrás de la puerta la señora Dergatcheva.

La puerta estaba entreabierta, y se la veía de pie, con el niño en el seno, el pecho semicubierto, escuchando ardientemente.

Kraft escuchaba sonriendo ligeramente. Al fin dijo, con aire un poco cansado, y además con una sinceridad enérgica:

-No comprendo cómo se puede, si se está bajo la influencia de alguna idea dominante a la cual se subordina enteramente vuestro espíritu y vuestro corazón, tener una razón cualquiera para vivir fuera de esa idea.

-Pero si se os ha dicho lógicamente, matemáticamente, que vuestra conclusión es errónea, que toda vuestra idea es falsa, que no tenéis el menor derecho a apartaros de la actividad útil común por la sola razón de que Rusia sería irrevocablemente un valor de segundo orden; si se os ha mostrado en lugar de un horizonte estrecho un infinito que se nos ofrece, en lugar de vuestra idea estrecha de patriotismo...

-¡Ah! - dijo Kraft haciendo un gesto con la mano --, os he dicho va que no se trata de patriotismo.

-Aquí hay una equivocación evidente - intervino de golpe Vassine -. El error consiste en que no tenemos en Kraft una simple deducción lógica, sino, por decirlo así, una deducción que degenera en sentimiento. Todas las naturalezas no son idénticas; hay muchos en quienes la deducción lógica se transforma a veces en un sentimiento violento que se apodera de todo el ser y que es muy difícil de expulsar o de modificar. Para curar al hombre así alcanzado, es preciso cambiar ese sentimiento, y la cosa no es posible más que reemplazándola por otra fuerza igual. Es siempre penoso, y en muchos casos imposible.

-¡Eso es un error! - clamó el disputador -. La conclusión lógica disuelve por si misma los prejuicios. La convicción razonable engendra un sentimiento apropiado. ¡El pensamiento emana del sentimiento y a su vez, al instalarse en nosotros, formula uno nuevo!

-Los hombres son muy diferentes. Unos cambian fácilmente de sentirnientos; otros, con dolor - respondió Vassine con aire de no querer prolongar la discusión.

Por mí, yo estaba encantado con su idea.

-¡Es exactamente como usted dice! - exclamé bruscamente, rompiendo el hielo y comenzando de pronto a hablar -. En efecto, en el lugar de un sentimiento es necesario poner otro capaz de substituirlo. En Moscú, hace cuatro años de esto, un general... es que, fíjense, yo no lo conocía, pero... Puede ser que, en el fondo, por sí mismo no fuese digno de inspirar respeto... Además el hecho mismo podía parecer irracional, pero... En fin, vean lo que pasó, perdió un hijo, o más bien dos hijas, una después de la otra, de la escarlatina... ¡Y bien!, se quedó súbitamente tan abrumado, que no olvidó jamás su dolor; daba lástima verle, y finalmente se murió apenas seis meses más tarde. Que murió de ese dolor, es un hecho. ¡Y bien!, ¿cómo se le habría podido resucitar? Respuesta: ¡por un sentimiento de una fuerza equivalente! Se necesitaba sacar de la tumba a esas dos hijitas y dárselas, eso es todo, quiero decir... alguna cosa de ese género. Él está muerto. Y sin embargo se le habrian podido ofrecer deducciones admirables: que la vida es corta, que todos nosotros somos mortales; se habría podido tomar del almanaque la estadística de los niños muertos por la escarlatina... estaba retirado...

Me interrumpí, oprimido, y miré a mi alrededor.

-¡Eso no es por completo lo mismo! - dijo alguien.

-El hecho que usted alega, sin ser de la misma naturaleza que el caso presente, es sin embargo análogo y lo aclara - dijo Vassine, volviéndose hacia mí.

 

IV

Debo confesar aquí por qué he estado entusiasmado por el argumento de Vassine sobre "la idea-sentimiento", y al mismo tiempo debo confesar una vergüenza infernal. Sí, yo tenía miedo de ir a casa de Dergatchev, pero por una razón distinta a la que suponía Efim. Yo tenía miedo porque los creía ya en Moscú. Sabía que esas gentes (ellos, a otros de la misma clase, poco importa) son dialécticos y que muy probablemente destrozarían "mi idea". Yo estaba muy seguro de que esta idea no se la comunicaría a ellos jamás, no se la diría nunca; pero podían (una vez más, ellos o la gente de la misma clase) decirme cosas que me harían perder confianza en mi idea, incluso sin que hiciesen alusión a la misma. Había en mí "idea" problemas no resueltos, pero yo no quería que otro los resolviese por mí. En estos dos últimos años yo había dejado incluso de leer, temiendo tropezar con cualquier pasaje que no estuviese a favor de mi "idea", y que habría podido turbarme. Y he aquí que Vassine del primer golpe resuelve el problema y me calma extraordinariamente. En efecto: ¿de qué, por tanto, tenía yo miedo y qué podían hacerme con toda su dialéctica? He sido tal vez el único en comprender lo que Vassine quería decir con su "idea-sentimiento". No basta con refutar una hermosa idea, es preciso reemplazarla por otra no menos bella; de otra forma, no queriendo separarme a ningún precio de mis sentimientos, yo refutaría en mi corazón la refutación, incluso haciéndome violencia, sea lo que fuere lo que ellos pudiesen decir. Y ellos, ¿qué podían darme a cambio? También yo habría debido ser más osado; tenía el deber de ser más valiente. Y al entusiasmarme por Vassine, experimentaba cierta vergüenza, ¡me encontraba como un hijo indigno!

Todavía otro motivo de vergüenza. No es el despreciable sentimiento de hacer valer mi talento lo que me ha impulsado a romper el hielo y a hablar, sino que es también un deseo de "saltar al cuello" de la gente. Este deseo de saltar al cuello, para que se me encuentre bueno, para que se pongan a abrázarme o yo no sé qué de ese tipo (una porquería, en una palabra), estimo que es el más infame de todos mis motivos de vergüenza. Desde hace mucho tiempo, sospechaba la existencia de eso en mí, y precisamente en aquel rincón donde me he mantenido durante tantos años, aunque no tenga por qué arrepentirme de ello. Yo sabía que debía mostrarme más sombrío en el mundo. La única cosa que me consolaba, después de cada una de aquellas vergüenzas, era que, a pesar de todo, me quedaba todavía mi "idea" , siempre en su escondite, y que yo no la había entregado. Con un encogimiento de corazón, me imaginaba a veces que, el día mismo en que hubiera comunicado mi idea a alguien, de pronto no me quedaría ya nada, de forma que yo sería semejante a todo el mundo y que quizás hasta abandonaría mi idea; por eso la guardaba, la conservaba y temía los cotilleos. Y he aquí que en casa de Dergatchev, casi desde el primer encuentro, no había sabido contenerme: cierto que no había entregado nada, pero había charloteado de manera imperdonable; me había cubierto de vergüenza. ¡Triste recuerdo! No, no puedo vivir con los hombres; incluso hoy día estoy convencido de ello; y hablo con cuarenta años de anticipación. Mi idea es mi rincón.

Apenas me hubo aprobado Vassine, me sentí presa de unas ganas incontenibles de hablar.

-En mi opinión, cada cual tiene derecho a tener sus sentimientos propios... con tal de que eso se haga por convicción... Y nadie tiene derecho a reprochárselo - dije dirigiéndome a Vassine.

La frase había sido pronunciada contuadentemente, pero me parecía que yo no tenía nada que ver con aquello, como si fuese la lengua de otra persona la que se hubiese movido en mi boca.

-¿Que-no-es-po-si-ble? - preguntó con ironía y recalcando las sílabas la misma voz que había interrumpido a Dergatchev y que le había gritado a Kraft que era, alemán.

Juzgándolo una completa nulidad, me volví hacia el profesor, como si fuera él el que hubiese gritado.

-Mi convicción es que no tengo ningún derecho para juzgar a nadie.

Yo estaba ya temblando, sabiendo de antemano que no podría contenerme.

-¿Y por qué hacer tanto misterio de eso? - resonó de nuevo la voz de la nulidad.

-¡Que cada cual tenga su idea! - dije yo mirando fijamente al profesor, que, por el contrario, se callaba y me examinaba con una sontisa.

-¿Y cuál es la suya? - gritó la nulidad.

-Es demasiado larga para contarla... En parte consiste en esto: ¡que los demás me dejen en paz! Mientras que tenga dos rublos, quiero vivir solo, no depender de nadie (tranquilícense, me sé las objeciones) y no hacer nada, ni siquiera para la gran humanidad por venir, al servicio de la cual se quería hacer trabajar al señor Kraft. La libertad individual, es decir, mi libertad para mí, ante todo; no quiero saber nada fuera de eso.

Mi error fue que me irrité.

-¿Eso es decir que usted predica la tranquilidad de la vaca satisfecha?

-Lo reconozco. La vaca no tiene nada de ofensivo. Yo no debo nada a nadie, pago mi tributo a la sociedad en forma de impuestos para que no me roben, no me den la lata y no me maten), y nadie tiene derecho a reclamarme más. Tal vez yo tenga personalmente otras ideas, tal vez querría servir a la humanidad y la serviré, quizás incluso diez veces más que todos los predicadores. Únicamente que no quiero que nadie exija de mí ese servicio, que nadie me obligue a ello, como se quiere obligar al señor Kraft. Quiero que mi libertad permanezca completa, aunque yo no mueva ni el dedo meñique. En cuanto a eso de salir corriendo para ir a colgarse del cuello de todo el mundo por amor a la humanidad y derramar lágrimas de enternecimiento, no es más que una moda. ¿Y para qué tendría yo que amar al prójimo o a vuestra humanidad futura, que no veré nunca, que no me conocerá, y que a su vez desaparecerá sin dejar rastro ni recuerdo (el tiempo nada tiene que ver con esto), cuando la tierra se cambiará a su vez en un bloque de hielo y volará por el espacio sin aire como una multitud infinita de otros bloques semejantes, lo que es con mucho la más absurda de las cosas que se pueda imaginar? ¡He ahí vuestra doctrina! Díganme, ¿por qué tendría yo que ser totalmente generoso? Especialmente si todo no dura más que un instante.

-¡Vamos! ¡Vamos! -- gritó una voz.

Yo había soltado aquella parrafada nerviosa y malévolamente, quemando todas mis naves. Sabía que me lanzaba al abismo, pero me apresuraba, temiendo las objeciones. Me daba perfecta cuenta de que rodaba al azar, sin orden, sin concierto, pero me daba prisa en convencerlos y en aplastarlos. ¡Era para mí tan importante! ¡Llevaba tres años preparándome! Lo curioso es que se callaron repentinamente, como si nunca hubiesen dicho nada, limitíndose a escuchar. Continué dirigiéndome al profesor:

-Perfectamente. Un hombre en extremo inteligente ha dicho entre otros que no hay nada más difícil que responder a la pregunta: " ¿Por qué hace falta en forma alguna ser virtuoso?" Existen aquí abajo, vean ustedes, tres especies de pillos: los pillos ingenuos, convencidos de que su pillería es la virtud suprema; los pillos vergonzantes, los que se ruborizan de su propia pillería, aun teniendo la firme intención de practicarla hasta el colmo, y, por fin, los pillos sin más ni más, los pillos pura-sangre. Permítanme: he tenido como camarada a un cierto Lambert que me decía ya a los dieciséis años que, cuando fuera rico, su mayor placer consistiría en alimentar a perros con pan y carne cuando los hijos de los pobres estuvieran muriéndose de hambre y que, cuando no tuvieran con qué calentarse, él compraría todo un pedazo de bosque, lo transportaría al campo abierto y caldearía el aire, sin dar a los pobres ni una sola ramita. ¡He ahí los sentimientos que él tenía! Pues bien, díganme ustedes qué podré responder a ese canalla pura-sangre si me pregunta: "¿Por qué hace falta en forma alguna ser virtuoso?" Y sobre todo en nuestra época, que ustedes han hecho de esta manera. ¡Puesto que las cosas nunca han ido peor que hoy, señores! La situación no está del todo clara en nuestra sociedad. Ustedes niegan a Dios, niegan la santidad; ¿cuál es entonces la rutina, sorda, ciega y obtusa, que puede obligarme a obrar de una determinada manera, si me resulta más ventajoso obrar de otra? Ustedes dicen: "Obrar razonablemente hacia la humanidad es también obrar en mi propio interés." Pero ¿qué pasa si yo encuentro irrazonables todas esas cosas razonables, todos esos cuarteles, esas falanges? ¿Qué tengo yo que hacer con todo eso, qué tengo yo que ver con eso y con el porvenir de ustedes, si no tengo más que una vida que vivir? Que me dejen saber a mí mismo cuál es mi propio interés: extraeré más placer de eso. ¿Cómo voy a interesarme por lo que sucederá en vuestra humanidad de dentro de mil años, si vuestro código no me concede a cambio ni amor, ni vida futura, ni patente de virtud? No, caballeros, si la cosa es así, viviré, con la mayor insolencia del mundo, para mí mismo. ¡Al diablo los demás!

-¡Bonito deseo!

-Estoy dispuesto a seguirlo.

-¡Mejor todavía! - Seguía siendo la misma voz.

Todos los demás continuaban callados, mirándome y observándome; pero poco a poco, desde varios rincones de la habitación, empezaron a elevarse unas risitas, al principio discretas. Luego todos se me echaron a reír en la cara. Únicamente Vassine y Kraft no reían. El. hombre de las patillas negras sonreía también; me miraba fijamente y escuchaba.

-Señores - yo temblaba con todo mi cuerpo -, no les diré mi idea, por nada del mundo. Les preguntaré, por el contrario, según el punto de vista que ustedes tienen, no según el punto de vista mío, puesto que quizá yo amo a la humanidad mil veces más que todos ustedes juntos. Díganme, y están ustedes obligados a responderme inmediatamente, están ustedes obligados a ello - precisamente porque se están riendo, díganme entonces: ¿Qué tienen ustedes que ofrecerme para que yo les siga? Díganme cómo me van a probar que todo irá mejor con el sistema de ustedes. ¿Qué harán de la protesta de mi individuo en el cuartel de ustedes, en los alojamientos comunes, en el strict nécessaire, en el ateísmo, en las mujeres comunes y sin hijos...? Porque ésa es la conclusión final, lo sé muy bien. ¡Y por todo eso, por esa porción ínfima de interés medio que me asegurará la racionalidad de ustedes, por un trozo de pan y un poco de calor, toman ustedes a cambio toda mi persona! ¡Aguarden un poco! Se me quita a la mujer; ¿aplastarán ustedes lo bastante mi individualidad como para impedirme matar a mi rival? Me dirán ustedes que en ese momento habré llegado a ser más razonable; pero mi mujer, ¿qué pensará de un marido tan rarzonable, si ella se respeta por poco que sea? Confiesen que es algo contra naturaleza. ¿No les da a ustedes vergüenza? (25).

-¿Es usted especialista... en temas femeninos? - se burló la voz de la nulidad.

Por un instante tuve ganas de lanzarme contra él y molerlo a golpes. Era un hombrecillo pelirrojo y cubierto de pecas ... . En realidad, al cuerno su aspecto.

-Tranquilícese, todavía no he conocido a la mujer - solté yo, volviéndome por primera vez hacia su lado.

-Preciosa comunicación, que podría haber sido hecha en forma más educada, dada la presencia de las señoras.

Pero todo el mundo empezó a agitarse; cada cual cogía su sombrero y hacía ademán de marcharse, no por causa mía, sino porque ya era hora. Únicamente que aquella manera de tratarme con el silencio me cubrió de vergüenza. Me levanté también.

-¿Quiere usted decirme, a pesar de todo, cómo se llama? No ha hecho usted más que mirarme - dijo el profesor, dando un paso hacia mí, con una innoble sonrisa.

-Dolgoruki.

-¿Príncipe Dolgoruki?

-No, Dolgoruki a secas, hijo del ex siervo Makar Dolgoruki a hijo natural de mi ex amo señor Versilov. Cálmense, señores: no digo eso para que se me lancen ustedes al cuello y se pongan a llorar de enternecimiento como vacas.

Hubo un estallido de risas sonoras y sin acritud, de forma que el niño que estaba durmiendo en la otra parte se despertó y se echó a llorar. Yo temblaba de furor. Todos estrechaban la mano a Dergatchev y se iban sin prestarme la menor atención.

-¡Vámonos!

Era Kraft, que me empujaba con el codo. Me dirigí hacia Dergatchev, y le estreché la mano con todas mis fuerzas y se la sacudí varias veces, con todas mis fuerzas también.

-Discúlpeme - me dijo - si Kudriumov - el tipo pelirrojo - no ha hecho más que ofenderle.

Seguí a Kraft. No me avergonzaba de nada.

 

VI

Evidentemente, entre mi yo de hoy y mi yo de entonces hay una distancia infinita.

Persistiendo en mi empeño de "no avergonzaxme de nada", alcancé a Vassine en 1a escalera, abandonando para eso a Kraft, personaje de segunda categoría, y, con el aire más natural del mundo, como si nada hubiese pasado le pregunté:

-Creo que conoce usted a mi padre, quiero decir a Versilov, ¿no es así?

-No lo conozco muy a fondo - respondió inmediatamente (sin el más mínimo matiz de esa cortesía refinada, pero ofensiva, de la que usan las personas delicadas respecto a quienes acaban de cubrirse de oprobio) -, pero lo conozco un poco. He coincidido con él y lo he oído hablar.

-Si lo ha oído usted, entonces lo conoce, porque usted es usted. Pues bien, ¿qué piensa de él? Perdóneme esta pregunta a quemarropa, pero necesito su respuesta. Necesito saber qué piensa usted de él, qué opinión tiene.

-Es mucho pedir. Me parece que es un hombre capaz de formularse a sí mismo exigencias enormes y cumplirlas quizá, pero sin dar cuentas a nadie.

-¡Exacto, completamente justo, es muy orgulloso! Pero, ¿es sincero? Escuche usted un poco. ¿Qué piensa usted de su catolicismo? Pero he olvidado que quizás usted no está al corriente. . .

Si yo no hubiese estado tan turbado, indudablemente no le habría hecho a quemarropa preguntas semejantes a un hombre con el que nunca había hablado y al que no conocía más que de oídas. Me asombraba que Vassine no pareciera notar mi locura.

-He oído decir algo de eso, pero ignoro hasta qué punto puede ser verdad - respondió con un tono siempre igual y tranquilo.

-¡No hay nada de verdad en todo esto! ¡Nó son más que mentiras! ¿Se imagina usted que él pueda creer en Dios?

-Es un hombre muy orgulloso, como usted mismo ha dicho, y a muchos hombres muy orgullosos les gusta creer en Dios sobre todo los que desprecian un poco a los hombres. Muchos hombres fuertes experimentan una especie de necesidad material de encontrar a alguien o algo que adorar. Al hombre fuerte le cuesta a veces mucho trabajo soportar su propia fuerza.

-¡Escuche, eso debe de ser terriblemente cierto! - exclamé yo -. Solamente que me gustaría comprender...

-Oh, el motivo de eso es bastante claro: eligen a Dios para no tener que adorar a los hombres, naturalmente sin darse cuenta de lo que ocurre en ellos mismos. Adorar a Dios no tiene nada de humillante, he ahí cómo se reclutan los creyentes más apasionados, o con más exactitud, los que apasionadamente desean creer; pero toman su deseo por una fe verdadera. Y esos son también los que, al final, pierden con más frecuencia sus ilusiones. En cuanto al señor Versilov, creo que tiene rasgos de carácter extremadamente sinceros. De una manera general, me interesa.

-Vassine - exclamé yo -, usted me agrada. No es su inteligencia lo que me asombra, sino que pueda usted, un hombre tan puro y tan inconmensurablemente superior a mí, caminar a mi lado y hablar con tanta sencillez y cortesía como si nada hubiese pasado.

Vassine sonrió:

-Me adula usted. Lo único que ha pasado allí es únicamente que a usted le gustan demasiado las conversaciones abstractas. Sin duda usted ha permanecido hasta ahora silencioso durante mucho tiempo.

-He estado tres años callado; durante tres años me he estado preparando para hablar... Es natural; no le he parecido a usted un tonto, porque usted mismo es extraordinariamente inteligente; aunque me haya sido imposible conducirme de una manera más estúpida. Pero estoy seguro de que le he parecido una persona vil.

-¿Una persona vil?

-¡Sí, sin duda alguna! Dígame, ¿no me desprecia usted en secreto por haber dicho que soy híjo natural de Versilov... por haberme jactado de ser hijo de un siervo?

-Se atormenta usted demasiado. Si le parece que ha hablado mal, no tiene más sino no hablar la próxima vez; aún le quedan cincuenta años por delante.

-¡Oh! Ya sé que es preciso mantenerse en silencio frente a los demás. La más innoble de todas las perversiones es la de colgarse del cuello de la gente. A ellos acabo de decírselo. ¡Y he aquí que ahora me cuelgo del cuello de usted! Pero hay una diferencia, ¿no es verdad? Si ha comprendido usted esta diferencia, si ha sido capaz de comprenderla, bendigo este minuto.

Vassine sonrió de nuevo:

-Véngame a ver, si gusta. Ahora tengo trabajo y estoy ocupado, pero será un placer para mí.

-Acabo de deducir por su cara de usted, que es usted muy tenaz y poco comunicativo.

-Quizá sea bastante cierto. El año pasado conocí en Luga a su hermana de usted. Isabel Makarovna... Kraft se ha parado y le está aguardando. Ahora tendrá usted que retroceder.

Estreché fuertemente la mano de Vassine y alcancé a Kraft, que había seguido andando mientras yo hablaba con Vassine. Caminamos en silencio hasta su alojamiento; yo todavía ni quería ni podía hablarle. Uno de los rasgos, más acusados del carácter de Kraft era la delicadeza.

 

CAPÍTULO IV

Kraft había tenido en tiempos un cargo oficial, y además ayudaba al difunto Andronikov (mediante una remuneración) a tratar ciertos asuntos privados de los que el último se ocupaba constantemente fuera de las horas de servicio. Lo que a mí me importaba era que Kraft, dada su intimidad con Andronikov, podía estar enterado de ciertas cosas que por su índole me interesaban. Pero yo sabía por María Ivanovna, mujer de Nicolás Semenovitch, en cuya casa yo había vivido tantos años mientras estaba en el Instituto - y que era la propia sobrina, la pupila y la favorita de Andronikov -, que Kraft había incluso recibido el "encargo" de entregarme algo. Yo lo estaba aguardando desde hacía un mes largo.

Vivía en un pequeño apartamiento de dos habitaciones completamente aislado, y, de momento, recién llegado, de vuelta de Vilna, estaba incluso sin servidumbre. Tenía abierta la maleta, pero los objetos no colocados estaban aún esparcidos sobre las sillas. Una mesa, delante del diván, sostenía un maletín, un cofrecillo, un revólver, etc... Cuando entramos, Kraft iba sumergido en sus pensamientos, como si me hubiese olvidado completamente, quizá ni siquiera había notado que yo no le había dirigido ni una sola palabra por el camino. Se puso en seguida a buscar algo, pero viendo de pronto un espejo, se detuvo y se miró fijamente un minuto largo. Noté aquella singularidad (no he hecho más que acordarme demasiado de todo aquello, más tarde), pero me sentía triste y muy turbado. No tenía fuerzas para concentrarme. Por un instante, experimenté el deseo súbito de marcharme y de abandonarlo todo a11í para siempre. ¿De qué se trataba en el fondo? ¿No era una preocupación ficticia la que yo me estaba proporcionando? Me desesperaba al ver cómo desperdiciaba mi energía en futilidades indignas, por pura sensibilidad, siendo así que tenía frente a mí toda una meta enérgica. Ahora bien, mi ineptitud para toda acción seria era evidente, en vista de to que había pasado en casa de Dergatchev.

-Kraft, ¿seguirá usted yendo a casa de ellos? -pregunté completamente de improviso.

Se volvió despacio hacia mí, como si me comprendiese mal. Yo me senté.

-Perdónelos usted - me dijo de pronto Kraft.

Naturalmente me pareció que se burlaba; pero, al mirarle, vi en su rostro una bonachonería tan extraña a incluso tan asombrosa, que yo mismo me asombré de la seriedad con que me rogaba que los "perdonase". Cogió una silla y se sentó a mi lado.

-Yo sé muy bien que soy quizás un amasijo de todas las clases que haya de amor propio y nada más --- empecé a decir -, pero no pido ningún perdón.

-¿Y a quién iba usted a pedírselo? -preguntó, dulcemente y con seriedad.

Siempre hablaba dulcemente y muy despacio.

-Admitamos que soy culpable ante mí mismo... Me gusta ser culpable ante mí mismo... Kraft, perdóneme si en este momento digo tonterías. Dígame, ¿es que también usted forma parte de ese círculo? Eso era lo que le quería preguntar.

-No son ni más tontos ni más sensatos que los demás; están chalados, como todo el mundo.

-¿Es que todo el mundo está chalado?

Me volví hacia él con una curiosidad involuntaria.

-Entre la gente bien, todo el mundo está hoy chalado. Sólo los mediocres y los incapaces se divierten... Pero ¿de qué sirve todo eso?

Mientras hablaba, miraba al vacío, empezaba frases y las interrumpía. Me chocó sobre todo observar un cierto aburrimiento en su voz.

-¿Y también Vassine está con ellos? Vassine tiene por su parte una inteligencia, una idea moral - exclamé yo.

-Hoy día no hay ideas morales. Han desaparecido súbitamente, todas, hasta la última. Se podría creer que nunca las ha habido.

-¿No las había en otros tiempos?

-Dejemos ese tema - dijo con un cansancio evidente.

Me sentí conmovido por su amarga seriedad. Ruborizándome por mi egoísmo, me puse a tono con él.

-La época presente - dijo él de una manera espontánea después de unos minutos de silencio, y mirando siempre al vacío - es la época del justo medio y de la insensibilidad. Pasión de la ignorancia, pereza, incapacidad de obrar, necesidad de que todo esté hecho. Nadie reflexiona ya; muy pocos podrían forjarse una idea.

Se volvió a interrumpir y se calló un instante. Yo escuchaba.

-Ahora se está desboscando a Rusia, se agota su suelo, se le transforma en estepa y se le prepara con vistas a los calmucos. Si un hombre llega esperanzado y planta un árbol, todo el mundo se echará a reír: "¿Es que piensas que lo verás crecer? " Por otra parte, los que desean el bien discuten lo que pasará dentro de mil años. La idea estabilizadora ha desaparecido. Todos estamos como en una posada, dispuestos a salir mañana mismo de Rusia. Cada cual vive como para desembarazarse...

-Permita usted, Kraft. Usted ha dicho: "se ocupan de lo que pasará dentro de mil años". Pero, esa desesperación suya... en cuanto al destino de Rusia ... .¿no es una inquietud del mismo tipo?

-¡Es... es la cuestión más esencial que pueda existir! -. declaró con irritación levantándose rapidamente -. ¡Ah, sí! ¡Ya se me olvidaba! - dijo completamente de improviso, con una voz muy distinta, mirándome con embarazo -. Le he hecho venir a usted por cuestión de negocios, y... ¡Perdóneme, por el amor a Dios!

Se hubiera dicho que acababa de salír de un sueño. Estaba casi confuso. Cogió una carte que estaba dentro de un vade colgado sobre la mesa y me la alargó.

-He aquí lo que tenía que entregarle a usted. Es un documento de alguna importancia - empezó a decir con precaución y con aire de hombre de negocios.

Mucho tiempo después, al reflexionar en aquello, me asombré por aquella facultad que él tenía (en horas tan graves pare él) de tratar con tanta cordialidad los asuntos de otros, de referirlos con tanta calma y firmeza.

-Es una carte de ese mismo Stolbieiev cuyo testamento ha dado lugar, después de su muerte, al proceso de Versilov contra los príncipes Sokolski. Ese proceso se está juzgando actualmente y terminará sin dude a favor de Versilov. La ley está de su lado. Ahora bien, en esta carta particular, escrita hace dos años, el testador anuncia él mismo su voluntad auténtica, o más bien su deseo, y la anuncia más bien en favor de los príncipes que de Versilov. Por lo menos, los puntos sobre los que se apoyan los príncipes Sokolski para impugnar el testamento encuentran en esta carta una poderosa confirmación. Los adversarios de Versilov darían cualquier cosa por este documento, que, por lo demás no tiene un valor jurídico absoluto. Alexis Nikanorovitch (Andronikov), que se ocupaba del asunto de Versilov, conservaba esta carta en su casa. Poco antes de su muerte me la confió con el encargo de "guardarla preciosamente"; quizá temía por sus papeles, viendo venir la muerte. Yo no tengo por qué juzgar sobre las intenciónes que pudiera tener Alexis Nikanorovitch en aquellos momentos y confieso que, muerto él, me hallé en una penosa indecisión: ¿qué hacer con aquel documento? ¿Qué hacer, sobre todo, en presencia de la vista en cierne? Pero María Ivanovna, en la que Alexis Nikanorovitch parecía tener mucha confianza, me sacó del apuro: me escribió categóricamente, hace tres semanas, encargándome que le entregara a usted el documento, lo que, ella cree (es su expresión) responde a la intención de Andronikov. Helo, pues, aquí, y me siento muy dichoso al podérselo entregar a usted por fin.

-Escuche - dije yo, intrïgado con una noticia tan inesperada -. ¿Qué voy a hacer ahora con esta carta? ¿Qué conducta debo seguir?

-Eso depende enteramente de usted.

-Es imposible. No soy libre en absoluto, convenga usted mismo en ello. Versilov confiaba hasta tal punto en esta herencia... Usted sabe que, sin ella, está perdido. ¡Y de golpe y portazo aparece un documento semejante!

-No existe más que aquí, en esta habitación.

-¿Es seguro eso? - dije mirándole atentamente.

-Si no encuentra usted por sí mismo la conducta que debe seguir, ¿qué consejo puedo yo darle?

-Sin embargo, yo no puedo entregárselo al príncipe Sokolski: mataría todas las esperanzas de Versilov y además ¿qué papel iba a representar yo a sus ojos? El de un traidor... Por otra pane, entregándoselo a Versilov, arrojo a unos inocentes en brazos de la miseria, y Versilov no dejaría de encontrarse en una situación sin salida: renunciar a la herencia, o convertirse en un ladrón.

-Exagera usted la importancia de la cosa.

--Dígame otra cosa: ¿este documento tiene un carácter terminante, decisivo?

-No. Apenas soy jurísta. El abogado de la parte contraria encontraría naturalmente el medio de utilizer el documen. lo y de extraerle todo el provecho que pudiera. Pero Alexis Nikanorovitch estimaba realmente que esta carta, si llegaba a ser mostrada, no tendría un gran valor jurídico, y Versilov podría de todos modos ganar su pleito. Es más bien, por así decirlo, un asunto de conciencia...

-Pero es que eso es lo que importa sobre todo - le interrumpí yo -; ¡por eso justamente se verá Versilov en una situación sin salida.

-Pero él puede destruir el documento, y entonces, por el contrario, estará prevenido contra todo peligro.

-¿Tiene usted motivos especiales para juzgarlo así, Kraft? Esto es lo que yo quería saber; por esto he venido a su casa.

-Creo que cualquier hombre en su lugar obraría de esa manera.

-¿Y usted también, y usted también obraría así?

-Yo no tengo que recibir ninguna herencia, y por eso no sé lo que haría.

--Bueno - dije guardándome la carta en el bolsillo -. Ya esto es una cosa decidida. Escúcheme, Kraft. María Ivanovna, que, se lo aseguro a usted, me ha descubierto muchas cosas, me ha dicho que usted, y solamente usted, podría decirme la verdad sobre lo que ocurrió en Ems hace dieciocho meses entre Versilov y los Akhmakov. Lo he estado esperando a usted como al sol que me daría luz. Usted no conoce mi situación Kraft. Le suplico que me diga toda la verdad. Quiero saber qué clase de hombre es, y ahora ¡ahora, es más necesario que nunca!

-Me extraña que no se lo hay a contado todo la misma María Ivanovna. Ella ha podido estar informada de todo por el difunto Andronikov, y seguramente se ha enterado y sabe mucho más que yo.

-El mismo Andronikov se ha visto embrollado en este asunto: eso es to que dice María Ivanovna. Es un asunto que, a mi entender, nadie llegará a poner en claro. El mismo diablo se rompería aquí la crisma, Pero yo sé que usted estaba entonces en Ems...

-Yo no estuve presence en todo, pero quiero contarle lo que sé. Aunque ¿podré satisfacerle así?

 

II

No recogeré textualmente su relato, sino que me limitaré a dar brevemente la substancia del mistno.

Dieciocho meses antes, Versilov, que, por intermedio del viejo príncipe Sokolski, había llegado a ser amigo de la casa Akhmakov (estaban todos entonces en el extranjero), había causado una fuerte impresión primeramente en el mismo Akhmakov en persona, el general, no muy viejo aún, pero que había perdido en el juego la rica dote de su mujer, Catalina Nicolaievna, en tres años de matrimonio, y a quien sus excesos le habían producido ya un ataque. Se había recuperado y había partído para el extranjero: vivía en Ems a causa de su hïja, fruto de un primer matrimonio. Era una jovencita enferrniza de unos diecisiete años, delicada del pecho, muy bella, según se dice, y también extraordinariamente caprichosa. No tenía dote; se contaba, como de costumbre, con el viejo príncipe. Catalina .Nicolaíevna era, al parecer, una buena madrastra. Pero la joven se prendó de una manera muy particular de Versilov. Éste predicaba entonces "no sé qué cosa apasionada", para emplear la expresión de Kraft, no sé qué vida nueva, "estaba presa de una exaltación religiosa del más alto grado", según la expresión extraña, y quizá bu.rlona, de Andronikov, que me ha sido transmitida. Llamando la atención, bien pronto fue detestado por todo el mundo. El general mismo le temía; Kraft no desmiente en manera alguna el rumor según el cual Versilov habría conseguido implantar en el cerebro de su marido enfermo la idea de que Catalina Nicolaievna no era indiferente al joven príncipe Sokolski (que pot aquel entonces había salido de Ems para París). Lo hizo no directamente, sino, "según su costumbre", por alusiones, insinuaciones y con toda clase de rodeos, "en to que ha llegado a ser maestro", declaró Kraft. En general, debo decir que Kraft lo juzgaba, y quería juzgarlo, más bien coma un bribón y un íntrigante, nato que como un hombre realmente poseído por una idea superior o sencillamente original. Yo sabía por otra parte, por fuera de Kraft, que Versilov, que había ejercido al principio una inmensa influencia sobre Catalina Nicolaievna, había llegado poco a poco a romper con ella. En qué consistía todo aquel juego, no he podido jamás hacérmelo explicar por Kraft, pero el odio mutuo sobrevenido entre ellos dos, después de su enemistad, me había sido confirmado por todos los conductos. Se produjo a continuación un hecho singular: la enfermiza hijastra de Catalina Nicolaievna se enamoró sin duda de Versilov, o bien se quedó impresionada por algún rasgo de su persona, o bien fue influida por sus discursos, en resumen no sé nada de eso; pero es cosa sabida que, durante algún tiempo, Versilov pasaba, casi todos los días, horas y horas junto a aquella muchacha. Finalmente, ella declaró con toda brusquedad a su padre que quería a Versilov por marido. El hecho es real, está confirmado por todos, y Kraft, y Andronikov, y María Ivanovna a incluso Tatiana Pavlovna han hecho alusión a él un día en mi presencia. Se aseguraba también que Versilov no sólo deseaba aquel matrimonio, sino que incluso insistía, y que el acuerdo de aquellas dos criaturas heterogéneas, de un hombre viejo y de una niña, fue mutuo. Pero aquella idea espantaba al padre; a medida que iba aborreciendo a Catalina Nicolaievna, a la que había amado mucho en otros tiempos, se había puesto a adorar a su hija, sobre todo después de sufrir su ataque. Pero el adversario más encarnizado de semejante casamiento fue Catalina Nicolaievna. Hubo una cantidad extraordinaria de conflictos domésticos, secretos y extremadamente desagradables, de disputas, de enfados; en una palabra, suciedades de toda índole. El padre por fin comenzó a ceder, al ver la testarudez de su hija, enamorada de Versilov y "fanatizada" por él (la expresión es de Kraft). Pero Catalina Nicolaievna continuaba rebelándose, con un odio implacable. Y aquí es donde comienza el embrollo del que nadie comprende una palabra. He aquí sin embargo la hipótesis construida por Kraft según ciertos datos, pero no es más que una hipótesis.

Versilov habría conseguido sugerir, a su manera, delicada e irresistible, a la jovencita que, si Catalina Nicolaievna se negaba a dar su consentimiento, era porque ella misma estaba enamorada de él y desde hacía largo tiempo se hallaba atormentada por los celos: lo perseguía, intrigaba, le había hecho ya una declaración, y estaba dispuesta ahora a quemarlo vivo porque él amaba a otra. En resumen, algo por ese estilo. Lo peor era que habría "deslizado" una palabrita al padre, al marido de la mujer "infiel", explicando que lo del príncipe no había sido más que una distracción. Según otras variantes, Catalina Nicolaievna quería con locura a su hijastra y ahora, calumniada ante ella, estaba entregada a la desesperación, sin hablar de sus relaciones con su marido enfermo. En fin, existe aún otra variante en la cual, con gran pena por mi parte, creía rotundamente Kraft, y en la cual creía yo mismo (porque ya de eso había tenido indicios). Se aseguraba (según se dice, Andronikov lo había sabido por boca de la misma Catalina Nicolaievna) que Versilov, por el contrario, ya antes, es decir, antes de que la jovencita hubiese conocido aquellos sentimientos, había ofrecido su amor a Catalina Nicolaievna; que ésta, que era su amiga a incluso había sido exaltada por él durante algún tiempo, pero que no lo creía nunca y lo contradecía siempre, había acogido aquella declaración con un odio extraordinario y lo había abrumado de burlas venenosas. Lo había puesto formalmente de patitas en la calle, porque el otro le proponía lisa y llanamente hacerla su mujer, previendo un segundo ataque, inminente, del marido. Así pues, Catalina Nicolaievna debió de experimentar una aversión particular contra Versilov cuando le vio seguidamente buscar de una manera tan ostensible la mano de su hijastra. María Ivanovna, al contarme todo aquello en Moscú, creía en la verdad de una y otra variante, es decir, todo a la vez: ella aseguraba que todo aquello podía conciliarse, que era la haine dans l'amour, una especie de orgullo amoroso herido, de una y de otra parte, etcétera; en una palabra, una especie de embrollo novelesco, indigno de un hombre serio y en posesión de sus cinco sentidos, y con una mezcla además de infamia. Pero María Ivanovna estaba repleta de novelas desde su infancia, las leía noche y día, a pesar de tener un carácter excelente. Lo que se desprendía de aquello, era la evidente ignominia de Versilov, la mentira y la intriga, algo negro y repugnante, tanto más cuanto que el final fue trágico: la pobre jovencita, inflamada de amor, se envenenó, se dice, con cerillas de fósforos; por lo demás, aún no sé hoy día si este último rumor es exacto; de todas maneras, se trató de ahogarlo por todos los medios. La joven no estuvo enferma más de quince días y murió. De ese modo la historia de las cerillas quedó dudosa, pero Kraft creía en ella firmemente. A continuación, muy rápidamente, murió el padre de la joven, se dice que de pena, pena que le produjo un segundo ataque, pero, sin embargo, no antes de tres meses. Pero, después del entierro de la muchacha, el joven príncipe Sokolski, vuelto de París a Ems, abofeteó públicamente a Versilov en pleno jardín, y el otro no respondió con un desafío; al contrario, al día siguiente se mostró en el paseo como si nada hubiera pasado. Fue entonces cuando todo el mundo le volvió la espalda, también en Petersburgo; Versilov conservaba no obstante algunos conocimientos, pero en un ambiente completamente distinto. Sus amigos del gran mundo se hicieron todos sus acusadores, aunque muy pocos conociesen todos los detalles; no se sabía más que la historia de la muerte novelesca de la jovencita y lo de la bofetada. Únicamente dos o tres individuos poseían datos tan completos como era posible tener; el que más sabía de aquello fue el difunto Andronikov, que desde hacía mucho tiempo estaba ya en relaciones de negocios con los Akhmakov y en particular con Catalina Nicolaievna a causa de un determinado asunto. Pero guardó el secreto incluso en el seno de su propia familia; no se había franqueado un poco más que a Kraft y a María Ivanovna, y eso por necesidad.

-Lo esencial - concluyó Kraft - es que existe un documento al que la señora Akhmakova teme espantosamente.

Y he aquí lo que él me comunicó a este respecto.

