Resurrección
Digitalizado por: René Contreras
Entonces se le acercó Pedro y le
preguntó: " Señor, ¿cuántas ve-
ces he de perdonar a mi hermano
si peca contra mí? ¿Hasta siete
veces? " Dícele Jesús: "No digo
yo hasta siete veces, sino hasta
setenta veces siete."
SAN MATEO, 18, 21-22.
¿Cómo ves la paja en el ojo de
tu hermano y no ves la viga en
el tuyo?
SAN MATEO, 7, 3.
El que de vosotros esté sin pe-
cado, arrójele la piedra el pri-
mero.
SAN JUAN, 8, 7.
Ningún discípulo está sobre su
maestro; para ser perfecto ha de
ser como su maestro.
SAN LUCAS, 6, 40.
PRIMERA PARTE
I
En vano los hombres, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuraban mutilar la tierra sobre la cual se apretujaban; en vano la cubrían de piedras a fin de que nada pudiese germinar en ella; en vano arrancaban todas las briznas de hierba y ensuciaban el aire con el carbón y el petróleo; en vano cortaban los árboles y ponían en fuga a los animales ya los pájaros; la primavera era la primavera, incluso en la ciudad. El sol calentaba, brotaba la hierba y verdeaba en todos los sitios donde no la habían arrancado, tanto en los céspedes de los jardines como entre las grietas del pavimento; los chopos, los álamos y los cerezos desplegaban sus brillantes y perfumadas hojas; los tilos hinchaban sus botones a punto de abrirse; las chovas, los gorriones y las palomas trabajaban gozosamente en sus nidos, y las moscas, calentadas .por el sol, bordoneaban en las paredes. Todo estaba radiante. Únicamente los hombres, los adultos, continuaban atormentándose y tendiéndose trampas mutuamente. Consideraban que no era aquella mañana de primavera, aquella belleza divina del mundo creado para la felicidad de todos los seres vivientes, belleza que predisponía a la paz, a la unión y al amor, lo que era sagrado e importante; lo importante para ellos era imaginar el mayor número posible de medios para convertirse en amos los unos de los otros.
Así, en la oficina de la prisión de una cabeza de partido se consideraba como sagrado e importante no el hecho de que la primavera regocijase y encantase a todos los hombres ya todos los animales, sino el de. haber recibido la víspera una hoja timbrada y numerada que contenía la orden de conducir aquel mismo día, 28 de abril, a las nueve de la mañana, al Palacio de Justicia a tres detenidos: dos mujeres y un hombre. Una de esas mujeres, considerada la más culpable, debía ser conducida por separado. Y he aquí que, de conformidad con semejante aviso, el 28 de abril, ,a las ocho de la mañana, el vigilante jefe entró en el sombrío e infecto coorredor del departamento de mujeres. Iba seguido por la vigilanta, mujer de aspecto cansado, de cabellera gris, vestida con una camisola cuyas mangas estaban adornadas de galones y la cintura recamada de azul.
-¿Viene usted a buscar a Maslova? -preguntó, acercándose con el guardián a una de las celdas que daban al corredor.
El vigilante, con un ruido de chatarra, hizo funcionar. a cerradura y abrió la puerta, por la que se escapó un aire más nauseabundo aún que el del pasillo.
-¡Maslova! ¡Al tribunal! -gritó.
Luego cerró la puerta y aguardó.
Incluso en el patio de la prisión, el aire que llegaba de los campos era fresco y vivificante. Pero en .aquel corredor, la atmósfera se mantenía pesada y malsana, infectada de estiércol, de podredumbre y de brea, lo que hacía que todo recién llegado, desde el mismo momento de su entrada, se pusiera tríste y taciturno. La vigilanta lo notó también, por muy acostumbrada que estuviese a aquel aire viciado. Apenas entró en el comedor experimentó una especie de fatiga y somnolencia. .
En la celda común de las presas se oían voces y el ruido de pasos producidos por pies descalzos.
-¡Vamos! ¡Más aprisa! ¡Te digo que te apresures, Maslova! -gritó el vigilante jefe por la rendija de la puerta entornada.
Dos minutos después apareció una mujer joven, bajita, de pecho amplio, vestida con un capotón de tela gris puesto encima de una camisola y de una saya blanca.
Con paso seguro se acercó al vigilante y se detuvo a su lado. Llevaba medias de tela y, como calzado, unos trapos bastos arreglados en la misma cárcel a manera de zapatos; se cubría la cabeza con una pañoleta blanca que coquetamente dejaba escapar los bucles de una abundante cabellera negra. Su rostro tenía esa palidez particular que sigue a un largo enclaustramiento y que recuerda el tinte de las simientes de patatas guardadas en los sótanos. La misma palidez había invadido igualmente sus manos, pequeñas y anchas, y su cuello lleno, que emergía de la gran abertura del capotón. y en aquel color mate del rostro se destacaban unos ojos negros, brillantes y vivos, uno de los cuales bizqueaba ligeramente.
La joven se mantenía erguida, adelantando su amplio busto. Al llegar al corredor levantó la cabeza, miró directamente al vigilante a la cara y se detuvo en una actitud que daba a entender que estaba dispuesta a hacer todo lo que se le mandase. La puerta de la celda iba a cerrarse cuando apareció el rostro pálido, arrugado y severo de una anciana que se puso a hablarle a Maslova. Pero el vigilante rechazó con el batiente de la puerta la cabeza de la presa, que desapareció. Una risa de mujeres resonó en el interior. Maslova sonrió igualmente y se acercó a la mirilla enrejada. Desde el otro lado la vieja le gritó con voz ronca:
-¡Sobre todo, procura no decir demasiado! ¡Repite siempre lo mismo y nada más!
-¡Bah! -dijo Maslova sacudiendo la cabeza-. Me pase lo que me pase, nada podrá ser peor de lo que es. Todo es una misma cosa.
-Desde luego que todo es una cosa, y no dos -dijo el vigilante jefe, convencido de haber hecho un brillante juego de palabras -.¡Vamos, en marcha!
El ojo de la vieja, pegado tras la mirilla de la puerta desapareció y .Maslova siguió al guardián con cortos y precipitados pasos. Bajaron la ancha escalera de piedra, pasaron ante las celdas de los hombres, más malolientes aún y más ruiidosas que las de las mujeres, y, bajo las miradas de los inquilinos de las celdas, llegaron así a la oficina de la cárcel, donde aguardaban dos soldados con el fusil en bandolera. El escribiente que se encontraba allí dio a uno de los soldados una hoja impregnada de olor a tabaco y dijo, señalando a la detenida:
-Hazte cargo.
El soldado, un campesino de Nijni-Novgorod, de cara marcada por la viruela, se puso el papel en la vuelta de la manga, sonrió y guiñó maliciosamente los ojos a su camarada, un chuvaco de anchos pómulos prominentes. Los soldados y la presa salieron de la oficina y luego franquearon la gran verja
de la cárcel.
El grupo caminó por la ciudad por el centro de la calzada. Los cocheros, los tenderos, las cocineras, los obreros y los empleados se detenían, examinando con curiosidad a la presa. Algunos sacudían la cabeza y pensaban: "He ahí adónde lleva una mala conducta, que afortunadamente no se parece a la nuestra." Los niños miraban con espanto a "aquella criminab", pero se tranquilizaban a la vista de los soldados que la ponían en la imposibilidad de hacer daño. Un campesino que acababa de tomar té en la posada y vendía carbón se acercó a ella, hizo la señal de la cruz y le entregó un copec. La joven enrojeció, bajó la cabeza y murmuró algunas palabras.
Sintiendo miradas fijas en ella, observaba sin volver la cabeza a quienes se quedaban contemplándola al pasar, divertida por verse objeto de tanta atención. Gozaba también de la dulzura del aire primaveral al salir de la atmósfera malsana de la cárcel.
Pero, habiendo perdido la costumbre de caminar, con sus zapatos de trapo se lastimaba al pisar sobre las piedras, esforzándose por no apoyarse demasiado en el suelo. Al pasar ante la tienda de un vendedor de harina en cuyo umbral picoteaban algunas palomas, la presa estuvo a punto de pisar a una de ellas. Ésta levantó el vuelo y, con un batido de alas, casi rozó la oreja de MasIova. Ella sonrió; luego, al recordar su situación lanzó un profundo suspiro.
II
La historia de la acusada Maslova era de las más triviales.
Maslova era hija natural de una guardiana de ganado en la finca de dos viejas señoritas. Aquella mujer, soltera, traía un niño al mundo cada año. Como sucede ordinariamente, los pobres pequeños, nada más nacer, eran bautizados, y luego no tardaban en morir. La madre en efecto no quería alimentar a aquellos niños venidos sin que ella los pidiese, de los que no tenía necesidad y que la impedían trabajar.
Hasta el número de cinco, todos se habían ido así. El sexto, nacido de un gitano de paso, era una niña, y su suerte habría sido la misma si el azar no hubiese llevado a una de las dos viejas señoritas a entrar en el establo para hacer reproches con motivo de una cierta nata que tenía gusto a vaca. Encontró allí a la parturienta tendida en tierra, con una niña muy hermosa a su lado que no pedía más que vivir. La vieja señorita reprochó a las sirvientas, además de la nata, haber dejado en aquel lugar a una mujer en ese estado. Luego, cuando se disponía a salir, percibió a la niña, se enterneció e incluso expresó el deseo de ser su madrina. Hizo, pues, bautizar a la pequeñuela y, apiadándose de su ahijada, mandó dar a la madre leche y un poco de dinero. Así, la niña pudo vivir.