Catalina Nicolaievna había cometido la imprudencia, en el momento en que el viejo príncipe su padre se reponía en el extranjero de su ataque, de escribir a Andronikov, con gran secreto (Catalina Nicolaievna tenía en él una completa confianza), una carta extremadamente comprometedora. En aquellos momentos, el príncipe convaleciente había manifestado, según se dice, una cierta inclinación a derrochar su dinero, casi a tirarlo por la ventana: se había puesto a comprar en el extranjero objetos perfectamente inútiles, pero costosos, cuadros, jarrones; a hacer regalos y donativos, en grandes cantidades, incluso a diversos establecimientos del país; había estado a punto de comprarle a un noble ruso arruinado, a muy alto precio y sin hacer ninguna visita, una hacienda devastada y cargada de pleitos, y, en fin, pensaba realmente en el matrimonio. Pues bien, por todas aquellas razones, Catalina Nicolaievna, que no se habia apartado un paso de su padre durante su enfermedad, le plánteó a Andronikov, en su calidad de jurista y de "viejo amigo", esta pregunta: "¿Sería posible, conforme a la ley, poner al príncipe bajo tutela o someterlo a consejo judicial; o sea, cuál es el mejor medio para conseguir eso sin escándalo, para que nadie encuentre motivos para hacer comentarios, para no herir tampoco los sentimientos del padre?", etc., etc. Se dice que Andronikov la llamó al orden y la disuadió de semejante empeño; más tarde, cuando el. príncipe estuvo completamente curado, no hubo ya ocasión de volver sobre lo mismo; pero la carta se quedó en casa de Andronikov. Ahora bien, Andronikov muere; Catalina Nicolaievna se acuerda en seguida de su carta: si algún día la descubrieran entre los papeles del difunto y cayese en manos del viejo príncipe, seguramente éste la expulsaría para siempre, la desheredaría y no le daría ya un solo copec en vida. La idea de que su propia hija no creía en su razón a incluso quería hacerlo declarar loco haría de aquel cordero una verdadera fiera. Ahora bien, en su viudedad, ella se había quedado, gracias al jugador de su marido, sin la menor fortuna y no contaba más que con su padre; tenía la firme esperanza de obtener de él una nueva dote, tan generosa como la primera.

De la suerte que hubiese corrido aquella carta, Kraft sabía muy poco. Había notado sin embargo que Andronikov "no rompía nunca los papeles que podían servir" y que además tenía el espíritu amplio, pero la conciencia muy "amplïa" también. (Me asombré entonces de aquella extraordinaria independencia de Kraft, que quería y respetaba mucho a Andronikov.) Pero Kraft tenía sin embargo la convicción de que el documento comprometedor había debido de caer entre las manos de Versilov, dada su intimidad con la viuda y con las hijas de Andronikov: se sabía ya que ellas habían puesto a su disposición a inmediatamente todos los papeles del difunto. Kraft sabía además que Catalina Nicolaievna no ignoraba que la carta estaba en poder de Versílov y que esto era lo que ella temía, pensando que aquél iría inmediatamente a mostrársela al viejo príncipe; sabía también que cuando ella regresó del extranjero, había buscado la carta en Petersburgo, había estado en casa de los Andronikov, y continuaba aún buscándola, puesto que conservaba, a pesar de todo, la esperanza de que no estuviese en poder de Versilov; en fin, que había hecho el viaje desde Moscú únicamente con esta intención y le había suplicado a María Ivanóvna que hiciese una rebusca entre los papeles que se habían quedado en casa de esta última. En cuanto a la existencia de María Ivanovna y sus relaciones con el difunto Andronikov, ella se había enterado a última hora, una vez de vuelta en Petersburgo.

-¿Y cree usted que ella no ha encontrado nada en casa de María Ivanovna? - pregunté yo, teniendo mi idea.

-Si María Ivanovna no le ha revelado nada a usted, ni siquiera a usted, es quizá porque no tiene nada.

-Entonces, ¿cree usted que el documento está en poder de Versilov?

-Es lo más verosímil. Por lo demás, no estoy enterado de nada, todo es posible - declaró éi con un cansancio evidente.

Dejé de interrogarle. ¿Para qué seguir? Todo lo esencial estaba aclarado, a pesar de aquel abominable embrollo. Todo lo que yo temía se confirmaba.

-Todo esto me hace el efecto de un sueño o de un delirio - dije con una pena profunda, agarrando mi sombrero.

-¿Quiere usted mucho a ese hombre? - preguntó Kraft, con una simpatía grande y manifiesta, que leí en aquel momento en su rostro.

-Ha pasado lo que me imaginaba -- dije -: que no me enteraría de todo en casa de usted. Me queda una esperanza, con Akhmakova. Contaba con ella. Tal vez vaya a verla. Tal vez no.

Kraft me miró, un poco perplejo.

-¡Adiós, Kraft! ¿Para qué aferrarse a la gente que no quiere saber nada de uno? ¿No vale más romper de una vez?

-¿Y después? - preguntó con aire sombrío y mirando al suelo.

-¡Entrar dentro de uno, dentro de uno! ¡Romper con todo y entrar dentro de sí mismo!

-¿Irse a América? (26).

-¡A América! ¡Dentro de sí, sólo dentro de sí mismo! ¡He ahí en lo que consiste toda "mi idea", Kraft! - dije con excitación.

Me miró con curiosidad.

-¿Y tiene usted un sitio de ésos: un "dentro de sí"?

-Sí. Hasta la vista, Kraft. Le doy las gracias y lamento haberle importunado. En su lugar, con una Rusia semejante a la cabeza, yo enviaría a todo el mundo al diablo; marchaos, intrigad, comeos los unos a los otros; ¿qué me importa a mí eso?

-Quédese todavía un momento - dijo él de pronto, después de haberme acompañado ya a la puerta.

Ligeramente asombrado, volví y me senté de nuevo. Kraft se sentó enfrente. Cambiamos algunas sonrisas: vuelvo a ver todo aquello como si estuviese a11í. Recuerdo que me sentía un poco sorprendido.

-Lo que me agrada de usted, Kraft, es su cortesía -dije de repente.

-¿Es posible?

-Es que yo raramente consign ser cortés, por más que me esfuerce... Por otra parte, quizá sea preferible ofender a la gente: por lo menos se libra uno así de la desgracia de amarla.

-¿Qué hora del día es la que prefiere usted más? - preguntó él, evidentemente ya sin escucharme.

-¿Qué hora? No sé. No me gusta la puesta de sol.

-¿De verdad? - preguntó con una curiosidad extraña.

E inmediatamente volvió a caer en su ensimismamiento.

-¿Vuelve usted a marcharse a alguna parte?

-Sí... me voy...

-¿Pronto?

-Pronto.

-¿Es que, para ir hasta Vilna, hay necesidad de tener un revólver? - pregunté yo sin e1 menor mal pensamiento, incluso sin pensamiento alguno.

La pregunta se me había ocurrido porque había visto un revólver y no sabía qué decir.

Se volvió y miró fijamente el revólver.

No, no tiene importancia, es una mera costumbre.

--Si yo tuviese un revólver, lo guardaría bajo llave en algún sitio. Mire usted, es algo terriblemente tentador. No creo en las epidemias de suicidios; pero cuando se tiene siempre un objeto así al alcance de la vista, hay instantes en que está uno tentado.

--¡No diga usted eso! - exclamó él, levantándose bruscamente.

-No me refiero a mí - añadí yo, levantándome también -. Yo nunca haría uso de una cosa de ésas. Que me den tres vidas, si quieren. Ni aun así tendría bastante.

-¡Que viva usted mucho tiempo!

Aquellas palabras parecieron escapársele.

Sonrió con aire distraído y de una manera rara se dirigió derechamente hacía el recibidor, como para guiarme hasta la salida, sin darse cuenta a punto fijo de lo que hacía.

-Le deseo toda clase de felicidades, Kraft - dije poniendo el pie en el rellano.

-Eso está por ver - respondió con firmeza,.

-Hasta la vista.

-También eso está por ver.

Me acuerdo de la última mirada que lanzó.

 

III

Así, pues, he aquí el hombre por el que mi corazón ha latido tantos años. ¿Y qué esperaba yo de Kraft, qué revelaciones?

A1 salir de casa de Kraft, sentí un hambre terrible. Caía la tarde, y yo no había comido. Desemboqué en seguida en la Gran Perspectiva de Petersburgskaia storona y entré en un pequeño traktir (27) con intención de gastar veinte copeques, y en ningún caso más de veinticinco; por nada del mundo me habría permitido un gasto mayor en aquellos momentos. Pedí una sopa y, me acuerdo muy bien, después de habérmela tragado, miré por la ventana. En el interior había mucha gente; un olor de grasa quemada, de servilletas de posada y de tabaco. Era algo infecto. Por encima de mi cabeza, un ruiseñor mudo, sombrío y pensativo, golpeaba con el pico en el fondo de su jaula. En la sala de billar hacían un gran ruido, pero yo me quedé en mi silla reflexionando. La puesta de sol (¿por qué Kraft se había sorprendido tanto al enterarse de que no me gustaban las puestas de sol?) me procuró sensaciones nuevas a inesperadas, completamente fuera de lugar. Yo entreveía siempre la dulce mirada de mi madre, sus hermosos ojos, que, desde hacía un mes, se posaban en mi tan tímidamente. En aquellos últimos tiempos yo me portaba en casa muy groseramente, sobre todo con ella; a quien le guardaba rencor era a Versilov, pero no atreviéndome a decirle groserías, según mi costumbre innoble, era a ella a la que me dedicaba a atormentar. Hasta me tenía miedo: a menudo me miraba con ojos suplicantes cuando entraba Andrés Petrovitch temiendo alguna intemperancia por mi parte... Cosa rara, fue entonces, en el traktir, cuando me di cuenta por primera vez de que Versilov me hablaba de tú, y ella de usted. Ya me había asombrado antes de eso, y no precisamente a favor de ella, pero aquí me dabá cuenta de una manera especial, a ideas raras, unas tras otras, atravesaban mi cerebro. Me quedé mucho tiempo inmóvil, hasta que el crepusculo imperó por completo. Pensaba también en mi hermana...

¡Instante fatal! Hace falta decidirse a toda costa. ¿Es que soy incapaz de tomar una decisión? ¿Qué hay de difícil en una ruptura, sobre todo cuando los demás no quieren saber nada de mí? ¿Mi madre y mi hermana? Pero a ellas yo no las abandonaré en ningún caso, pase lo que pase.

Es verdad, la aparición de aquel hombre en mi existencia, por espacio de un relámpago, en mi primera infancia, ha sido el choque fatal que ha hecho tambalear mi conciencia. Si no me lo hubiese encontrado entonces, mi espíritu, mi manera de pensar, mi destino habrían sido seguramente distintos, a pesar del carácter que me estaba reservado por la suerte y que yo no habría podido evitar.

Ahora bien, resulta que este hombre no es más que un sueño, un. sueño de mis años de infancia. Soy yo quien me lo he imaginado de esta manera: en realidad él es muy diferente, está muy por debajo de mi fantasía. A quien yo he venido a buscar es a un hombre honrado, y no a éste. Pero ¿por qué me he prendado de él, de una vez para siempre, en aquel corto instante en que le vi en tiempos, siendo todavía un niño? Este "para siempre" debe desaparecer. Un día, si se presenta la ocasión, referiré cómo fue aquel primer encuentro: es una mera anécdota de la que no se puede extraer consecuencia alguna. Pero en mí toda una pirámide ha salido de aquel momento. He empezado esa pirámide bajo mi manta de niño, en el momento en que, antes de dormirme, podía llorar y pensar. ¿En qué? Yo mismo lo ignoro. ¿En el abandono en que se me tenía?, ¿en los tormentos que se me hacía sufrir? Pero no se me había atormentado apenas: escasamente dos años, en la pensión Tuchard, donde él me había metido antes de marcharse para siempre. A continuación, nadie me atormentó ya; al contrario, era yo quien miraba de arriba abajo a mis camaradas. Por lo demás, no puedo aguantar a esos huérfanos que gimotean sobre su suerte. No hay espectáculo más repulsivo que el de esos huérfanós, esos bastardos, todos esos desechos de la sociedad y, en general, toda esa canalla por la que no siento la menor lástima, que, de golpe y porrazo, se yergue solemnemente delante del público y se pone a clamar lastimeramente, pero también para recitar su lección: "¡Mirad cómo nos han tratado! " ¡Ya les daría yo de latigazos a semejantes huérfanos! No hay ni siquiera uno en esa turba vil, que comprenda que es diez veces más noble callarse, en lugar de gimotear y juzgarse digno de lástima. Si tú mismo lo juzgas digno de lástima, hijo del amor, no tienes más que lo que mereces. Eso es lo que pienso por mi parte.

Pero lo que resulta curioso, no son los sueños que yo acariciaba en otros tiempos, "bajo mi manta", sino el hecho de que he venido aquí por él, siempre por este hombre imaginario, olvidando casi mis objetivos esenciales. He venido a ayudarle a vencer la calumnia, a aplastar a sus enemigos. El documento del que hablaba Kraft, la carta de aquella mujer a Andronikov, carta que ella teme tanto, que puede destrozar su felicidad y sumirla en la miseria, y que ella cree que se encuentra entre las manos de Versilov, esa carta no estaba en poder de Versilov, sino en el mío, cosida en mi bolsillo lateral. Yo mismo la había cosido allí. Sí; no lo sabía nadie en el mundo. Si la novelesca María Ivanovna, que tuvo el documento "en custodia", había juzgado necesario entregármelo a mí, y no a otra persona, eso era un efecto de sus ideas y de su voluntad, y yo no tengo por qué explicarlo; quizás un día tendré ocasión de referirlo; pero, armado así de improviso, yo no podía menos de experimentar el deseo de venir a Petersburgo. Naturalmente, contaba con ayudar a este hombre en secreto, sin ponerme en evidencia y sin apasionarme, sin esperar de su parte ni alabanzas ni abrazos. ¡Y jamás, jamás, me habría juxgado digno de dirigirle un reproche! ¿Era culpa suya que yo me hubiese prendado de él y que me hubiese forjado con él un ideal fantástico? ¡Quizá ni siquiera le quería! Su espíritu original, su carácter curioso, sus intrigas y sus aventuras, la presencia cerca de él de mi madre, todo eso, al parecer, no podía ya detenerme; bastante era que mi muñeca fantástica se hubiese roto y que yo fuese tal vez incapaz de quererle en lo sucesivo. Entonces, ¿qué era lo que me detenia aún, qué era lo que me sujetaba? He ahí la cuestión. Al fin y a la postre, el tonto lo era yo y nadie más.

Pero, porque exijo la franqueza de los demás, seré franco conmigo mismo: debo confesarlo, el documento cosido en mi bolsillo no despertaba en mí solamente un deseo apasionado de correr en socorro de Versilov. Ahora está demasiado claro para mí, aunque entonces me ruborizase ante aquella idea. Yo entreveía a una mujer, a una orgullosa criatura del gran mundo, con la que me encontraría cara a cara; ella me despreciaría, se reiría de mí como de un ratón, sin sospechar siquiera que soy el dueño de su destino. Esa idea me embriagaba ya en Moscú, y más aún en el tren, en el momento en que me dirigía aquí; ya lo he confesado más arriba. Sí, yo detestaba a esa mujer, pero la quería ya como víctima que iba a ser mía, y todo aquello era verdad, todo aquello era real. Pero era una puerilidad como nunca hubiese creído ni siquiera de una criatura como yo. Describo mis sentimientos de entonces, es decir, lo que me pasaba por la cabeza en el momento en que estaba sentado en el traktir debajo del ruiseñor, en el momento en que decidí romper con ellos, aquella misma noche, irrevocablemente. La idea de mi reciente encuentro con aquella mujer hizo subir de pronto a mi rostro el arrebol de la vergüenza. ¡Vergonzoso encuentro! ¡Vergonzosa y estúpida impresión, y que sobre todo demostraba, de la mejor manera posible, mi ineptitud para la acción! Demostraba solamente, pensaba yo entonces, que yo era incapaz de resistir ni siquiera a los cebos más estúpidos, siendo así que acababa de declararle a Kraft que yo tenía, en algún lugar al sol, mi obra propia, y que, si me diesen tres vidas, sería aún demasiado poco para mí. Yo había dicho aquello orgullosamente. Que hubiese abandonado mi idea para inmiscuirme en los asuntos de Versilov, era todavía perdonable; pero lanzarme a un lado y a otro, como una liebre deslumbrada, y mezclarme en toda clase de estupideces. era evidentemente una pura imbecilidad de mi parte. ¿Qué necesidad tenía yo de haber ido a casa de Dergatchev a exponer mis tonterías, cuando estaba convencido desde hacía mucho tiempo de que yo era incapaz de contar nada con ilación y buen sentido y que mi mayor interés estaba en callarme? Y un Vassine me daba una lección con el pretexto de que yo tenía aún " cincuenta años de vida por delante, y que por consiguiente no tenía por qué inquietarme". Magnífica objeción, lo reconozco, objeción que hace honor a su inteligencia indiscutible; magnífica, porque es la más sencilla, y las cosas sencillas no se comprenden nunca más que al final, cuando se han tanteado todas las complicaciones y todas las tonterías; pero esa objeción ya la sabía yo sin necesidad de Vassine; esa idea ya la había experimentado hacía más de tres años; hay más, en parte era "mi idea". He aquí lo que me decía entonces a mí mismo en el traktir.

Me sentía muy a disgusto cuando, cansado de andar y de pensar, llegué por la noche, después de las siete, al Semenovski polk. La oscuridad era completa; el tiempo había cambiado; estaba ahora seco, pero se había levantado un viento desagradable, el viento de Petersburgo, cruel y penetrante; lo tenía a la espalda, y hacía girar alrededor la arena y el polvo. ¡Cuántas caras rudas, entre la gente humilde que se apresuraba a entrar en su rincón, de vuelta del trabajo o de la oficina! Cada cual llevaba grabado en su rostro su duro cuidado, ¡y ni siquiera una sola idea común que uniese a toda aquella muchedumbre! Kraft tiene razón: cada uno tira por su sitio. Me encontré con un niño, tan pequeño, que se asombraba uno de verlo solo en la calle a semejante hora; debía de haberse perdido; una buena mujer se detuvo un momento para interrogarlo, pero, no comprendiendo nada, hizo ademán de que ella nada podía hacer y continuó su camino abandonándolo solo en la oscuridad. Me acerqué, pero tuvo miedo de mí y huyó. Al llegar a casa, decidí no ir a visitar nunca a Vassine. Mientras subía la escalera, me sentí invadido pot unas ganas locas de encontrar a mi familia sola en casa, sin Versilov, para tener tiempo de decir antes de su llegada algunas palabras amables a mi madre o a mi querida hermana, a la cual, por así decirlo, no le había dirigido en todo aquel mes una sola palabra afectuosa. Eso pasó: él no estaba en casa...

 

IV

A propósito de esto: al introducir en mis "memorias" a este "nuevo personaje" (quiero decir a Versilov), debo dar brevemente algunos datos sobre la carrera de su vida, datos que. por lo demás, no significan nada. Lo hago para que el lector me comprenda mejor, y porque no veo en qué sitio podría situar lógicarriente estos datos en el curso de la narración.

Había estado en la Universidad, pero había entrado en seguida en la guardia, en un regimiento de caballería. Se casó con una Fanariotova y pidió el retiro. Hizo varios viajes al extranjero. En los intervalos, vivía en Moscú, entregado a los placeres mundanos. Después de la muerte de su mujer, se retiró al campo; a11í es donde se sitúa el episodio de mi madre. Seguidamente, residió largo tiempo en alguna parte del Mediodía. Cuando estalló la guerra con Europa, volvió a entrar en servicio, pero no fue enviado a Crimea y no participó en ningún combate. Acabada la guerra, cogió su retiro, viajó por el extranjero, a incluso con mi madre, a la cual abandonó en Koenigsberg. La infeliz me ha contado varias veces, con una especie de espanto y agachando la cabeza, cómo tuvo que pasar seis meses absolutamente sola, con su hijita, sin saber el idioma del país, como en pleno bosque, y, al final, sin dinero. Entonces vino a buscarla Tatiana Pavlovna y se la llevó consigo a algún lugar en la provincia de Nijni. A continuación Versilov formó parte de la primera hornada de los "mediadores de paz" (28) y, según se dice, desempeñó sus funciones a maravilla. Pero las abandonó pronto y se ocupó, en Petersburgo, de distintos asuntos civiles privados. Andronikov estimó siempre en mucho su competencia. Lo respetaba enormemente, agregando tan sólo que no comprendía su carácter. Luego Versilov abandonó también aquella ocupación y volvió a marcharse al extranjero, esta vez por mucho tiempo, por varios años. Tras de lo cual se iniciaron sus relaciones muy estrechas con el viejo príncipe Sokolski. Durante todo aquel tiempo, la situación de su fortuna cambió radicalmente dos o tres veces: ora caía en la miseria, ora se enriquecía de nuevo y volvía a salir a flote.

Por lo demás, hoy, al llegar a esta parte de mis memorias, me resuelvo a hablar de "mi idea". Por primera vez, voy a describirla, comenzando por su nacimiento. Me decido, por así decirlo, a descubrírsela al lector, y también para dar más claridad a la continuación de mi relato. No es el lector solamente, sino que también yo mismo, el autor, empiezo a meterme en dificultades al tratar de explicar mi conducta sin explicar antes lo que me ha guiado y lo que me ha impulsado. Con esta "figura de preterición", heme aquí caído de nuevo, por mi torpeza, en los "artificios" de novelista de los que me he burlado más arriba. A1 entrar en mi novela de Petersburgo, con todas sus aventuras vergonzosas para mí, encuentro este prefacio indispensable. No son los "artificios" los que me han hecho guardar silencio hasta aquí, sino la naturaleza de las cosas, es decir, la dificultad del relato. Incluso hoy día, después de todo lo que ha pasado, experimento una dificultad insuperable en referir esta "idea". Además, evidentemente debo exponerla en la forma que la misma tenía entonces, tal como estaba formada y concebida por mí en aquella época, y no tal como es ahora, to que implica una nueva dificultad. Hay ciertas cosas que resultan casi imposibles de contar. Precisamente las ideas más simples y más claras son las menos a propósito para ser comprendidas. Si, antes de descubrir América, Colón hubiese querido contar su idea a otros, estoy convencido de que se habría estado mucho tiempo sin comprenderle. En realidad, no se le comprendía. Hablando así, no pretendo en manera alguna equipararme con Colón, y si alguien extrae esta consecuencia, él es, ni más ni menos, quien debe avergonzarse.

 

CAPÍTULO V

Mi idea es ser Rothschild. Invito al lector a que tenga calma y seriedad.

Lo repito: mi idea es ser Rothschild, ser tan rico como Rothschild; no simplemente rico, sino precisamente como Rothschild. Con qué intención, por qué motivo, qué fines voy persiguiendo, son cosas de las que se tratará más tarde. De momento, demostraré solamente que la consecución de mi objetivo está garantizada matemáticamente.

La cosa es de una sencillez infinita; todo el secreto consiste en dos palabras: terquedad y continuidad.

-Ya sabemos eso - se me dirá -; no es novedad ninguna. En Alemania, cada "Vater" se lo repite a sus hijos. Y sin embargo su Rothschild de usted (el difunto James Rothschild, de París, al que me refiero) ha sido siempre único, mientras que hay millones de "Vater".

Responderé:

-Ustedes aseguran que ya lo saben. Pues bien, no saben absolutamente nada. Existe un punto sin embargo en el que ustedes tienen razón: si he dicho que es una cosa "infinitamente simple", me he olvidado de añadir que es también la más difícil. Todas las religiones y todas las morales del mundo se reducen a esto: "Hay que amar la virtud y huir del vicio." ¿Cómo, parece que haya nada más sencillo? ¡Pues bien, haced algo virtuoso, huid de uno solo cualquiera de vuestros vicios, ensayadlo un poco! Todo consiste en eso.

He aquí por qué vuestros innumerables "Vater", durante una infinidad de siglos, pueden repetir esas dos palabras asombrosas en las que estriba todo el secreto, mientras que sin embargo Rothschild sigue siendo único. Por tanto, no se trata de éso en absoluto, y los "Vater" no repiten en modo alguno el pensamiento que sería necesario.

En cuanto a la terquedad y a la continuidad, sin duda alguna, también ellos han oído hablar de eso; pero, para llegar a mi objetivo, no es la terquedad de los "Vater" ni la continuidad de los " Vater" la que hace falta.

Esta sola palabra de "Vater" - y no hablo solamente de los alemanes -, el hecho de que se tenga familia, de que se viva como todo el mundo, de que se tengan los mismos gastos que los demás, las mismas obligaciones, todo eso os impide llegar a ser Rothschild y os obliga a seguir siendo un hombre moderado. Por mi parte, comprendo demasiado bien que una vez llegado a ser Rothschild o incluso solamente deseando llegar a serlo, no a la manera de los "Vater", sino seriamente, en el mismo momento salgo fuera de la sociedad.

Hace algunos años leí en los periódicos que había muerto en un vapor del Volga un mendigo vestido de harapos, que pedía limosna y que era conocido por todo el mundo en la comarca entera. Después de su muerte, se le encontraron cosidos en sus andrajos tres mil rublos en billetes de Banco. Estos días he leído una nueva historia de mendigos: un noble, ya anciano, que iba de posada en posada tendiendo la mano. Lo han detenido y le han encontrado encima cinco mil rublos. De ahí se extraen dos conclusiones: la primera, que la terquedad en la acumulación, aunque se trate de céntimos, da a la larga resultados inmensos (el tiempo no tiene nada que ver con el asunto); la segunda, que la forma más fácil de enriquecimiento, con tal que sea continua, tiene el éxito asegurado matemáticamente.

Existen quizá numerosos hombres honorables, inteligentes y modestos que no tienen (por más que se empeñen) ni tres mil, ni cinco mil rublos, y que sin embargo desearían terriblemente tenerlos. ¿Por qué pasa eso? La respuesta es clara: porque ni siquiera uno solo entre todos ellos, a pesar de todo su deseo, quiere hasta el punto, si no hay otro medio, de hacerse incluso mendigo; ninguno es lo bastante terco como para, una vez hecho mendigo, no gastar las primeras monedas recibïdas en procurarse un pedazo más para él mismo o para su familia. Ahora bien, con este procedimiento de acumulación, quiero decir, con la mendicidad, hace falta alimentarse, para acumular sumas semejantes, con pan y con sal y nada más; por lo menos así es como yo comprendo la cosa. Desde luego, eso es to que hacían los dos mendigos mencionados más arriba; comían pan seco y dormïan al aire libre. Es muy cierto que no tenían la intención de llegar a ser Rothschild: no eran más que tipos a to Harpagon o Pliuchkine (29) en el estado puro, y nada más; pero la acumulación consciente, bajo una forma completamente distinta, con la intención de llegar a ser Rothschild, no exigirá menos deseo y fuerza de voluntad que los que han tenido estos dos mendigos. Ningún "Vater" tendrá esa fuerza. En este mundo, las fuerzas son muy variadas, las fuerzas de voluntad y de deseo sobre todo. Hay la temperatura de ebullición del agua y hay la temperatura en la que el fuego se pone al rojo.

Es un verdadero monasterio, son verdaderas hazañas de santos. Es un sentimiento, y no una idea. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Es moral, no es una monstruosidad llevar harapos y comer pan negro toda la vida, cuando se lleva consigo una fortuna semejante? Estas cuestiones llegarán más tarde; de momento se trata solamente de la posibiiidad de alcanzar la meta.

Cuando concebí "mi idea" (precisamente no consiste más que en el caldeamiento al rojo), quise ponerme a prueba: ¿estaba yo hecho para el monasterio y para la santidad? A este efecto, durante todo el primer mes no comí más que pan y agua. No me hacían falta más que dos libras y media de pan negro por día. Para conseguir aquello, tuve que engañar al astuto Nicolás Semenovitch y a María Ivanovna, que me quería mucho. Insistí, con gran pena de ella y no sin intrigar al muy delicado Nicolás Semenovitch, para que se me trajese la comida a la habitación. Allí, la destruía pura y simplemente. Tiraba la sopa por la ventana, sobre las ortigas o en cualquier otra parte; la carne, o bien se la arrojaba al perro por la ventana, o bien, envuelta en papel, me la metía en el bolsillo y me la llevaba afuera, y con el resto por el estilo.

Como me daban mucho menos de dos libras y media de pan, yo me lo compraba en secreto. Resistí muy bien aquel mes, quizá solamente me estropeé un poco el estómago; pero durante el mes siguiente añadí al pan un poco de sopa, y por la mañana y por la noche un vaso de té. Y puedo aseguraros que pasé así un año con perfecta salud y resistencia, y moralmente sumido en un estado de encantamiento y en una perpetua exaltación secreta. Lejos de echar de menos mis platos, nadaba en entusiasmo. Terminado el año, convencido de que me hallaba en condiciones de soportar cualquier clase de ayuno, volví a comer como todo el mundo, a hice mis comidas con ellos. No contento con esta prueba, hice una segunda: para mis gastillos menudos tenía derecho, además de la pension pagada a Nicolás Semenovitch, a cinco rublos por mes. Resolví no gastar más de la mitad. Fue una prueba muy difícil, pero al cabo de poco más de dos años, al llegar a Petersburgo, llevaba en el bolsillo, aparte de otro dinero, setenta rublos producidos únicamente pot esas economías. El resultado de esas dos experiencias fue para mí colosal: comprobé positivamente que era capaz de querer lo bastante para llegar a mi objetivo, y es en esto, lo repito, en lo que constste "mi idea"; el resto no es más que futilidad.

 

II

Sin embargo, veamos también esas futilidades.

He descrito mis dos experiencias. En Petersburgo, como ya se sabe, hice una tercera: me dirigí a una subasta pública y, de un solo golpe, obtuve una ganancia de siete rublos noventa y cinco copeques. Naturalmente no era una verdadera experiencia, sino una especie de juego, de recreo: había tenido la fantasia de robarle al porvenir un minutito y ver cómo me comportaría y obraría. De una manera general, desde el principio, en Moscú, había aplazado la verdadera puesta en marcha hasta el momento en que me viese enteramente fibre; comprendía demasiado bien que me hacía falta primeramente, por ejemplo, terminar con el Instituto (como se sabe, a la Universidad ya la había sacrificado). Indudablemente, yo partía para Petersburgo presa de una cólera secreta: recién salido del Instituto y fibre por primera vez, había visto de pronto que los asuntos de Versilov iban a distraerme nuevamente de mi empress hasta una fecha desconocida. Aunque con cólera, yo partía absolutamente tranquilo hacia mi meta.

Sin duda yo ignoraba la práctica; pero había reflexionado sobre esos tres años seguidos y no podia albergar duda alguna. Me había figurado mil veces la manera como procedería: me encuentro de golpe y porrazo, como caído de las nubes, en una de nuestras dos capitales (había elegido para el estreno las capitales, y, en particular, a Petersburgo, a la cual le daba la preferencia con motivo de un determinado cálculo) y, así bajado de mis nubes, pero enteramente libre, no dependo de nadie, tengo salud y cien rublos escondidos en el bolsillo como primer fondo de inversion. Con menos de cien rublos, imposible empezar, porque eso habría sido retrasar durante demasiado tiempo incluso el primerísimo período de éxito. Además de estos cien rublos, tengo, como se sabe, el valor, la terquedad, la continuidad, el aislamiento perfecto y el secreto. El aislamiento sobre todo: he detestado terriblemente hasta el último instante las relaciones y las asociaciones con la gente; de una manera general, estaba decidido a emprender "mi idea" absolutamente solo, condition sine qua non. La gente es para mí una carga; yo habría tenido el espíritu turbado, y esa turbación habría perjudicado el objetivo. Por otra parte, hasta el día de hoy, durante toda mi vida, en todos mis sueños sobre mis relaciones futuras, con los hombres, siempre he salido del paso muy inteligentemente; apenas metido en faena, siempre muy estúpidamente. Lo reconozco con indignation y sinceridad, me he traicionado siempre por mis discursos, siempre demasiado apresurado, y por eso he resuelto suprimir a los hombres. Beneficio: independencia, tranquilidad de espíritu, claridad de la meta.

A pesar de los precios espantosos de Petersburgo, decidí de una vez para siempre que no gastaría más de quince copeques en mi alimentation, y sabía que cumpliría esta palabra. Había examinado largamente y con detalles este problems de la alimentation; resolví por ejemplo comer a veces dos días seguidos pan con sal, gastando en el tercero las economías así realizadas; me parecía que esto sería más ventajoso para mi salud que un desayuno igual y perpetuo con un mínimo de quince copeques. Seguidamente, para alojarme, me hacía falta un rincón, literalmente un rincón, únicamente donde pasar la noche o abrigarme en los días de muy mal tiempo. Resolví vivir en la calle y estaba dispuesto, en caso de necesidad, a dormir en los asilos nocturnos en los que se da, además del techo, un trozo de pan y un vaso de té. ¡Oh!, ya sabré yo esconder mi dinero para que no me roben, en mi rincón o en el asilo; nadie adivinará siquiera que lo tengo, os to garantizo.

"¿Robarme a mí, cuando me guardo de robar a los demás?": he oído una vez esta frase burlona en la calle, en boca de un compadre astuta. Naturalmente, lo único que retengo de la frase es la prudencia y la astucia; no tengo la menor intención de robar. Hay más, ya en Moscú, y quizá desde el primer día de mi "idea", decidí que no sería ni prestamista, ni usurero: para eso están los judíos y aquellos rusos que no tienen ni inteligencia ni carácter. El préstamo y la usura son creaciones de la mediocridad.

En cuanto a la ropa, resolví tener dos trajes: uno para todos los días y otro presentable. Una vez adquiridos, yo estaba seguro de llevarlos mucho tiempo; me había pasado dos años y medio aprendiendo a llevar mis trajes a incluso había descubierto este secreto: para que un traje esté siempre nuevo y no se estropee, hay que cepillarlo lo más frecuentemente posible, cinco y seis veces por día. La tela no tiene nada que temer del cepillo, lo digo a ciencia cierta; sus enemigos son el polvo y la suciedad. El polvo, sí se mira al microscopio, es un conjunto de pequeños guijarros, mientras que el cepillo, por duro que sea, no se diferencia mucho de la lana. Aprendí igualmente cuál era la forma mejor de llevar las botas; he aquí el secreto: hay que posar el pie con precaución, toda la suela a la vez, apoyándose en los lados lo más raramente posible. Es una ciencia que puede adquirirse en quince días, luego ya todo funcionará por sí mismo. Con este procedimiento, las botas duran por término medio un tercio más que antes. Es mi experiencia de dos años (30).

A continuación venía la acción en sí. Yo partía de esta consideración: poseo cien rublos. Hay en Petersburgo tantas ventas en pública subasta, tantas liquidaciones, tantas tiendecillas a indigentes, que es imposible, después de haber comprado un objeto a un cierto precio, no revenderlo un poco más caro. Por un álbum, yo había obtenido siete rublos noventa y cinco copeques de ganancia por dos rublos cinco copeques de capital desembolsado. Aquel beneficio colosal fue logrado sin ningún riesgo: en los ojos del comprador yo notaba que éste no se echaría atrás. Comprendo muy bien que fue una casualidad; pero esas casualidades son las que yo busco, y por eso he resuelto vivir en la calle. Estas casualidades pueden ser raras; mi regla esencial no será tampoco la de no correr ningún riesgo, y mi segunda regla, la de ganar cada día algo por encima del mínimo gastado en mi manutención, a fin de que la acumulación no se interrumpa un solo día.

Se me dirá: ésos son sueños, usted no sabe lo que es la calle, se hará aplastar al primer paso. Pero yo tengo voluntad y carácter, y la ciencia de la calle es una ciencia como las demás, se aprende con terquedad, atención a inteligencia. En el Instituto siempre estuve entre los primeros, hasta en filosofía, y estaba muy fuerte en matemáticas. ¿Es que está permitido erigir la experiencia y el conocimiento de la calle en fetiche, para predecirme obligatoriamente el fracaso? La gente que habla así es siempre la que no ha tenido ninguna experiencia, los que nunca han hecho nada, no han comenzado vida alguna y han vegetado en lo todo hecho. "Aquél se ha roto la crisma, por tanto este otro se la romperá fatalmente." De ninguna manera; no me la romperé. Tengo carácter, y con un poco de atención aprenderé no importa qué. ¿Es posible figurarse que con una terquedad incesante, una penetración incesante, reflexiones y cálculos incesantes, una actividad y unas gestiones incesantes, no pueda uno llegar a adquirir la ciencia de ganar cada día veinte copeques de más? Y sobre todo yo estaba decidido a no buscar nunca el máximum de ganancia, sino a conservar siempre mi sangre fría. Más tarde, cuando poseyese mil o dos mil rublos, abandonaría con toda naturalidad la compra y la pequeña reventa. Todavía conocía muy mal lo relativo a la Bolsa, a las acciones, la Banca y el resto. Pero por el contrario sabía, lo mismo que dos y dos son cuatro, que a todas aquellas Bolsas y a aquellos Bancos los conocería y los estudiaría en su momento tan bien como no importa qué otra cosa y que esa ciencia me llegaría con toda naturalidad, únicamente porque sería el instante adecuado. ¿Hacía falta para eso mucha inteligencia? ¿Hacía falta ser un Salomón? Bastaba con tener carácter; el saber, la habilidad, la ciencia llegarían por sí mismas. Solamente hacía falta no dejar nunca de "querer".

Y sobre todo, no correr riesgos, lo que no es posible más que teniendo carácter. Hace aún poquísimo tiempo, después de mi llegada, hubo en Petersburgo una suscripción para acciones de ferrocarril; los que pudieron suscribirse habían ganado mucho dinero. Durante cierto tiempo las acciones estuvieron subiendo. De pronto uno que se había retrasado o un avaro, viendo acciones entre mis manos, me propondría que se las vendiese, con un cierto porcentaje de beneficios. Pues bien, yo se las vendería, a inmediatamente. Como es lógico, la gente se burlaría de mí: con sólo que hubiese esperado, habría ganado diez veces más. Sí, pero mi ganancia es más segura, porque la tengo en el bolsillo, y la vuestra está aún en el aire. Se me dirá que no es éste el medio de ganar mucho; perdón, ése es vuestro error, el error de todos nuestros Kokorev, Poliakov, Gubonine (31). Aprended esta verdad: la continuidad y la terquedad en la ganancia, y sobre todo en la acumulación, son más fuertes que beneficios instantáneos, incluso del ciento por ciento.

Poco antes de la Revolución Francesa hubo en París un tal Law que forjó un proyecto, verdaderamente genial en principio (y que a continuación, en la realidad, fue un chasco espantoso). Todo París se conmovió; todo el mundo se disputaba las acciones de Law. La gente se apretujaba. El palacio en el que se recibían las suscripciones se tragaba el dinero de todo París; finalmente aquel palacio no bastó: el público se agolpaba en la calle; todas las profesiones, todas las condiciones sociales, todas las edades, burgueses, nobles y sus hijos, condesas, marquesas, prostitutas; todo aquello no formaba más que una masa furiosa, medio loca, como mordida por un perro rabioso; los títulos, los prejuicios de la sangre y de la vanidad, incluso el honor y el buen nombre, todo era pisoteado; todo se sacrificaba (incluso las mujeres) para obtener algunas acciones. La suscripción se trasladó por fin a la calle, pero no había sitio donde escribir. Fue entonces cuando se le propuso a un jorobado que cediese por un momento su joroba para servir de mesa. El jorobado consintió, fácil es de imaginar a qué precio. Poco después (muy poco después) vino la bancarrota: todo reventó, toda la idea se fue al diablo y las acciones perdieron todo su valor. ¿Quién ganó, pues, en aquel negocio? El jorobado, y sólo el jorobado, porque se hacía pagar no con acciones, sino con verdaderos luises de oro. Pues bien, ¡yo soy ese jorobado! He tenido la fuerza de no comer y de economizar a base de copeques setenta y dos rublos; tendré también la fuerza necesaria para mantenerme tranquilo en medio de la fiebre que se ha apoderado de todos los demás; preferiré una suma segura a una más considerable. No soy mezquino más que en las cosas pequeñas; no en las grandes. A menudo he carecido de carácter, incluso después del nacimiento de mi "idea", por una dificultad insignificante; para una gran dificultad, siempre tendré carácter de sobra. Cuando mi madre me servía por las mañanas, antes de ir al trabajo, un café frío, me enfadaba, le decía groserías, y sin embargo yo era el mismo hombre que había vivido todo un mes a pan y agua.

En una palabra, no ganar, no llegar a saber ganar sería contra naturaleza. Tampoco sería natural, con una acumulación igual a ininterrumpida, con una atención y una sangre fría incesantes, con reserva y economía, con una energía siempre creciente, no sería natural, digo, no llegar a ser millonario. ¿Cómo ha ganado el mendigo su fortuna, sino por un carácter y un encarnizamiento fanáticos? ¿Es que no valgo yo tanto como él? "En fin, podría ser que no obtuviese nada, podría ser que mi cálculo no fuera justo, podría ser que quebrase y me hundiera; poco importa, yo camino hacia delante. Camino porque así lo quiero." He aquí lo que me decía ya en Moscú.

Se me objetará que no hay en esto ni sombra de "idea", ni nada nuevo. Diré por mi parte, y por última vez, que hay en esto una infinidad de ideas y una infinidad de novedades.

¡Oh! Ya presentía la trivialidad de todas las objeciones, y hasta qué punto sería trivial yo mismo al exponer mi "idea": pues bien, ¿qué he dicho? No he dicho ni la centésima parte; comprendo que todo esto es mezquino, grosero, superficial e incluso quizá por debajo de mi edad.

 

III

Quedan las respuestas para los " ¿de qué sirve eso?", " ¿para qué? ", " ¿es moral o no? ", etc., etc., preguntas a las que he prometido responder.

Siento muchísimo tener que desilusionar al lector desde el principio, lo siento y estoy al mismo tiempo encantado. Que se sepa bien esto: en los objetivos de mi "idea" no hay ningún sentimiento de "venganza", nada de byroniano, ni maldiciones, ni quejas de huérfano, ni lágrimas de bastardo, nada, nada. En una palabra, una señora romántica, si mis memorias fuesen a parar a sus manos, torcería inmediatamente el gesto. Todo el objetivo de mi "idea" es el aislamiento.

-Pero ese aislamiento se puede conseguir sin empeñarse en llegar a ser un Rothschild. ¿Qué tiene que ver Rothschild con todo esto?

-Es que, además del aislamiento, quiero también el poder.

Aquí un preámbulo: el lector se asustará tal vez de la franqueza de mi confesión y se preguntará ingenuamente: ¿cómo es posible que el autor no se haya avergonzado? Responderé diciendo que no escribo para ser publicado; tendré un lector tal vez dentro de diez años, cuando todo esté tan bien determinado, probado y cumplido, que no habrá ya necesidad de avergonzarse de nada. Por tanto, si en estas memorias me dirijo a veces al lector, no es más que un artificio. Mi lector es un personaje de fantasía.

No, no es mi nacimiento ilegítimo, por el que tanto me hacían sufrir en casa de Tuchard, no son mis tristes años de la niñez, no es la venganza ni una justa protesta lo que ha constituido el punto de partida de mi "idea": la causa de todo está en mi carácter. A los doce años, creo, es decir, casi al principio de mi vida consciente, comencé a no querer a los hombres. No querer no es la palabra, pero me resultaban cargantes. A veces me era penoso, en mis momentos de pereza, no poder decírselo todo ni siquiera a quienes estaban más cerca de mí, o, mejor dicho, habría podido, pero yo no quería, había algo que me retenía: yo era desconfiado, moroso a insociable. Por lo demás, he observado en mí desde hace mucho tiempo, casi desde mi infancia, ese rasgo del que muy a menudo acuso o me siento inclinado a acusar a los demás; pero después de eso llegaba con mucha frecuencia a inmediatamente otro pensamiento, muy penoso; y éste, para mí: "¿No soy yo quien estoy equivocado, en lugar de ellos?" ¡Cuántas veces me he acusado sin razón! Para no tener que resolver cuestiones de esta índole, yo buscaba naturalmente la soledad. Por lo demás, no encontraba nada en la sociedad de los hombres, a pesar de todos mis esfuerzos, ¡y los hacía! Por lo menos, todos los de mi edad, todos mis camaradas, todos sin excepción, erán menos inteligentes que yo; no recuerdo una sola excepción.

Sí, soy sombrío, sin cesar me encierro en mí mismo. Con frecuencia siento ganas de retirarme de la sociedad. Quizás hiciese bien a los hombres, pero a menudo no veo el menor motivo para hacerles bien. Los hombres no son en realidad tan hermosos como para que haya que ocuparse tanto de ellos. ¿Por qué no le abordan a uno limpia y francamente, por qué he de ser yo siempre el que me dirija a ellos primero? Ésas eran las preguntas que yo me hacía. Soy una criatura agradecida, y lo he demostrado con un centenar de locuras. Yo correspondería instantáneamente a la franqueza con la franqueza y les querría en seguida. Es lo que hago; pero todos inmediatamente me han engañado y se han cerrado respecto a mí, burlándose. E1 más abierto de todos era Lambert, que me pegaba tan fuertemente en mi infancia; pero también él no es más que un pillo de siete suelas y un bribón; y su franqueza no proviene más que de su bestialidad. He ahí cuáles eran mis pensamientos al llegar a Petersburgo.

Al salir de casa de Dergatchev (¿qué demonio me había empujado allí?) me acerqué a Vassine y, en un arrebato de entusiasmo, me puse a prodigarle alabanzas. ¿Qué más? La misma noche sentí que le quería ya muchísimo menos. ¿Por qué? justamente porque, al cubrirlo de alabanzas, me había de camino rebajado delante de él. Parece que debería ser al contrario: un hombre lo bastante equitativo y generoso para admirar a otro incluso en propio detrimento suyo, ¿no es, por su propia dignidad, superior a cualquier otro? Sin duda yo lo comprendía, y, a pesar de todo, quería menos a Vassine, a incluso muchísimo menos: elijo intencionadamente un ejemplo ya conocido del lector. Lo mismo me pasaba con Kraft; me acordaba de él con cierto sentimiento de amargura y acritud porque me había mostrado el camino en su recibidor, y aquello duró hasta el día siguiente, en que se aclaró todo y en que ya no hubo medio de guardarle rencor. Desde las clases más inferiores del Instituto, cuando un camarada me sobrepasaba en conocimientos, o en la rapidez de sus respuestas, o en su fuerza física, yo dejaba inmediatamente de tratarlo y de hablar con él. No era que lo detestase o que le deseara algún mal; me apartaba sencillamente de él, porque tal es mi carácter.

Sí, toda mi vida he tenido sed de poder, de poder y de aislamiento. Soñaba con eso incluso en la edad en que cualquiera se me habría reído en la cara si hubiese podido ver lo que yo tenía en el cráneo; he ahí por qué me gusta tanto el misterio. Sí, soñaba con todas mis fuerzas, y hasta tal punto, que no tenía ya ni siquiera tiempo para hablar; se deducía de aquello que yo era un salvaje, y, de mi distracción, se sacaban conclusiones aún más desfavorables sobre mí, pero mis mejillas rosas demostraban lo contrario.

Yo era sobre todo feliz cuando, en la cama y cubriéndome con mi manta, emprendía solo,. en el aislamiento más perfecto, sin nadie a mi alrededor y sin un solo sonido de voz humana, la tarea de reconstruir el mundo a mi modo. Aquel estado de ensoñación exasperada me acompañó hasta el descubrimiento de mi "idea": entonces todos los sueños, de absurdos que eran, se convirtieron de pronto en sensatos y, de la forma imaginativa de la novela, pasaron a la forma razonable de la realidad.

Todo se fundió en un solo objetivo. En el fondo, incluso antes, no eran tan idiotas, aunque fuesen legión y legión. Pero los había más y menos preferidos... Por lo demás, es inútil citarlos aquí.

¡El poder! Estoy persuadido de que muchos se reirían enormemente si se enterasen de que una "nulidad" semejante apetece el poder. Pero yo les asombraría todavía más: desde mis primeras ensoñaciones quizás, es decir, desde mi infancia o poco menos, no he podido verme jamás de otra forma que en primera fila, en todas partes y en todas las circunstancias. Añadiré una confesión singular: quizás eso dura todavía. Y anotaré además que no pido perdón.

Ahí es donde justamente radica mi "idea", ahí está su fuerza, la de qut el dinero es la única vía capaz de conducir a una nulidad a la primera fila. Yo no soy quizás una nulidad, pero sé por ejemplo, por los espejos, que mi aspecto exterior me perjudica, porque tengo una cara vulgar. Pero, si yo fuese rico como Rothschild, ¿quién iba a preocuparse de mi cara? No tendría más que dar un silbido, y millares de mujeres correrían a mí con sus "bellezas". Estoy incluso convencido de que, muy sinceramente, ellas acabarían por creerme guapo. Soy quizás hasta inteligente. Pero aunque tuviera una frente de siete pulgadas, pronto aparecería uno de ocho, y me vería perdido. Mientras que, si yo fuese Rothschild, ¿es que ese sabio de ocho pulgadas iba a tener el menor valor a mi lado? No se le dejaría ni siquiera abrir la boca. Soy quizás ingenioso, espiritual; sí, pero a mi lado podrían estar Talleyrand o Piron, y heme ya eclipsado, mientras que si yo fuese Rothschild, ¿dónde iban a estar los Piron y quizás incluso los Talleyrand? El dinero, sin duda, es una potencia despótica, pero es al mismo tiempo la suprema igualdad, y ahí radica su gran fuerza. El dinero niv ela todas las desigualdades. Ésa era la conclusión a la que yo había llegado, ya en Moscú.

Vosotros no veréis, estoy seguro, en este pensamiento más que insolencia, violencia, triunfo de la nulidad sobre el talento. De acuerdo, este pensamiento es audaz (y por consiguiente voluptuoso). ¡Sea! Pero ¿creéis que yo quería entonces el poder forzosamente para oprimir? ¿Para vengarme? Así es como obraría fatalmente la mediocridad. Aún más, estoy convencido de que hay millares de esos talentos y de esas inteligencias muy orgullosos de sí mismos, que, si se les cargase de repente con todos los millones de Rothschild, no sabrían resistirlo y se comportarían como viles mediocridades y serían los peores opresores. Mi "idea" es completamente distinta. El dinero no me da miedo; no me oprimirá y no me hará oprimir a los demás.

No tengo necesidad del dinero, o más bien no es del dinero de lo que tengo necesidad; no es ni siquiera del poder; tengo necesidad solamente de lo que se adquiere por el poder y no puede adquirirse sin él: ¡la conciencia, tranquila y solitaria, de su fuerza! He ahí la más perfecta definición de la libertad, sobre la cual discute tanto el mundo. ¡La libertad! Por fin he escrito esta palabra grandiosa... Sí, la conciencia solitaria de su fuerza es cosa hermosa y embriagadora. Tengo fuerza, y estoy tranquilo. Los rayos están entre las manos de Júpiter, y él está tranquilo; ¿es que lo oís tronar con frecuencia? Los imbéciles pueden creer que dormita. Poned ahora en lugar de Júpiter a un literato vulgar o a una buena mujer del campo, ¡ya veréis si entonces oís truenos!

Si tuviese solamente el poder, razonaba yo, ya no tendría necesidad ni de eso siquiera; estoy seguro de que, por mí parte, con mi mejor voluntad, yo ocuparía en todas partes el último puesto. Si yo fuera Rothschild, rne pasearía con un abrigo raído y con un paraguas en la mano. ¿Qué me importaría ser empujado en la calle o tener que correr por el fango para no ser aplastado por los coches? La conciencia existente en mí de que soy Rothschild bastaría para constituir mi gozo en ese momento. Sé que puedo tener un festín como nadie lo tiene, y el primer cocinero del mundo: me basta con saberlo. Me comeré una rebanada de pan y jamón y quedaré saciado con mi conocimiento. Incluso hoy día sigo pensando así.

No seré yo quien me impondré a las aristocracia; será ella la que acudirá a mí. No seré yo quien correré detrás de las mujeres, serán ellas las que acudirán como moscas ofreciéndome todo to que puede ofrecerme una mujer. Las más "vulgares" vendrán atraídas por el dinero, las más sensatas por la curiosidad hacia una criatura extraña, orgullosa, cerrada e indiferente a todo. Me mostraré acariciador tanto con las unas como con las otras. Quizá les daré dinero, pero no aceptaré nada de ellas. La curiosidad engendra la pasión: quizá también yo inspiraré pasión. Ellas se volverán a marchar sin nada, os lo aseguro, a no ser algún que otro regalo. Resultaré para ellas doblemente curioso.

... Me basta

con este conocimiento (32).

Lo que es raro es que este cuadro (por lo demás exacto) me ha seducido desde mis diecisiete años.

No tengo intención de oprimir ni de atormentar a nadie; pero sé que, si quisiese perder a tal hombre, enemigo mío, nadie podría impedírmelo, y todo el mundo se dedicaría a ello; y también en esto, ya con eso tengo bastante. Ni siquiera me vengaría de nadie. Siempre me ha sorprendido el hecho de que James Rothschild pudiera consentir en ser barón. ¿Para qué sirve eso, para qué, si sin el título era ya superior a todos los de aquí abajo? " ¡Oh, que Dios libre a ese insolente general de ofenderme en el parador donde los dos aguardamos a que lleguen los caballos; si él supiera quién soy, correría a enjaezarlos en persona y me ayudaría a sentarme en mi modesto coche! Se ha contado que un conde o un barón extranjero, en un ferrocarril de Viena, había puesto en público unas zapatillas en los pies de un banquero de aquella ciudad, y que éste había sido lo bastante ordinario como para tolerarlo. ¡Oh, libra a esa hermosa temible (temible, porque las hay temibles), esa hija de una aristocracia suntuosa y encopetada, al encontrarme por casualidad en un barco o en otra parte, líbrala de que me mire de arriba abajo y, alzando la nariz, se asombre con desprecio de que ese hombrecillo modesto, enclenque, con un libro o un periódico en la mano, haya osado sentarse en primera clase, al lado de ella! ¡Pero si supiera cerca de quién está sentada! Lo sabrá, ella lo sabrá y vendrá por sí misma a sentarse cerca de mí, sumisa, tímida, acariciadora, implorando una mirada mía, gozosa de arrancarme una sonrisa..." Inserto adrede estas pequeñas escenas prematuras, para explicar mejor mi pensamiento; pero son pálidos y tal vez vulgares. Sólo la realidad lo justifica todo.

Se me dirá que es absurdo vivir así: ¿por qué no tener un palacio, una casa abierta para todo el mundo, por qué no reunir a numerosas amistades, por qué no tener influencias, por qué no casarse? ¿A qué se reducirá entonces Rothschild? Será como todo el mundo. Todo el encanto de la "idea" desaparecerá, con toda su fuerza moral. En mi infancia me aprendí de memoria el monólogo de El Caballero Avaro de Puchkin (33). Puchkin no ha producido nada más superior en cuanto a la idea. Incluso hoy me aferro a esas ideas.

-Pero ese ideal de usted es muy bajo - se me dirá con desprecio -: ¡el dinero!, ¡la riqueza! ¿Y el interés social, y las empresas humanitarias?

Pero ¿sabéis vosotros en qué emplearé yo mi riqueza? ¿Qué inmoralidad y qué bajeza hay en el hecho de que de una multitud de garras judías sucias y malhechoras, esos millones caigan entre las manos de un solitario firme y razonable que dirige sobre el mundo una mirada penetrante? De una manera general, todos estos sueños de porvenir, todas estas previsiones, no son aún más que una especie de novela y he hecho más quizás en anotarlos; habría sido preferible dejarlos en mi cerebro; sé también que tal vez nadie leerá estas líneas; pero, si alguien las leyera, ¿creería que yo no podría resistir quizá los millones de Rothschild? No que me puedan aplastar, sino en un sentido diferente, completamente opuesto. Más de una vez, en mis sueños, he abrazado el momento futuro en el que mi conciencia quedará enteramente satisfecha y en el que el poder me parecerá insuficiente. Entonces, no por fastidio ni por un tedio sin objeto, sino porque querré infinitamente más, entregaré todos rnis millones a los hombres: que la sociedad reparta a su gusto toda mi riqueza, y yo, yo volveré a caer en la nada. Quizás incluso me metamorfosearé en ese mendigo que murió en el barco, con la diferencia de que no se encontrará nada cosido en mis harapos. La sola conciencia de que he tenido entre las manos millones y los he tirado al fango me alimentará en mi desierto. Aún hoy estoy dispuesto a pensar así. Sí, mi "idea" es la fortaleza en la que, en todo tiempo y en toda ocasión, puedo huir de todos los hombres, aunque fuese como el mendigo muerto en el barco. ¡He ahí mi poema! Y sabedlo, tengo necesidad de mi voluntad viciosa toda enters únicamente para probarme a mí mismo que tengo la fuerza de renunciar a ella.

Se objetará sin duda alguna que esto es poesía y que no soltaré jamás mis millones si alguna vez llego a poseerlos, y no me cambiaré nunca en mendigo de Saratov. Quizás en efecto no los soltaré; no he hecho más que bosquejar el ideal de mi pensamiento. Pero añadiré ahora en serio: si llegase, en mi acumulación de riqueza, a la misma cifra que Rothschild, podría efectivamente acabar por tirarlos a la cara de la sociedad. (Antes de llegar a la cifra de Rothschild, eso sería difícil de ejecutar.) Y no sería la mitad lo que yo daría, porque entonces eso no sería más que vulgaridad: yo sería dos veces más pobre nada más; sino el todo, hasta el último copec, porque, al convertirme en pobre, me encontraría de golpe y porrazo dos veces más rico que Rothschild. Si no se comprende esto, no es culpa mía; no entraré en explicaciones.

" ¡Es faquirismo, es la poesía de la nulidad y de la impotencia, decidirá la gente, es el triunfo de la incapacidad y de la mediocridad." Sí, confieso, es en parte el triunfo de la incapacidad y de la mediocridad, pero no el de la impotencia. He experimentado una alegría loca representándome a una criatura, precisamente incapaz y mediocre, plantada frente al mundo y diciéndole con una sonrisa: vosotros sois los Galileos y los Copérnicos, los Carlomagnos y los Napoleones, los Puchkins y los Shakéspeares, los mariscales de campo y de corte, mientras que heme a mí aquí, sin talento y sin linaje, y sin embargo por encima de vosotros; puesto que vosotros os habéis sometido voluntariamente a esto. Lo confieso, he estirado esta fantasía hasta el extremo, hasta el punto de borrar incluso la instrucción. Me ha parecido que sería más hermoso que este hombre fuera incluso suciamente inculto. Este sueño exasperado ejerció su influjo sobre mí desde la última clase del liceo; dejé de estudiar por fanatismo: sin instrucción, el ideal aumentaba en belleza. Ahora he cambiado de opinión en este punto; la instrucción no perjudicará en absoluto.

Señores, ¿es posible que la independencia del pensamiento, aun la más reducida, os sea tan penosa? ¡Dichoso el que posea un ideal de belleza incluso erróneo! Pero yo creo en el mío. Sólo que lo he expuesto torpemente, elementalmente. Dentro de diez años, estoy seguro, lo expondré mejor. Mientras tanto, guardaré esto en lo sucesivo.

 

IV

He terminado con mi "idea". Si la he descrito en forma vulgar y superficial es culpa mía, no de ella. He advertido ya que las ideas más sencillas son las más difíciles de comprender; ahora añado que son también las más difíciles de exponer; tanto más cuanto que he contado mi "idea" en su forma primera.

La inversa es también justa; las ideas lisas y rápidas son comprendidas extraordinariamente pronto y precisamente por la multitud, por la calle; mucho más, son consideradas las más grandes y las más geniales, pero solamente el día de su aparición. Lo barato dura poco. La comprensión rápida es el índice de la vulgaridad de la cosa que hay que comprender. La idea de Bismarck (34) se ha hecho instantáneamente genial, y Bismarck mismo es un genio, pero es una rapidez que resulta sospechosa: aguardo a Bismarck dentro de diez años, y veremos entonces lo que quedará de su idea, y quizá del mismo señor Canciller en persona. Ésta es una observación totalmente incidental y que nada tiene que ver con el tema: la inserto evidentemente no a título de comparación, sino también para hacer memoria. (Explicacíón destinada al lector verdaderamente demasiado grosero. )

Voy ahora a contar dos anécdotas, para acabar con la " idea" como quiera que sea y para que no nos embarace más en el porvenir.

Un verano, en julio, dos meses antes de mi partida para Petersburgo y como yo estaba ya enteramente libre, María Ivanovna me pidió que fuese a Troitski-Possad (35) para darle un recado a una anciana señorita que habitaba por a11í, y que carece de interés para mencionarla aquí con detalle. Al volver el mismo día observé en el vagón a un joven raquítico, no mal vestido, pero sucio, barrilludo, uno de esos morenos con cutis de un color bronceado sucio. Se caracterizaba porque en cada estación o apeadero descendía obligatoriamente para beber vodka. Al final del trayecto, se formó alrededor de él una alegre compañía, por lo demás muy vulgar. El más entusiasta era un comerciante, también él ligeramente beodo, que admiraba la capacidad que tenía el joven para beber incesantemente y sin embriagarse. No menos satisfecho estaba un muchachillo espantosamente estúpido y hablando por los codos, vestido a la europea y oliendo espantosamente mal: un lacayo, como supe más tarde; aquél incluso llegó a entáblar amistad con el joven aficionado al vodka y en cada parada era él quien le invitaba a bajar: "¡Ha llegado el momento, vamos a beber! ", tras de lo cual descendían los dos juntos muy abrazados. Después de haber bebido, el joven no decía casi una sola palabra, pero un número cada vez mayor de interlocutores se iba instalando alrededor de él. Él se limitaba a escucharlos, sin dejar de soltar risitas y de babear, y de cuando en cuando, pero de improviso, hacía oír algunos sonidos de este tipo: " ¡Tur-lur-lu! ", llevándose un dedo en dirección a la nariz con un gesto caricaturesco. Eso era lo que regocijaba tanto al comerciante, al lacayo y a todo el mundo, y se reían con una risa extraordinariamente sonora y francota. A veces resulta imposible comprender por qué se ríe la gente. Me acerqué yo también; y no comprendo por qué aquel joven me agradó; quizás era por aquella violación manifiesta de las conveniencias oficiales y admitidas; en una palabra, no me di cuenta de su estupidez; inmediatamente empezamos a tutearnos, y al salir del tren me enteré de que iría por la noche, después de las ocho, al bulevar Tverskoi (36). Era un ex estudiante. Acudí a la cita, y he aquí el ejercicio que me enseñó,: nos paseábamos juntos por los bulevares y, un poco más tarde, en cuanto que observábamos a una mujer de buena facha; no habiendo nadie alrededor de ella, nos pegábamos inmediatamente a su lado. Sin decir una palabra, nos colocábamos, él a un lado, yo al otro, y con el aire más tranquilo del mundo, como si ni siquiera la viésemos, sosteníamos entre él y yo la conversación más escabrosa. Nombrábamos los objetos por sus nombres, con una seriedad imperturbable y como si fuera la cosa más natural del mundo, y para explicar todas aquellas clases de porquerías y de infamias, entrábamos en detalles que la imaginación más sucia del más sucio desvergonzado no habría imaginado jamás. (Naturalmente, yo había adquirido todos aquellos conocimientos en las escuelas, incluso antes que en el Instituto, pero sólo en palabras, no en acción.) La mujer cogía miedo, apresuraba el paso, pero nosotros haciamos otro tanto y continuábamos todavía peor. Nuestra víctima no podía evidentemente hacer nada, no podía ponerse a dar gritos: ningún testigo, y además habría sido raro presentar una queja. Empleamos unos ocho días en aquella diversión; no comprendo cómo pude complacerme en aquello; por otra parte, no me agradaba, pero el caso es que... era así. Aquello me parecía al principio original, saliéndose de lo ordinario, de las convenciones admitidas; además, yo no podia tragar a las mujeres. Le confié una vez al estudiante que Jean-Jacques Rousseau, en sus confesiones (37 ), reconoce haberse complacido, siendo joven, en exhibir secretamente, completamente desnudas, las partes del cuerpo que ordinariamente se llevan ocultas y esperar en esta postura a las mujeres que pasaban. El estudiante me respondió con su tur-lur-lu. Noté que era terriblemente ignorante y que no se interesaba por nada. En su cabeza, ni una sola de aquellas ideas que yo esperaba encontrar en él. En lugar de originalidad, no descubrí más que una abrumadora monotonía. Yo le apreciaba cada vez menos. Todo acabó de una manera inesperada: un día, en plenas tinieblas, nos pegamos a una muchacha muy jovencita que pasaba rápida y tímidamente por él bulevar; quizá dieciséis años o menos aún, vestida muy limpia y muy modestamente, viviendo tal vez de su trabajo y volviendo a casa junto a una madre vieja, una pobre viuda cargada de hijos; pero es inútil meterse en sentimentalismos. La muchacha escuchó algún tiempo, luego apresuró el paso, agachó la cabeza y se cubrió con su velo, asustada y temblorosa. De repente se detuvo, descubrió un rostro que nada tenía de feo, por lo menos que yo me acuerde, pero macilento, y nos gritó con ojos relampagueantes:

-¡Ustedes no son más que unos miserables!

Tal vez estaba a punto de echarse a llorar, pero fue otra cosa lo que sucedió: tomó impulso y, con su manecita flaca, le soltó al estudiante la bofetada más hábil que tal vez se haya dado nunca. ¡Se oyó el restallido! El otro lanzó un juramento e hizo ademán de arrojarse sobre ella, pero yo le sujeté, y la muchacha tuvo tiempo de escapar. Una vez solos, nos peleamos: le dije todos los reproches que se habían acumulado en mí durante aquel tiempo: le dije que él no era más que un incapaz, que era una nulidad, que nunca había tenido el menor asomo de idea. Me respondió con injurias... (yo le había hablado una vez de mi nacimiento ilegítimo), luego nos separamos con escupitajos de desprecio y no le he vuelto a ver en mi vida. Aquella noche experimenté un inmenso despecho; al día siguiente un poco menos, al otro día ya me había olvidado de todo. A continuación aquella joven me ha vuelto a la memoria de cuando en cuando, pero solamente por casualidad y de paso. Solamente cuando llegué a Petersburgo, al cabo de unos quince días, me acordé de pronto de la escena. Me acordé y me sentí invadido al punto por una vergüenza tal, que las lágrimas me corrieron literalmente por las mejillas. Estuve atormentado por aquello toda la tarde, toda la noche, y aún to estoy un poco ahora. Al principio me resultaba imposible comprender cómo había podido yo caer tan bajo, y sobre todo cómo había podido olvidar aquel incidente, no estar avergonzado, no estar corroído por el arrepentimiento. Solamente ahora he comprendido a qué se debía aquello: la culpa era de la "idea". En una palabra, llego a esta conclusión: que, cuando se tiene en el espíritu una cosa fija (38), perpetua, poderosa, por la que se está enteramente ocupado, uno se aleja al mismo tiempo del mundo, se interna en la soledad, y todo to que acaece no hace más que deslizarse, sin rozar lo esencial. Incluso las impresiones son percibidas de una manera inexacta. Además y sobre todo, siempre se tiene una excusa. ¡Cuánto he podido atormentar a mi madre en esa época!, ¡cómo abandonaba vergonzosamente a mi hermana! "¡Bah!, tengo mi "idea", todo el resto no cuenta." He aquí lo que me decía a mí mismo. Me podían ofender, incluso cruelmente: yo me iba sin más ni más y me decía seguidamente: "¡Bah!, soy un asqueroso, pero tengo mi "idea", y ellos no saben nada de eso." La "idea" me consolaba en la vergüenza y en la nulidad; pero todas mis infamias parecían refugiarse bajo la "idea"; ella lo hacía todo más fácil, pero lo velaba todo delante de mí; sin embargo, una aprehensión tan confusa de las circunstancias y de las cosas no puede menos que perjudicar a la "idea" misma, sin hablar de todo lo demás.

Ahora, la segunda anécdota.

María Ivanovna, el primero de abril del año pasado, celebraba su fiesta. Por la tarde hubo algunos invitados, muy poco numerosos. De pronto he aquí a Agrafena (39) que entra desatentada, y declara que en el vestíbulo, frente a la cocina, hay un recién nacido abandonado que llora... y que ella no sabe qué hacer. La noticia emociona a todo el mundo. Se corre hacia allá y se ve una cestilla de mimbre y dentro una niñita de unas tres o cuatro semanas, lanzando gritos. Cogí la cestilla y la trasladé a la cocina. Encontré entonces un billete plegado en dos: "Queridos bienhechores, otorgad vuestra benévola asistencia a esta niña, bautizada Arina (40). Ella y nosotros elevaremos eternamente nuestras lágrimas al cielo por vuestra felicidad. Os deseamos una fiesta agradable. Personas a las que no conocéis." Fue entonces cuando Nicolás Semenovitch, al que yo tanto respetaba, me produjo una gran pena: puso una cara muy seria y decidió enviar inmediatamente la niña a la Beneficencia Pública. Me quedé muy triste. Ellos vivían muy apretadamente, pero no tenían hijos, y Nicolás Semenovitch se felicitaba siempre de eso. Saqué con precaución a la pequeña Arina de su cestilla y la levanté por los hombros; se desprendió un olor agrio y fuerte como el que esparcen los recién nacidos descuidados durante mucho tiempo. Después de haber discutido un momento con Nicolás Semenovitch, le declare bruscamente que tomaba a la niña a mi cargo. Se puso a presentar objeciones, con alguna severidad a pesar de la dulzura de su carácter, y terminó con una broma, pero su intención respecto a la Beneficencia Pública continuaba en pleno vigor. Sin embargo, todo pasó como yo quería. Había en el mismo inmueble, pero en otro pabellón, un carpintero muy pobre, ya entrado en edad y aficionado a la bebida; su mujer, aún joven y muy sana, acababa de perder una niña de pecho, y, sobre todo, hija única, nacida después de ocho años de matrimonio infecundo, niña que, por una extraña felicidad, se llamaba también Arina. Digo: por felicidad, porque en el momento en que discutíamos en la cocina, aquella mujer, enterada del incidente, vino a mirar y, al saber que era una pequeña Arina, se sintió conmovida. Ella tenía leche todavía: se descubrió el seno y se lo tendió a la niña. Caí a sus pies y le supliqué que se la llevase a su casa; yó le pagaría la pensión todos los meses. Ella dudaba sobre si su marido se to permitiría o no; sin embargo, se la llevó por lo pronto para pasar la noche. Por la mañana, el marido dio su permiso, mediante el pago de ocho rublos por mes, y yo le entregué inmediatamente el primer mes adelantado; él se fue a continuación a beberse el dinero. Nicolás Semenovitch, sin dejar de sonreír extrañamente, consintió en hacerse fiador mío por la suma de ocho rublos mensuales, garantizando que sería entregado regularmente. Le ofrecí a Nicolás Semenovitch entregarle en prenda mis sesenta rublos, pero él no los aceptó; por otra parte, él sabía que yo tenía dinero y tenía confianza en mí. Esa delicadeza borró nuestro disentimiento de un instante. María Ivanovna no dijo nada, pero se asombró de verme aceptar semejante preocupación. Yo aprecié mucho la delicadeza de que los dos habían hecho gala al no permitirse la menor burla a expensas mías y al considerar, por el contrario, la cosa con toda la seriedad que convenía. Tres veces cada día, yo daba una escapada a casa de Daria Rodivonovna (41), y al cabo de una semana le entregué personalmente, en propia mano, a espaldas de su marido, tres rublos de más. Mediante otros tres rublos, me procuré una mantita y una toquilla. Pero al cabo de diez días la pequeña Arina cayó enferma. Llamé inmediatamente al médico, prescribió no sé qué remedio y nos pasamos la noche atormentando a la criaturita con la repugnante droga. Al día siguiente, declaró que era demasiado tarde v, en respuesta a mis ruegos - y también, creo, a mis reproches --, declaró con una noble discreción: "No soy el Buen Dios." La lengüecita, los labiecitos y toda la boca estaban cubiertos por una erupción blanca y menuda, y por la tarde murió, clavando en mí sus grandes ojos negros, como si ella comprendiese ya. No sé por qué no se me ocurrió la idea de sacar una fotografía de la muertecita. Pues bien, se crea o no, no lloré aquella noche, pero maldije, cosa que no me había permitido jamás hasta entonces, y María Ivanovna se vio obligada a consolarme, y eso, una vez más, sin burlas de ninguna clase por parte de ella ni por parte de él. El carpintero confeccionó él mismo el pequeño ataúd; María Ivanovna lo decoró con encajes y colocó en él una almohadita muy graciosa; yo compré flores y las arrojé sobre la niña: de esa manera se llevaron a mi pobre florecilla de los campos, que no llego a olvidar todavía, se crea o no. Pero un poco más tarde este acontecimiento casi súbito me hizo reflexionar, a incluso muy seriamente. Sin duda Arina no me había costado cara: con el féretro, el entierro, el doctor, las flores y el salario de Daria Rodivonovna, no más de treinta rublos. Cuando partí para Petersburgo, recuperé aquel dinero con los cuarenta rublos enviados por Versilov para el viaje y con la venta de algunos objetos menudos, de forma que todo mi " capital" quedó intacto. "Pero - me dije -, si hago muchos dispendios de esta clase, no iré muy lejos." La historia del estudiante demuestra que la "idea" puede introducir una parturbación en las impresiones y distraer de la actividad real. Con la historia de Arina, pasa todo lo contrario: ninguna "idea" es capaz de seducir (por lo menos en lo que a mí se refiere) hasta el punto de impedir que uno se detenga de súbito ante un hecho abrumador y que se le sacrifique inmediatamente todo lo que se ha realizado durante años de esfuerzos en pro de la "idea". Las dos conclusiones eran igualmente justas.

 

 

CAPÍTULO VI

I

Mis esperanzas no se realizaron del todo: no las encontré solas. Versilov no estaba a11í, pero Tatiana Pavlovna se había instalado en casa de mi madre, y era a pesar de todo una desconocida. La mitad de mis disposiciones generosas se desvanecieron de golpe. Es asombroso lo rápido y cambiante que soy en tales ocasiones: basta una mota de polvo o un cabello para disipar mi buen humor y reemplazarlo por el malo. Y por desgracia mis malas impresiones son menos rápidas en dispersarse, aunque yo no sea rencoroso. Cuando entré, me di cuenta de que mi madre acababa de interrumpir en aquel instante y a toda prisa el hilo de su conversación, por lo visto muy animada, con Tatiana Pavlovna. Mi hermana había vuelto del trabajo apenas un minuto antes que yo y aún no había salido de su habitación.

Aquel partido se componía de tres habitaciones: aquella en la que todo el mundo se reunía según la costumbre, la habitación del medio o salón, era bastante espaciosa y hasta conveniente. Se veían a11í divanes rojos y blandos, por lo demás pasablemente usados (Versilov no soportaba las fundas), algunos tapices, varias mesas veladores inútiles. Seguidamente, a la derecha, se abría el cuarto de Versilov, estrecho y exiguo, con una sola ventana; había a11í una miserable mesa de escritorio sobre la que se arrastraban varios libros abandonados y papeles olvidados, y delante de la mesa un no menos lastimoso sillón blando, cuyos muelles rotos apuntaban al aire, lo que con frecuencia hacía gemir y jurar a Versilov. En aquel mismo gabinete era donde se le preparaba la cama en un diván blando a igualmente usado; él detestaba aquel gabinete y, según creo, no se servía jamás de él, prefiriendo quedarse sin hacer nada en el salón durante horas enteras. A la izquierda del salón se encontraba un cuartito exactamente idéntico, donde dormían mi madre y mi hermana. Se tenía acceso al salón por un pasillo que terminaba en la cocina, donde se alojaba la cocinera Lukeria (42). Cuando ella estaba en funciones, un olor a grasa quemada se esparcía sin piedad por todo el apartamiento. Había instantes en que Versilov maldecía en alta voz de su suerte y de toda su existencia a causa de aquellos aromas cocineriles, y en eso por lo menos yo estaba de perfecto acuerdo con él; también yo detesto esos olores, aunque entonces no llegasen hasta mí: yo vivía arriba, en la buhardilla bajo el techo, adonde subía por una escalera chirriante y terriblemente gastada. Las curiosidades del lugar eran una claraboya ovalada, un techo horriblemente bajo, un diván cubierto de tela encerada, sobre el cual Lukería extendía por las noches una sábana y ponía una almohada; el resto del mobiliario se componía de dos espejos, una mesa de simples tablas v una silla de enea.

En realidad, todavía subsistían sin embargo en nuestra casa restos de un cierto confort hoy desaparecido: había por ejemplo en el salón una lámpara de porcelana bastante buena y, colgado de la pared, un grabado admirable de la Madona de Dresde (43), y justamente enfrente, en la otra pared, una preciosa fotografía de gran formato representando las puertas de bronce de la catedral de Florencia (44). En aquella misma estancia se hallaba en un rincón una gran vitrina de viejos iconos de familia: uno de ellos (el icono de Todos los Santos) estaba revestido de plata dorada -era el que se quería empeñar-, y el otro (el icono de la Santísima Virgen), de terciopelo bordado de perlas. Delante de aquellas imágenes había una lámpara que se encendía las vísperas de las fiestas. Versilov se mostraba claramente indiferente a tales iconos, en lo que atañía a la significación de los mismos: se limitaba a fruncir las cejas, en un visible esfuerzo por contenerse, ante la luz de la lámpara reflejada por los adornos dorados, quejándose con dulzura de que aquello le perjudicaba la vista, pero no le prohibía a mi madre que la encendiera.

De ordinario yo entraba en silencio y con aire sombrío, clavando la mirada en uno de los rincones; a veces incluso sin decir buenos días. Entraba siempre más temprano que esta vez, y me llevaban la comida a11á arriba. Esta vez, al entrar, dije de repente: " ¡Buenos días, mamá! ", lo que no me sucedía nunca antes, aunque, por una especie de falsa vergüenza, no pudiese tampoco esta vez atreverme a mirarla, y me senté en el ángulo opuesto de la habitación. Estaba muy fatigado, pero no pensaba en eso.

-Este mal educado continúa entrandó en vuestra casa tan insolentemente como antes - susurró Tatiana Pavlovna.

También en otros tiempos ésta se permitía palabras malsonantes, y había ya, entre ella y yo, una especie de costumbre.

-¡Buenos días!... -respondió mi madre, como estupefacta por el hecho de que yo le hubiera dicho buenos días -. La comida está lista desde hace mucho tiempo - agregó, casi confusa -. Cori tal que la sopa no se haya enfriado... Las chuletas, voy ahora mismo a dar la orden...

Hizo ademán de levantarse precipitadamente para ir a la cocina, y, por primera vez quizá después de un mes largo, sentí vergüenza de repente al verla apresurarse tanto para servirme, siendo así que hasta aquel día era yo mismo quien se lo exigía.

-Gracias, mamá, ya he comido. Si no le molesto, descansaré aquí un poco.

-¡Ah!... ¿cómo no?... Desde luego, descanse...

-No se inquiete usted, mamá, no diré más groserías a Andrés Petrovitch - declaré bruscamente.

-¡Señor, qué grandeza de alma! - gritó Tatiana Pav1ovna -. Mi querida Sonia, ¿es posible que continúes hablándole de usted? ¿Quién es él para merecer semejante honor, y encima de parte de su madre? ¡Mira, pero si estás toda nerviosa delante de él! ¡Es vergonzoso!

-A mí mismo me sería muy agradable que me hablase usted de tú, mamá.

--¡Ah! ... Bueno, está convenido - se apresuró a decir mi madre -. Lo que pasa es que... no todas las veces... A partir de hoy, es cosa hecha.

Enrojeció vivamente. Su rostro resultaba a veces extremadamente seductor... Era un rostro bondadoso, pero de ninguna manera ingenuo, un poco pálido, anémico. Sus mejillas eran muy flacas, incluso huecas, y en su frente las arrugas empezaban a acumularse con gravedad, pero no las había aún en torno a los ojos, y esos ojos, bastante grandes y bastante abiertos, brillaban siempre con un resplandor dulce y tranquilo, que me había atraído desde el primer día. Lo que me gustaba también era que su rostro no tenía nada de afligido o de humillado; al contrario, su expresión habría sido incluso alegre, si no estuviese alarmada con tanta frecuencia, a veces absolutamente sin motivo alguno, espantándose, sobresaltándose en ocasiones por una completa nadería o escuchando con espanto alguna nueva conversación, hasta el momento en que se convencía definitivamente de que todo continuaba transcurriendo bien como de costumbre. "Todo va bien", era para ella sinónimo de " Todo continúa como de costumbre". ¡Con tal solamente que no haya ningún cambio, con tal que no sobrevenga nada nuevo, ni siquiera dichoso!... Se hubiera creído que en su infancia le habían producido algún miedo horrible. Además de los ojos, me gustaba en ella el óvalo de su rostro y creo que, si hubiese tenido los pómulos un poco menos salientes, se la habría podido juzgar, no solamente en su juventud, sino incluso ahora, bonita. Entonces no tenía más de treinta y nueve años, pero sus cabellos castaños estaban ya fuertemente mezclados de blanco.

Tatiana Pavlovna me miró con una indignación declarada.

-¡Un mocoso como éste! ¡Temblar así delante de él! Eres ridícula, Sofía, harás que me enfade.

-Ay, Tatiana Pavlovna, ¿por qué lo trata usted así? Pero quizás está bromeando, ¿verdad? - agregó mi madre, notando en la fisonomía de Tatiana Pavlovna una especie de sonrisa.

La verdad era que los regaños de Tatiana Pavlovna apenas podían tomarse en serio, pero ella se sonreía aquella vez (si sonrisa era aquello) únicamente de mi madre, porque ella amaba hasta la locura su bondad y había notado desde luego la felicidad que mi sumisión le estaba procurando en aquel instante.

-Desde luego, no puede pasárseme por alto la manera que tiene usted de echarse sobre la gente, Tatiana Pavlovna, y esto justamente en el momento en que he dicho al entrar: " ¡Buenos días, mamá! ", lo que nunca he hecho antes - juzgué por fin necesario hacerle notar.

-¿Ven ustedes eso? - estalló ella inmediatamente -. ¡Él ve en eso una hazaña! ¿Hará falta entonces arrodillarse delante de ti porque has tenido educación una vez en tu vida? ¿Y es que eso es educación? ¿Por qué miras al rincón cuando entras? ¿Crees que no sé lo mucho que te agitas frente a ella? También a mí podrías haberme dicho buenos días. He sido yo la que te ha envuelto en los pañales, soy tu madrina.