Tenía tres años cuando su madre cayó enferma y murió. y como su abuela, también guardiana de ganado, no sabía qué hacer de ella, las dos viejas señoritas la acogieron en su casa. Con sus grandes ojos negros, era una niñita extraordinariamente viva y graciosa, y las dos ancianas se divertían viéndola. La más joven, y también la más indulgente, se llamaba Sofía Ivanovna; era la madrina de la niña. La mayor, María Ivanovna, se inclinaba más bien a la severidad. Sofía Ivanovna vestía a la niña, la enseñaba a leer y soñaba con hacer de ella una hija adoptiva. María Ivanovna, por el contrario, pretendía hacer de ella una sirvienta, una complaciente doncella. Partiendo de este principio, se mostraba exigente, daba órdenes a la niña y, en sus accesos de mal humor, incluso llegaba a pegarla. Cuando la niña creció, resultó que, debido a estas dos influencias .divergentes, se encontró siendo a medias una doncella ya medlas una señorita. Así, le daban un nombre correspondiente a esta situación intermedia: en efecto, no la llamaban ni Katka ni Kategnka, sino Katucha. Ella cosía, arreglaba las habitaciones, limpiaba el icono, servía el café y hacía lavados pequeños. De vez en cuando acompañaba a las señoritas y les leía.
Varias veces la habían solicitado en matrimonio, pero siempre se había negado: mimada por el contacto con la existencia regañona de las dueñas, comprendía cuán difícil le resultaría vivir con un rudo trabajador.
Hasta la edad de dieciocho años había vivido de esta manera. Por aquella época llegó a casa de las viejas señoritas su sobrino, entonces estudiante y rico príncipe además; y Katucha lo había amado, sin osar confesárselo ni a él ni a sí misma. Dos años después, el joven, en camino para la guerra contra los turcos, se detuvo durante cuatro días en casa de sus tías. Pero antes de su partida sedujo a Katucha; en el último instante le deslizó rápidamente un billete de cien rublos y partió. Cinco meses después, la muchacha no podía ya dudar de que estaba en cinta.
A partir de ese momento, todo le pesaba, y su único pensamiento era conjurar la vergüenza que la amenazaba; servía a las ancianas señoritas, pero negligentemente y de mala gana: era algo más fuerte que ella. Se insolentaba con las ancianas y se arrepentía después. Finalmente, ella misma solicitó marcharse y nadie se opuso.
Después que hubo abandonado a sus protectoras, entró como doncella en casa de un comisario de policía rural; pero el comisario, un viejo de más de cincuenta años, se apresuró a hacerle la corte, de forma que no pudo quedarse en casa de él más de tres meses. Como un día se hubiera mostrado más audaz aún, ella lo trató de imbécil y de viejo verde, y él la despidió por su impertinencia. Ya no podía pensar en buscar otro puesto, porque se acercaba el término de su embarazo. Entonces entró en pensión en casa de una viuda que tenía una taberna y era al mismo tiempo comadrona. El parto se realizó sin que tuviese que sufrir demasiado. Pero la comadrona, habiendo tenido que dirigirse al pueblo a asistir a una aldeana, pegó la fiebre puerperal a Katucha. El niño de ésta cayó igualmente enfermo. Hubo que enviarlo a un hospicio, donde murió en presencia de la mujer que lo condujo allí.
Por toda riqueza, Katucha estaba en posesión de ciento veintisiete rublos: veintisiete ganados por ella y cien rublos que le había entregado su seductor. Pero al salir de casa de la comadrona no le quedaban más que seis. El dinero se le derretía en los dedos, bien por culpa de ella, bien sobre todo por culpa de los demás: se lo daba a quien lo quería. Sus dos meses de pensión en casa de la comadrona le habían costado cuarenta rublos; veinticinco se habían empleado para enviar al niño al hospicio; luego, en forma de préstamo y pretextando la compra de una vaca, la comadrona le había sacado cuarenta rublos más; quedaban veinte rublos y Katucha los había gastado sin saber cómo, en adquisiciones inútiles o en regalos; así, cuando estuvo curada, no tenía ya dinero y se encontraba en la obligación de buscar un puesto. Aceptó uno en casa de un guardia forestal, que estaba casado. Pero, lo mismo que el comisario, éste se puso, desde el primer día, a perseguirla con sus asiduidades. A la joven sirvienta le repugnaba, y procuraba defenderse de sus tentativas. Pero su amo la sobrepasaba en experiencia y en astucia y, justamente porque era el amo, podía darle las órdenes que convenían a sus propósitos; habiendo, pues, acechado el momento propicio, consiguió poseerla. Sin embargo, su mujer, que no tardó en saberlo, sorprendió un día a su marido en una habitación hablando a solas con Katucha, y golpeó a esta última en la cara. Se originó entonces una pelea, y esto fue el pretexto para despedir a la sirvienta sin pagarle su salario.