Naturalmente, desdeñé contestar. En aquel instante entró mi hermana, y me dirigí a ella inmediatamente:

-Lisa, hoy he visto a Vassine, y me ha preguntado cómo estabas. ¿Lo conoces?

-Sí, desde Luga, el año pasado - respondió ella con mucha sencillez sentándose junto a mí y lanzándome una mirada amable.

No sé por qué, pero me parecía que ella iba a estallar en el momento en que le hablase de Vassine. Mi hermana era rubia, una rubia de matiz claro; no tenía los cabellos de mi padre ni los de mi madre, pero los ojos y el óvalo del rostro eran casi los de mi madre. La nariz muy derecha, pequeña y regular; una particularidad aún: pequeñas pecas en el rostro, lo que mi madre no tenía en absoluto. De Versilov, no tenía gran cosa, a no ser, si acaso, la finura del talle, una buena estatura y no sé qué de encantador en el andar. Conmígo, ni el menor parecido: los dos polos opuestos.

-Le conozco desde hace tres meses - agregó Lisa.

-¿Hablando de Vassine dices le? Hace falta decir to y no lo. Perdona que te corrija, pero me resulta penoso ver que tu educación ha sido descuidada hasta ese punto.

-Es una indignidad de tu parte hacer semejante observación en presencia de tu madre - estalló Tatiana Pavlovna -. Por lo demás, eso no es verdad. Ella no ha sido descuidada en forma alguna.

-No hablo aquí de mi madre - intervine resueltamente -. Sepa usted, mamá, que considero a Lisa como a una segunda madre; usted ha hecho de ella una tal delicia de bondad y de carácter, que ella recuerda desde luego lo que usted era, lo que es usted aún, y lo que será eternamente... Quería hablar únicamente de ese lustre exterior, de todas esas tonterías mundanas, que son sin embargo indispensables. Me indigno de que Versilov, al escucharte decir uno de esos errores gramaticales, no te haya corregido jamás, tan altanero e indiferente es con nosotros. ¡Eso es lo que me da rabia!

-¡Miren ustedes a este osezno metiéndose a enseñar buenas maneras! Le prohíbo, caballero, que digan en lo sucesivo "Versilov" en presencia de su madre de usted, así como en presencia mía. ¡No lo toleraré! - Tatiana Pavlovna lanzó un relámpago.

-Mamá, he cobrado hoy mi salario, cincuenta rublos. Tómelos usted, se lo ruego. Aquí están.

Me acerqué y le alargué el dinero; inmediatamente ella se alarmó.

-Pero, no sé... cómo coger este dinero - dijo, como si incluso temiese alargar la mano.

Yo no comprendía.

-Pero, mamá, si ustedes me consideran las dos un hijo y un hermano, entonces...

-¡Ah!, soy culpable ante ti, Arcadio. Tengo varias cosas que confesarte, pero me das demasiado miedo...

Dijo eso con una sonrisa tímida y suplicante; nuevamente me quedé sin comprender y la interrumpí:

-A propósito, ¿sabe usted, madre, que hoy era la vista del pleito entre Andrés Petrovitch y los Sokolskis?

-¡Qué me dices! - dijo ella, lanzando una exclamación de espanto, cruzándose las manos sobre el pecho - era su gesto.

-¿Hoy? -Tatiana Pavlovna se estremeció de pies a cabeza -. ¡Pero es imposible, él me lo habría dicho! ¿Te lo ha dicho a ti? - añadió, volviéndose hacia mi madre.

-No, no me ha dicho que fuera hoy. Pero tengo tanto miedo desde hace una semana... Que pierda, para que nos veamos libres de eso y todo vaya como de costumbre.

-¡Entonces tampoco a ustedes se lo ha dicho! - exclamé yo -. ¡Qué hombre! He ahí una prueba más de su indiferencia y de su altanería. ¿Qué les estaba diciendo hace un momento?

-¿Y cuál ha sido el resultado? ¿Y quién te lo ha dicho? - atacaba Tatiana Pavlovna -. ¡Dilo de una vez!

-¡Aquí está él en persona! Quizá quiera decírnoslo -anuncié yo, al oír sus pasos en el pasillo, y me senté muy aprisa cerca de Lisa.

-Hermano, por el amor de Dios, ten miramientos con mamá, sé paciente con Andrés Petrovitch - me susurró ella.

-Tendré paciencia, con esa intención he vuelto.

Le estreché la mano.

Lisa me lanzó una mirada llena de desconfianza, y tenía razón.

 

II

Hizo su entrada, muy contento consigo mismo, tan contento que ni siquiera estimó necesario ocultar su estado de ánimo. Por lo demás, había adquirido la costumbre, en aquellos últimos tiempos, de desahogarse delante de nosotros sin la más mínima ceremonia, no solamente en sus momentos malos, sino aun en sus accesos de alegría, lo que todo hombre teme más que nada; y sin embargo él sabía muy bien que nosotros lo comprenderíamos todo hasta el último detalle. Se abandonaba enormemente en su presentación desde el año pasado, como lo había notado Tatiana Pavlovna: iba vestido siempre convenientemente, pero con trajes viejos y sin elegancia. Estaba dispuesto a llevar la misma camisa dos días seguidos, lo que apenaba a mi madre; en casa eso pasaba por ser un sacrificio, y todo aquel grupo de mujeres abnegadas veía en eso incluso una proeza. Llevaba siempre sombreros blandos, negros, de alas anchas; cuando se quitaba el sombrero al entrar, todo un mechón de sus cabellos, muy espesos, pero con muchas hebras blancas, le caía por la frente. Me gustaba mirar sus cabellos cuando se quitaba el sombrero.

-Buenos días. Hoy tenemos aquí el completo. Incluso éste - señalándome -forma parte del número. He oído su voz en el recibidor. Estaba hablando mal de mí, ¿verdad?

Cuando hacía chistes a costa mía, aquello era signo de buen humor. Naturalmente, no repliqué. Entró Lukeria con todo un montón de cosas que puso sobre la mesa.

-¡Victoria, Tatiana Pavlovna! He ganado mi pleito, y los príncipes no se atreverán seguramente a apelar. ¡El gato está en la talega! Ahora mismo acabo de encontrar quien me preste mil rublos. Sofía, deja ahí tu labor, no te canses los ojos. Lisa, ¿vuelves del trabajo?

-Sí, papá - respondió ella con ternura,

Le llamaba padre; por mi parte, yo nunca había querido conformarme a eso.

-¿Cansada?

-Sí.

-Deja ese trabajo, no vayas mañana, y abandónalo completamente.

-Pero, papá, eso me sentará mal.

-Te lo ruego... Detesto a las mujeres que trabajan, Tatiana Pavlovna.

-¿Y cómo vivir sin trabajar? ¿Qué haría una mujer que no trabajase?

-Ya lo sé, ya lo sé... todo eso está muy bien y es muy bonito, y doy mi aprobación de antemano; pero de lo que estoy hablando sobre todo es del trabajo de la señora. Porque, mirad, es una de las impresiones más penosas de mi infancia o, por decirlo mejor, de las más falsas. En mis vagos recuerdos de la época en que yo tenía cinco o seis años, veo con la mayor frecuencia, con desagrado naturalmente, alrededor de una mesa redonda un conclave de mujeres inteligentes, severas y gruñonas, tijeras, telas, patrones y figurines de moda. Toda esa gente discute y razona, agachando la cabeza grave y lentamente, sin dejar de medir y calcular y preparándose a cortar. Todos esos rostros cariñosos, que me quieren tanto, se han hecho de repente inabordables; que yo cometa la menor travesura, y me echarán fuera inmediatamente. Incluso mi pobre niñera, que me sostiene de la mano y ha dejado de responder a mis gritos y a mis tirones, es todo ojos y todo oídos como si estuviese frente a un ave del paraíso. Pues bien, esa severidad en rostros inteligentes, ese aire grave antes de comenzar el corte, lo experimento como un sufrimiento, incluso hoy día, cuando pienso en ello. Tatiana Pavlovna, a usted le gusta apasionadamente cortar. Por aristocrático que eso sea, yo prefiero una mujer que no haga nada en absoluto. No creas, que esto va por ti, Sofía... Pero, ¿de qué sirve? La mujer no tiene necesidad de eso para ser una gran potencia. Por lo demás, tú también lo sabes muy bien, Sonia (45). ¿Qué piensa usted de esto, Arcadio Makarovitch? Seguramente opinará lo contrario.

-No, de ninguna manera - respondí -. Es una expresión excelente: la mujer como gran potencia, aunque no comprendo todavía por qué relaciona usted eso con las labores de las señoras. Y que sea imposible no trabajar cuando no se tiene dinero, eso lo sabe usted mismo.

-¡Pues ahora se acabó! - Se volvió hacia mi madre, que estaba toda radiante (se había echado a temblar cuando él se dirigió a mí) -. ¡Por lo menos en los primeros tiempos, que yo no vea más trabajo por aquí! Lo pido por consideración a mí. Tú, Arcadio, como verdadero joven de nuestro tiempo, debes de ser un poco socialista; pues bien, lo creas o no, amigo mío, quienes más gustan de la ociosidad, son las gentes del pueblo, ese pueblo dedicado eternamente al trabajo.

-Quizá lo que quieren es reposo, y no ociosidad.

-¡No, es desde luego la ociosidad, la holgazanería absoluta; ése es su ideal! He conocido a uno de esos trabajadores eternos, que por lo demás no era del pueblo; era un hombre bastante cultivado, capaz de razonar. Toda su vida, cada día quizá, soñaba con gozo y delectación en la ociosidad perfecta. Por así decirlo, llevaba ese ideal hasta lo absoluto, hasta la independencia ilimitada, la libertad perpetua del sueño y de la contemplación ociosa. Aquello duró hasta el día en que se agotó completamente a fuerza de trabajo: imposible volverlo a poner en pie; murió en el hospital. Yo estaba entonces seriamente dispuesto a extraer la conclusión de que los gozos del trabajo habían sido inventados por hombres desocupados, naturalmente hombres virtuosos. Ésa es una de las "ideas ginebrinas" de finales del pasado siglo. Ah, Tatiana Pavlovna, recorté anteayer un anuncio que traía el periódico. Helo aquí (se sacó un trozo de papel del bolsillo de arriba del pantalón): es uno de esos "estudiantes" perpetuos que saben lenguas antiguas y matemáticas y están dispuestos a marcharse a cualquier provincia, a un granero o no importa dónde. Escuchad esto: "Profesora prepara ingreso en todos los establecimientos de enseñanza (¡fijaos, en todos! ), y da clases de aritmética." ¡Una línea solamente, pero del todo clásica! Prepara para el ingreso en los establecimientos de enseñanza: parecería que la aritmética debiera estar comprendida. ¡Pues no! Ella pone la aritmética aparte. Eso, eso es la verdadera hambre, el último grado de la miseria. Esa torpeza es precisamente la que me conmueve: con toda seguridad, ella no ha sido jamás profesora, es incapaz de enseñar lo que quiera que sea. Pero no hay nada que hacer, es preciso llevar el último rublo al periódico y anunciar que se prepara para el ingreso en todos los establecimientos de instrucción y por añadidura que se dan lecciones de aritmética. Per tutto mundo e in altri siti (46).

-Pues bien, Andrés Petrovitch, será necesario ir a ayudarla. ¿Dónde vive? - exclamó Tatiana Pavlovna.

-¡Bah! ¡Hay tantas así! - y se guardó la dirección en el bolsillo -. En este paquete hay regalos para ti, Lisa, y para usted, Tatiana Pavlovna. A Sofía y a mí no nos gustan las golosinas. ¡También hay para ti, jovencito! Lo he elegido todo yo mismo en casa de Elissieev y de Ballet (47). Hemos estado demasiado tiempo "muriéndonos de hambre", como dice Lukeria (nota bene: nunca se había muerto nadie de hambre en esta casa). Hay ahí uvas, bombones, peras escarchadas y una tarta de fresas. Hasta he comprado un licor maravilloso. Y cacahuetes. Es curioso cómo desde mi infancia siguen gustándome los cacahuetes, Tatiana Pavlovna, y, usted lo sabe, los más sencillos de todos. Lisa es como yo; también a ella le encanta cascar cacahuetes, como una ardillita. Nada más encantador, Tatiana Pavlovna, que figurarse alguna vez, por casualidad, niño en el bosque, dispuesto a coger cacahuetes... Es casi el otoño, pero los días son claros, a veces hace fresco, uno se acurruca en los sitios perdidos, se interna en el bosque, las hojas huelen muy bien... ¡Veo que me mira usted con simpatía, Arcadio Makarovitch!

-Es que también yo he pasado en el campo los primeros años de mi infancia.

-¿Cómo es eso? Me parece que por el contrario tú has vivido siempre en Moscú... a menos que me equivoque.

-En casa de los Andronikov, él vivía en Moscú, en el momento en que usted llegó a11í. Pero hasta entonces, estuvo en casa de la difunta tía de usted, Varvara Stepanovna, en el campo - confirmó Tatiana Pavlovna.

-¡Toma, Sofía, mira, dinero, apriétalo! Para uno de estos días me han prometido cinco billetes de mil.

-Entonces, ¿los príncipes no tienen ya ninguna esperanza?

-Absolutamente ninguna, Tatiana Pavlovna.

-Siempre he tenido verdadera simpatía por usted, Andrés Petrovitch, y por todos los suyos, siempre he sido amiga de la casa. Pero por más que los príncipes me sean desconocidos, les tengo lástima, se lo juro a usted. Sobre todo no se enfade, Andrés Petrovitch.

-No tengo intención de repartir, Tatiana Pavlovna.

-Usted ya sabe cómo pienso, Andrés Petrovitch. Ellos habrían abandonado el asunto si usted les hubiese ofrecido la partición desde el primer momento; hoy, naturalmente, es ya demasiado tarde. Por lo demás, no es asunto mío... Lo que digo lo digo porque el difunto desde luego no los habría olvidado en su testamento.

-No solamente no los habría olvidado, sino que desde luego se lo habría dejado todo a ellos, No me habría olvidado más que a mí, si él hubiese hecho las cosas en regla y redactado su testamento como Dios manda. Pero ahora tengo la ley en mi favor. Se acabó. Ni puedo ni quiero repartir, Tatiana Pavlovna; es cosa hecha.

Pronunció estas palabras con irritación, cosa que se permitía raramente. Tatiana Pavlovna se calló. Mi madre bajó los ojos un tanto tristemente: Versilov sabía que ella aprobaba a Tatiana Pav1ovna.

"He aquí la bofetada de Ems", pensé en aquel instante. El documento que me había entregado Kraft y que yo tenía en el bolsillo, habría sufrido una triste suerte si hubiese caído en manos de Versilov. Pensé de pronto que todavía pesaba sobre mis espaldas todo aquel asunto; aquel pensamiento, juntamente con todo lo demás, contribuyó a irritarme.

-Arcadio, me gustaría que te vistieses mejor, amigo mío. No estás mal vestido, pero, en lo sucesivo, podré recomendarte a un francés, muy concienzudo y que tiene gusto.

-Le pediré a usted que no me haga jamás una proposición semejante - espeté bruscamente.

-¿Cómo es eso?

-¡Oh! No veo en eso nada de humillante, pero usted y yo no estamos tan de acuerdo a incluso más bien estamos en desacuerdo, puesto que estos días, desde mañana, déjo de ir a casa del príncipe, ya que no veo que haya la menor necesidad de hacerlo.

-Pero ir allí, estar a su lado, ¿no es eso una tarea?

-Tales pensamientos son humillantes.

-No comprendo. Y además, si eres tan puntilloso, no tienes más que no tomar su dinero, aunque hagas acto de presencia. Vas a apenarlo enormemente; él ya te tiene mucho afecto, créeme... En fin, haz lo que quieras...

Se le notaba que estaba descontento.

-Dice usted que no le coja su dinero. Y justamente, por causa de usted, he cometido hoy una infamia: usted no me había advertido de nada y hoy le he reclamado al príncipe mi sueldo del mes.

-Pero eso es porque tú has querido. Confieso que yo no creía que fueses a reclamar. ¡Sin embargo, qué hábiles sois todos hoy en día! Ya no hay juventud, Tatiana Pavlovna.

Estaba terriblemente amargado. Yo también,

-Me hacía falta sin embargo arreglar mis cuentas con usted... Es usted quien me ha obligado, y ahora no sé qué hacer.

-A propósito, Sofía, devuélvele inmediatamente a Arcadio sus sesenta rublos. Y tú, amigo mío, no te enfades por este arreglo de cuentas precipitado. Te adivino en la cara que estás maquinando alguna empresa y que tienes necesidad... de fondos para gastos o para alguna cosa de ese estilo.

-Ignoro lo que expresa mi cara, pero no esperaba que mamá le hablase a usted de ese dinero, siendo así que yo le había rogado a ella que no dijese nada,

Miraba a mí madre, y mis ojos lanzaban relámpagos. No sabría decir hasta qué punto me sentía vejado.

-Arkacha, hijo mío, perdóname, por el amor de Dios, no he podido evitar decírselo...

-Amigo mío, no le guardes rencor porque me haya descubierto tus secretos - dijo él dirigiéndose a mí -. Y además, la intención era buena: la madre ha querido sencillamente ufanarse de los sentimientos de su hijo. Pero, créelo, yo habría adivinado, sin necesidad de eso, que eras un capitalista. Todos tus secretos están escritos en tu rostro leal. Él tiene su "idea", Tatiana Pavlovna, ya se lo dije a usted.

-Dejemos mi rostro leal - continué yo, rabioso -. Sé que con frecuencia usted lee los pensamientos de la gente, aunque en otros casos no vea usted más allá de la punta de la nariz. Siempre me ha asombrado su perspicacia. Pues bien, sea. Tengo mi " idea". Evidentemente ha empleado usted esa expresión por casualidad, pero no temo confesarlo; tengo mi "idea". Y ni tengo miedo ni me da vergüenza de ella.

-Sobre todo no tengas vergüenza de ella.

-Y sin embargo no se la revelaré a usted.

-Es decir, que no me juzgarás digno de semejante cosa. Es inútil, ámigo mío, conozco yo las sustancias de tu idea. En todo caso, es:

Me retiro al desierto (48).

Tatiana Pavlovna, mi opinión es que quiere convertirse en Rothschild o en alguna cosa por el estilo, y retirarse dentro de su grandeza. Naturalmente, nos concederá magnánimamente, a usted y a mí, una modesta pensíón; a mí quizá no, pero lo que sí es seguro, es que pasará entre nosotros como un meteoro. Como la luna nueva; salida y, en el mismo momento, desaparecida.

Me sobresalté. Desde luego, no era más que una coincidencia: él no sabía nada, hablaba de una cosa muy distinta, aunque hubiese nombrado a Rothschild, pero ¿cómo podía definir con tanta exactitud mis sentimientos: romper con ellos y retirarme? Lo había adivinado todo. Y quería con anticipación sazonar con su cinismo lo trágico de la cosa. Estaba furioso; no se podía dudar de eso.

-Mamá, perdóname mi exclamación, tanto más cuanto que, de todas maneras, era imposible ocultarme de Andrés Petrovitch.

Fingí echarme a reír y me esforcé, al menos por un instante, en convertirlo todo en una broma.

-Lo mejor que ha habido en esto, querido mío, es que te has reído. Es difícil imaginarse hasta qué punto se gana con eso, incluso exteriormente. Lo digo muy en serio. Tatiana Pavlovna, la verdad es que el muchacho tiene siempre el aspecto de estar incubando en su cabeza algo tan grave, que él mismo se avergüenza.

-Le ruego seriamente que tenga un poco más de compostura, Andrés Petrovitch.

-Tienes razón, amigo mío; pero sin embargo hacía falta decirlo una vez, para no volver más sobre esto. No has venido de Moscú más que para rebelarte. He ahí lo único que sabemos hasta ahora del motivo de tu llegada. Naturalmente, no hablaré de que hayas venido para asombrarnos. Seguidamente, desde hace un mes que estás aquí, no haces más que burlarte de nosotros; sin embargo, tú eres un hombre inteligente, por lo que parece, y con esa cualidad podrías dejar esas risitas para la gente que no tiene más medio que ése para vengarse de su nulidad. Te cierras siempre, siendo así que tu aspecto leal y tus mejillas rojas manifiestan que podrías mirar cara a cara a todo el mundo con una perfecta inocencia. Es hipocondríaco, Tatiana Pavlovna; no llego a comprender por qué hoy en día todos son hipocondríacos.

-Si no sabe usted ni siquiera dónde me he criado, ¿cómo va a saber que soy hipocondríaco?

-He ahí todo el misterio: estás dolido de que yo haya podido olvidar dónde te has criado.

-En lo más mínimo, no me atribuya usted semejante tontería. Mamá, Andrés Petrovitch me ha felicitado hace un momento por haberme reído; riámonos, pues; ¿por qué hemos de estar hechos unos mustios? ¿Quieren ustedes que les cuente historias divertidas sobre mi persona? Sobre todo teniendo en cuenta que Andrés Petrovitch no sabe nada de mis aventuras.

Yo estaba en ebullición. Sabía que nunca más volveríamos a encontrarnos juntos como hoy y que una vez salido de aquella casa no volvería nunca. Por eso, en la víspera de todo aquello, no pude contenerme más. Fue él mismo quien provocó aquel desenlace.

-Eso es muy agradable, con tal que sea verdaderamente divertido - observó él mirándome con ojos penetrantes -. Te has vuelto un poco salvaje, amigo mío, allí donde te has criado. Por lo demás, a pesar de todo, estás aún bastante presentable. Está encantador hoy, Tatiana Pavlovna, y ha hecho usted muy bien en abrir por fin ese paquete.

Pero Tatiana Pavlovna frunció las cejas; ni siquiera se volvió y continuó abriendo el paquete y colocando los regalos sobre los platos. Mi madre también se quedó perpleja, comprendiendo y presintiendo que las cosas tomaban un mal camino. Mi hermana, una vez más, me empujó con el codo.

-Quiero contarles sencillamente - comencé a decir con el aire más desenvuelto - cómo un padre se encontró por primera vez con su hijo querido. Eso sucedió justamente "a11í donde te has criado".

-Pero, amigo mío, ¿no resultará eso... aburrido? Ya sabes: touts les genres...

-No frunza usted las cejas, Andrés Petrovitch, no es en absoluto lo que usted cree. Quiero hacerles reír a todos.

-¡Que Dios te oiga, querido mío! Ya sé que nos quieres a todos y que... no te interesará turbar nuestra velada - susurró él con aspecto falsamente desenvuelto.

---Será seguramente por mi rostro por lo que habrá adivinado usted que le quiero, ¿no?

-Sí, en parte por tu rostro.

-Pues bien, por rni parte, yo he adivinado desde hace mucho tiempo en el rostro de Tatiana Pavlovna que está enamorada de mí. No me lance usted miradas tan feroces, Tatiana Pav1ovna, es preferible reír. ¡Es preferible reír!

Ella se volvió bruscamente hacia mí y durante medio minuto me estuvo mirando con ojos penetrantes:

-¡Ten cuidado!

Y me amenazaba con el dedo, tan seriamente, que aquello no podía relacionarse apenas con mi broma estúpida, sino que se parecía más bien a una advertencia: "¿Es que te empeñas en empezar? "

-Andrés Petrovitch, ¿no se acuerda usted entonces de cómo nos encontramos en la vida por primera vez?

-Lo he olvidado, te lo juro, y te pido por eso sinceramente perdón. Me acuerdo solamente de que fue hace mucho tiempo... y ya no sé dónde...

-Y usted, mamá, ¿no se acuerda usted de cuando estaba en el campo, en el pueblo donde fui criado hasta los seis o siete años, creo? ¿Ha vivido usted verdaderamente en ese pueblo, o bien es en sueños como me parece haberla visto por primera vez? Hace mucho tiempo que quería hacerle a usted esta pregunta, y retrocedía siempre; ahora ha llegado el momento.

-¡Cómo, mi pequeño Arcadio! Naturalmente, fui tres veces de visita a casa de Varvara Stepanovna; la primera vez cuando tú tenías apenas un año, la segunda cuando habías cumplido ya los cuatro, y luego cuando tenías más de diez años.

-Eso es. Todo este mes he estado queriendo hacerle la pregunta.

Mi madre enrojeció intensamente ante la brusca afluencia de recuerdos y me preguntó conmovida:

-¿Es posible, mi pequeño Arcadio, que te acuerdes de mí?

-No me acuerdo de nada y no sé nada; solamente ha quedado algo del rostro de usted en el fondo de mi corazón y para toda mi vida, y además, me ha quedado el saber que es usted mi madre. Todo ese pueblo lo veo hoy como en un sueño. Incluso me he olvidado de mi ama. Esa Varvara Stepanovna... Me acuerdo de ella un poco, solamente porque tenía siempre vendas en las mejillas. Aún veo de nuevo, alrededor de la casa, árboles inmensos, creo que tilos; luego, algunos días, un sol fuerte entrando por las ventanas abiertas, platabandas de flores, una alameda, y a usted, mamá, no vuelvo a verla claramente más que un solo instante: cuando me dieron la comunión en la iglesia del pueblo y usted me cogió en brazos para hacerme recibir la hostia y besar el cáliz; era en verano, una paloma atravesó la cúpula, de una ventana a otra... (49).

-¡Señor! Eso es completamente verdad - mi madre cruzó las manos -; me acuerdo de esa paloma. En el momento mismo de comulgar, te pusiste muy agitado y gritabas: " ¡La paloma, la paloma! "

-El rostro de usted, o por lo menos parte, una expresión, se quedó tan grabado en mí memoria, que hace cinco años, en Moscú, la reconocí inmediatamente como mi madre, aunque nadie me lo dijese. Luego, después de mi primer encuentro con Andrés Petrovitch, se me sacó de casa de los Andronikov; yo había pasado con ellos, dulce y alegremente, cinco años seguidos. Me acuerdo con sus menores detalles de cómo era su casa en un edificio del Estado y de todas aquellas señoras y señoritas que hoy han envejecido tanto, y de la casa llena, y el mismo Andronikov, que traía en persona de la ciudad las provisiones, la volatería, los corderos y los lechoncíllos y nos servía él mismo la sopa en la mesa, en lugar de su mujer, que se las daba siempre de orgullosa; nosotros nos burlábamos de eso y él era el primero en hacerlo. Fue a11í donde las jovencitas me enseñaron el francés, pero lo que más me gustaba eran las fábulas de Krylov (50); me aprendí de memoria muchísimas y cada día le declamaba una a Andronikov: yo entraba sin vacilar en su pequeño despacho, estuviese ocupado o no. Pues bien, a causa de una de esas fábulas trabé conocimiento con usted, Andrés Petrovitch... Veo que empieza usted a acordarse.

-En efecto, estoy recordando un poco, querido mío... ¿Qué es lo que me contaste entorces... una fábula, o bien un pasaje de Aflicción de espíritu? (51). De todos modos, ¡qué memoria tienes!

-¡Memoria! ¡Eso es lo de menos! Es el único recuerdo que he conservado toda mi vida.

-¡Magnífico, magnífico, amigo mío! Me interesas.

Incluso sonrió, y después de él sonrieron mi madre y mi hermana. La confianza retornaba; únicamente Tatiana Pavlovna, que se había sentado en un rincón después de haber colocado los regalos sobre la mesa, continuaba atravesándome con una mirada desagradable.

-He aquí la historia - proseguí yo -. Un buen día mi amiga de la infancia, Tatiana Pav1ovna, que siempre ha surgido de improviso en mi existencia, como pasa en el teatro, vino a buscarme, se me llevó a un coche y se me depositó en un palacio señorial, en un lujoso apartamiento. Usted se había alojado entonces, Andrés Petrovitch, en la mansión de los Fanariotova, en la casa desocupada en aquellos momentos -y que ella le había comprado a usted antaño; ella estaba en el extranjero. Yo llevaba siempre blusas; para aquello me pusieron de repente un bonito traje azul y ropa de la más fina. Tatiana Pavlovna pasó todo el día junto a mí y me compró toda clase de cosas; yo recorría las habitaciones vacías y me miraba en todos los espejos. Pues bien, no sé cómo fue, pero el caso es que, a la mañana siguiente, a eso de las diez, barzoneando por el apartamiento, entré de repente, por casualidad, en el despacho de usted. Ya la víspera le había visto en el momento en que se me acababa de conducir, pero solamente de paso, en la escalera. Usted bajaba para subir al coche e ir a no sé dónde: se encontraba usted entonces solo en Moscú, por muy poco tiempo y después de una larga ausencia, de forma que le reclamaban de todas partes y no estaba usted casi nunca en casa. Al encontrarnos a Tatiana Pavlovna y a mí, usted solamente exclamó: " ¡Ah! ", pero sin ni siquiera detenerse.

Describe con verdadero amor - observó Versilov, dirigiéndose a Tatiana Pavlovna.

Ella se alejó sin responder.

-Le veo como si todavía me encontrase allí, tal como usted era entonces, florido y guapo. Es asombroso cómo ha podido usted envejecer y afearse tantísimo en estos nueve años, perdóneme la franqueza. Por lo demás, ya en aquellos momentos tenía usted los treinta y siete años cumplidos, pero yo no podía cansarme de mirarlo. ¡Qué cabellos más asoinbrosos!, casi enteramente negros, brillantes, sin un pelo blanco, bigotes y patillas de un acabado de joyero, no encuentro otra expresión; un rostro pálido y mate, pero no de una palidez enfermiza como la de hoy, pero, espere... Un rostro como el de su hija de usted, Ana Andreievna, a la que he tenido el honor de ver hace un rato; ojos ardientes y sombríos, dientes deslumbrantes, sobre todo cuando usted se reía. Precisamente se echó usted a reír al mirarme, cuando entré en su despacho; yo no sabía entonces distinguir las cosas, y su sonrisa me alegró el corazón. Llevaba usted aquella mañana una chaqueta de terciopelo azul marino, una bufanda de tonalidad Solferino, una maravillosa camisa guarnecida de encajes de Alençon; estaba usted delante del espejo, con un cuaderno en la mano, en plan de estudiar y de declamar el último monólogo de Tchatski y en particular su último grito: " ¡Mi coche, mi coche!" (52).

-¡Oh, Dios mío - exclamó Versilov -, lo que él dice es verdad! Yo había aceptado entonces, a pesar del poco tiempo de que disponía en Moscú, el desempeñar el papel de Tchatski en casa de Alejandra Petrovna Vipovtova, en su teatrito privado, a causa de la enfermedad de Jileiko (53).

-¿Y lo había usted olvidado? - preguntó Tatiana Pavlovna echándose a reír.

-¡Me lo ha recordado él! Y lo confieso, ¡aquellos pocos días en Moscú fueron quizá los mejores de mi vida! Éramos entonces todos tan jóvenes... esperábamos todas las cosas con un ardor tal... Me encontré entonces en Moscúcon tantas... Pero continúa, hijo mío, has hecho muy bien esta vez al entrar en detalles...

-Yo estaba allí plantado, mirándole. De repente grité: " ¡Oh, qué bien está, ése es el verdadero Tchatski! " Usted se volvió innediatamente para preguntarme: " ¿Es que tú conoces ya a Tchatski? " Luego se sentó usted en el diván y con el mejor humor del mundo se puso a tomar el café. Yo le habría abrazado. Entonces le confié que en casa de Andronikov todo el mundo leía mucho, que las señoritas sabían muchos versos de memoria, que representaban entre ellas escenas de Griboiedov y que, toda la semana pasada, se había leído en reunión y en. alta voz los Relatos de un cazador (54), en fin, que me gustaban sobre todo las fábulas de Krylov y que me las sabía de memoria. Usted me invitó a recitar algo, y yo dije La novia difícil: "Una novia soñaba con su novio..." (55).

-_.¡Eso es, eso es, ahora me acuerdo de todo! - exclamó de nuevo Versilov .... Pero, amigo mío, me acuerdo también de ti. Tú eras entonces un muchachito lindísimo, un muchachito delicioso, y, te lo juro, has perdido mucho durante estos nueve años.

En aquel momento, la misma Tatiana Pavlovna se echó a reír. Estaba claro que Ardrés Petrovitch se burlaba y me pagaba con mi misma moneda. Todo el mundo se alegró, y estuvo muy bien dicho.

-A medida que yo recitaba, usted se sonreía, peró no había llegado todavía a la mitad cuando me detuvo, tocó la campanilla y dio orden al criado que entró en aquel momento de que llamase a Tatíana Pavlovna, que acudió en seguida con un aspecto tan gozoso, que, después de haberla visto la víspera, casi no la reconocí. En presencia de Tatiana Pavlovna, volví a empezar La novia difícil y terminé brillantemente (56); Tatiana Pavlovna me sonrió, y usted, Andrés Petrovitch, usted incluso llegó a gritarme: " ¡Bravo! ", y se puso a observar con ardor que, si se hubiese tratado de La cigarra y la hormiga no habría habido nada de particular en que un niño inteligente, a mi edad, la recitase con gusto, pero que... aquella fábula:

Una novia soñaba con su amado.

En eso no hay pecado...

"Escuche cómo dice eso de: "En eso no hay pecado". En una palabra, estaba usted entusiasmado. Entonces se puso usted a hablar en francés con Tatiana Pavlovna. Inmediatamente ella frunció las cejas y empezó a poner objeciones, incluso muy acaloradamente; pero, como es imposible contradecir a Andrés Petrovitch si tiene ganas de algo, Tatiana Pavlovna me llevó en seguida a su casa: a11í me lavaron una vez más la cara y las manos, me cambiaron la ropa interior, me dieron pomada y hasta me rizaron. Luego, por la noche, la misma Tatiana Pavlovna se vistió suntuosamente, mucho más de lo que yo hubiera creído, y me llevó en coche. Por primera vez en mi vida, iba yo al teatro, a una función de aficionados en casa de Vitovtova: candelabros, bustos, señoras, militares, generales, señoritas el telón, las filas de sillas... yo todavía no había visto nada parecido. Tatiana Pavlovna escogió un sitio modesto en una de las últimas filas y me hizo sentar junto a ella. Naturalmente, también había niños como yo, pero yo no miraba ya nada, aguardaba, latiéndome violentamente el corazón, que la función empezara. Cuando usted entró en escena, Andrés Petrovitch, me quedé entusiasmado, entusiasmado hasta las lágrimas; el porqué, lo ignoro. ¿Por qué esas lágrimas de entusiasmo? He aquí algo que siempre me ha parecido raro, me he acordado de eso durante estos nueve años. Yo seguía la comedia, y el corazón se me paraba; todo lo que yo comprendía, evidentemente, era que ella le había traicionado, y que gentes imbéciles a indignas de tocarle un dedo del pie se burlaban de él. Mientras que él declamaba en el baile, yo comprendía que estaba humillado, pero que él era grande, muy grande (57 ). Sin duda, mi preparación en casa de Andronikov me ayudó a comprender, pero también la manera como usted representó su papel, Andrés Petrovitch. Por primera vez, yo veía teatro. En el momento de la partida, cuando Tchatski grita: " ¡Mi coche, mi coche! " (usted daba un gríto asombroso), boté de mi silla y con toda la sala, en una tempestad de aplausos, me puse a dar palmadas y a gritar con todas mis fuerzas: ¡Bravo!

"Me acuerdo también de que en aquel mismo instante sentí un alfiler que se me clavaba detrás "un poco por debajo de la cintura"; era Tatiana Pavlovna que me pinchaba furiosamente, pero yo no le echaba cuenta. Como es natural, inmediatamente después de la función, Tatiana Pavlovna me llevó a casa: "No te irás a quedar a bailar, y por causa tuya no me quedo yo", y estuvo usted gruñendo contra mí, en el coche, Tatiana Pavlovna, durante todo el camino de regreso. Me pasé la noche en un delirio, y al día siguiente a las diez ya estaba otra vez delante del despacho, pero la puerta estaba cerrada: tenía usted visita, estaba tratando de negocios; en seguida usted desapareció de repente durante todo el día hasta la noche, y ya no le vi más. ¿Qué quería decirle? Lo he olvidado, ni siquiera entonces lo sabía, pero queria apasionadamente verle de nuevo lo antes posible. A la mañana síguiente, a las ocho, usted partió para Serpukhov (58); acababa usted de vender su hacienda de Tula para calmar a los acreedores, pero todavía le quedaba un buen pedazo, y por eso era por lo que había venido usted a Moscú, donde hasta aquel día no había podido mostrarse públicamente por miedo a los acreedores; y entre todos ellos, únicamente aquel grosero personaje de Serpukhov se negaba a aceptar la mitad en lugar del total de la deuda. Tatiana Pavlovna ni siquiera respondía a mis preguntas: "Estáte tranquilo, pasado mañana te llevaré a la pensión, prepárate, coge tus cuadernos, arregla tus libros y aprende a hacer tú mismo la maleta. No está usted destinado a vivir como un príncipe, caballero", etc., etc.; muletilla con la que me estuvo usted martillando los oídos durante aquellos tres días, Tatiana Pav1ovna. Y en efecto, me llevó usted a la pensión Tuchard, a mí, inocente y enamorado como estaba de usted, Andrés Petrovitch. Comprendo que aquel encuentro no fue más que una casualidad absurda, pero, créalo o no, sé que meses más tarde todavía quería escaparme de casa de Tuchard para ir en su busca.

-Lo has contado admirablemente, has despertado todos mis recuerdos - recalcó Versilov -Pero lo que más me choca en tu historia es la riqueza de ciertos detalles particulares, a propósito de mis deudas, por ejemplo. Sin hablar de una cierta inconveniencia propia de tales detalles, no veo dónde has podido adquirirlos.

-¿Esos detalles? ¿Que dónde los he adquirido? Se lo repito, durante estos nueve años, no he tenido otra ocupación que la de recoger detalles sobre usted.

-¡Singular confesión, ocupación singular!

Me volvió la espalda, medio tendido en su sillón, y esbozó un ligero bostezo, voluntario o no, lo ignoro.

-¿Debo continuar contándole cómo quise escaparme de casa de aquel Tuchard?

-¡Prohíbaselo, Andrés Petrovitch!- ¡Repréndalo, expúlselo de aquí! - profirió Tatiana Pavlovna.

-No, Tatiana Pavlovna - respondió Versilov expresivamente -. Arcadio tiene sin duda algún proyecto. Es completamente indispensable dejarlo terminar. ¡Que continúe!

¡Que haga su relato y que se libre de él! Por lo demás, eso es todo lo que él quiere, librarse de ese peso para siempre. Vamos, querido mío, empieza tu nueva historia. Nueva, es una manera de hablar, porque, estáte tranquilo, conozco el final.

 

IV

-Quería escaparme, huir junto a usted, es muy sencillo. Tatiana Pavlovna, ¿se acuerda usted de que, quince días después de mi entrada en la pensión Tuchard, le envió a usted una carta? ¿No se acuerda? María Ivanovna me enseñó esa carta mucho más tarde; estaba también en los papeles de Andronikov. Tuchard se había dado cuenta de pronto de que había pedido demasiado poco, y le comunicaba a usted "dignamente" que educaba en su establecimiento a príncipes y a hijos de senadores, y que juzgaba indigno de ese establecimiento tener a un pensionista cuyo origen era como el mío, a menos que se le pagase un suplemento.

-Mon cher, bien podrías...

-¡No es nada, no es nada! - interrumpí yo -; no tengo más que una palabra que decir de Tuchard. Usted le respondió desde el campo, Tatiana Pavlovna, quince días más tarde, con una negativa categórica. Lo veo, todavía todo encarnado, entrar en nuestra clase. Era un francés bajito, rechoncho y gordo, de unos cuarenta y cinco años y llegado realmente de París; antiguo zapatero remendón, como es lógico, pero se había instalado en Moscú, desde tiempo inmemorial, como profesor de francés con título, y poseía incluso diplomas de los que estaba extremadamente orgulloso; un hombre profundamente inculto (59). En su casa sólo estábamos seis internos; había efectivamente entre ellos el sobrino de un senador moscovita. Vivíamos todos en su casa absolutamente en familia, casi siempre bajo la vigilancia de su esposa, una señora muy amanerada, hija de un oscuro funcionario ruso. Durante aquellos quince días me jacté terriblemente delante de mis camaradas, me ufanaba de mi chaquetilla azul y de mi papá Andrés Petrovitch y, cuando me preguntaba por qué me llamaba Dolgoruki y no Versilov, la pregunta no me turbaba lo más mínimo, porque yo mismo ignoraba el porqué.

--¡Andrés Petrovitch! - gritó Tatiana Pavlovna con un tono casi amenazador.

Por el contrario, mi madre me escuchaba sin perder una sola palabra y deseaba evidentemente verme continuar.

-Ce Tuchard..., to recuerdo en efecto, aquel hombrecillo bullidor - dijo Versilov entre dientes -; me habían dado de él los mejores informes...

-Ce Tuchard entró pues con la carta en la mano, se acercó a nuestra gran mesa de roble, ante la cual empollábamos los seis no sé ya qué lección, me agarró fuertemente por el hombro, me hizo levantar y me ordenó que cogiese mis cuadernos. "Tu sitio no está aquí, sino allí." Y me mostró un cuartito minúsculo a la izquierda del recibidor, donde había una mesa vulgar, una silla de enea y un diván recubierto de hule, exactamente como hoy en una buhardilla. Me dirigí a11í con asombro y poniéndome muy colorado; todavía nunca se me había tratado con grosería semejante. Media hora después, cuando Tuchard hubo salido de la clase, fui a cambiar guíños y a reírme con los camaradas; naturalmente, se burlaban de mí, pero yo no sospechaba nada y creía que nos reíamos juntos porque estábamos contentos. En aquel momento apareció Tuchard. Me cogió por un mechón de pelos y me arrastró. "No te atrevas a ir más con hijos de buena familia. Tú eres de extracción vil, no eres más que una especie de lacayo." Y me golpeó muy dolorosamente la mejilla llenita y colorada. La cosa le agradó, empezó una segunda vez, luego una tercera. Me deshice en lágrimas. Estaba terriblemente sorprendido. Me quedé una hora larga con la cabeza oculta entre las manos, llorando a todo llorar. Sucedía algo que yo no llegaba a comprender. No comprendía cómo un hombre sin maldad como Tuchard, un extranjero, el mismo que se había alegrado tanto con la liberación de los campesinos rusos, podía pegarle a un niño ingenuo como yo. En el fondo yo estaba solamente asombrado, nada ofendido; todavía no sabía sentir las ofensas. Me parecía que yo había cometido alguna travesura, que una vez castigado se me perdonaría y que de nuevo estaríamos todos contentos, iríamos a jugar al patio y reanudaríamos la buena vida.

-Amigo mío, si yo hubiese sabido. .. - dijo Versilov con la sonrisa negligente de un hombre un poco cansado - qué loco era aquel Tuchard... En fin, no pierdo aún la esperanza de que reunirás tu valor a manos llenas, que nos perdonarás por fin todo esto y que reanudaremos la buena vida.

Se siguió un bostezo enérgico.

-Pero si yo no acuso a nadie, absolutamente a nadie, no me quejo ni siquiera de Tuchard, créame - grité yo, un poco desorbitado -. Por lo demás, no me pegó más que por espacio de dos meses. Me acuerdo de que yo siempre quería desarmarlo, me lanzaba hacia él para besarle las manos, y se las besaba, llorando con todas las lágrimas de mi cuerpo. Los camaradas se burlaban de mí y me despreciaban, porque Tuchard me utilizaba a veces como criado suyo, me ordenaba que le trajera su ropa cuando él se vestía. En esto mi servilismo encontró instintivamente en qué emplearse: yo trataba con todas mis fuerzas de agradarle, sin mostrarme ofendido en lo más mínimo, porque aún yo no comprendía nada, y hasta hoy mismo me asombro de haber sido tan idiota como para no comprender cuán por debajó estaba de todos ellos. Sin duda mis camaradas me explicaban ya muchas cosas; yo estaba en una buena escuela. Tuchard acabó por preferir los puntapiés en el trasero a los golpes en la cara; seis meses después comenzó incluso a acariciarme de cuando en cuando; solamente que yo estaba seguro de que me pegaría por lo menos una vez al mes, para hacerme recordar cuál era mi puesto. Bien pronto se me volvió a poner con los demás niños, se me dejó jugar con ellos, pero ni una sola vez en el curso de aquellos dos años y medio olvidó Tuchard la diferencia de nuestras condiciones sociales y, aunque sin exagerar, no dejaba de emplearme constantemente para su servicio, y creo que eso era también a título de recordatorio.

"Me fugué, es decir, pensé fugarme, cinco meses después de aquellos dos meses primeros. En general siempre he sido lento en decidirme. Cuando me acostaba y me tapaba con la manta, me ponía inmediatamente a soñar con usted, Andrés Petrovitch, únicamente con usted; ignoro en absoluto por qué era así. Le veía a usted incluso en sueños. Y sobre todo soñaba una y otra vez, siempre apasionadamente, que usted venía de pronto y se me aparecía, que yo me echaría en sus brazos, que me sacaría usted de aquel sitio y me llevaría a su casa, a su despacho, que iríamos juntos al teatro, y así sucesivamente. Sobre todo, que ya no nos separaríamos nunca más: aquello era lo principal. Cuando me despertaba por las mañanas, tropezaba en seguida con las burlas y el desdén de los chiquillos; a uno de ellos se le antojó pegarme y obligarme a que le limpiase los zapatos; me trataba dándome toda clase de nombres insultantes, empeñándose sobre todo en hacerme comprender mi origen, para la mayor alegría de todos los oyentes. Cuando por fin llegaba Tuchard, había siempre en mi interior algo que resultaba intolerable. Yo comprendía que no se me perdonaría nunca. Empezaba ya a comprender poco a poco qué era lo que no se me perdonaría y cuál era mi crimen. Por eso resolví huir. Llevaba ya soñando dos meses con aquello; por fin la decisión quedó tomada; era en septiembre. Aguardé a que llegase un sábado, cuando todos mis camaradas se hubiesen dispersado para pasar el domingo; y me hice cuidadosamente un paquete con los objetos más indispensables; por todo dinero tenía dos rublos. Quería aguardar a que llegase el crepúsculo:."entonces bajaré por la escalera", me decía yo, "saldré y luego ire adelante". ¿Adónde? Yo sabía que Andronikov había partido para Petersburgo, y resolví descubrir la casa de Fanariotova junto al Arbat (60). "Pasaré la noche no importa dónde, paseándome o sentado en un banco; por la mañana le preguntaré a alguien en el patio: ¿dónde está ahora Andrés Petrovitch, y, si no está en Moscú, en qué ciudad o en qué país? No dejarán de decirmelo. Me iré, y a continuación preguntaré en otra parte y a otra persona: ¿por qué sitio salir para dirigirse a tal o cuál ciudad? Saldré e iré, iré por la carretera general. Caminaré siempre; pasaré la noche no importa dónde o bajo los matorrales, no comeré más que pan, con dos rublos tendré para mucho tiempo." Pero el sábado fue imposible escaparme; hubo que esperar hasta el día siguiente, domingo; como hecho adrede, Tuchard y su mujer se ausentaron. No quedamos en toda la casa más que Ágata y yo. Aguardé la noche con una emoción terrible. Estaba sentado, me acuerdo muy bien, delante de la ventana de nuestra clase, mirando por ella la polvorienta caile con sus casitas de madera y sus escasos transéúntes. Tudhard vivía en el fin del mundo y desde nuestras ventanas se veía la puerta de las murallas de la ciudad: ¡si fuese la buena!, me decia yo. El sol se ponía espléndidamente rojo, el cielo estaba helado, un viento áspero, exactamente como el de hoy, levantaba el polvo. Por fin la oscuridad cayó íntegramente; me planté delante del icono y recé, pero aprisa, aprisa, porque estaba muy apurado de tiempo; cogí mi hatillo y bajé de puntillas nuestra escalera chirriante, con un miedo terrible de que Ágata me oyese desde la cocina. La llave estaba en la puerta. Abrí y de repente la noche negra me rodeó, como un desconocido peligroso y sin límites, y el viento se me llevó la gorra. Yo estaba ya fuera. En la acera opuesta resonó el grito ronco de un borracho que maldecía; me detuve, miré, y volví a entrar muy silenciosamente. Muy silenciosamente subí la escalera, muy silenciosamente me desnudé, solté el hatillo y me acosté boca abajo, sin lágrimas y sin pensamientos. Pues bien, desde aquel instante es cuando me puse a pensar, Andrés Petrovitch. Sí, desde el momento en que me di cuenta de que no era sólo un criado, sino también un cobarde. Entonces fue cuando empezó mi desarrollo verdadero y regular.

-¡Y en aquel momento fue cuando yo también empecé a comprender lo que tú eres en realidad! - Era Tatiana Pavlovna que brincaba de pronto, y de manera tan inesperada, que me cogió completámente desprevenido -. ¡No fue solamente en aquel momento cuando fuiste un criado, lo eres siempre, tienes alma de criado! ¿Qué habría podido impedirle a Andrés Petrovitch que hiciera de ti un aprendiz de zapatero? ¡Incluso te habría hecho un favor enseñándote un oficío! ¿Quién habría podido exigir más de él, quién exigía algo? Tu padre, Makar Ivanovitch, no rogaba solamente, sino que casi exigía que no te sacasen de tu condición. No, tú no aprecias bastante lo que él ha hecho por ti al conducirte hasta la Universidad. Gracias a él gozas de los derechos de las clases superiores. Los niños le hacían burla, miren ustedes, y entonces ha jurado vengarse de la humanidad... ¡No eres más que un canalla!

Lo confieso, me quedé aplastado por aquella salida. Me levanté y miré un momento sin encontrar nada que responder.

--Lo que Tatiana Pavlovna acaba de decirme me resulta nuevo en efecto - dije, volviéndome por fin deliberadamente hacïa Versilov -. Soy en efecto lo bastante criado para no contentarme con que Versilov no haya hecho de mí un zapatero. Ni siquiera los derechos de las clases superiores me han enternecido, reclamo a todo Versilov, réclamo un padre... eso es lo que me hace falta. ¿No quiere decir eso que yo sea un criado? Mamá, tengo siempre sobre mi conciencia, desde hace ya ocho años, el momento en que usted vino sola a verme a casa de Tuchard y la manera como la recibí a usted entonces. Pero no es éste el momento de hablar de eso, Tatiana Pavlovna no lo permitirá. Hasta mañana, mamá, quizá volvamos a vernos todavía. Tatiana Pavlovna, ¿qué diría usted si soy aún lo bastante criado para no poder admitir que una persona se vuelva a casar viviendo su mujer? Sin embargo, eso es lo que estuvo a punto de pasarle a Andrés Petrovitch en Ems. Mamá, si no quiere usted quedarse con un marido que se casará mañana con otra, acuérdese de que tiene un hijo, que promete ser un hijo eternamente respetuoso, acuérdese y vayámonos de aquí. Solamente con una condición: o él o yo. ¿Quiere usted? No pido una respuesta inmediata: sé que éstas son preguntas a las que no se puede responder en el acto...

No pude acabar, primero porque me había acalorado y perdía la cabeza. Mi madre se puso lívida, la voz le faltó: no podía decir ya una palabra. Tatiana Pavlovna habló mucho y ruidosamente, aunque yo no pude ni siquiera distinguir lo que ella decía, y por dos veces me hundió el puño en la espalda. Me acuerdo solamente de que ella gritaba que mis palabras estaban "calculadas, largamente acariciadas por un alma mezquina, retorcidas". Versilov seguía sentado, inmóvil y muy serio, sin sonreír. Subí a mi habitación. La última mirada que me acompañó fue la mirada reprobadora de mi hermana; balanceaba la cabeza con aire severo.

 

CAPITULO VII

I

Describo todas estas escenas sin perdonarme nada, a fin de que todo quede en claro, recuerdos a impresiones. Al entrar en mi habitación ignoraba en absoluto si debía avergonzarme o enorgullecerme por haber cumplido mi deber. Si yo hubiese sido un poco más experimentado, habría debido adivinar que la menor duda en semejante asunto hay que interpretarla en el sentido malo. Pero estaba desorientado por otras circunstancias: no comprendía por qué tenía que alegrarme, pero el caso era que me hallaba presa de un regocijo loco, a pesar de mis dudas y del claro convencimiento que tenía de haber sufrido a11á abajo un rotundo fracaso. Incluso las injurias rabiosas de Tatiana Pavlovna me parecían divertidas y graciosas, y no me enfadaban lo más mínimo. Aquello era sin duda porque, a pesar de todo, yo había roto mis cadenas y por primera vez me sentía en libertad.

Sentía también que había estropeado mis asuntos: ¿cómo obrar ahora con respecto a la carta sobre la herencia? La cuestión se tornaba aún más tenebrosa. Seguramente iban a creer que yo quería vengarme de Versilov. Pero mientras estábamos en el salón, durante todos aquellos debates, yo había resuelto someter la cuestión a un arbitraje y elegir como árbitro a Vassine o, si no era posible, a algún otro, y ya sabía a quién. Un día, exclusivamente para eso y por única vez, iría yo a casa de Vassine, pensaba; seguidamente desapareceré para todo el mundo y por mucho tiempo, para varios meses, desapareceré incluso y sobre todo para Vassine; veré si acaso solamente, de cuando en cuando, a mi madre y a mi hermana. Todo aquello era algo muy desordenado; yo me daba cuenta de que alguna cosa estaba ya hecha, pero no como habría sido preciso, y... estaba contento; lo repito, a pesar de todo, me sentía dichoso.

Entonces decidí acostarme más temprano, previendo una larga caminata para el día siguiente. Además de buscar un alojamiento y trasladar mis cosas, tendría que tomar ciertas decisiones que resolví ejecutar de una forma a otra. Pero la jornada no debía acabarse sin imprevistos y Versilov consiguió sorprenderme de una manera asombrosa. Él no venía nunca, absolutamente nunca, a mi buhardilla. Ahora bien, todavía no llevaba yo una hora en mi cuarto cuando oí sus pasos en la escalera: me llamó, para que le alumbrara. Cogí una vela y, tendiendo hacia abajo una mano que él agarró, le ayudé a trepar arriba.

-Merci, amigo mío, no he subido aquí ni una sola vez, ni siquiera cuando alquilé la casa. Tenía mis temores sobre lo que esto pudiera ser, pero no preveía semejante perrera. - Se detuvo en medio de mi buhardilla, mirando en torno con curiosidad -: ¡Es un ataúd, un verdadero ataúd!

Había en efecto un cierto parecido con el interior de un ataúd, y admiré incluso la exactitud de su definición. El cuartito era estrecho y largo; al nivel de mi hombro, no más alto, comenzaba el ángulo de la pared y del techo, que podía tocar con la palma de la mano. Versilov, en el primer instante, se mantuvo instintivamente encorvado, por miedo a chocar con la cabeza en el techo, pero no chocó, y acabó por sentarse con bastante tranquilidad en mi diván, donde ya estaba hecha mi cama. Por mi parte, no me senté y me quedé mirándole con el más profundo asombro.

-Tu madre me ha contado que no sabía si tomar el dinero que le has entregado por lo pensión de este mes. Teniendo en cuenta semejante ataúd, no solamente no tienes nada que pagar, sino que, por el contrario, somos nosotros los que estamos en deuda contigo. No he estado nunca aquí y... me cuesta trabajo imaginar que se pueda vivir en sitios semejantes.

-Ya estoy acostumbrado. Pero a lo que no me acostumbro es a verle a usted en mi habitación después de lo que ha pasado abajo.

-¡Ah, sí!, te has mostrado bastante grosero abajo. Pero... también yo tengo mis motivos particulares, que lo explicaré, aunque en el fondo mi presencia no tenga nada de extraordinario; incluso lo que ha pasado abajo entra también en el orden natural de las cosas; pero explícame un detalle, te lo ruego: lo que nos has contado allá abajo y para lo cual nos preparaste tan solemnemente, ¿era todo lo que tenías la intención de revelarnos o de confiarnos? ¿No había otra cosa que tuvieras que decirnos?

-Es todo. O más bien admitamos que sea todo.

-Entonces es poco, amigo mío. A juzgar por tu exordio y por la manera como nos invitaste a reír, en una palabra, viendo las ganas que tenías de hablar, yo esperaba muchísimo más.

-Pero, ¿qué le va a usted en esto?

-Creo que en cuanto a mí es porque tengo el sentimiento de la medida... ¿Para qué tanto alboroto? Ahí no se ve la medida por ninguna parte. ¡Un mes de silencio y de preparativos, para dar a luz una nadería!

--Mis intenciones eran hacer un largo relato, pero me avergüenzo por lo que ya he dicho. Todo no puede contarse en palabras, hay cosas de las que vale más no acordarse. Ya he dicho bastante, y de todos modos usted me ha comprendido.

-¡Ah!, ¿y sufres a veces por el hecho de que tu pensamiento no se pliegue al molde de las palabras? Ese noble sentimiento, amigo mío, no se da más que a los elegidos; el imbécil siempre está satisfecho con lo que ha dicho y además siempre dice más de lo que hace falta; gente así gusta de lo excesivo.

-¿Como por ejemplo yo, hace poco, abajo? También yo he dicho más de lo que era preciso. He reclamado a "todo Versilov"; es infinitamente más: no tengo necesidad alguna de Versilov.

-Ya veo, amigo mío, quieres recuperar el tiempo perdido. Te arrepientes, y como arrepentirse significa entre nosotros lanzarse inmediatamente sobre alguien, estás bien decidido a no fallarme otra vez. He venido demasiado pronto, tu fuego no está todavía apagado y además soportas mal las críticas. Pero siéntate, te lo ruego, tengo algo que comunicarte. Gracias, así está mejor. Por lo que has dicho a tu madre al salir, se desprende claramente que conviene más, de todas maneras, que nos separemos. He venido a aconsejarte que lo hagas lo más dulcemente posible y sin alboroto, para no apenar y asustar todavía más a tu madre. Simplemente el verme subir aquí le ha hecho ya bien: está convencida de que todavía podemos hacer la paz y que todo continuará como en el pasado. Creo que si pudiésemos los dos reír ruidosamente una o dos veces, sembraríamos la alegría en sus corazones tímidos. Estos corazones son sencillos, pero amantes, sinceros a ingenuos. ¿Por qué no mecerlos un poco, si se puede? Bueno, ése es el primer punto. He aquí el segundo: ¿por qué tendríamos que separarnos forzosamente con sed de venganza, rechinar de dientes, maldiciones y todo lo demás? Sin duda, no vamos a colgarnos el uno del cuello del otro, pero hay medios de separarse respetándose, por decirlo así, mutuamente. ¿No te parece?

-¡Todo eso son tonterías! Le prometo irme sin escándalo alguno, y ya eso es bastante. ¿Se atormenta usted por mi madre? Me parece sin embargo que la tranquilidad de mi madre le importa a usted muy poco. Eso no son más que palabras.

-¿No me crees?

-Me habla usted verdaderamente como a un niño.

-Amigo mío, estoy dispuesto a pedirte mil perdones, tanto por todas las cosas que me imputas, como por todos tus años de infancia y así sucesivamente. Pero, cher enfant, ¿qué resultaría de eso? Eres lo bastante inteligente para no desear colocarte en una postura tan tonta. Sin hablar de que ni siquiera conozco muy bien el carácter de tus reproches: ¿de qué me acusas en el fondo? ¿De no haber nacido Versilov? ¿No es eso? Te ríes con aire despreciativo y lo defiendes con la mano. Entonces, ¿no es eso?

-No, créalo usted. Crea que no encuentro ningún honor en llamarme Versilov.

--Dejemos el honor a un lado. Y además, ¿no sería preciso queto respuesta fuese democrática? Pero entonces, ¿de qué me acusas?

-Tatiana Pavlovna acaba de decirme todo lo que yo quería saber y que hasta entonces no he podido comprender: que usted no ha hecho de mí un zapatero, y por consiguiente que le debo agradecimiento. No llego a comprender en qué soy ingrato, ni siquiera ahora que se me ha dado la lección. ¿No será la altiva sangre de usted la que está hablando?

-No lo creo. Debes admitir además que todas tus salidas de tono de hace un momento, en lugar de caer sobre mí, a quien tú las destinabas, no han hecho más que acongojarla y atormentarla a ella. Me parece sin embargo que tú no eres quién para juzgarla. Porque ¿en qué es ella culpable delante de ti? A propósito, explícame además esto, amigo mío: ¿por qué motivo y con qué intención has propalado, en la escuela y en el Instituto y durante toda to vida, y hasta en los oídos del primer recién llegado, porque me lo han dicho, que tú eras un hijo natural? Me he enterado de que lo hacías con un cierto placer. Ahora bien, eso no es más que una estupidez y una innoble calumnia: tu eyes Dolgontki, hijo legítimo de Makar Ivanytch (61) Dolgoruki, persona respetable, notable por su inteligencia y por su carácter. Si has recibido una instrucción superior, es en efecto gracias a tu ex señor Versilov, pero ¿qué se desprende de ahí? Primeramente, al proclamar tu ilegitimidad, cosa que es una calumnia, has revelado al mismo tiempo el secreto de tu madre; por yo no sé qué falso orgullo has arrastrado a tu madre por el fango, exponiéndola al juício del primer recién llegado. Pues bien, amigo mío, he ahí lo que no tiene nada de nobleza, tanto más cuanto que tu madre no es personalmente culpable de nada: es un carácter de una pureza perfecta, y si no es Versilova, es únicamente porque tiene todavía a su marido.

-¡Basta! Estoy enteramente de acuerdo con usted y creo hasta tal punto en su inteligencia, que espero que cesará en esas reprimendas que no han hecho más que durar demasiado. Usted que gusta tanto de la medida... Hay una medida en todo, incluso en ese amor súbito por mi madre; pues bien, prefiero que me díga otra cosa: si ha decidido usted venir a buscarme para pasar conmigo un cuarto de hora o una media hora (sigo sin saber por qué, pero admitamos que sea por la tranquilidad de mi madre) y si por añadidura encuentra usted tanto placer en charlar conmigo a pesar de lo que ha sucedido abajo, entonces, hábleme más bien de mi padre, de ese Makar Ivanov (62), el errante; quisiera que fuera usted el que me hablase de él; desde hacía mucho tíempo tenía la intención de pedirle a usted esto. Al separarnos, tal vez por mucho tiempo, me gustaría mucho también obtener de usted una respuesta a esta otra pregunta: ¿es posible que en estos veinte años no haya usted podido actuar sobre los prejuicios de mi madre, y ahora también sobre los de mi hermana, con la suficiente fuerza para disipar con la influencia civilizadora que usted tiene las tinieblas primitivas del ambiente en que ellas han vivido? ¡Oh. no es que yo quiera hablarle de la pureza de ella! Ella siempre le ha sido a usted infinitamente superior desde un punto de vista moral, le ruego que me perdone, pero... no es más que un cadáver infinitamente superior. No hay vida más que para Versilov; todo el resto en torno a él, todo lo que con él tiene relación vegeta con la condición absoluta de tener el honor de nutrirlo con sus energías, con sus jugos vitales. Y sin embargo ella ha estado viva, ella también, en otros tiempos, ¿no es así? Usted encontró en ella algo que amar, ¿verdad? Ella ha sido mujer, ¿no?

-Amigo mío, si quieres saberlo, ella no lo ha sido jamás - me respondió él haciendo una mueca a su manera de otras veces, mueca de la que yo había guardado tan bien el recuerdo y que me irritaba tanto; es decir, que se creía estar tratando con la bonachonería más sincera, siendo así que no había en él más que una burla profunda, hasta el punto de que a veces yo no podía comprender nada por su fisonomía -. No, ella no lo ha sido nunca. Una mujer rusa nunca es mujer.

-¿Y la polaca, la francesa, lo son? ¿O bien la italiana, una italiana apasionada, capaz de cautivar a un ruso civilizado de la alta sociedad como Versilov?

-¡Conque ésas tenemos! ¿Quién iba a esperar encontrarse con un eslavófilo? (63 ).

Y Versilov se echó a reír.

Me acuerdo de su relato palabra por palabra; hablaba incluso muy a gusto y con evidente placer. Para mí estaba demasiado claro que había venido a buscarme no para charlar ni para calmar a mi madre, sino con intenciones completamente distintas.

 

II

-Tu madre y yo hemos vivido todos estos veinte años en el silencio - así fue como comenzó él su charla (extremadamente ficticia y poco natural) - y todo lo que hubo entre nosotros transcurrió también en silencio. El rasgo principal de este vínculo de veinte años ha sido el silencio. Creo que ni siquiera una sola vez hemos disputado. Sin duda, yo me he ausentado con frecuencia, dejándola sola, pero siempre he acabado por volver. Nous revenons toujours, ése es el gran carácter de los hombres; eso proviene de la magnanimidad que nos es propia.. Si el matrimonio fuese una cosa que dependiera únicamente de las mujeres, ni siquiera un matrimonio se sostendría; humildad, sumisión, rebajamiento, y al mismo tiempo firmeza, fuerza, fuerza verdadera, he ahí el carácter de tu madre. Y fíjate, es la mejor de todas las mujeres que yo haya encontrado jamás. Tiene fuerza, de eso soy yo testigo: he visto cuanto sostenía esa fuerza. Desde el momento en que se trate, no diré de convicciones (convicciones verdaderas no vendrían al caso), sino de lo que en ellas se llama convicciones y de lo que, por consiguiente, es para ellas sagrado, están dispuestas a afrontar todos los tormentos... Pues bien, tú puedes sacar tus conclusiones por ti mismo. ¿Es que yo me parezco a un verdugo? He ahí por qué he preferido callarme casi siempre, y no solamente porque eso sea más fácil, y no me arrepiento, lo confieso. De esta manera todo se ha arreglado por sí mismo, humanamente y ampliamente, tanto que no me atribuyo por eso el menor mérito. Diré a este respecto, entre paréntesis, que sospecho de ella un poco que no haya creído nunca en mi humanitarismo y que por tanto siempre haya estado temblando. Pero, temblando y todo, nunca se ha prestado a ninguna clase de cultivo. Esta gente así sabe arreglárselas, y nosotros no vemos más que fuego. En general saben mucho mejor que nosotros arreglar sus pequeños asuntos. Pueden continuar viviendo a su manera en las situaciones más contrarias a su naturaleza y seguir siendo ellas mismas en tales situaciones; nosotros, en cambio, no somos tan hábiles.

-¿A qué gente se refiere usted? No le comprendo bien.

-Al pueblo, amigo mío, estoy hablando del pueblo. Ha demostrado su gran fuerza tan vivaz y su amplitud histórica, y eso a la vez moralmente y políticamente. Pero, volviendo a nosotros, diré de tu madre que no siempre ha estado silenciosa; ella habla a veces, y habla con la suficiente claridad como para demostrarle a uno de manera contundente que se ha estado perdiendo el tiempo soltándole discursos, aunque uno se haya llevado cinco años preparándola poco a poco con anticipación. Y además, las objeciones más inesperadas. Obsérvalo una vez más y fíjate bien: no digo de ninguna manera que sea tonta; al contrario, hay una especie de inteligencia e incluso muy notable; pero tal vez tú no creerás en esa inteligencia...

-¿Por qué no? En lo que no creía es en que usted crea realmente en su inteligencia en lugar de aparentarlo.

-¿Sí? ¿Me tomas por un camaleón? Amigo mío, te consiento quizá demasiado... como a mi niño mimado... Pero dejemos esto por ahora.

-Hábleme usted de mi padre; dígame la verdad, si es que puede.

-¿Makar Ivanovitch? Pues bien, Makar Ivanovitch, como tú sabes, es un siervo doméstico que ha tenido deseos, como se dice, de una cierta fama...

-Me apuesto algo a que en estos momentos usted tiene celos de él.

-Al contrario, amigo mío, al contrario. Y, si quieres saberlo, me alegro mucho de verte con humor tan complicado. Te juro que en estos momentos estoy en disposiciones muy propensas al arrepentimiento y que, precisamente hoy, en este instante, por milésima vez quizá, lamento inútilmente todo lo que sucedió hace veinte años. Dios me es testigo de que todo aquello pasó completamente por casualidad... y además, en lo que de mí ha dependido, de una manera humana; al menos según la idea que yo me hacía por aquel entonces de la virtud del humanitarismo. ¡Oh!, es que entonces todos nosotros ardíamos en el deseo de hacer el bien, de servir a la sociedad y a la idea, condenábamos los títulos, nuestros derechos hereditarios, las fincas a incluso, al menos algunos de nosotros, el Monte de Piedad... Te lo juro. Éramos pocos, pero nos hablábamos mucho, y te lo aseguro, a veces incluso obrábamos bien.

-Por ejemplo cuando se puso usted a sollozar encima de su hombro, ¿no?

-Amigo mío, de antemano estoy de acuerdo contigo en todo; a propósito, la historia del hombro la sabes por mí, y por consiguiente abusas en este momento de mi sinceridad y de mi confianza; concédeme que aquel hombro no era tan malo para esa primera visita, sobre todo para aquella época; entonces yo lo ignoraba. Tú, por ejemplo, ¿es que nunca has cometido cursilerías en la vida práctica?

-Hace un momento abajo, he caído en el sentimentalismo, y me he avergonzado mucho, una vez vuelto aquí, ante la idea de que usted pensaría que lo había hecho adrede. Es bien verdad; en ciertos casos se esfuerza uno inútilmente en ser sincero, se hace teatro de uno mismo; pero en lo de hoy, abajo, lo juro, todo era completamente.natural.

-Está bien eso. Lo has definido con una buena frase: "Se esfuerza uno inútilmente en ser sincero, se hace teatro de uno mismo." Pues bien, eso es exactamente lo que pasó conmigo: en vano hacía teatro conmigo mismo; la verdad era que sollozaba con toda sinceridad. No niego que Makar Ivanovitch habría podido tomar aquel hombro por un colmo de irrisión, si él hubiese tenido un poco más de inteligencia; pero su lealtad perjudicó entonces a su perspicacia. Lo que ignoro es si me tuvo entonces lástima o no; me acuerdo de que yo tenía un gran deseo de que se me compadeciera.

-Usted lo sabe -interrumpí yo-, y ahora, al decir estas palabras, se está usted burlando. De uná manera general, todas las veces que usted me ha hablado, durante este mes, lo ha hecho usted burlándose. ¿Por qué ha obrado así cada vez que me ha hablado?

-¿Tú crees? -respondió él dulcemente-. Eres muy susceptible.. Si me río, no me río de ti, o por lo menos no me río de ti únicamente, tranquilízate. Pero en este momento no me estoy riendo, y entonces... en una palabra, hice todo lo que pude y, créeme, no en provecho mío. Nosotros, quiero decir la gente bien, por oposición al pueblo, nosotros éramos entonces incapaces de obrar en provecho nuestro. Al contrario, nos hacíamos el mayor daño posible, y sospecho que en eso era justamente en lo que consistía, entre nosotros, "el interés superior que es también el nuestro", en un sentido más elevado, se entiende. La generación avanzada de hoy día es infinitamente más interesada que nosotros. Por tanto se lo expliqué todo a Makar Ivanovitch, con una extraordinaria franqueza, incluso antes de que ocurriera el pecado. Admito hoy que muchas de aquellas cosas no tenían por qué ser explicadas, sobre todo con semejante franqueza; sin hablar de humanitarismo, aquello habría sido más cortés; pero, ¡váyase usted a contener, cuando, ebrio de bailes, se tienen ganas de hacer un paso bonito! Quizás aquéllas eran las deficiencias de lo bello y del bien: todavía no he podido resolver la cuestión. En fin, es un tema demasiado profundo para una conversación superficial como la nuestra. En todo caso lo juro que ahora me muero algunas veces de vergüenza ante tal recuerdo. Le ofrecí tres mil rublos. Él se callaba, era yo sólo el que hablaba. Me figuraba que tenía miedo de mí, es decir, de mi derecho señorial, y me empeñé con todas mis fuerzas en animarlo, me acuerdo muy bien. Le exhorté a que me expresara todos sus deseos sin temer nada, a incluso con todas las críticas posibles. A título de garantía, le di mi palabra de que, si rehusaba mis condiciones, es decir, los tres mil rublos, la liberación (para él y para su mujer, naturalmente), y un viaje a donde Cristo dio las tres voces (sin su mujer, naturalmente), él no tenía más que decírmelo francamente y yo lo liberaría acto seguido, le devolvería la mujer y les regalaría a los dos aquellos mismos tres mil rublos, y entonces no serían ya ellos los que se irían al cuerno, sino yo, que me iría a pasar tres años en Italia, solo y arrepentido. Mon ami, no me habría llevado a Italia a mademoiselle Sapojkova, puedes estar seguro; yo estaba demasiado lleno de pureza en aquel instante. ¿Y qué? Aquel Makar comprendía demasiado bien que yo obraría como yo le había dicho; pero continuó guardando silencio, y solamente cuando quise por tercera vez echarme a sus pies, retrocedió, hizo un gesto de desinterés y salió, incluso con un cierto descaro que no dejó de asombrarme, te lo aseguro. Me vi entonces por casualidad en un espejo, y jamás olvidaré el espectáculo. En general, cuando ellos no dicen nada, es cuando la cosa resulta más temible. Y aquél era de un carácter sombrío y, lo confieso, no solamente no me inspiraba confianza cuando entraba en mi casa, sino que yo le tenía un miedo horrible: en aquel ambiente hay caracteres, y en abundancia, que encierran en sí mismos, por así decirlo, la personificación de la inconveniencia, y eso es de temer más que los golpes. Sic ¡y cuánto arriesgué en aquellos momentos, cuantísimol Por ejemplo, se hubiera puesto a gritar como un loco, a lanzar aullidos, aquel Urías de pueblo. ¿Qué habría sido de mí, pobre David, y qué habría podido yo hacer? He ahí por qué puse en primer lugar, antes que nada, los tres mil rublos; era algo instintivo, pero, por fortuna, me equivoqué: aquel Makar Ivanovitch era algo muy diferente...

-Dígame, ¿hubo pecado? Acaba usted de decirme que llamó usted al marido incluso antes del pecado.

-Es que, mira, eso depende...

-Entonces, hubo pecado. Acaba usted de decir que se equivocó en cuanto a él, que era una persona muy diferente... ¿Qué era entonces?

-¿Que qué era? ¡Ah!, todavía lo ignoro. Pero desde luego algo muy diferente, y mira, muy comedido; llego a esta conclusión porque con posterioridad me sentí tres veces más culpable delante de él. Al día siguiente, él consintió en el viaje, sin palabras, se entiende, y sin olvidar una sola de las compensaciones ofrecidas.

-¿Tomó el dinero?

-¡Y cómo! Has de saber, amigo mío, que en ese punto hasta llegó a asombrarme. Naturalmente, yo no llevaba encima los tres mil rublos. Saqué de mi bolsillo setecientos rublos y se los entregué, para empezar. ¿Qué crees? Me exigió los dos mil trescientos rublos restantes en forma de pagaré y, para más seguridad, a la orden de un comerciante. Seguidamente, dos años más tarde, armado de aquel documento, reclamó su dinero por medio de los tribunales y con los intereses, de forma que me asombró una vez más, tanto más cuanto que el buen hombre estaba de vuelta de una jira para la construcción de una iglesia para el buen Dios; hace ya veinte años que vagabundea de esa manera. No comprendo para qué un errabundo tiene necesidad de llevar tanto dinero consigo... el dinero es una cosa tan mundana... Naturalmente, en aquellos momentos se los ofrecí con toda sinceridad, y, por así decirlo, arrastrado por el primer ardor, pero más tarde, después de haber pasado tantas horas, yo podía naturalmente cambiar de opinión... pensaba que por lo menos me perdonaría... o más bien nos perdonaría, a ella y a mí, que esperaría por lo menos un poco. Pues bien, ni siquiera esperó. ..

(Haré aquí una observación indispensable: si se diera el caso de que mi madre sobre viviese al señor Versilov, se quedaría literalmente bajo los pies de los caballos hasta el fin de sus días, a no ser por aquellos tres mil rublos de Makar Ivanovitch, duplicado desde hace mucho tiempo por los intereses y que él le ha dejado íntegramente hasta el último rublo por testamento, el año pasado. Ya él había calado a Versilov en aquella época.)

-Me dijo usted un día que Makar Ivanovitch se había alojado varias veces en casa de ustedes y que se quedaba siempre en las habitaciones de mi madre, ¿no es así?

-Sí, amigo mío, y, lo confieso, al principio me asustaban terriblemente aquellas visitas. Durante todo este tiempo, estos veinte años, él ha venido en total seis o siete veces; las primeras veces, si yo estaba en casa, me escondía. Incluso, al principio, yo no comprendía nada: ¿qué quiere decir esto? ¿Por qué viene aquí? Pero más tarde, por ciertas señales, me pareció que eso no era tan estúpido por su parte. Seguidamente, por casualidad, tuve la curiosidad de ir a mirarle y, te aseguro, saqué de él una impresión muy original. Era ya su tercera o cuarta visita; en la época en que acababan de nombrarme mediador de paz y en la que, como de encargo, creía mi deber estudiar cómo era Rusia. Aprendí de él infinidad de cosas. Además, encontré en su persona algo qua yo no esperaba de ninguna manera encontrar: bondad de alma, igualdad de carácter y, lo que es todavía más asombroso, casi alegría. Ni la menor alusión a la chose (tu comprends?), una habilidad espléndida para hablar concretamente y en términos admirables, es decir, sin esos aires profundos de los siervos domésticos, que, te lo confieso, a pesar de todas mis ideas democráticas, no puedo aguantar, y sin todos esos rusismos sacados por los pelos que emplean en las novelas y en el escenario los "verdaderos rusos" (64). Además de eso, muy pocos discursos sobre la religión, a menos que fuese uno el que hablase de eso, a incluso relatos muy agradables en su estilo sobre los monasterios y la vida monacal, si uno se interesaba por aquello. Y sobre todo respeto, ese respeto modesto, ese respeto que es indispensable para la igualdad suprema, sin el cúal, a mi juicio, es imposible llegar ni siquiera a la primacía. Precisamente así, por esta carencia de toda susceptibilidad, es como se obtiene el supremo buen tono y como se manifiesta el hombre que se respeta verdaderamente y que está dentro de su condición, cualquiera que ella sea y cualquiera que pueda ser su destino. Esta facultad de respetarse en su condición es extremadamente rara en este mundo, por lo menos tan rara como la verdadera dignidad personal... Ya lo verás tú mismo, cuando hayas vivido un poco. Pero lo que más me impresionó a continuación, precisamente a la larga y no al principio (agregó Versilov), es que este Makar es una persona extremadamente imponente y, te lo aseguro, de una extraordinaria belleza. Sin duda es viejo, pero

Bronceado, alto y derecho (65 ),

sencillo y grave; incluso he llegado a sorprenderme de que mi pobre Sofía hubiese podido preferirme entonces; y eso que estaba ya en la cincuentena, pero no era menos gallardo, y delante de él yo tenía el aspecto de un pisaverde. Por lo demás, me acuerdo de que estaba ya cano como la nieve y lo estaba también cuando se casó con ella... Quizá fue eso lo que actuó.

Aquel Versilov tenía las maneras más repugnantes del gran mundo: después de haber pronunciado (cuando no había medio de hacerlo de otra manera) algunas palabras muy inteligentes y muy bellas, acababa de pronto y adrede con una estupidez por el estilo de aquella sobre los cabellos blancos de Makar Ivanovitch y su influencia sobre mi madre. Lo hacía aposta y sin duda, sin que él mismo supiera por qué, por una estúpida costumbre mundana. Al oírlo, se hubiera dicho que hablaba muy seriamente, siendo así que él mismo hacía muecas o se reía.

 

III

No comprendo por qué, pero de pronto me sentí presa de una terrible irritación. En general, me acuerdo con gran disgusto de algunas de mis salidas de tono en aquellos momentos; de repente me levanté de la silla.

-¿Sabe usted lo que pasa? - dije -. Usted pretende haber venido sobre todo para que mi madre crea que hemos hecho las paces. Ya ha pasado bastante tiempo para que se lo crea; ¿no le importaría a usted dejarme solo?

Enrojeció ligeramente y se puso en pie:

-Querido mío, te comportas conmigo sin ceremonia alguna. En fin, hasta la vista. La amistad no es cosa que pueda imponerse. Me permitiré solamente hacerte una pregunta: ¿de verdad quieres abandonar al príncipe?

-¡Ah!, ¡ah!, ya sabía yo que usted venía con otras intenciones...

-Es decir, que sospechas que he venido a empujarte para que te quedes en casa del príncipe porque yo tendría algún interés en ello. Pero, amigo mío, ¿no crees tú también que te he hecho venir de Moscú porque yo tenga en eso algún provecho? ¡Oh, qué susceptible eres! Al contrario, todo eso es por tu bien. Y hoy que mi fortuna está restablecida, querría que nos permitieses de vez en cuando, a tu madre y a mí, acudir en tu ayuda...

-Yo no le quiero a usted, Versilov.

-¡Hasta "Versilov"! A propósito, lamento mucho no haberte podido dejar este nombre, porque en resumen en eso es lo que consiste toda mi falta, si es que hay falta. ¿No es así? Pero, insisto una vez más, yo no podía casarme con una mujer ya casada, compréndelo tú mismo.

-He ahí sin duda por qué quiso usted casarse con una mujer sin marido, ¿no es así?

Una ligera convúlsión sacudió su rostro.

-Te refieres a Ems. Escucha, Arcadio, hace un momento te has permitido una salida de ese género, señalándome con el dedo en presencia de tu madre. Pues bien, es preciso que lo sepas, tu mayor error estriba en eso. De esa historia con la difunta Lidia Akhmakova tú no sabes ni una palabra; tampoco sabes hasta qué punto tu madre participó en todo eso. Si, aunque ella no estuviese allí conmigo. Y si alguna vez he visto a una mujer virtuosa, fue, desde luego, entonces, al mirar a tu madre; pero basta, todo esto permanece aún en el secreto, y tú, tú hablas de lo que no sabes y a base exclusivamente de murmuraciones.

-Precisamente hoy mismo decía el príncipe que es usted muy aficionado a las jovencitas sin experiencia.

--¿El príncipe ha dicho eso?

-Sí, mire, ¿quiere que le diga exactamente por qué ha venido usted a verme? No he hecho más que preguntarme todo el tiempo cuál era el secreto de esta visita, y creo haberlo descubierto por fin.

Hacía ademán de marcharse, pero le detuve y volvió la cabeza hacia mí, esperando.

-Hace poco dije, como quien no quería la cosa, que la carta de Tuchard a Tatiana Pavlovna, caída entre los papeles de Andronikov, se había encontrado después de la muerte de éste, en casa de María Ivanovna en Moscú. He visto no sé qué crisparse de repente en el rostro de usted, y solamente en este instante, al notar, una vez más, esa misma crispación en su rostro, he adivinado: allá abajo se le ocurrió a usted una idea en aquel momento; si una carta de Andronikov se ha descubierto ya en casa de María Ivanovna, ¿por qué la otra no había de estar a11í también? Andronikov ha podido dejar cartas extremadamente graves y necesarias, ¿no es así?

-Y tú crees que he venido para hacerte hablar, ¿no?

-Es usted quien lo dice.

Palideció intensamente.

-Esa idea no se te puede haber ocurrido a ti solo. Percibo ahí a la mujer; ¡y cuánto odio hay en tus palabras, en esa suposición grosera!

-¿La mujer? ¡Pero si a esa mujer la acabo de ver justamente hoy! ¿Es quizá precisamente para espiarla por lo que quiere usted que me quede en casa del príncipe?

-Veo que irás extremadamente lejos por tu nuevo camino. ¿No será ésa tu "idea"? Continúa, amigo mío, tienes un talento indudable para detective. Cuando uno está dotado de un determinado talento, es preciso cultivarlo.

Se interrumpió para tomar aliento.

-¡Cuidado, Versilov! ¡No haga usted de mí un enemigo suyo!

-Amigo mio, en casos semejantes nadie expresa sus últimos pensamientos. Uno los guarda para sí. Y ahora, alúmbrame, to to ruego. Por más que to esfuerces en ser enemigo mío, no to serás hasta el punto de querer que me rompa la crisma. Tiens, mon ami!, figúrate - continuó sin dejar de bajar -que durante todo este mes to he estado tomando por un buen muchacho. Tienes una voluntad tal de vivir, una sed tal de vivir, que, si se to diesen tres vidas, creo que aún no tendrías bastante. Está escrito en to rostro. Pues bien, la mayoría de las veces, la gente así son buenos muchachos. ¡Me he equivocado de medio a medio!

 

IV

No sabría decir hasta qué punto se me encogió el corazón cuando volví a encontrarme solo: era como si me hubiese cortado, lleno de vida, un trozo de mi propia carne. Sería incapaz de decir ahora, naturalmente, y también era incapaz entonces, por qué de repente me había arrebatado, por qué lo había ofendido hasta tal punto, tan fuertemente y con tanta intención. ¡Cómo había palidecido! Aquella palidez, ¿no era la expresión del sentimiento más puro y más sincero, de la pena más profunda, más bien que la de la cólera y la del resentimiento? Siempre me pareció que había instantes en que me quería muchísimo. ¿Por qué, por qué no habría de creerlo hoy? Tanto más cuanto que muchísimas cosas se han explicado completamente desde aquel entonces.

Pero yo me había indignado de repente y lo había plantado en la puerta quizá como consecuencia de aquella suposición súbita de que él había venido a buscarme con la esperanza de saber si no quedaban en casa de María Ivanovna otras cartas de Andronikov. Que él estuviese obligado a buscar aquellas cartas y que las buscase, yo lo sabía; pero quizás en aquel mismo minuto había cometido yo un error espantoso. Y quién sabe si quizá soy yo el que, por ese error, le he hecho pensar más tarde en María Ivanovna y le he inspirado la idea de que podía ser ella quien tuviera las cartas.

Finalmente, otra cosa extraña: una vez más, había él repetido palabra por palabra mi pensamiento (sobre las tres vidas), el que yo le había expresado hacía poco a Kraft y en los mismos términos. Una coincidencia de palabras no es más que una casualidad, pero, a pesar de todo, ¡cómo conoce él el fondo de mi naturaleza!, ¡qué clarividencia!, ¡qué adivinación! Pero, si él comprende tan bien una cosa, ¿por qué no comprende en absoluto la otra? ¿Es posible creer que él no estaba fingiendo, sino que era realmente incapaz de adivinar que no era de la nobleza de Versilov de lo que yo tenía necesidad, que no era mi nacimiento lo que yo no podía perdonarle, sino que me hacía falta Versilov en persona, toda mi vida me había hecho falta, el hombre todo entero, el padre, y que aquel pensamiento se me había entrado en la sangre? ¿Un hombre tan fino puede ser tan obtuso y tan grosero? Y si no lo era, ¿para qué entonces hacerme rabiar, para qué fingir?

 

CAPÍTULO VIII

I

A la mañana siguiente traté de levantarme lo antes posible. Por lo general en mi casa nos levantábamos a las ocho, quiero decir, mi madre, mi hermana y yo; Versilov solía quedarse acostado, durmiendo la mañanita. hasta las nueve y media. A las ocho y media en punto, mi madre me traía el café. Pero aquella vez, sin aguardar al café, me escabullí de la casa exactamente a las ocho. Desde la víspera por la noche tenía hecho un plan de acción para todo aquel día. Notaba ya en aquel plan, a despecho de una voluntad apasionada de ponerlo inmediatamente en ejecución, una multitud de vacilaciones a incertidumbres en los puntos más importantes; por eso me había pasado casi toda la noche en un estado de duermevela, casi de delirio, había tenido muchísimos sueños y, por así decirlo, ni una sola vez había dormido como Dios manda. A pesar de eso, me levanté pimpante y dispuesto como nunca. Sobre todo no quería encontrarme con mi madre. Con ella no podía hablar más que de un solo tema y temía dejarme apartar de mis propósitos por alguna impresión nueva a imprevista.

La mañana era fría, y sobre toda la naturaleza flotaba una bruma húmeda y lechosa. No sé por qué, pero las mañanitas atareadas de Petersburgo, a pesar de su feo aspecto, me agradan siempre y toda esa multitud egoísta y perpetuamente preocupada apresurándose a ir a sus asuntos tiene para mí, a las siete de la rnañana, algo muy seductor. Me gusta sobre todo, yendo de camino, a toda prisa, pedir un dato, o mejor todavía si alguien me pregunta! pregunta y respuesta son siempre breves, claras, netas, pronunciadas sin detenerse y casi siempre amistosas. Es el momento del día en que se está más dispuesto a responder. El petersburgués, por el mediodía o por la tarde, se hace menos comunicativo. Con el menor pretexto se pone a gruñir o a burlarse. Es muy diferente por la mañana temprano antes del trabajo, en el momento más sobrio y más serio. Lo tengo observado.

Me dirigí de nuevo hacia Petersbourgskaia storona. Como tenía que estar por fuerza de regreso a la Fontanka (66) para el mediodía en casa de Vassine (al que casi siempre se le solía encontrar en casa a mediodía), apresuré el paso, sin detenerme en ninguna parte, a pesar de las ganas extraordinarias que tenía de tomarme un café aquí o a11á. Y luego estaba también Efim Zveriev, al que era preciso sin remedio sorprender en casa; yo iba una vez más a visitarlo. Estuve a punto de llegar demasiado tarde; estaba acabando su café y se disponía a salir.

-¿Qué lo trae por aquí con tanta frecuencia?

Así fue como me recibió, sin moverse del sitio.

-Voy a explicártelo.

Todos los principios de la mañana, los de Petersburgo entre otros, ejercen sobre la naturaleza del hombre una acción desentumecedora. Hay sueños nocturnos inflamados que, con la luz y el frescor, se evaporan enteramente, y a mí mismo me ha sucedido a veces acordarme por la mañana de algunos de mis sueños de la noche, apenas acabados, y a veces de algunos actos, con reproche y disgusto. Pero notaré sin embargo de pasada que las mañanas de Petersburgo, las más prosaicas, podría pensarse, de todo el globo terrestre, son para mí las más fantásticas del mundo. Es la idea que yo tengo o, por mejor decir, es mi impresión, pero me aferro a ella. En una de esas mañanas de Petersburgo, una mañana pegajosa, húmeda y llena de bruma, el sueño salvaje de un Hermann de La Reina de Pica (67) (personaje colosal, nada ordinario, un verdadero tipo de Petersburgo y del período petersburgués) debe, en mi opinión, fortificarse muchísimo más. A través de aquella bruma tuve cien veces esta visión extraña, pero tenaz: "Cuando se disipe y se levante esta niebla, ¿no se llevará consigo a toda esta ciudad podrida y viscosa, no se alzará la ciudad con la niebla para desaparecer como humo, dejando en su lugar el viejo pantano finlandés y en el medio, si se quiere, para que haga bonito, al caballero de bronce sobre su corcel de patas inflamadas y de aliento quemante?" (68). En una palabra, no sabría expresar mis impresiones, porque todo esto es fantasía, poesía al fin, y por consiguente tonterías. Sin embargo me he planteado con frecuencia y me planteo aún una pregunta absolutamente insensata: "Helos aquí que todos corren y se precipitan. ¿Y quién sabe? Todo esto quizá no es más que un sueño. Quizá no hay aquí un solo hombre verdadero, auténtico, un solo acto real. Alguien va a despertarse de repente, el que tiene este sueño, y todo se desvanecerá." Pero me he apartado del tema.

Lo diré de antemano: hay en cada existencia deseos y sueños tan excéntricos, al parecer, que a primera vista y sin riesgo de error se podría tomarlos por fruto de la locura. Una de aquellas fantasías era la que yo llevaba aquella mañana a casa de Zveriev, porque yo no tenía a nadie en Petersburgo a quien poder dirigirme aquella vez. Ahora bien, Efim era ciertamente la última persona a quien, si me hubiese sido posible elegir, habría debido yo enunciarle semejante proposición. Cuando me senté frente a él, me pareció que yo estaba allí, yo, el delirio y la fiebre encarnados, sentado frente al justo medio y a la prosa encarnados en un ser humano. Pero por mi parte había la idea y el sentimiento justo; por la suya, esta única conclusión práctica: eso no se hace. En una palabra, le expliqué clara y sumariamente que fuera de él no tenía a nadie en Petersburgo a quien pudiese tomar como testigo en un asunto de honor extremadamente grave; que él era un viejo camarada y que no tenía derecho a negarse; que yo quería provocar a un teniente de la guardia, príncipe Sokolski, porque hacía más de un año, en Ems, había abofeteado a mi padre Versilov. Haré notar que Efim conocía al detalle todos mis asuntos de familia, mis relaciones con Versilov, y, aproximadamente, todo lo que yo mismo sabía de la historia de éste; eran cosas que yo le había confiado en diversas ocasiones, excepto, naturalmente, algunos secretos. Escuchaba sentado, como de costumbre, erizado como un gorrión en una jaula, silencioso y grave, inflado, con sus rubios cabellos hirsutos. Una sonrisa estereotipada y burlona no se apartaba de sus labios. Esa sonrisa era tanto más desagradable cuanto que de ninguna manera era algo premeditado, sino completamente involuntario; se veía que él se juzgaba en aquellos momentos real y verdaderamente muy superior a mí tanto en inteligencia como en carácter. Yo sospechaba también que me despreciaba por la escena de la víspera en casa de Dergatchev; así tenía que set, porque Efim es la muchedumbre, Efim es la calle, y la calle no se inclina nunca más que ante el éxito.

-¿Y Versilov no lo sabe? - preguntó él.

--Claro que no.

-Entonces ¿qué derecho tienes tú a inmiscuirte en sus asuntos? Además, ¿qué quieres probar con eso?

Yo me imaginaba sus objeciones y le expliqué inmediatamente que la cosa no era tan tonta como a él le parecía. En primer lugar, yo le probaría a aquel principillo insolente que hay todavía hombres que comprenden lo que es el honor, incluso en nuestra clase social; en segundo lugar, yo conseguiría así avergonzar a Versilov y darle una lección. En tercer lugar, y era lo esencial, incluso si Versilov había tenido sus motivos, en virtud de yo no sé qué convicciones, para no provocar al príncipe y encajar la bofetada, vería por lo menos que existe uns criatura capaz de sentirse tan dolido por el hecho de que le ofendan a él, que toma esa ofensa por su cuenta, y se lanza a sacrificar su vida para defender sus intereses... aunque separándose de él para siempre.

-Espera un poco, no grites, a mi tía no le gusta. Dime, ¿Versilov no anda metido en pleitos con ese mismo príncipe Sokolski por una cuestión de herencia? En tal caso, será un medio completamente nuevo y original para ganar el pleito: matar en duelo al adversario.

Le expliqué en toutes lettres que él no era más que un imbécil y un insolente y que, si su sonrisa burlona se alargaba más y más, aquello solamente era un signo de orgullo y de mediocridad, que él no podía sin embargo suponer que tales consideraciones sobre el proceso no se me hubiesen ocurrido, e incluso desde el principio mismo, y que no podían honrar con su presencia más que a su profundo cerebro. Le expliqué a continuación que el proceso estaba ya ganado, que no afectaba al príncipe Sokolski, sino a los príncipes Sokolskis, de grande suerte que, si uno de ellos resultaba muerto, quedaban los demás. Pero que sin duda habría que aplazar el desafío hasta que transcurriera el término legal para la apelación (aunque los príncipes no pensasen apelar), únicamente por el qué dirán. Vencido el plazo, el duelo se celebraría; yo había venido sabiendo muy bien que el duelo no iba a ser cosa de hoy, pero tenía necesidad de tomar mis precauciones porque no tenía testigo y no conocía a nadie, para tener por la menos tiempo de descubrir a alguien si él, Efim, se negaba. Por eso era por lo que había venido.

-Entonces, vuelve a hablarme cuando llegue ese momento. Siempre habría sido mejor que andar diez verstas sin motivo.

Se levantó y cogió su gorra.

-¿Vendrás entonces?

-No, desde luego que no.

-¿Por qué?

-Primeramente por esta razón: que, si consintiese hoy para más tarde, vendrías a darme la lata aquí todas los días durante el plazo que queda para la apelación. Y luego, porque todo esto no son más que tonterías, ni más ni menos. ¿Te figuras que yo voy a destrozar mi carrera por ti? ¿Y si el príncipe me pregunta "Quién le ha enviado a usted"? "Dalgoruki." "¿Y qué relación hay entre Dolgoruki y Versilov?" Entonces, ¿me voy a poner quizás a explicarle tu genealogía? ¡Se moriría de risa!

-Entonces tú le das en la boca.

-Eso no es serío.

-¿Es que tines miedo? Tú, tan grandote; tú que eras el más fuerte de todos nosotros en el Instituto.

-Tengo miedo, naturalmente que tengo miedo. Y además el príncipe se negará a batirse: uno se bate con su igual.

-También yo soy un caballero por mi educación, tengo derechos privilegiados, soy su igual... Él sí que no es igual mío.

-No, tú eres demasiado pequeño.

-¿Cómo pequeño?

-Como suena; nosotros dos somos pequeños y él es grande

-¡Imbécil! Hace ya más de un año que puedo casarme, conforme a la ley.

-Pues bien, cásate. Al fin y al cabo, no eres más que un mocoso: no has terminado de crecer.

Comprendí que quería burlarse de mí. Evidentemente podría haberme ahorrado de contar este estúplido episodio, y hasta habría valido más que desapareciese en lo desconocido. Para colmo, es repelente por su mezquindad y su inutilidad, aunque haya tenido consecuencias bastante serias.

Pero, para castigarme más todavía, diré el final. Después de haber notado que Efim se burlaba de mí, me permití golpearle en el omóplato con la mano derecha o, mejor dicho, con el puño derecho. Entonces me cogió por los hombros, me volvió de cara a la calle y me mostró efectivamente que él era el más fuerte de todos nosotros en el Instituto.

 

II

El lector se figurará seguramente que yo estaba de humor execrable al dejar a Efim, y sin embargo se equivocará. Comprendía demasiado bien que era un incidente entre escolares, entre bachilleres, y que lo serio de la cosa seguía intacto. Me tomé un café una vez que estuve en la isla Vassili (69), evitando adrede mi taberna de la víspera, en Petersburgskaia storona: aquel figón y su ruiseñor me resultaban ahora doblemente odiosos. Cualidad singular: soy capaz de detestar los lugares y las cosas tan exactamente como a las personas. Conozco por el contrario en Petersburgo ciertos sitios dichosos, es decir, donde he sido dichoso un día. Pues bien, a esos sitios los mimo, permanezco el mayor tiempo posible sin ir a ellos, expresamente, para ír más tarde, cuando me vea completamente solo y desgraciado, a desesperarme y a acordarme. Mientras me bebía el café, le hice plenamente justicia a Efim y a su buen sentido. Sí, él era más práctico que yo, pero ¿era más real? El realismo que no ve más allá de la punta de su nariz es más peligroso que la más alocada de las fantasías, porque es ciego. Pero, aun haciendo justicia a Efim (que, en aquel momento, estaba persuadido sin duda de que yo me deshacía en injurias mientras iba zancajeando por las calles), no abandoné ninguna de mis convicciones, como no las he abandonado en nada hasta hoy. He visto a gente que, al primer cubo de agua fría, reniegan no solamente de sus actos, sino incluso de su idea, y se ponen a reírse de lo que una hora antes consideraban sagrado. ¡Oh, qué fácil les resulta eso! Efim, incluso en la cuestión de fondo, tenía quizá más razón que yo, yo era tal vez el último de los imbéciles, yo era tal vez insincero, pero había en el fondo de la cuestión un punto en el que yo tenía razón, había también en mí algo justo y que, sobre todo, la gente no ha podido nunca comprender.

Llegué a casa de Vassine, en la esquina de la Fontanka y del puente de San Simeón (70), casi sonando las campanas del mediodía, pero no estaba en su casa. Trabajaba en la isla Vassili y no volvía más que a ciertas horas fijas, entre otras casi siempre al mediodía. Como además era no sé qué fiesta, estaba seguro de que iba a encontrarlo; no siendo así, me dispuse a aguardarlo, aunque estuviese en su casa por primera vez.

He aquí cómo razonaba yo: la cuestión de la carta a propósito de la herencia es un asunto de conciencia. A1 tomar a Vassine por árbitro, le hago ver con eso toda la profundidad de mi respeto, lo que necesariamente debe halagarlo. Yo estaba realmente preocupado por aquella carta y firmemente convencido de la necesidad de un arbitraje; sospecho sin embargo que habría podido, ya en aquel momento, salir de aquella dificultad sin ninguna ayuda extraña. Y sobre todo lo sabía yo mismo: bastaba con entregarle a Versilov la carta en mano; que hiciera con ella lo que quisiera. He ahí la solución. Colocarse como juez supremo en un asunto de aquella índole era perfectamente inoportuno. A1 entregarle la carta en mano, sin decir nada, y colocándome así fuera del asunto, todas las perspectivas de triunfo estaban a mi favor, me colocaba de golpe y porrazo por encima de Versilov, puesto que, por el hecho de renunciar, en lo que a mí se refería, a todos los beneficios de la herencia (como hijo de Versilov, una parte de aquel dinero me habría venido a los bolsillos, si no inmediatamente, por lo menos más tarde) yo me reservaba para siempre un derecho moral de vigilante sobre la conducta futura de Versilov. Nadie podía reprocharme haber arruinado a los príncipes, puesto que el documento no tenía ningún valor jurídico decisivo. Pensé en todo aquello y me lo dije a mí mismo claramente en la habitación vacía de Vassine, e incluso se me ocurrió de repente la idea de que había venido a buscar a Vassine, con semejante deseo de saber por él la conducta que adoptar; únicamente para hacerle ver con esa ocasión que yo era el más noble y el más desinteresado de los hombres, y por consiguiente para vengarme de mi humillación de la víspera.

Comprobado que hube todo aquello, experimenté un gran despecho; sin embargo no me fui, sino que me quedé, aunque sabía muy bien que mi despecho no haría más que crecer por momentos.

Ante todo, la habitación de Vassine me desagradó enormemente. "Muéstrame tu habitación y te diré quién eres", podría decirse con toda razón. Vassine tenía alquilada una habitación amueblada a arrendatarios evidentemente pobres y que hacían de aquello su oficio, teniendo a otros inquilinos además de él. Yo conozco muy bien esas habitacioncitas estrechas, apenas amuebladas y que sin embargo pretenden dar una sensación de comodidad; hay obligatoriamente un diván relleno de crin y comprado en alguna tienda de viejo y al que se teme mover, un lavabo y una cama de hierro detrás de un biombo. Vassine debía de ser el mejor inquilino y el más seguro: cada patrona tiene necesariamente su mejor inquilino, al que se profesa un reconocimiento especial; se arregla y se barre más cuidadosamente su habitación, se cuelga encima de su diván alguna litografía, se tiende sobre su mesa un tapete mezquino. Las gentes que gustan de esta limpieza que huele a moho y sobre todo de esta solicitud respetuosa de los patronos son ellas mismas sospechosas. Yo estaba convencido de que el título de inquilino perfecto halagaba a Vassine. No sé por qué, pero al ver aquellas dos mesas llenas de libros me fui enfureciendo poco a poco. Libros, papeles, tintero, todo estaba en el orden más repelente, ese orden cuyo ideal coincide con la filosofía de una patrona alemana y de su criada. Los libros eran numerosos, verdaderos libros, no periódicos o revistas, y él debía de leerlos. Sin duda adoptaba, para leer o para escribir, un aire extremadamente grave y preocupado. No sé por qué, pero prefiero que los libros estén en desorden: por lo menos eso es señal de que se trabaja sin pontificar. Seguramente este Vassine es extremadamente cortés con los visitantes, pero cada uno de sus gestos debe de decir: "Me interesa desde luego pasar una horita contigo, pero en cuanto te marches, volveré a ocuparme de cosas serias." Sin duda se puede mantener con él una conversación muy interesante y aprender cosas nuevas, pero "vamos a charlar un rato y yo te interesaré mucho, y luego, cuando te hayas marchado, me pondré a hacer lo que es verdaderamente interesante... " Y sin embargo no me decidía a irme, seguía a11í. Que no tenía necesidad de sus consejos era algo de lo que estaba ahora perfectamente persuadido.

Llevaba a11í una hora larga o más, sentado delante de la ventana, sobre una de las dos sillas de enea que se encontraban a11í. Lo que más rabia me daba era que el tiempo pasaba y que me era preciso encontrar un alojamiento antes de que se hiciera de noche. Tuve ganas de coger algún libro para disipar el aburrimiento, pero no hice nada de eso: la sola idea de distraerme redoblaba mi disgusto. Hacía ya más de una hora que reinaba un silencio extraordinario, cuando de pronto, muy cerca, detrás de la puerta condenada por el diván, distinguí, a pesar mío y progresivamente, un cuchicheo cada vez más fuerte. Había allí dos voces, voces de mujer, se las oía bien, pero resultaba imposible distinguir las palabras; sin embargo, movido por el aburrimiento, me esforcé en ello. Estaba claro que se hablaba con animación, y que no se trataba de cosas corrientes. La cuestión parecía ser ponerse de acuerdo o bien se discutía, o bien una voz se hacía convincente y suplicante mientras que la otra negaba y objetaba. Eran sin duda otros inquilinos. Bien pronto la cosa me aburrió y mi oído llegó a acostumbrarse; yo continuaba escuchando, pero maquinalmente y a veces incluso olvidándome por completo de que estaba a la escucha, cuando de pronto se produjo un acontecimiento extraordinario: se hubiera dicho que alguien había saltado de su silla con las dos piernas hacia delante o se había lanzado bruscamente y golpeaba con el pie; en seguida se oyó un gemido, luego un grito o más bien un aullido de animal, furioso y nada inquieto por la preocupación de saber si personas extrañas estaban escuchando o no. Me dirigí a la puerta de un salto y la abrí, al mismo tiempo se abrió otra puerta, al extremo de un corredor (me enteré más tarde de que era la de la patrona), de donde surgieron dos cabezas curiosas. Los gritos cesaron inmediatamente, pero de improviso se abrió la puerta vecina a la mía y una joven, por lo que me pareció, se escapó vivamente y bajó corriendo la escalera. Otra mujer, ya de edad, quería sujetarla, pero no lo consiguió y se limitó a gemir tras la otra:

-¡O1ía! ¡O1ía! (71). ¿Adónde vas? ¡Oh!

Pero, viendo abiertas nuestras dos puertas, ella empujó rápidamente la suya, dejando una rendija para oír lo que pasaba en la escalera, hasta el momento en que los pasos de Olia en fuga dejaron de oírse en absoluto. Volví a mi ventana. El silencio se había restablecido. Incidente sin importancia, hasta ridículo quizá, y dejé de pensar en eso.

Aproximadamente un cuarto de hora después resonó en el corredor, ante la puerta de Vassine, una voz de hombre sonora y francota. Una mano empuñó el tirador de la puerta y la entreabrió lo suficiente para que se pudiera distinguir en el pasillo a un hombre de alta estatura, quien, sin duda, me había visto también a incluso se me quedó mirando fijamente, pero no llegaba a entrar aún y continuaba hablando con la patrona de un extremo al otro del corredor, la mano en el picaporte. La patrona hacía eco, con una vocecilla aflautada y alegre, y solamente por su voz se podía comprender que el visitante era un conocido suyo, respetado y apreciado, lo mismo como huésped de confianza que como personaje divertido. El divertido personaje gritaba y bromeaba, pero todo se reducía a que Vassine no estaba en casa, que no lograba encontrarlo nunca, que eran cosas que no le pasaban más que a él, que aguardaría como la vez precedente, y todo aquello, sin duda alguna, le parecía a la patrona el colmo del ingenio. Por fin el visitante entró abriendo ampliamente la puerta.

Era un caballero muy bien puesto, vestido en casa de buen sastre, "noblemente", como se dice, y sin embargo no tenía nada de noble, a pesar de su deseo manifiesto. Era un sinvergüenza, o más bien uno naturalmente desvergonzado, lo que sin embargo es menos odioso que un desvergonzado que se ha estudiado delante del espejo. Sus cabellos, castaños con algunas hebras blancas, sus cejas negras, su gran barba y sus ojos grandes, lejos de infundirle carácter, le comunicaban por el contrario no sé qué de común, de semejante a todo el mundo. Gentes así ríen y están dispuestas a reír, pero uno jamás se siente alegre en su compañía. De lo placentero pasan rápidamente a lo grave, de lo grave a lo juguetón o a los guiños de ojos insinuantes, pero todo eso con un orden perfecto y sin motivo... Por lo demás, es inútil describirlo con anticipación. Más tarde conocí bastante bien a aquel señor y bastante de cerca, por eso lo he presentado aquí, a pesar mío, con rasgos mucho más precisos que los que pude obtener en el momento en que abrió la puerta y entró en la habitación. Sin embargo, incluso hoy día me costaría trabajo decir de él algo que sea determinado y preciso, porque el principal carácter de esta gente es precisamente su inacabamiento, su dispersión y su indeterminación.

No se había sentado todavía cuando se me ocurrió de repente la idea de que aquél debía de ser el padrastro de Vassine, un cierto señor Stebelkov (72) del que yo ya había oído contar alguna cosa, pero tan incidentalmente, que me habría resultado imposible decir qué: me acordaba solamente de que no era una cosa buena. Yo sabía que Vassine había estado mucho tiempo bajo su férula en calidad de huérfano, pero que había escapado a su influencia desde hacía muchos años, que sus objetivos y sus intereses eran divergentes y que vivían separados en todos los aspectos. Me acordé también de que aquel Stebelkov poseía un cierto capital, que era incluso un especulador y un ventajista; en una palabra, quizá yo ya sabía algo más detallado respecto a él, pero se me había olvidado. Me atravesó con la mirada, sin saludarme. Colocó su chistera sobre la mesa situada delante del diván, apartó imperiosamente la mesa con el pie y se sentó, o más bien se dejó caer sobre el diván, donde yo no me había atrevido a sentarme, tan pesadamente, que se oyó un crujido; dejó colgar las piernas y, levantando la punta de su pie derecho, calzado con un zapato de charol, se puso a contemplarlo. Por lo demás, se volvió en seguida hacia mí, y me midió con sus grandes ojos un poco inmóviles.

-¡No voy a encontrarlo nunca entonces! - dijo con una ligera inclinación de cabeza hacia mí.

Yo no respondí palabra.

-¡No es puntual! Quiere tener ideas propias sobre todo, ¡Venir de Petersburgskaia storona!

-¿Viene usted de Petersburgskaia storona? - le pregunté yo.

-No, soy yo quien le hace a usted la pregunta.

-Yo... en efecto, pero ¿cómo lo sabe usted?

-¿Cómo? Hum...

Guiñó un ojo, pero no se dignó dar ninguna explicacíón.

-Es decir, no vivo en Petersburgskaia storona, pero vengo de allí y de a11í he venido aquí.

Continuó sonriendo en silencio, con una sonrisa importante que me desagradó horriblemente: tenía algo de idiota.

-¿En casa del señor Dergatchev? - pronunció él por fin.

-¿Cómo en casa de Dergatchev? - y abrí los ojos asombrado.

Me miró con aire victorioso.

-Ni siquiera lo conozco - añadí.

-Hum...

-Como usted quiera - respondí.

Ahora me era odioso.

-Hum... Sí... no..., permítame. Compra usted un objeto en una tienda, en otra tienda de al lado otro comprador compra otro objeto, ¿cuál cree usted? Dinero, en casa de un comerciante que se llama usurero... Porque el dinero también es un objeto, y el usurero también es un comerciante... ¿Me comprende usted?

-Creo que sí.

-Pasa un tercer comprador que dice, señalando a una de las tiendas: "Eso es serio", y señalando la otra: "Eso no es serio." ¿Qué puedo deducir de ese comprador?

-¿Y yo qué sé?

-No, permítame. Era un ejemplo. El hombre vive de buenos ejemplos. Me paseo por el Nevsky y observo que, al otro lado de la calle, por la acera, se pasea un caballero cuyo carácter me interesaría comprobar. Llegamos, cada uno por nuestro lado, hasta la Morskaia, allí donde está el Almacén Inglés, y observamos a un tercer transeúnte que acaba de ser aplastado por un coche. Ahora, ponga usted mucha atención: pasa un cuarto señor, que quiere comprobar el carácter de nosotros tres, incluido el del aplastado, en cuanto se refiere a espíritu práctico y a seriedad... ¿Usted me comprende?

-Perdone, con mucho trabajo.

-Bueno, eso era lo que yo pensaba. Voy a cambiar de tema. Estoy tomando las aguas en Alemania, las aguas minerales, como lo he hecho muchas veces, poco importa el sitio. Me paseo y veo a unos ingleses. Como usted sabe, es difícil trabar conocimiento con un inglés; pero, al cabo de dos meses, acabada la estación, henos a todos en las montañas, hacemos juntos ascensiones, con bastones de contera puntiaguda, ya por una montaña, ya por otra. En el recodo, es decir, en la etapa, a11í donde los monjes fabrican el Chartreuse, nótelo usted bien, me encuentro con un indígena, plantado a11í, solitario y mirando silenciosamente. Quiero formarme idea de su seriedad: ¿qué cree usted?, ¿podría yo dirigirme para eso al grupo de ingleses con los que camino, únicamente porque he sido incapaz de trabar conversación con ellos en las aguas?

-¿Y yo qué sé? Perdone usted, pero me cuesta mucho trabajo comprenderle.

-¿Mucho?

-Sí, me marea usted.

-Hum...

Guiñó el ojo a hizo con la mano un gesto que sin duda debía de significar algo muy victorioso y muy triunfal; en seguida, muy gravemente y con mucha calma, sacó de su bolsillo un periódico que seguramente acababa de comprar, lo desplegó y se puso a leer la última página, como para dejarme completamente tranquilo. Durante cinco minutos no posó los ojos en mí.

-¿No han caído las Brest-Graev? No, van bien, siguen subiendo. Conozco a muchos que se han derrumbado.

Me miró con toda su alma.

-Todavía no comprendo gran cosa de la Bolsa - respondí yo.

-¿Lo condena usted?

-¿El qué?

-¡El dinero, caramba!

-No condeno el dinero, pero... me parece que la idea viene primero, el dinero después,

-Es decir, permítame... he aquí un hombre que tiene, como se dice, buena suerte...

-Primero la idea, después el dinero. Sin idea superior, la sociedad, a pesar de todo su dinero, se hundirá.

No sé verdaderamente por qué me acaloré. Me miró un poco tontamente, como hombre que no sabe ya cómo salir de su embarazo; luego, de repente, su rostro floreció en una sonrisa gozosa y astuta:

-¿Y Versilov, eh? ¡Se ha llevado la tajada! Le dieron la razón ayer, ¿verdad?

Vi de pronto y con asombro que él sabía desde hacía tiempo quién era yo y que quizá sabía muchas cosas más. Solamente no comprendo por qué me ruboricé de pronto y le miré de la manera más estúpida sin quitarle los ojos de encima. Por lo visto gozaba con su triunfo, me miraba gozosamente, como si me hubiese sorprendido con alguna fina astucia y me hubiese cogido en la trampa.

-¡No! - alzó las dos cejas -. ¡Pregúnteme lo que sé del señor Versilov! ¿Qué le decía yo a usted hace un momento a propósito de la seriedad? Hace dieciocho meses, a causa de aquel niño, él habría podido realizar un negociejo estupendo, sí, querido, y en lugar de eso se partió la crisma. ¡Perfectamente!

-¿Qué niño?

-Pues el niño de pecho que él hace criar en secreto; solamente que no ganará nada con eso... porque...

-¿Qué niño de pecho? ¿De qué se trata?

-El suyo, claro está, su propio hijo, que ha tenido de mademoiselle Lidia Akhmakova... "Una chica muy linda, me traía loco.. . " Cerillas de fósforo, ¿eh?

-¿Qué significan esas tonterías? Él no ha tenido nunca ningún niño de Akhmakova.

-¡Eso es! ¿Y yo, dónde estaba yo entonces? Me parece sin embargo que soy doctor y comadrón. Me llamo Stebelkov. ¿No me conoce usted? Cierto que en aquella época yo ya no ejercía desde hacía mucho tiempo, pero podía dar un consejo práctico en un caso práctico.

-Usted es médico... ¿Usted ha estado en el parto de Akhmakova?

No, yo no he estado en parto ninguno. Había por a11á, en las afueras, un doctor Granz, cargado de familia, se le pagó medio tálero, lo que se da allí a los doctores, y además la verdad era que nadie lo había llamado. En fin, él estaba allí, en mi puesto... Fui yo quien lo recomendé, para espesar las tinieblas. ¿Me comprende usted? Por mi parte, no hice más que dar un consejo práctico respecto a la pregunta de Versilov, de Andrés Petrovitch, una pregunta completamente secreta, de oído a oído. Pero Andrés Petrovitch prefirió seguir dos liebres.

Yo le escuchaba con el asombro más profundo.

-Quien persigue a dos liebres no caza a ninguna, se dice entre nosotros, o más bien en el pueblo. Por mi parte, yo digo: las excepciones constantemente repetidas llegan a ser la regla general. Él cazó una segunda liebre, es decir, un buen ruso, una segunda señora, y de resultado nulo. Un pájaro en mano vale más que ciento volando. Cuando hace falta obrar aprisa, se pone a holgazanear. La verdad es que Versilov es "un profeta para buenas mujeres", como el joven príncipe Sokolski lo calificó tan bien delante de mí. No, usted me agrada. Si quiere saber muchas cosas sobre Versilov, venga a verme.

Por lo visto, admiraba mi boca, toda redonda por efecto del asombro. Jamás en mi vida había oído yo hablar del niño de pecho. En aquel instante se oyó abrirse la puerta de las vecinas y alguien entró rápidamente en la habitación de las mismas.

-Versilov vive en Semenovski Polk, calle Mojaisk, casa Litvinova, número 17. Vengo de la Oficina de Direcciones - gritó una voz irritada de mujer.

Se oían todas las palabras. Stebelkov frunció las cejas y levantó el dedo más alto que su cabeza.

-Hablábamos de él, y helo aquí... ¡Helos aquí a los dos, las excepciones completamente repetidas! Quand on parle d'une corde...

Rápidamente, de un salto, se sentó sobre el diván, y pegó la oreja a la puerta contra la que estaba adosado aquel mueble.

Me sentí terriblemente sorprendido. Comprendí que aquel grito debía proceder de la joven que se había escapado hacía un momento con una agitación tan grande. Pero ¿por qué misterio se hablaba a11í de Versilov? Bruscamente resonó de nuevo el grito de hacía un momento, un grito histérico, grito de un ser loco de cólera a quien se le niega algo o a quien se le impide que haga alguna cosa. La única diferencia fue que los gritos y los aullidos duraron todavía más tiempo. Era una lucha, palabras precipitadas, rápidas: "No quiero, no quiero", "Devuélvemelo, devuélvemelo inmediatamente", o bien algo por el estilo, no llego a recordarlo con exactitud. Seguidamente, como hacía un momento, alguien saltó bruscamente hacia la puerta y la abrió. Las dos vecinas se lanzaron por el pasillo, la una, como poco antes, sujetando por lo visto a la otra. Stebelkov, que desde hacía largo rato se había bajado del diván y prestaba oído con complacencia, no dio más que un respingo hacia la puerta y con toda frescura corrió derechamente hacia las vecinas. Pero su aparición en el corredor causó el efecto de un cubo de agua helada: las vecinas se eclipsaron vivamente cerrando con estrépito. Stebelkov hizo ademán de correr tras ellas, pero se detuvo, levantando el dedo, sonriendo y reflexionando; aquella vez distinguí en su sonrisa algo extremadamente maligno, sombrío y siniestro. Viendo a la patrona plantada de nuevo delante de su puerta, corrió cerca de ella andando de puntillas; después de haber cuchicheado dos minutos con la mujer y obtenido indudablemente algunos datos, volvió a la habitación con un paso majestuoso y decidido, cogió de la mesa su chistera y se encaminó hacia el cuarto de las vecinas. Por un instante se quedó escuchando a la puerta, pegando la oreja a la cerradura y dirigiendó al otro extremo del corredor un guiño victorioso a la patrona, que le amenazaba con el dedo y balanceaba la cabeza como si dijera: " ¡Curiosón, curiosón! " En fin, con aire decidido, pero infinitamente delicado, casi tronchándose de delicadeza, golpeó con los nudillos en la habitación de las vecinas. Se oyó una voz:

-¿Quién está ahí?

-¿No me concederán ustedes permiso para entrar? Se trata de un asunto de la mayor importancia - declaró Stebelkov con voz alta y digna.

No se apresuraron mucho, pero de todas maneras la puerta se abrió, al. principio un poco, la mitad; pero Stebelkov había empuñado ya fuertemente la manija y no habría dejado que se cerrara. La conversación se inició: Stebelkov hablaba en voz alta, insistiendo en penetrar en la habitación; no me acuerdo de las palabras, pero se trataba de Versilov; él podía dar noticias, explicaciones. "No, pregúntenme a mí, a mí. Vénganme a ver", y así sucesivamente. Le hicieron entrar a toda prisa. Me volví junto al diván y me puse a escuchar, pero no llegué a entenderlo todo: oía solamente que se nombraba con frecuencia a Versilov. Por la entonación de la voz adivinaba que Stebelkov dirigía ya la conversación y no hablaba ya insidiosamente, sino con imperio y con un tono desenvuelto, como hacía un momento conmigo: "¿Ustedes me comprenden? Déjenme ahora avanzar un poco más", etc., etc. Por lo demás, debía mostrarse extraordinariamente amable con las mujeres. Por dos veces había resonado su risa sonora, y desde luego inoportuna, porque, junto a su voz y a veces dominándola, se oían las voces de dos mujeres, que estaban muy lejos de expresar alegría; sobre todo la de la más joven, aquella que había lanzado los gritos; hablaba mucho, nerviosamente, aprisa, sin duda para acusar y quejarse, y reclamar justicia. Pero Stebelkov no se quedaba atrás; elevaba el tono más y más, y se reía con mayor frecuencia; la gente de esta clase no sabe escuchar a los demás. Me aparté bien pronto del diván, porque me pareció vergonzoso estar a11í escuchando, y volví a ocupar mi antiguo sitio ante la ventana, sobre la silla de enea. Estaba persuadido de qua Vassine no sentía ningún aprecio por aquel individuo, pero también me figuraba que, si le manifestaba yo mi opinión, inmediatamente tomaría su defensa con una dignidad grave y me daría una lección: "Es un hombre práctico, uno de esos hombres modernos de negocios a los que es imposible juzgar desde nuestro punto de vista general y abstracto." En aquel instante, por lo demás, me acuerdo muy bien, yo estaba moralmente destrozado, el corazón me latía con fuerza y esperaba que ocurriese algo. Transcurrieron así unos diez minutos, y de pronto, en pleno arranque de una carcajada estrepitosa, alguien, exactamente como hacía un momento, saltó de su silla, luego se oyeron los gritos de las dos mujeres, se percibió que Stebelkov se había puesto también en pie de un salto, que hablaba con otro tono, como para justificarse, para suplicar que tuvieran la bondad de escucharlo hasta el final... Pero no le escucharon. Resonaron gritos furiosos: " ¡Fuera de aquí! ¡Usted no es más que un canalla, un sinvergüenza! " Era evidente que lo ponían de patitas en la calle. Abrí la puerta en el instante preciso en que salía del cuarto de las vecinas al pasillo, literalmente expulsado por las manos de aquéllas. A1 verme, se puso a gritar, al mismo tiempo que se acercaba a mí, señalándome con el dedo:

-¡He aquí el hijo de Versilov! Si no me creen ustedes, pues bien, he aquí a su hijo, su propio hijo. - Y me cogió imperiosamente por la mano -. ¡Es su hijo, su verdadero hijo! - repetía conduciéndome cerca de las señoras y sin agregar otra explicación.

La joven estaba en el pasillo; la de más edad, a un paso de ella, en el marco de la puerta. Me acuerdo solamente de que aquella pobre muchacha no era fea: podía tener unos veinte años, pero era delgada y de aspecto enfermizo, rubicunda y pareciéndose un poco a mi hermana en la cara; aquel detalle me atravesó el espíritu y se me ha quedado en la memoria. Únicamente que Lisa no se había encontrado jamás, y naturalmente jamás había podido encontrarse, en un acceso de cólera comparable a aquel en que se hallaba aquella joven frente a mí; tenía los labios blancos, sus ojos de un gris claro echaban chispas, temblaba de indignación. Y me acuerdo también de que yo me sentía en una postura extremadamente estúpida y vergonzosa, porque no encontraba en absoluto nada que decir, todo aquello por culpa de aquel grosero personaje.

-¿Su hijo? ¿Y qué? Si está con usted, es otro sinvergüenza. - Se volvió de repente hacia mí -: Si es usted el hijo de Versilov, pues bien, dígale de mi parte a su padre que es un bribón, un canalla desvergonzado, y que no tengo necesidad de su dinero... Tome, tome, devuélvale inmediatamente todo este dinero.

Se sacó bruscamente del bolsillo algunos billetes de Banco. Pero la mujer de más edad, su madre, como supe en seguida, la cogió por el brazo:

-Olia, pero tal vez no es verdad, tal vez no es su hijo.

Olia lanzó una rápida mirada, comprendió, me examinó con desprecio y volvió a entrar en la habitación, pero antes de cerrar la puerta, en el umbral, le dijo una vez más a Stebelkov:

-¡Fuera de aquí!

E incluso llegó a dar una patadita. Seguidamente la puerta se encajó de golpe y la cerraron con llave. Stebelkov, que seguía sujetándome por el hombro, levantó el dedo y, con la boca dilatada en una sonrisa larga y pensativa, fijó sobre mí una mirada interrogadora.

-Encuentro su conducta de usted con respecto a mí ridícula a indigna - rezongué indignado.

Pero él no me escuchaba, aunque no apartase de mí sus ojos.

-Eso es lo que habría que examinar - dijo con aire pensativo.

-Pero ¿cómo se ha atrevido usted a mezclarme en todo esto? ¿Qué significa? ¿Quién es esa mujer? Me ha cogido usted por el hombro y me ha arrastrado. ¿Qué quiere decir esto?

-¡Ah, diablo! Una mujer que ha perdido su inocencia... "la excepción frecuentemente repetida". ¿Me comprende usted?

Y me clavó el dedo en el pecho.

-¡Váyase al diablo! - exclamé, rechazándole el dedo.

Pero de repente, de la manera más inesperada, se puso a reír con suavidad, largamente, muy contento. Por último se puso el sombrero y, con una fisonomía ya cambiada y adusta, observó frunciendo las cejas:

--Habría que dar una lección a la patrona... Habría que echarlas del apartamiento. Y lo antes posible además... Ya verá usted. Recuerde lo que le digo, usted lo verá. Diablo - se interrumpió de pronto -, ¿va usted a esperar a Gricha?

-No, no le esperaré - respondí muy decidido.

-Vámonos, es igual...

Sin añadir una sílaba, volvió la espalda, salió y tomó escaleras abajo, sin honrar ni siquiera con la mirada a la patrona que parecía esperar explicaciones y noticias. Yo también cogí mi sombrero y, después de haberle rogado a la patrona que le dijese a Vassine que Dolgoruki había venido, bajé corriendo.

 

III

Había perdido el tiempo. En cuanto que me vi fuera, me dediqué a la búsqueda de un alojamiento; estaba distraído; estuve andando varias horas por las calles, entré en cinco o seis casas con habitaciones amuebladas, pero estoy seguro de que dejé pasar más de veinte sin mirarlas. Con gran despecho por mi parte, la verdad era que nunca hubiese creído tan difícil encontrar un alojamiento: por todas partes habitaciones como la de Vassine, y muchísimo peores aún, y precios imposibles, a lo menos para mi presupuesto. Yo pedía simplemente un rincón, nada más que para poder tenderme, y me respondían con desprecio que en aquel caso debía dirigirme a los "arrendadores de rincones" (73). Además, por todas partes, una masa de inquilinos rarísimos con los cuales, a juzgar por su aspecto, yo no habría podido vivir jamás; incluso habría pagado para no vivir junto a ellos. Señores sin chaqueta, en chaleco, con la barba hirsuta, curiosos y desverzongados. En una habitación microscópica había diez jugando a las cartas y bebiendo cerveza: me ofrecieron una habitación contigua. Por otra parte, era yo quien respondía tan estúpidanàente a las preguntas de los arrendadores, que se me quedaban mirando con asombro; en un sitio, incluso llegué a enfadarme. Por lo demás, es inútil describir todos estos detalles ínfimos; quería decir únicamente que, hallándome terriblemente cansado, comí algo en una posada cuando ya se hacía casi de noche. Llegué a la resolución definitiva de que iría inmedi.atamente, solo y en persona, a entregarle a Versilov la carta a propósito de la herencia, sin darle la menor explicación, que resolvería mis asuntos por todo lo alto, llenaría la maleta y un maletín y me iría a pasar la noche al hotel. Sabía que al final de la Perspectiva Obukhov, cerca del Arco de Triunfo (74), había albergues en los que se podía conseguir una habitación individual por treinta copeques; decidí por una noche hacer ese sacrificio, a fin de no permanecer por más tiempo en casa de Versilov. Ahora bien, al pasar por delante del Instituto Tecnológico me dieron ganas de pronto de entrar en casa de Tatiana Pavlovna, que vivía enfrente. Como pretexto, tenía el de aquella misma carta a propósito de la herencia, pero mi deseo invencible obedecía naturalmente a otras causas, que por lo demás soy incapaz de explicar hoy: reinaba en mi espíritu una terrible confusión entre "el niño de pecho", "las excepciones que se convierten en regla general" y todo lo demás. Ignoro si lo que quería hacer era contar cosas, o darme importancia, o pelearme, o incluso llorar, pero el caso es que subí la escalera de Tatiana Pavlovna. No había estado en su casa más que una vez, al principio de mi estancia en Petersburgo, a darle no sé qué recado de parte de mi madre, y me acuerdo de que entré, di el recado, y me fui un minuto después, sin sentarme y sin que ella hiciera nada por retenerme.

Llamé. La cocinera me abrió inmediatamente y me hizo entrar en silencio. Todos estos detalles son necesarios para hacer eomprender cómo pudo producirse un acontecimiento tan loco, que ha tenido una importancia tan colosal sobre todo lo demás. Primeramente la cocinera. Era una finlandesa colérica y chata que, según creo, detestaba a su ama, Tatiana Pavlovna, la cual, por el contrario, no podía separarse de ella, por una de esas pasiones que sienten las viejas por los perros muy viejos ya y de nariz húmeda o por los gatos perpatuamente dormidos. La finlandesa, o bien rezongaba y gruñía, o bien, después de alguna disputa, no abría la boca durante semanas enteras, para castigar a su ama. Sin duda yo había caído en uno de aquellos días de silencio, porque, a mi pregunta: " ¿Está la señora en casa? ", que recuerdo positivamente haberle hecho, no respondió, y se volvió a la cocina sin decir esta boca es mía. Después de eso, naturalmente, persuadido de que la señora estaba en casa, entré, y, no encontrando a nadie, aguardé, pensando que Tatiana Pavlovna iba a salir de su habitación; no siendo así, ¿por qué la cocinera me habría hecho pasar? Me quedé de pie dos o tres minutos; caía la noche y el apartamiento de Tatiana Pav1ovna, ya sombrío de por sí, se tornaba aún menos acogedor debido a las oleadas de cretona que colgaban por todas partes. Dos palabras sobre este feo apartamiento, para hacer comprender el sitio donde sucedió la cosa. Tatiana Pavlovna, visto su carácter autoritario y terco y sus viejas fantasías señoriales, no podía acomodarse a una habitación amueblada: había alquilado aquella parodia de apartamiento únicamente para vivir por su cuenta y ser dueña en su casa. Aquellas dos habitaciones eran literalmente dos jaulas de canarios, pegadas la una a la otra, una más pequeña que la contigua, en el segundo piso y con vistas al patio. Al entrar se encontraba uno primeramente con un pequeño pasillo angosto, de una longitud de un metro poco más o menos; a la izquierda, las dos jaulas de canarios ya mencionadas; y todo derecho, al fondo del corredor, la entrada de una cocina minúscula. Los catorce metros cúbicos de aire, indispensables al hombre para una duración de doce horas, quizá existían a11í, pero seguramente poco más. Las habitaciones eran espantosamente bajas y, para colmo de estupidez, las ventanas, las puertas, los muebles, todo, todo estaba tapizado o cubierto de cretona, de hermosa cretona francesa, con festones; pero la habitación parecía así dos veces más sombría y semejaba el interior de una diligencia. En la habitación donde yo aguardaba se podía, con cierto trabajo, darse la vuelta, aunque todo estuviese lleno de muebles, por lo demás no feos del todo: había allí toda clase de mesitas de marquetería con adornos de bronce, cajitas y un tocador exquisito a incluso rico. Pero el cuartito siguiente de donde yo esperaba verla salir, su alcoba, separada de esta otra habitación por una cortina, no contenía literalmente, como lo supe en seguida, más que una cama. Todos estos detalles son indispensables para comprender la estupidez que cometí.

Así, pues, aguardaba sin experimentar la menor duda, cuando sonó la campanilla. Oí como la cocinera recorría el pasillo sin apresurarse y dejaba entrar en silencio, exactamente como había hecho conmigo hacía un momento, a varias visitas. Eran dos señoras y las dos hablaban en voz alta, pero ¡cuál no fue mi asombro cuando, por la voz, reconocí en una a Tatiana Pavlovna y en la otra a la mujer con la que menos preparado estaba a encontrarme en aquellos momentos, sobre todo en aquel ambiente! No había error posible; el día anterior yo había escuchado aquella voz sonora, fuerte y metálica, tres minutos solamente, es verdad, pero era una voz que se había quedado en mi corazón. Sí, era desde luego "la mujer de ayer". ¿Qué hacer? No dirijo en modo alguno esta pregunta al lector. Trato de representarme solamente para mí mismo aquel minuto y todavía hoy me resulta absolutamente imposible explicarme cómo pudo suceder que me lanzase de repente detrás de la cortina y me encontrase en el dormitorio de Tatiana Pavlovna. En una palabra, me escondí y apenas tuve tiempo de dar aquel bote cuando ellas entraban. El por qué no les salí al encuentro en lugar de ocultarme, lo ignoro; todo aquello pasó por casualidad, sin que yo me diera cuenta.

En la habitación, tropecé con la cama y observé inmediatamente que había una puerta que se abría a la cocina, por tanto una salida posible en caso de necesidad y por la cual se podía escapar perfectamente. Pero, ¡horror!, la puerta estaba cerrada con llave y la llave no estaba en la cerradura. Llevado por la desesperación, me dejé caer en la cama; para mí estaba claro que ahora iba a escuchar la conversación y, desde las primeras frases, desde los primeros sonidos, adiviné que su entrevista era secreta y muy delicada. ¡Oh!, desde luego, un hombre noble y leal habría debido levantarse, incluso en aquel momento, salir y decir en alta voz:. " ¡Estoy aquí, esperen! " y, a pesar del ridículo de su situación, pasar adelante; pero no me levanté y no salí; de la manera más innoble, me dio miedo.

-Catalina Nicolaievna, querida mía, me apena usted profundamente - suplicaba Tatiana Pavlovna -, cálmese de una vez, eso no va bien con su carácter. Dondequiera que usted está reina la dicha, y he aquí que de pronto... Pero, por lo que a mí respecta, al menos, espero que continúe usted creyéndome, sabe hasta qué punto la estimo. Por lo menos tanto como a Andrés Petrovitch, a quien sin embargo no oculto mi eterna fidelidad... Pues bien, créame, se lo juro por mi honor, él no tiene ese documento, y quizá no lo tiene nadie; por otra parte, él es incapaz de semejantes intrigas y hace usted mal en sospechar de él. Son ustedes dos los que se han imaginado esta hostilidad...

-El documento existe, y él es capaz de todo. Ayer, no hago más que llegar, y mi primer encuentro es con ese petit espion que él se ha encargado de imponerle al príncipe.

-Vamos, ce petit espion? Ante todo, no es espion en absoluto. Soy yo quien he insistido para que lo coloquen en casa del príncipe, de lo contrario habría perdido la cabeza en Moscú o se habría muerto de hambre. Por lo menos tales son los informes que he recibido de a11í; y sobre todo ese muchacho grosero no es más que un imbécil, ¿cómo iba a hacer de espía?

--Sí, un imbécil, lo que no le impide por otra parte que sea un sinvergüenza. Si yo no hubiese tenido tanta rabia, me habría muerto de risa ayer: se puso pálido, se aturulló, se dio importancia, se puso a hablar en francés. ¡Y decir que en Moscú María Ivanovna me hablaba de él como de un genio! Esa maldita carta está intacta y se encuentra en alguna parte, en el sitio más peligroso, lo he deducido por la cara que ponía esa María Ivanovna.

-¡Querida! Pero si usted misma dice que no hay nada en casa de ella.

Al contrario, hay algo, ella miente. Y puede decirse, tiene sus miras al mentir. Antes de ir a Moscú, yo tenía todavía la esperanza de que no quedase rastro del papel, pero ahora, ahora...

-Pero, querida, se dice por el contrario que es una criatura excelente y muy razonable. Su difunto tío la apreciaba más que a todas sus sobrinas. Cierto que yo no la conozco bien, pero usted debería hacerle un poco la corte, querida. No le costaría ningún trabajo obtener la victoria: yo misma, que soy ya una vieja, pues bien, estoy enamorada de usted, dispuesta a abrazarla. ¿Qué le costaría a usted seducirla a ella?

-Le he hecho la corte, Tatiana Pavlovna, lo he ensayado todo, incluso se ha mostrado encantada, solamente que es astuta, ella también es astuta... No, es un carácter entero y original, un carácter moscovita... Figúrese usted que me ha aconsejado que me dirija aquí a un tal Kraft, que fue pasante de Andronikov; quizá él supiese algo. Yo ya tenía alguna idea de este Kraft a incluso creo recordarlo un poco. Pero en el momento en que me habló de ese Kraft tuve de repente la convicción de que, lejos de ignorar el asunto, ella miente, ella lo sabe todo.

-Pero ¿para qué, para qué todo eso? En todo caso es posible informarse en casa de ese Kraft. Es un alemán, muy poco hablador y muy honrado, me acuerdo de él. Desde luego, haría falta preguntarle. Sólo que creo que no está ya en Petersburgo...

-Volvió ayer, vengo ahora de su casa... Por eso precisamente me ve usted tan alarmada, me tiemblan los brazos y las piernas. Quería preguntarle, ángel mío, Tatiana Pavlovna, puesto que usted conoce a todo el mundo, ¿no habría medio de buscar entre sus papeles? Seguramente ha dejado papeles. ¿A quién irán a parar? ¿Caerán también éstos en manos peligrosas? He venido a pedirle a usted consejo.

-Pero ¿de qué papeles habla usted? - preguntó Tatiana Pavlovna, que no comprendía nada de aquello -. Acaba de decirme usted misma que viene de casa de Kraft.

-Sí, de allí vengo, pero él se ha matado. Ayer por la noche.

Salté abajo de la cama. Había podido quedarme quieto oyéndome tratar de espía y de idiota; cuanto más avanzaban ellas en su conversación, menos posible me parecía presentarme. ¡Era inconcebible! Resolví esperar, con el corazón latiéndome apenas, hasta el momento en que Tatiana acompañaría hasta la puerta a la visitante (si, para suerte mía, no tenía necesidad de entrar antes en su aicoba), y en seguída, una vez que se fuera Akhmakova, estaba dispuesto a entendérmelas con Tatiana Pavlovna... Pero cuando, al enterarme de la muerte de Kraft, salté de la cama, me vi dominado por una especie de convulsión. Sin pensar ya en nada, sin razonar, sin darme cuenta, di un paso, levanté la cortina y me encontré frente a ellas. Había aún bastante claridad para que se me pudiese ver pálido y tembloroso... Lanzaron un grito. ¿Cómo no gritar?

-¿Kraft? - balbucí, volviéndome hacia Akhmakova -. ¿Se ha matado? ¿Ayer? ¿A la puesta de sol?

-¿Dónde estabas?~ ¿De dónde sales? - chilló Tatiana Pavlovna, que me clavó literalmente las uñas en el hombro -. ¿Nos espiabas? ¿Nos estabas escuchando?

-¿Qué le decía yo a usted? - preguntó Catalina Nicolaievna, levantándose del diván y señalándome con el dedo.

Salí de mis casillas.

-¡Eso no son más que mentiras y estupideces! - interrumpí furioso -. ¡Hace un momento me ha tratado listed de espía! ¡Señor! ¿Vale la pena, no digo yo espiar, sino solamente vivir aquí en este mundo, al lado de gente como usted? Los hombres generosos acaban en el suicidio. Kraft se ha matado por la idea, por Hécuba... pero, ¿cómo va usted a conocer a Hécuba?... Aquí se está condenado a vivir en medio de vuestras intrigas, a chapotear entre vuestras mentiras, vuestros engaños, vuestros manejos subterráneos... ¡Basta ya!

-¡Déle una bofetada! ¡Déle una bofetada! - gritó Tatiana Pavlovna.

Y como Catalina Nicolaievna continuaba mirándome (me acuerdo de todo, -hasta del más mínimo detalle) sin desviar los ojos, pero sin moverse del sitio, Tatiana Pavlovna iba en el mismo instante a ejecutar en persona su consejo... tanto que a pesar mío levanté la mano para protegerme el rostro. A causa de aquel gesto, le pareció que la amenazaba.

-¡Vamos, pega, pega pues! Demuestra que siempre has sido un bestia... Eres el más fuerte, ¿por qué preocuparte de unas pobres mujeres?

-¡Basta ya de calumnias, basta! - grité -. ¡Nunca levantaré la mano contra una mujer! Es usted una desvergonzada, Tatiana Pavlovna, me ha despreciado siempre. ¿Para qué respetar a la gente? ¿Se ríe usted, Catalina Nicolaievna? Sin duda será de mi cara: sí, Dios no me ha dado un semblante como el de sus ayudantes de campo. Y sin embargo frente a usted no me siento humillado, sino, al contrario, superior... En fin, poco importan las palabras, pero no soy culpable. He venido aquí por casualidad, Tatiana Pavlovna. La única culpable es esa cocinera finlandesa que usted tiene, o, por decirlo mejor, la pasión que usted tiene por ella: ¿por qué no me ha contestado cuando le he preguntado si usted estaba y por qué me ha conducido aquí sin decir palabra? Luego, usted comprenderá, me ha parecido tan monstruoso salir del dormitorio de una mujer, que he decidido soportar en silencio todos sus insultos antes que mostrarme... ¿Se sigue usted riendo, Catalina Nicolaievna?

-¡Vete, vete, fuera de aquí! - gritó Tatiana Pavlovna, casi empujándome -. No le tome usted en cuenta sus mentiras, Catalina Nicolaievna, ya le dije antes que desde Moscú me lo han descrito siempre como un chiflado.

-¿Un chiflado? ¿Desde Moscú? ¿Quién y cómo? Pero poco importa, basta ya. Catalina Nicolaievna, se lo juro por lo que hay para mí de más sagrado: esta conversación y todo lo que he oído quedará entre nosotros... ¿Es culpa mía si he descubierto sus secretos? Además desde mañana dejo de ir a casa de su padre. Así es que puede usted estar tranquila sobre la suerte del documento que está buscando.

-¿Cómo...? ¿De qué documento habla usted?

Catalina Nicolaievna se turbó tanto, que se puso muy pálida. Quizá sólo me lo pareció. Comprendí que había dicho demasiado.

Salí rápidamente. Me acompañaron sus miradas silenciosas en las que se leía un extraordinario asombro. En una palabra. yo les había planteado un enigma...

 

CAPÍTULO IX

Me apresuré a volver a casa y, ¡oh maravilla!, estaba muy contento de mí mismo. Sin duda, no se habla así a mujeres, y sobre todo a tales mujeres, o más exactamente a tal mujer, porque yo no tomaba en cuenta a Tatiana Pavlovna. Quizá no está permitido decirle a la cara a una mujer de semejante categoría: " ¡Me cisco en sus intrigas!" , pero yo lo había dicho y por eso estaba contento. Sin hablar de lo demás, estaba seguro al menos de que, por haber adoptado aquel tono, yo había borrado todo lo que había de ridículo en mi posición. Pero no tuve tiempo de pensar largamente en todo aquello: mi cerebro estaba ocupado por Kraft. No es que me atormentase mucho, pero a pesar de todo yo estaba conmovido hasta el fondo del alma; y hasta el punto de que el sentimiento ordinario de placer que experimentan los hombres en presencia de la desgracia del prójimo, por ejemplo cuando alguien se rompe una pierna, pierde el honor, se ve privado de un ser querido, etc., aquel mismo sentimiento ordinario de innoble satisfacción cedía en mí enteramente a otro sentimiento, a una sensación extremadamente imperiosa, a la pena, al dolor... si es que aquello era el dolor, lo ignoro... en todo caso a un sentimiento extremadamente poderoso y bueno. Y por aquello también estaba yo contento. Es asombrosa la multitud de ideas extrañas que pueden atravesarle a uno el espíritu precisamente cuando se está sacudido por alguna noticia colosal que debería, parece, ahogar los demás sentimientos y dispersar todas las ideas extrañas, sobre todo las ideas sin importancia; ahora bien, son éstas, por el contrario, las que se presentan. Me acuerdo de eso todavía; me vi cogido poco a poco por un temblor nervioso bastante sensible, que duró aigunos minutos a incluso todo el tiempo que permanecí en casa para explicarme con Versilov.

Aquella explicación tuvo lugar en circunstancias singulares e insólitas. He dicho ya que vivíamos en un pabellón que había en el patio; aquel alojamiénto llevaba el número 3. Incluso antes de meterme debajo de la puerta cochera, oí una voz de mujer, que preguntaba en voz alta, con impaciencia a irritación: "¿Dónde está el partido número trece?" Era una señora que acababa de abrir la puerta de una tiendecilla contigua. Pero sin duda no le contestaron nada o hasta la mandaron a paseo, puesto que bajó los escalones con cólera y desesperación.

-¿Pero dónde está el dvornik? - gritó dando pataditas.

Hacía mucho tiempo que yo había reconocido aquella voz.

-Voy al partido número trece - dije acercándome a ella -. ¿Por quién pregunta usted?

-Hace una hora que estoy buscando al dvornik, le he preguntado a todo el mundo, he subido todas las escaleras.

-Es en el patio. ¿No me reconoce usted?

Pero ya me había reconocido.

-¿Quiere usted ver a Versilov? Tiene usted algún asunto con él; yo también - continué -. He venido a decirle adiós para siempre. ¡Vamos a11á!

-¿Es usted hijo suyo?

--Eso no significa nada. Admitamos, si usted quiere, que sea su hijo. Aunque me llamo Dolgoruki. Soy ilegítimo. Este señor tiene una multitud de hijos ilegítimos. Cuando la conciencia y el honor lo exigen, incluso un hijo legítimo abandona la casa. Eso está ya en la Biblia. Además, ha recibido una herencia que no quiero compartir. Me contento con el trabajo de mis manos. Cuando es preciso, un corazón generoso sacrifica hasta su propia vida. Kraft se ha matado por la idea, figúrese usted, Kraft, un joven que hacía concebir tantas esperanzas... ¡Por aquí, por aquí! Vivimos en un pabellón aislado. Ya en la Biblia se lee que los hijos abandonan a sus padres y fundan su nido,... Cuando la idea le arrastra a uno... cuando la idea está ahí... La idea lo es todo, todo está en la idea...

Continué algún tiempo aquel parloteo, hasta el momento en que llegamos a nuestra casa. El lector ha notado sin duda que no me ahorro nada y que me trato como es debido. Quiero aprender a decir la verdad. Versilov estaba en casa. Entré sin quitarme el abrigo; ella, lo mismo. Iba vestida muy ligeramente; sobre un vestido oscuro se agitaba en alto un trozo de no sé qué, destinado a figurar como cuello o mantellina; llevaba a la cabeza un viejo gorro raído que estaba lejos de embellecerla. Cuando entramos en la sala, mi madre ocupaba su sitio acostumbrado delante de su labor, mi hermana salió de su habitación para mirar y se detuvo en el umbral. Versilov, como de costumbre, no hacía nada y se levantó para recibirnos... Clavó en mí una mirada severa a inquisitiva.

-Yo no tengo nada que ver con esto - me apresuré a asegurarle al mismo tiempo que me apartaba -, he encontrado a esta señorita delante de la puerta; le buscaba a usted y nadie le daba razón. Pero también yo tengo mi asunto, que tendré el placer de explicarle inmediatamente...

Versilov no dejó de examinarme de una manera curiosa.

-¡Permítame! - comenzó a decir la muchacha con impaciencia.

Versilov se volvió hacia ella.

-He reflexionado largamente sobre el motivo que le impulsó a usted ayer a dejarme este dinero... Yo... en una palabra, ¡he aquí su dinero! - Casi lanzó un grito como horas antes, y arrojó sobre la mesa un puñado de billetes -. He tenido que it a la Oficina de Direcciones para saber dónde vivía usted, de lo contrario habría venido antes. Escuche usted - dijo volviéndose de repente hacia mi madre, que palideció de una manera terrible -.No quiero ofenderla, tiene usted aspecto de ser una persona honrada y quizá ésa es hija de usted. Ignoro si es usted su mujer, pero sepa que este caballero recorta de los periódicos los anuncios que publican con sus últimos copeques las institutrices y profesoras y se dedica a visitar a esas desgraciadas, buscando ventajas deshonestas, apabullándolas con su dinero. No comprendo cómo pude aceptar ayer su dinero. ¡Tenía un aire tan leal! ¡Cállese, no diga una palabra! ¡Es usted un sinvergüenza, caballero! Incluso aunque tuviese usted intenciones honradas, no quiero limosnas suyas. ¡Ni una palabra, ni una palabra! ¡Oh, qué contenta estoy de avergonzarle delante de sus mujeres! ¡Que Dios le maldiga!

Se escapó rápidamente, pero en el umbral se volvió un instante para gritar tan sólo:

-¡Se dice que ha recibido usted una herencia!

En seguida desapareció como una sombra. Insisto una vez más: era una furia. Versilov estaba profundamente impresionado. Se quedó inmóvil, con sire soñador, como meditando en algo; por último, se dirigió a mí bruscamente:

-¿Tú no la conoces de nada?

-La he visto esta mañana por casualidad en casa de Vassine. Se agitaba por el corredor, lanzaba gritos y soltaba rmaldiciones contra usted. Pero no hemos hablado y no sé nada de ella. Ahora acabo de encontrármela ante la puerta. Será sin duda la profesora del anuncio de ayer, la que "da lecciones de aritmética".

-Ella es. Una vez en mi vida que hago una buena acción y... Y a ti, ¿qué te trae por aquí?

-¡He aquí una carta! - respondí -. No hace falta darle explicaciones: procede de Kraft, y él la recibió del difunto Andronikov. El contenido se lo explicará a usted todo. Debo añadir que nadie en el mundo conoce ahora la existencia de esta carta, excepto yo, puesto que Kraft, que me la entregó ayer, se mató inmediatamente después de mi visita...

Mientras que yo hablaba, jadeante y apresurándome, cogió la carta y, teniéndola en suspenso en su mano izquierda, continuó examinándome atentamente. Cuando le anuncié el suicidio de Kraft, le miré a la cara para ver el efecto producido. Pues bien, ¿qué creerán ustedes? La noticia no le produjo la menor impresión. Ni siquiera levantó las cejas. A1 contrario, viendo que me había detenido, agarró sus lentes, de los que no se desprendía nunca y llevaba colgados de una cinta negra, aproximó la carta a una bujía y, después de un vistazo a la firma, empezó a descifrarla. No sabría decir lo mucho que me hirió aquella orgullosa insensibilidad. Él debía de conocer muy bien a Kraft. ¡Una noticia, a pesar de todo, tan extraordinaria! Además, naturalmente, me habría gustado causar cierto efecto. Después de medio minuto de espera, sabiendo que la carta era larga, volví la espalda y me fui. Tenía preparada la maleta

 

desde hacía mucho tiempo, no me quedaba más que hacer un paquete con algunos objetos. Pensé en mi madre: no me había acercado a ella. Diez minutos más tarde, cuando ya estaba casi listo y me disponía a it a buscar un coche de caballos, mi hermana entró en mi buhardilla.

-Toma, mamá te devuelve tus sesenta rublos y te ruega una vez más que la excuses por haber hablado de ellos a Andrés Petrovitch. Y además, ten estos veinte rublos. Ayer diste para tu pensión cincuenta rublos: mamá dice que no tiene derecho a pedirte más de treinta, porque ella no ha gastado más en ti, y te devuelve los veinte rublos que sobran.

-Gracias, si es que dice la verdad. Adiós, hermana, me voy.

-¿Adónde vas?

-Por lo pronto al albergue, con tal de no pasar una noche más en esta casa. Dile a mamá que la quiero.

-Ella lo sabe. Sabe que quieres también a Andrés Petrovitch. ¿Cómo no te da vergüenza de haber traído aquí a esa desgraciada?

-No la he traído yo, te lo juro. Me la encontré delante de la puerta.

-No, eres tú quien la has traído.

-Te aseguro...

-Reflexiona, interrógate, y verás que también tienes tú la culpa...

-La verdad es que estoy muy contento de haber avergonzado a Versilov. Figúrate que tiene de Lidia Akhmakova un niño de pecho... Pero no vale la pena que te hable de esto...

-¿Él? ¿Un niño de pecho? ¡Pero no es suyo! ¿Dónde has oído contar semejante mentira?

-¿Qué sabes tú de eso?

-¿Cómo no voy a saberlo? Soy yo quien ha criado ese niño en Luga. Escucha, hermano, veo desde hace tiempo que, sin saber nada, ofendes a Andrés Petrovitch y a mamá al mismo tiempo.

-Pues bien, si él tiene razón, seré yo el que estaré equivocado, eso es todo. Pero no por eso os quiero menos. ¿Por qué te pones colorada, hermana? Bueno, ahora te pones más colorada todavía. A pesar de todo, provocaré en duelo a ese principillo por la bofetada que le dio a Versilov en Ems. Si Versilov se portó bien con Akhmakova, con mucha más razón aún.

-¿Qué estás diciendo, hermano? Piensa un poco.

-Es una suerte que el pleito se haya acabado... Vamos, ahora se te ocurre ponerte pálida.

-Pero el príncipe no se batirá contigo - sonrió Lisa con una pálida sonrisa a través de su espanto.

-Entonces lo insultaré públicamente. ¿Qué tienes, Lisa?

Había palidecido hasta el punto de no poderse tener de pie y se había dejado caer sobre el diván.

-¡Lisa!

Era su madre, que la llamaba desde abajo.

Se repuso y se levantó; me dirigió una tierna sonrisa.

-Hermano, déjate de esas tonterías o espera a estar más enterado. Lo que sabes es muy poco.

-Me acordaré, Lisa, de que has palidecido al saber que voy a batirme en duelo.

-Sí, sí, acuérdate.

Sonrió una vez más en señal de despedida y bajó.

Llamé a un cochero y con su ayuda trasladé mis cosas. Nadie en la casa me puso obstáculo ni me detuvo. No fui a despedirme de mi madre para no tenerme que encontrar con Versilov. Cuando ya estaba montado en el coche, se me ocurrió una idea:

-Fontanka, Puente de San Simeón - ordené inopinadamente.

Y volví a casa de Vassine.

 

II

Había pensado de pronto que Vassine ya sabía la noticia, y quizá sabía de aquello cien veces más que yo. Eso es lo que sucedió. Vassine me comunicó inmediatamente y con amabilidad todos los detalles, por lo demás sin gran calor. Deduje que estaba fatigado, y era verdad. Había estado por la mañana en casa de Kraft. Kraft se había pegado un tiro de revólver (¡aquel mismo revólver!) la víspera, una vez que se hizo completamente de noche, como se desprendía de su diario. La última anotación estaba hecha justamente antes del suicidio: escribia que estaba casi en tinieblas, y que distinguía apenas las letras; pero que no quería encender la bujía, por miedo a dejar tras él un incendio. "En cuanto a encenderla para apagarla, antes de acabar con mi vida, no quiero", agregaba extrañamente en la última línea. Aquel diario lo había empezado la antevíspera, recién llegado a Petersburgo, antes de la visita a casa de Dergatchev. Después de mi salida, había anotaciones todos los cuartos de hora; las tres o cuatro últimas habían sido hechas cada cinco minutos. Me asombré mucho de que Vassine, habiendo tenido tanto tiempo aquel diario bajo su mirada (se lo habían dado a leer), no hubiese sacado copia, tanto más cuanto que no tenía mucho más de una hoja y todas las anotaciones eran cortas: " ¡por lo menos la última página! " Vassine me hizo notar con una sonrisa que se acordaba de todo, que las anotaciones no tenían sistema ninguno y que estaban hechas a propósito de todo lo que había pasado por la cabeza del suicida. Yo iba a responderle que eso era justamente to que le daba más valor, pero renuncié a insistí para que se acordase de alguna frase. Se acordó en efecto de algunas líneas, trazadas aproximadamente una hora antes del disparo y en las que se decía que "tenía escalofríos"; "que, para calentarse, le daban ganas de beber un trago, pero que la idea de que el derramamiento de sangre podría ser así más abundante, lo había detenido".

-Y poco más o menos, todo es por este estilo - concluyó Vassine.

-¡Y a eso lo llama usted tonterías! - exclamé yo.

-¿Cuándo he hablado de tonterías? Me he limitado a no sacar copias. Pero, si no tonterías, ese diario es verdaderamente muy vulgar, o más bien natural, es decir, precisamente lo que debía ser en semejante caso...

-¡Pero los últimos pensamientos, los últimos pensamientos!

-Los últimos pensamientos son a veces asombrosamente nulos. Conozco a un suicida que se queja en su diario por no ser asaltado, en una hora tan grave, por ningún "pensamiento superior": nada más que pensamientos vacíos y fútiles.

-¿Y el escalofrío, es también un pensamiento vacío?

-¿Quiere usted hablar del escalofrío o más bien del derramamiento de sangre? Es un hecho sabido que muchos de los que tienen vigor para pensar en su muerte inminente, voluntaria o no, con mucha frecuencia se llegan a preocupar por el estado en que se encontrarán sus cuerpos. En este sentido era como Kraft temía un derramamiento de sangre demasiado intenso.

-Ignoro si es un hecho sabido... y si es exacto - refunfuñé -, pero me asombra que juzgue usted todo esto una cosa tan natural. Sin embargo, no hace tanto tiempo que Kraft conversaba, se conmovía, estaba sentado entre nosotros. ¿Es posible que no tenga usted lástima de él?

-Oh, desde luego, tengo lástima de él, pero ésa es otra cuestión. De todos modos, el mismo Kraft ha presentado su muerte bajo el aspecto de una deducción lógica. Parece que todo lo que se dijo ayer de él en casa de Dergatchev es exacto; ha dejado un gran cuaderno lleno de conclusiones científicas, según las cuales los rusos son una raza de segundo orden, todo eso basado en la frenología a incluso en las matemáticas, y consiguientemente, no vale la pena vivir cuando se es ruso. Si usted quiere, lo que hay en esto de más característico es que uno puede deducir todas las conclusiones lógicas que quiera, pero volarse los sesos a causa de esas conclusiones es cosa que no ocurre todos los días.

-Por lo menos hace falta rendir homenaje a su carácter.

-Y quizá también a otra cosa - observó Vassine evasivamente.

Pero estaba claro que pensaba en la estupidez o en la debilidad de mollera. Todo aquello me irritaba.

-Fue usted mismo quien habló ayer de los sentimientos, Vassine.

-Y tampoco -los niego hoy. Pero, en presencia del hecho consumado, encuentro en él algo tan groseramente erróneo, que mi juicio severo me despoja, a pesar mío, hasta de la lástima.

-Mire, yo había ya adivinado al verle que hablaría usted mal de Kraft y, para no oírselo decir, había resuelto no preguntarle su opinión; pero me la ha expresado usted mismo y a mi pesar me veo obligado a estar de acuerdo; y sin embargo, me siento descontento de usted. Kraft me da lástima.

-Nos estamos apartando, usted sabe..

-Sí, sí... - interrumpí yo -. Pero lo que es tranquilizador al menos es que siempre en tales casos los supervivientes, jueces del difunto, pueden decirse: "Es inútil que el suicida sea un hombre digno de lástima y de indulgencia; nosotros permanecemos, y por consiguiente no hay por qué afligirse demasiado."

-Sí, es exacto, si se adopta ese punto de vista. Ah, pero creo que usted bromea. Es muy ingenioso. Tengo la costumbre de tomar té a esta hora. Voy a encargarlo. Seguramente me hará usted compañía.

Y salió, midiendo con los ojos mi maleta y mi paquete.

Me habría gustado soltar alguna frase maligna para vengar a Kraft. La dije como mejor pude, pero lo más curioso era que en un principio él había tomado en serio. mi expresión de "nosotros permanecemos". Sin embargo, como quiera que fuese, él tenía más razón que yo, incluso en cuestión de sentimientos. Yó lo reconocía así en mi fuero interno sin el menor disgusto, pero comprendía claramente que no lo estimaba.

Cuando trajeron el té, le expliqué que le pedía hospitalidad por una noche solamente y que, si era imposible, no tenía más que decirlo: iría al albergue. A continuación le expuse brevemente mis razones, aduciendo con toda franqueza que me había peleado para siempre con Versilov, sin entrar en detalles. Vassine me escuchó atentamente, pero sin ninguna emoción. Por lo general, se limitaba a responder a las preguntas, por lo demás amablemente y de manera bastante completa. De la carta a propósito de la cual había venido por la mañana a pedirle consejo, no dije ni palabra; le expliqué mi visita anterior como una simple visita. Después de la palabra dada a Versilov de que aquella carta no era conocida por nadie excepto yo, no me consideraba ya con derecho a hablar de ella a quienquiera que fuese. Por otra parte, me resultaba particularmente desagradable hablar de ciertas cosas con Vassine. De ciertas, pero no de otras: conseguí interesarle contándole las escenas ocurridas en el corredor y en casa de las vecinas y que habían tenido su epílogo en casa de Versilov. Me escuchó con extraordinaria atención, sobre todo en lo referente a Stebelkov. Cuando le hablé de las preguntas que Stebelkov hizo a propósito de Dergatchev, me instó a que se las repitiera dos veces a incluso se puso pensativo; pero al final estalló en una carcajada. De repente me pareció en aquel instante que nada ni nadie podría nunca turbar a Vassine; esa idea se presentó en mí, si recuerdo bien, en forma muy halagadora para él.

--No he podido sacar gran cosa de lo que me ha dicho el señor Stebelkov - concluí a este respecto -, habla evasivamente... hay siempre en él un no sé qué demasiado ligero...

Inmediatamente Vassine puso un semblante grave.

-Cierto que no posee el don de la palabra, pero es solamente a primera vista; le ha sucedido el hacer observaciones de una extraordinaria justeza; por lo demás, esta gente abunda en hombres prácticos, hombres de negocio más bien que de pensamiento; es preciso tomarlos tal como son...

Era exactamente lo que yo había adivinado mucho antes.

-Sin embargo, la verdad es que ha causado en casa de sus vecinas un gran escándalo y ¿quién sabe cómo habrá terminado todo eso?

A propósito de esas vecinas, Vassine me contó que estaban allí desde hacía unas tres semanas y que habían venido de provincias; que tenían una habitación muy pequeña y que, según todas las apariencias, eran muy pobres; que estaban a11í aguardando algo. No sabía que la joven hubiese puesto un anuncio en los periódicos como profesora, pero se había enterado de que Versílov les había hecho una visita; había sido estando él ausente, pero la patrona se lo había dicho. Las vecinas, por el contrario, no hablaban con nadie, ni siquiera con la patrona. Había notado en los últimos días que, en efecto, algo no marchaba bien en aquella casa, pero nunca había habido escenas como las de hoy. Recuerdo nuestra conversación a propósito de las vecinas a causa de las consecuencias; en el partido de ellas reinaba en aquel momento un silencio de muerte. Vassine se enteró con mucho interés de que Stebelkov había juzgado necesario hablar de las vecinas a la patrona y que había repetido por dos veces: "¡Ya verán!, ¡ya verán!"

-Y ya verá usted - agregó Vassine - que esta idea no se le ha ocurrido sin motivo; en este aspecto, tiene una vista muy penetrante.

-Entonces, según usted, ¿sería preciso aconsejarle a la patrona que las pusiera en la calle?

-No, no es cuestión de ponerlas en la calle, pero me temo que haya jaleo... Por lo demás, todas esas historias, de una manera o de otra, acaban siempre... Dejemos esto.

Sobre la visita de Versilov a las vecinas, se negó categóricamente a dar su opinión.

-Todo es posible. El buen hombre se ha sentido con dinero en el bolsillo... Por otra parte, es posible también que haya querido sencillamente dar una limosna; eso entra dentro de sus tradiciones y tal vez también dentro de sus inclinaciones.

Le conté los comentarios de Stebelkov sobre "el niño de pecho".

-En eso, Stebelkov está en un completo error - declaró Vassine con una seriedad y un acento muy especiales (todavía me parece estar oyéndole) -. Stebelkov se fía a veces exageradamente de su sentido práctico, y se apresura a extraer conclusiones conforme a su lógica, a menudo muy penetrante. Y sin embargo el acontecimiento puede adoptar un color infinitamente más fantástico y totalmente inesperado, si se tiene en cuenta a las personas en juego. Esto es to que ha pasado aquí: conociendo una parte del asunto, él ha llegado a la conclusión de que el niño pertenece a Versilov; y sin embargo no es así.

Insistí, y he aquí de lo que me enteré, con gran asombro por mi parte: el niño (mejor dicho, la niña) era del príncipe Sergio Sokolski. Lidia Akhmakova, a causa de una enfermedad o sencillamente de su carácter caprichoso, obraba a veces como una verdadera loca. Se había enamorado del príncipe antes de la llegada de Versilov, y el príncipe "no se había recatado en aceptar su amor", según la expresión de Vassine. Aquellas relaciones duraron un instante. Se pelearon, como ya se sabe, y Lidia puso al príncipe en la calle, "cosa de la que, parece ser, éste se alegró".

-Era una muchacha muy extraña - añadió Vassine -; es muy posible que jamás haya disfrutado del uso completo de la razón. Pero al marcharse a París, el príncipe ignoraba totalmente el estado en que dejaba a la víctima, lo ignoró hasta el final, hasta su regreso. Versilov, convertido en amigo de la joven, le ofreció el matrimonio, precisamente a causa de su estado ya visible y que, por lo que parece, los padres no sospecharon casi hasta el final. La joven se sintió muy conmovida, y en la propuesta de Versilov vio algo más que un sacrificio, aun apreciando también este último. Por lo demás, también él supo adaptarse. La niña nació un mes o seis semanas antes de tiempo, fue dada a criar en algún sitio de Alemania y luego recogida por Versilov y se encuentra ahora en Rusia, en Petersburgo quizá.

-¿Y las cerillas de fósforo?

-De eso no sé absolutamente nada - dijo Vassine -. Lidia Akhmakova murió quince días después del parto; lo que haya pasado, lo ignoro. El príncipe se enteró, recién llegado de París, de la existencia de la niña, y, por lo que parece, no creyó al principio que fuera suya... En fin, por todas partes, hasta ahora, se ha mantenido esta historia en secreto.

-Pero ¿qué tipo es entonces ese príncipe? - exclamé yo, indignado -. ¿Es ésa una manera de comportarse con una muchacha que está enferma?

-Entonces no estaba tan enferma---. y además fue ella misma quien lo echó... Cierto que tal vez él se precipitó demasiado en aprovecharse de la despedida.

-¿Justifica usted a un canalla semejante?

-No, únicamente que no lo llamo canalla. Hay en esto una cosa distinta de la canallada. Por lo demás, es un asunto bastante vulgar.

-Dígame, Vassine, ¿lo ha conocido usted de cerca? Me gustaría mucho conocer su opinión, a causa de una circunstancia que me interesa enormemente.

Pero entonces Vassine se puso a contestar con extremada reserva. Conocía al príncipe, pero, sobre las circunstancias en que hubiese hecho aquel conocimiento, guardaba un silencio premeditado. Me dijo a continuación que su carácter le daba derecho a alguna indulgencia.

-Está lleno de buenas inclinaciones, se deja influir, pero no tiene ni bastante razón ni la voluntad suficiente para dominar sus deseos. Es un hombre sin cultura; un conjunto de ideas y de cosas que están por encima de él; y, a pesar de eso, se lanza más a11á. Por ejemplo, le martillea a uno los oídos con declaraciones de esta índole: "Soy príncípe y desciendo de Rurik. Pero, ¿por qué no habría de ser ayudante de zapatero, si tengo necesidad de ganarme la vida y si soy incapaz de hacer otra cosa? Llevaría como insignia: príncipe fulano de tal, zapatero. ¿Qué cosa podía haber más noble?" Lo dice y es capaz de hacerlo, y eso es lo grave. Ahora bien, lo cierto es que no es en absoluto por convicción, sino simplemente por ligereza de espíritu a impresionabilidad. En seguida llega fatalmente el arrepentimiento, y entonces está siempre dispuesto a algún extremismo absolutamente contrario. Y ésa es toda su vida. En nuestra época, hay muchos hombres que se ven arrastrados así a un callejón sin salida, únicamente porque han nacido en nuestra época.

Aquello me dejó pensativo.

-¿Es verdad que en cierta ocasión fue expulsado del regimiento? - pregunté.

-Ignoro si fue expulsado, pero el caso es que dejó su regimiento después de algunas desavenencias. Usted no ignora que, en el otoño pasado, estando ya retirado, pasó dos o tres meses en Luga.

-¿Yo? Lo único que sé es que por aquel entonces estaba usted en Luga.

-Sí, residí a11í algún tiempo. El príncipe conocíá también a Isabel Makarovna.

-¿Sí? No sabía nada. Bien es verdad que he hablado muy poco con mi hermana... Pero ¿le han llegado a recibir en casa de mi madre? -exclamé.

-¡Oh, no! Fue un conocimiento muy superficial, por medio de una tercera persona.

-Sí, eso encaja con lo que me ha dicho mi hermana sobre la criatura. Porque la niña también estuvo en Luga, ¿no?

Durante algún tiempo.

-¿Y dónde está ahora?

-Seguramente en Petersburgo.

-No creeré jamás - exclamé muy turbado - que mi madre haya tenido algo que ver con esta historia, con esa Lidia.

-En esa historia, aparte de todas esas intrigas, que yo no trato de analizar, el papel de Versilov no tuvo en el fondo nada de execrable - observó Vassine con una sonrisa indulgente -. Creo que tenía ganas de hablar conmigo de eso, pero él no quería darlo a entender.

-Nunca, nunca creeré que una mujer - exclamó de nuevo - haya podido ceder su marido a otra mujer. No, es una cosa que no creeré nunca... ¡Lo repito, mi madre no ha intervenido en una historia así!

-Me parece sin embargo que ella no mostró oposición alguna.

-En su lugar, por simple orgullo, yo habría hecho otro tanto.

-Por mi parte, me niego completamente a juzgar - concluyó Vassine.

En efecto. Vassine, con toda su inteligencia, no comprendía nada de las mujeres, tanto que todo un ciclo de idea y de fenómenos le quedaba completamente desconocido. Me callé. Vassine trabajaba provisionalmente en una sociedad anónima y yo sabía que se llevaba trabajo a casa. En respuesta a mis preguntas apremiantes, confesó que tenía en efecto algunas cuentas que hacer, y le rogué calurosamente que no se preocupase por mí. Aquello creo que le agradó; pero, antes de sentarse a su mesa escritorio, quiso hacerme la cama en el diván. A1 principio pretendió cederme la suya, pero como me negué, creo que también eso le agradó. Buscó en casa de la patrona una almohada y una manta; se mostró extremadamente amable y cortés, pero a mí me desagradaba un poco verle molestarse por mí. Me había encontrado más a mis anchas, tres semanas antes, cuando pasé la noche por casualidad en casa de Efim, en Petersburgskaia storona. También él me había hecho la cama en el divan ocultándose de su tía, suponiendo, no sé por qué, que a ella le disgustaría enterarse de que los camaradas venían a dormir a su casa. Nos habíamos reído mucho, habíamos tendido una camisa a modo de sábana y enrollado un abrigo por almohada. Me acuerdo de que Zvieriev, una vez todo terminado, dio en el divan una palmadita afectuosa y dijo:

-Vous dormirez comme un petit roi.

Y aquella alegría estúpida, y aquella frase francesa, que tan incongruente resultaba en sus labios, tuvieron por resultado que pasase en casa de aquel bufón una noche excelente. En cuanto a Vassine, me sentí encantado cuando, por fin, se sentó a la mesa y me volvió la espalda. Me tendí en el divan y, mirando a su espalda, reflexioné largamente en muchas cosas.

 

III

Había en qué reflexionar. Mi alma estaba turbada, no había nada compacto; pero algunas sensaciones sobresalían, aunque ninguna consiguiese arrastrarme completamente tras ella, en vista de su abundancia. Todo espejeaba, por así decirlo, sin vínculo ni sucesión, y yo mismo no quería detenerme en nada ni establecer ningún orden. Incluso el recuerdo de Kraft retrocedió insensiblemente al segundo plano. Lo que me turbaba más era mi propia situación, el hecho de que ahora yo había "roto", que tenía a11í mi maleta, que no estaba en casa, que comenzaba una vida completamente nueva. Era como si, hasta aquel día, todas mis intenciones y mis preparativos hubiesen sido cosa de broma y como si "ahora, de improviso, y sobre todo súbitamente, todo empezase de verdad" . Aquella idea me animaba y, a pesar de la turbación que sentía por muchas razones, me alegraba. Pero... pero había otras sensaciones; una de ellas en particular tenía gran deseo de ponerse al frente y de conquistar mi alma y, cosa extraña, aquella sensación me animaba también; me impulsaba, por lo visto, a algo alocadamente gozoso. Sin embargo, aquello había comenzado por el miedo; yo tenía miedo desde hacía tiempo, desde hacía mucho tiempo, de haber dicho demasiado a Akhmakova, en mi indignación y en mi sorpresa, a propósito del documento. "Sí, he dicho demasiado - pensaba yo -; seguramente ellas habrán adivinado algo... ¡Qué desgracia! Desde luego no me dejarán en paz, si se les ocurre la menor sospecha. En fin, tal vez no me encuentren. Me ocultaré. Pero ¿y si se ponen a buscarme?..." Entonces me volví a ver, hasta en los menores detalles y con un placer creciente, frente a Catalina Nicolaievna, volví a ver sus ojos audaces, pero terriblemente asombrados, mirándome con fijeza cara a cara. Al partir la había dejado en aquel asombro; "sin embargo sus ojos no son absolutamente negros... sólo las pestañas son muy negras, y eso es to que hace los ojos tan sombríos.. . "

Y de repente, me acuerdo muy bien, aquel recuerdo me inspiró un terrible disgusto... despecho, náusea por ella y por mí. Me hacía a mí mismo no sabía qué reproches, trataba de pensar en otra cosa. "¿Por qué no siento la menor indignación contra Versilov en cuanto a la historia esa con la vecina?", pensé de pronto. Por mi parte estaba firmemente persuadido de que se había puesto en plan de conquistador, y de que había venido únicamente para divertirse, pero en el fondo aquello no me indignaba. Me parecía incluso que era imposible figurárselo de otra manera y en vano the alegraba de que lo hubieran avergonzado; yo no lo acusaba. No era eso to que me importaba; era que me había mirado con tanto odio cuando había entrado yo con la vecina; jamás había tenido él una mirada así. "¡Por fin, también él me ha tomado en serio!", pensé latiéndome fuertemente el corazón. ¡Oh, si yo no lo quisiese, no me alegraría tanto por su odio!

Al final me cogió el sueño y me dormí completamente. Como a través de un sueño, vuelvo a ver a Vassine que, acabado su trabajo, pone cuidadosamente todo en orden y, después de haber mirado fijamente mi diván, se desnuda y apaga la bujía. Era más de medianoche.

 

IV

Dos horas más tarde, algo más, exactamente, me desperté sobresaltado y me senté en mi diván. Detrás de la puerta, en casa de los vecinos, había gritos horribles, llantos y aullidos. Nuestra puerta estaba abierta de par en par y, en el pasillo, ya iluminado, la gente gritaba y corría. Quise llamar a Vassine, pero adiviné. bien pronto que no estaba ya en su lecho. No sabiendo dónde encontrar las cerillas, cogí a tientas mis vestidos y me vestí a prisa en la oscuridad. La patrona, y todos los inquilinos quizá, parecían haberse dado cita en casa de los vecinos. Los aullidos provenían en suma de una sola voz, la de la vecina de edad, y la joven de ayer, de la que me acordaba muy bien, estaba completamente silenciosa. Ésa fue la primera observación que me atravesó el espíritu. No estaba vestido del todo cuando entró Vassine precipitadamente. En un instante, con mano habituada a hacerlo, encontró las cerillas y alumbró la habitación. Estaba recién levantado, en camisón de dormir y en babuchas y comenzó en seguida a vestirse.

-¿Qué ha pasado? - le grité.

-¡Una historia muy desagradable y muy enojosa! - respondió casi encolerizado -. Esa jovencita de la que usted me ha hablado se ha ahorcado en su habitación.

Lancé un grito. ¡No sabría decir hasta qué punto mi alma fue herida por el dolor! Corrimos al pasillo. No me atrevía, lo confieso, a entrar en casa de los vecinos. Entoces vi a la desgraciada, ya descolgada, a cierta distancia. Estaba cubierta por un paño, por abajo apuntaban las dos estrechas suelas de sus zapatos. No miré su rostro. La madre estaba en un estado espantoso; estaba con ella nuestra patrona, muy poco espantada por cierto. Todos los inquilinos estaban apiñados. No eran numerosos; solamente un viejo marino, siempre gruñón y exigente y que sin embargo hoy se mantenía perfectamente tranquilo, algunos nuevos llegados de la provincia de Tver, un anciano y una anciana, marido y mujer, personas bastante venerables y que eran funcionarios. No describiré el resto de aquella noche, las idas y venidas, las visitas oficiales; hasta romper el día, estuve agitado literalmente por un pequeño temblor rápido y consideré deber mío no acostarme, aunque no tenía nada que hacer. Todo el mundo por cierto tenía una cara extremadamente despierta, incluso alegre. Vassine fue a dar un recado, no sé adónde. La patrona se mostró mujer bastante estimable, más de lo que yo pensaba. La convencí (y me honro de ello) de que no se debía dejar a la madre tan sola con el cadáver de su hija, y de que debía, al menos hasta el día siguiente, llevársela a su habitación. Consintió y la madre, aunque se resistió, debatiéndose y llorando y negándose a abandonar el cadáver, se trasladó sin embargo a casa de la patrona, que en seguida se puso a encender el samovar. Tras de lo cual los inquilinos se dispersaron por sus habitaciones y se cerraron con llave. Pero yo no quise a ningún precio volverme a acostar y permanecí mucho tiempo en casa de la patrona, que se alegraba de tener a11í a un extraño capaz además de contarle cosas a propósito del asunto. El samovar fue bien venido, ya que generalmente el samovar es la cosa más indispensable en Rusia en todas las catástrofes y todas las desgracias, sobre todo las más espantosas, las más súbitas y más excéntricas; la misma madre bebió dos tazas de té, naturalmente después de toda clase de súplicas y casi a la fuerza. Y sin embargo, hablando sinceramente, no he visto jamás desesperación más cruel y más franca. Después de los primeros sollozos y de los gritos histéricos, comenzó a hablar incluso muy a gusto, y escuché ávidamente su relato. Hay desgraciados, sobre todo entre las mujeres, que necesitan en casos análogos hablar to más posible. Hay además caracteres tan trabajados, por así decirlo, por la desgracia, tan probados a todo lo largo de sus vidas, tan abrumados por las penas de todas clases, grandes y pequeñas, que nada les asombra ya, ni las catástrofes súbitas, e, incluso enfrente del cadáver del ser más querido, no olvidarán jamás una sola de las reglas, tan dolorosamente aprendidas, del arte de conciliarse la benevolencia. No condeno; no es ni egoísmo vulgar ni educación grosera; se encontrará tal vez en esos corazones más oro que en las heroínas de muy noble apariencia, pero la larga costumbre de la humillación, el instinto de la conservación, aprensiones perpetuas y una larga opresión, las rebajan al fin. En eso, la pobre suicida no se parecía a su madre. Pero de rostro eran muy parecidas, aunque la muerta fuera positivamente bella. La madre no era aún vieja, en los alrededores de la cincuentena; también era rubia, pero con los ojos hundidos y las mejillas huecas y grandes dientes amarillos y desiguales. Todo en ella era un poco amarillento: la piel de la cara y de las manos recordaban el pergamino; la bata, de co!or oscuro, había también amarilleado por la vejez y la uña del índice de su mano derecha, no sé por qué, estaba cuidadosamente recubierto de cera amarilla.

El relato de la pobre mujer carecía a veces de ilación. Contaré lo que he comprendido y aquello de lo que me acuerdo.

 

V

Ellas habían venido de Moscú. Ella era viuda desde hacía mucho tiempo, "pero viuda de consejero áulico" (75). Su marido había sido funcionario y no le había dejado casi nada, "salvo doscientos rublos de pensión, pero, ¿qué son doscientos rublos?" Ella había sin embargo educado a Olia, la había mandado al instituto... " ¡Y qué bien aprendía, qué bien aprendía! Había recibido a su salida la medalla de plata..." (Aquí, naturalmente, largos llantos.) Su marido había perdido en casa de un comerciante de Petersburgo un capitalito de cerca de cuatro mil rublos. Súbitamente ese comerciante había rehecho su fortuna.

-Tengo papeles, he visto a abogados, me han dicho: "Reclame, y seguramente cobrará toda la suma..." Es lo que hice, el comerciante se mostró tratable: " Vaya usted misma", me dijeron. Hemos hecho nuestras maletas, Olia y yo, y henos aquí desde hace ya un mes. Tenemos algunos recursos; hemos alquilado esta habitación porque es la más pequeña de todas, pero en una casa bien, nosotras mismas lo vemos, y para nosotras eso es lo que cuenta sobre todo: mujeres como nosotras, sin experiencia, todo el mundo podría hacernos daño. Mire, se le ha pagado a usted el mes, bien que mal, y es que Petersburgo cuesta mucho. Y nuestro comerciante que se niega a pagar: "No la conozco y no quiero conocerla", y mis papeles que no están en orden, bien lo veo yo misma. Me aconsejan ir a ver a un abogado célebre; ha sido profesor, no es un simple abogado, sino un jurista, de forma que debe decir seguramente to que hay que hacer. He ido a llevarle nuestros últimos quince rublos; ¡y bien!, se ha mostrado tal como es, y no me ha escuchado ni tres minutos: "Veo de qué se trata -ha dicho -, lo sé. Si quiere, pagará; si no quiere, no pagará. Si intenta usted un proceso, puede tener que pagar los gastos. Lo mejor es obrar amistosamente." Incluso ha bromeado con el Evangelio: "Haz la paz mientras estás en camino, antes de pagar lo último as." Me ha acompañado a la puerta riendo. ¡Quince rublos perdidos! Encuentro de nuevo a Olia, nos quedamos la una frente a la otra, y lloro... Ella no llora, se queda igual, orgullosa, indignada. Y así ha sido siempre toda su vida, incluso de pequeñita, nada de ¡oh! ni de ¡ah!, nada de lágrimas, se quedaba con los ojos severos, yo sentía hasta frío en la espalda al mirarla. Lo creerán ustedes si quieren; yo tenía miedo de ella, miedo de verdad desde hace mucho tiempo; a veces tenía ganas de quejarme, pero no me atrevía delante de ella. Volví a casa del comerciante una última vez, prorrumpí en lágrimas: "Bueno", dijo sin escuchar más. Debo decirles que, como no contábamos quedarnos tanto tiempo, estamos sin dinero. He vendido alguna ropa. La llevamos al Monte de Piedad y vivimos de ella. Todo se había ido ya. Entonces ella me ha dado su última camisa y yo he vertido una lágrima amarga. Ha golpeado con el pie, ha corrido ella misma a casa del comerciante. Es una viuda; le ha hablado así: "Venga mañana a las cinco, quizá tenga algo que decirle." Ella ha vuelto contenta: "He aquí que ha dicho que tendrá algo que decirme." Yo también estaba contenta, sólo que algo me oprimía el corazón: ¡va a pasar algo!, me decía, pero no tenía valor para hacerla hablar. A los dos días, vuelve de casa del comerciante, pálida, toda temblorosa, y se tira al lecho: yo había comprendido todo, no me atrevía ni a preguntarle. Bueno, ¿qué es lo que creen ustedes?: ha sacado quince rublos, el bandido: "Y si te encuentro virgen - le ha dicho -, añadiré todavía cuarenta más." Le ha dicho eso cara a cara, sin ruborizarse: Entoces ella se ha lanzado contra él, según me contó, pero él la ha rechazado con el pie y se ha encerrado con llave en otra habitación. Sin embargo, se lo confieso a ustedes, sobre mi conciencia, no teníamos casi nada que comer. Hemos cogido un bolero forrado de liebre y lo hemos vendido. En seguida ella ha ido al periódico y ha puesto un anuncio: Preparo para todas las ciencias y para la aritmética. "Me pagarán bien treinta copeques", me decía. Y al verla, yo, su madre, hasta rne espantaba. Ella no me decía nada, se quedaba sentada horas enteras a la ventana, para mirar el tejado de la casa de enfrente, luego lanzaba un grito:

"-Iré a lavar la ropa, iré a cavar si hace falta.

"Una palabra así y después golpeaba con el pie en el suelo. Y es que no tenemos amigos aquí, nadie a quien se pueda ir a buscar. ¿En qué vamos a parar? Y yo tengo siempre miedo de hablar con ella. Duerme en pléno día, de pronto se despierta, abre los ojos y me mira. Yo estoy sentada sobre el cofre y la miro también. Se levanta sin decir nada, se acerca a mí, me besa fuerte, fuerte, y las dos no aguantamos más, lloramos así y nos acobardamos la una por la otra. Era la primera vez que le sucedía eso en su vida. Estábamos así una y otra, cuando he aquí a vuestro Nastassia que entra y dice:

"-Hay una señora que pregunta por usted.

"Era hace cuatro días. Ella entra, la señora esa: muy bien vestida, hablando ruso, pero con una especie de acento alemán.

"-¿Ha insertado usted, un anuncio en el periódico? ¿Da usted lecciones?

"La hemos festejado, hemos hecho que se sentara, reía amablemente:

"-No es para mí, es para mi sobrina, que tiene hijos pequeños; venga a vernos, si quiere, y nos pondremos. de acuerdo.

"Ha dado su dirección: Voznessenski, número tal, partido tal. Y luego se ha marchado. Mi peqtieña Olio Ira ido a11í, ha corrido allí el mismo día. ¡Y bien!, ha vuelto dos horas después en plena histeria. Me ha contado en seguida:

-Le pregunto al dvornik: "¿Dónde está el apartamiento número tal?" El dvornik me mira: "¿Y qué es lo que necesita en ese apartamiento?" Dijo eso en forma extraña, tanto que se podía ya dudar algo.

Pero ella era tan orgullosa, tan impaciente, que no sufría las preguntas ni las groserías.

-Bueno, vaya -dijo el otro indicándole con el dedo la escalera.

"Le volvió la espalda y se metió en su cuartito. ¿Qué creen ustedes que pasó? Entra, pregunta y pronto acuden mujeres de todas partes.

"-¡Entre! ¡Entre! .

"Todas se precipitan riendo, cubiertas de joyas falsas, se toca el piano, la arrastran.

"-Yo quería huir, pero ellas no me dejaban.

" Ha cogido miedo, sus piernas no la sostienen; las otras no la soltaban, sino que le hablaban suavemente, tiernamente, la animaban; se descorchó una botella de Oporto, querían complacerla. Entonces ella se revolvió, lanzó injurias, toda temblorosa:

"-¡Dejadme! ¡Dejadme!

"Se arrojó contra la puerta, la sujetaron, ella gritaba. Entonces saltó la otra, la que había venido a casa, le dio a Olia dos bofetadas y la echó fuera.

" -No vales la pena, basura, no mereces habitar en una casa decente.

"Y otra le gritó en la escalera:

"-¡Eres tú misma quien ha venido a ofrecerse, porque no tienes nada que comer en tu casa; de otra forma, con esa jeta, no te habríamos ni mirado.

"Toda esa noche la pasó con fiebre y delirio. Por la mañana sus ojos brillaban. Se levanta:

"-Voy a querellarme.

"Yo no digo nada, pero pienso para mí: ¿cómo querellarse? No hay pruebas. Se pasea de arriba abajo, se retuerce las manos, las lágrimas le corren por las mejillas; pero aprieta los labios, inmóvil. Desde ese momento, todo el rostro se le ha ennegrecido, hasta el último instante. Dos días después se encontraba mejor, se la habría creído calmada. Entonces es cuando ha venido, a las cuatro de la tarde, el señor Versilov.

"Pues bien, lo diré francamente: no puedo todavía comprender cómo Olia, tan desconfiada, ha podido escucharlo ni siquiera la primera palabra. Lo que nos atraía a las dos era su aire serio, hasta severo, su forma de hablar dulce, tan educada, hasta respetuosa, y sin embargo no se veía en él halago alguno: se veía que eso procedía de su buen corazón:

"--He leído su anuncio en el periódico. No lo ha redactado exactamente como es preciso hacerlo, y eso podría hasta perjudicarla.

"Luego le ha explicado algo, no he comprendido bien, a propósito de la aritmética. Sólo he visto que Olia enrojecía (¡debe de ser un hombre muy inteligente! ). Oí incluso que ella le daba las gracias. Él le ha hecho preguntas, se veía que habitaba en Moscú desde hacía mucho tiempo, conocía personalmente a una directora de instituto.

"-La encontraré lecciones - dijo -, porque conozco a mucha gente aquí, puedo hasta preguntar a personas muy influyentes, a incluso si usted quiere una plaza permanente, se puede estar a la vista... Mientras tanto, perdóneme una pregunta directa: ¿En qué puedo ahora serle útil? No será usted quien tendrá que estarme agradecida, es usted, al contrario, quien me causará un placer si me permite hacerle un pequeño servicio. Me lo devolverá, si quiere, en cuanto haya usted obtenido una plaza. Para mí, créame bajo mí palabra de honor, si yo cayera un día en el estado en que está usted, y usted, por lo contrario, se hubiera hecho rica, ¡bien!, no tendría vergüenza de pedirle ayuda, le enviaría a mi mujer y a mi hija...

"No les diré todas sus palabras, desde luego, sólo que derramé una lágrima al ver los labios de Olia temblar de reconocimiento. Ella le respondió así:

"--Si acepto es porque tengo confianza en un hombre leal y humano que podría ser mi padre.

"Lo ha dicho así de bien, tan brevemente, tan noblemente: " ¡un hombre humano! " Él se levanta en seguida:

"-Nada de eso, nada de eso; le encontraré lecciones y una plaza, me ocuparé hoy mismo, tanto más cuanto que tiene usted títulos por completo suficientes...

"Pero yo había olvidado decirles que, en seguida, al entrar, él había examinado los diplomas de ella del instituto, y la interrogó sobre toda clase de temas.

"-¡Cómo me ha preguntado! - me ha dicho en seguida Olia-. ¡Qué inteligente es!, ¡qué agradable resulta hablar con un hombre tan culto, tan instruido... !

"Estaba toda resplandeciente de alegría. Había sesenta rublos sobre la mesa:

"-Recójalos - me dijo ella -; tendremos una plaza, los devolveremos lo antes posible, probaremos que somos personas honradas, puesto que, en cuanto a ser delicadas, él ha visto ya que lo somos. - En seguida se ha callado, yo veía que respiraba profundamente -. Si fuéramos gentes groseras, no habríamos tal vez aceptado, por orgullo, pero al aceptar, hemos mostrado así nuestra delicadeza, hemos demostrado que tenemos confianza en él, un hombre respetable de cabellos blancos, ¿no es verdad?

"Al principio no he comprendido y he dicho:

"-¿Y por qué, Olia, no aceptar un favor de un hombre noble y rico, si además tiene buen corazón?

"Ella frunció las cejas.

"-No, mamá, no es eso, no es de favor de lo que se trata, sino de humanidad. En cuanto a lo del dinero, habría quizá valido más no tomarlo: puesto que ha prometido encontrarme una plaza, eso bastaba... aunque tengamos mucha necesidad de él.

"Y yo:

"-Vamos, Olia, estamos en una situación como para no rehusar - y hasta me he reído al decir eso.

"Yo estaba contenta por mi parte, sólo que, una hora despues, ella vuelve al tema:

"-Espere un poco, mamá, antes de gastar ese dinero -dijo en tono categórico.

"-¿Cómo? - dije.

"-¡Sí, aguarde! - y no dijo nada más.

"Toda la tarde ha permanecido silenciosa; sólo a la noche, a las dos de la madrugada, me despierto y oigo a Olia revolverse en la cama:

"-Mamá, ¿no duerme?

"-No.

"-¿Sabe usted?, ha querido ofenderme.

"-¿Qué estás diciendo?

"-Seguramente, seguramente, y sobre todo no gaste un solo copec de su dinero.

"Yo iba a responderle, comenzaba incluso a llorar en mi cama, pero ella se volvió de cara a la pared diciendo:

"-¡No me responda, déjeme dormir!

"Por la mañana la miro y no la reconozco; lo creerán ustedes o no lo creerán, pero les juro delante de Dios, ¡ella había perdido ya la razón! Desde que se la había tratado así en aquella casa infame, su corazón no estaba en su sitio, y su razón tampoco... La miro, esa mañana, y no sé qué pensar; tengo miedo; me digo: no hay que contradecirla. Me pregunta:

"--Mamá, ¿no ha dejado su dirección?

"-Estás equivocada, Olia; le oíste hablar ayer, has hecho su elogio, en seguida has estado dispuesta a llorar lágrimas de reconocimiento.

"No le he dicho nada más, pero ella lanza gritos, patea:

"-Usted no tiene más que sentimientos bajos, se ve bien ahí, ¡la vieja educación de la esclavitud...!

"-¿Qué es lo que no me ha dicho...? Coge su sombrero, se escapa, y le grito en la escalera. Me digo: " ¿qué es lo que tiene?, ¿a dónde huye?" Había ido a la oficina de direcciones, para saber dónde habitaba el señor Versilov. Al volver, me dijo:

"-Hoy mismo voy a devolverle su dinero, se lo tiraré a la cara; ha querido ofenderme, lo mismo que Safronov (era nuestro comerciante), sólo que Safronov lo ha hecho como rudo mujik, y éste como astuto hipócrita.

"Exactamente en ese mismo momento, llama a la puerta ese señor de ayer:

"-Oigo. que se habla de Versilov; puedo daros noticias de Versilov.

"Al oír ese nombre de Versilov, ella se lanza sobre él, completamente furiosa: se pone a hablar. Yo la miraba y no creía en mis ojos: ¡ella, tan silenciosa! Jamás había hablado de aquella forma, y muchísimo menos a un desconocido. Sus mejillas estaban rojas, sus ojos brillantes... y él:

"-Tiene usted toda la razón. Versilov es exactamente como esos generales que se describen en los periódicos; el general se coloca todas sus condecoraciones y recorre todas las amas de llave que insertan anuncios en los periódicos, acude y encuentra lo que le hace falta; si no lo encuentra, se queda a charlar, promete montañas y maravillas y se vuelve, y es por lo menos una distracción que se ha procurado.

"Hasta Olia estalla en risotadas, pero es una especie de risa malvada. Ese señor la coge por la mano y se lleva esa mano a su corazón:

"-Yo mismo tengo cierto capital que podría siempre ofrecer a una bella, pero comienzo por besar esta gentil manecita...

"Y veo que la atrae para besarla. Ella salta, y yo con ella esta vez, y entre las dos lo ponemos en la puerta. Por la tarde Olia recoge el dinero, se va corriendo y vuelve diciendo:

"-¡Mamá, me he vengado de ese grosero!

"-¡Ah, mi pequeña Olia, tal vez es a nuestra fortuna a lo que hemos expulsado, has ofendido quizás a un hombre noble y bienhechor!

"Lloro de despecho; no podía aguantar más. Entonces ella me grita:

"-¡No quiero, no quiero! ¡Aunque fuera el hombre más honrado del mundo, no quiero sus limosnas! ¡No quiero que se tenga piedad de mí!

"Me acuesto sin una idea en el cerebro. ¡Cuántas veces lo he mirado, he mirado ese clavo que tiene usted en la pared, que ha quedado de algún espejo!; ¡pues bien!, no sospeché nada, ni ayer, ni antes, no adivinaba nada, y sobre todo no me esperaba eso de mi Olia. Duermo como de costumbre, a puños cerrados, ronco, es la sangre que se me sube a la cabeza. Otras veces me baja al corazón, y grito en el sueño; entonces Olia me despierta en la noche:

"-¿Qué significa eso, mamá? Duerme tan profundamente que no se consigue despertarla cuando hace falta.

"-¡Ah, sí!, mi pequeña Olia, duermo muy profundamente, muy profundamente.

"Por lo que hay que creer que yo roncaba así ayer. Es lo que ella esperaba: entonces se ha levantado sin temor. Había allí una correa de maleta, una larga correa que se arrastraba todos estos meses, bien a la vista. Todavía ayer mañana, yo me decía:

"-Habrá que arreglarla, que no se arrastre de esa forma.

"En seguida, sin duda, ha empujado la caja con el pie; para que no hiciese ruido, había puesto su camisa por debajo. Y, sin duda, me desperté mucho tiempo después, una hora larga o más. Llamo:

"-¡O1ía, Olia!

"Tuve de pronto una especie de visión para llamarla así. O bien era que no oía su respiración en la cama o bien distinguía en la oscuridad que su lecho parecía estar vacío. El caso es que me levanté de repente y alargo el brazo: ¡nadie en la cama, la almohada está fría! Entonces mi corazón se agita, estoy como sin conocimiento, mi razón se turba. "Ha debido salir" , me digo. Doy un paso y luego, cerca de la cama, en el rincón, delante de la puerta, me parece verla de pie. La miro sin decir nada y ella también, en la oscuridad, me mira sin hacer un movimiento... Pero, ¿por qué está de pie encima de la silla? Digo muy bajito:

"-Olia, tengo miedo. Olia, ¿me oyes?

Entonces de pronto todo se aclara, doy un paso, me lanzo con los brazos por delante sobre ella, la abrazo, y ella, ella se balancea entre mis manos, la agarro y continúa balanceándose. Entonces lo comprendo todo, y no quiero comprender... Quiero gritar, el grito no viene... ¡Ah!, ¡cuánto pienso! Caigo al suelo y entonces grito... (76).

-Vassine - dije al llegar la mañana, entre cinco y seis -, sin su Stebelkov, todo esto no habría tal vez sucedido.

-¿Quién sabe? Seguramente habría sucedido. No está permitido juzgar así; todo estaba ya preparado... Es cierto que a veces este Stebelkov...

No terminó y frunció desagradablemente las cejas. A eso de las seis se marchó; siempre estaba marchándose. Al fin, me quedé solo. Era de día. La cabeza me daba vueltas ligeramente. La imagen de Versilov me vino a la memoria: el relato de aquella señora lo mostraba bajo otra luz. Para reflexionar más cómodamente me estiré en la cama de Vassine, tal como estaba, vestido y calzado, sin la menor intención de dormir, y de pronto me quedé dormido, no recuerdo ni cómo pasó, Dormí cerca de cuatro horas; nadie me despertó.

 

CAPÍTULO X

I

Me desperté a las diez y media y durante mucho tiempo no creí en mis ojos: sobre el diván donde había dormido la víspera, estaba sentada mi madre, y al lado de ella la infortunada vecina, la madre de la suicida. Las dos estaban cogidas de la mano y conversaban en voz baja, sin duda para no despertarme, y las dos lloraban. Me levanté y me precipité a abrazar a mi madre. Toda radiante, me besó y me hizo tres veces la señal de la cruz con la mano derecha. No habíamos pronunciado ni una palabra, cuando la puerta se abrió: Versilov y Vassine entraron. Mi madre inmediatamente se levantó, llevándose a la vecina. Vassine me tendió la mano; Versilov no me dijo una palabra y se dejó caer en la butaca. Mi madre y él estaban allí seguramente desde hacía algún tiempo. Su rostro estaba tenso y preocupado.

-Lo que más lamento - le explicaba lentamente a Vassine, continuando sin duda la conversación comenzada - es no haber podido arreglar todo eso ayer tarde. ¡Esta terrible historia no habría sucedido sin duda! Apenas ella se escapó de mi casa, decidí por mi parte seguirla hasta aquí y sacarla de su error, pero ese asunto imprevisto y urgente, que además habría podido muy bien aplazar hasta hoy... a incluso durante una semana, ese lamentable asunto ha impedido todo y todo lo ha estropeado. ¡Las cosas que pasan!

-Tal vez no hubiera usted conseguido convencerla. Aparte de usted, había ya mucho rencor acumulado - observó incidentalmente ~ Vassine.

-No, yo habría triunfado. Seguramente habría triunfado. Tenía incluso una idea en la cabeza, enviar en mi lugar a Sofía Andreievna. La idea me atravesó el espíritu, pero no hizo más que atravesarlo. Sofía Andreievna habría triunfado y la desgraciada estaría todavía viva. No, jamás me meteré... en "buenas acciones..." ¡Para una vez que me he metido! ¡Y yo que pensaba que era aún de mi tiempo, y que comprendía a la juventud moderna! Sí, vuestros viejos cerebros han envejecido ya antes de madurar. A propósito, hay una cantidad espantosa de hombres que, por costumbre, continúan considerándose de la joven generación porque todavía ayer lo eran, y no se dan cuenta de que están ya para el arrastre.

-Aquí ha habido un equívoco, una confusión demasiado evidente - observó Vassine atinadamente -. Su madre dice que después de la terrible ofensa de la casa pública ella había algo así como perdido la razón. Añada a eso las demás circunstancias, la primera ofensa del comerciante... todo habría podido producirse en otros tiempos exactamente de la misma forma y no caracteriza en absoluto, según yo, a la juventud de hoy.

-Es más bien impaciente la juventud de hoy, sin hablar, claro es, de esa mediocre comprensión de la realidad que es propia sin duda de la juventud de todos los tiempos, pero más aún de la juventud de hoy... Dígame, ¿y qué ha pintado en esto el señor Stebelkov?

-El señor Stebelkov es la causa de todo. - Era yo el que intervenía en la conversación -. Sin él, no habría sucedido nada; ha echado aceite al fuego.

Versilov escuchó, pero no me miró. Vassine hizo una mueca de desagrado.

-Me reprocho también una circunstancia ridícula - continuó Versilov sin apresurarse y arrastrando las palabras -. Me parece que, de acuerdo con mi mala costumbre, me he permitido con ella una especie de alegría, una risita ligera, en una palabra, no he sido bastante cortante, seco y sombrío, tres cualidades que, según creo, son también muy apreciadas por nuestra joven generación... En una palabra, le he dado motivo para tomarme por un Céladon ambulante.

-Todo lo contrario -interrumpí de nuevo violentamente -, la madre asegura que usted ha producido una excelente impresión precisamente por su seriedad, incluso su severidad, su sinceridad. Éstas son sus mismas palabras. La difunta, poco después de marcharse usted, ha hecho su elogio precisamente en ese sentido.

-¿Si...í?-balbució Versilov, lanzándome al fin una mirada furtiva -. Tome, pues, ese papel, es indispensable para el caso -..- dijo, tendiendo un trocito minúsculo de papel a Vassine.

Vassine lo cogió, y, viendo que yo miraba con curiosidad, me lo dio a leer. Era una nota, dos líneas irregulares garrapateadas con lápiz y probablemente en la oscuridad:

"Mamá, mi querida mamá, perdóneme por haber fracasado en el comienzo de mi vida. Su Olia que le ha causado dolor."

-Se ha encontrado esta mañana - explicó Vassine.

-¡Qué billete tan singular! - exclamé, asombrado.

-¿En qué es singular? - preguntó Vassine.

-¿Es que se puede, en un instante como ése, escribir en ese estilo humorístico?

Vassine me miró con aire inquisitivo.

-Este humor es singular - continué -, es jerga escolar... Y bien, ¿quién, pues, en un momento así y en una nota a su infortunada madre, a su madre a quien ella amaba, se ve bien claro, puede escribir: "por haber fracasado en el comienzo de mi vida"?

-¿Y por qué no? - Vassine continuaba sin comprender.

-Aquí no hay el más mínimo humor - observó al fin Versilov -. La expresión sin duda es impropia, chirría, ha podido nacer en efecto de alguna jerga escolar o de cualquier germanía, como tú has dicho, o bien hasta puede provenir de cualquier novela de folletín, pero la difunta, al emplearla, no ha observado seguramente que no encajaba en el tono y, créame, la ha empleado en esa terrible nota con completa inocencia y seriedad.

-Eso es imposi