Entonces, Katucha se dirigió a la ciudad, a casa de una tía suya casada con un encuadernador. En otros tiempos, éste había estado en buena situación, pero sus clientes lo habían abandonado; se había entregado a la embriaguez y se gastaba en la taberna todo el dinero que podía procurarse.
Los magros beneficios de un pequeño establecimiento de lavandería explotado por la tía permitían a ésta proveer a la alimentación de sus hijos y al sostenimiento de su borracho marido. Ofreció a Katucha enseñarle su oficio. Pero la existencia de las obreras empleadas en casa de su tía pareció tan penosa a la muchacha, que su sola vista la hizo vacilar y prefirió recurrir a una oficina de colocación y pedir alli un empleo de sirvienta. En efecto, encontró uno en casa de una dama viuda que vivía con sus dos hijos, todavía en el colegio. El mayor era alumno de sexto año, de bigote incipiente, y no llevaba una semana en la casa la bonita criada, cuando él descuidaba sus estudios para hacerle la corte. Pero la madre se dio cuenta y la despidió. No había otro empleo a la vista.
No obstante, Katucha entabló conocimiento un día en la oficina de colocaciones con una dama cuyas carnosas manos estaban sobrecargadas de sortijas y brazaletes. Puesta al corriente de la situación de la joven, la dama le dio su direcci6n y la invitó a ir a verla, cosa que hizo Katucha. Recibió de la dama la acogida más afable, fue colmada de pastelillos y de vino azucarado y retenida hasta la noche, no sin que, en el intervalo, una doncella portadora de una esquela hubiese sido enviada afuera. Llegada la noche, un hombre de alta estatura, con barba y largos cabellos grises, penetró en la habitación y con ojos brillantes y labios risueños fue a sentarse cerca de Katucha y se puso a examinarla ya bromear con ella. La dama lo llamó un momento a la habitación contigua y algunas palabras llegaron a oídos de Katucha: "Completamente fresca, viene directamente del campo." A continuación, la dama la hizo venir a ella y le dijo que aquel anciano señor era un escritor que tenía mucho dinero: dependía de ella saber agradarle y, en en ese caso, él le daría mucho. En efecto, ella le agradó, y el escritor le dio veinticinco rublos y prometió que vendría a verla con frecuencia. Katucha se dio prisa en gastar el dinero, empleando una parte en pagar la pensión que debía a su tía y el resto en comprarse un vestido, un sombrero y cintas. Al cabo de algunos días recibió un aviso del escritor para una nueva cita; y, como la primera vez, él le dio veinticinco rublos y la animó a instalarse en una habitación amueblada.
Habiéndole alquilado el escritor un apartamento, Katucha conoció alli a un dependiente, muchacho divertido que vivía en una habitación que daba al mismo patio. Habiéndose enamorado de él, fue abandonada por el escritor, a quien le había contado lo que ocurría; y el dependiente no tardó en abandonarla igualmente, aunque le había prometido casarse con ella. Encontraba agradable vivir así, sola, en una habitación amueblada y se proponía continuar; pero la informaron de que eso no le estaba permitido: para obtener la autorización oportuna, si querla vlvlr de aquella manera, tendría que proveerse en la comisaría de policía de un billete amarillo y someterse al examen médico. Katucha volvió a casa de su tía, y cuando ésta la vio con un vestido a la moda, con un hermoso sombrero y un abrigo, la recibió con respeto y no se atrevió ya a renovarle su proposición de tomarla en su taller; a sus ojos se había elevado ahora a una categoría superior en la sociedad. Por lo demás, la misma Maslova no podía ya pensar en convertirse en lavandera. Provisionalmente, podía desde luego consentir aún en residir en casa de su tía; pero a su piedad se mezclaba un poco de desprecio cuando consideraba la vida de trabajos forzados que llevaban en el taller las lavanderas, pálidas y delgadas en su mayoría, algunas ya roídas por la tuberculosis, agotadas por el lavado y el planchado y sometidas a treinta grados de calor con la ventana abierta en invierno y en verano. Maslova entonces se encontraba completamente sin dinero y en la imposibilidad de hallar un solo protector, y por esta época se encontró en su camino con una alcahueta encargada de recoger muchachas para las casas de tolerancia.
Desde hacía ya mucho tiempo, Maslova había contraído la costumbre de fumar; además se había dedicado a beber, sobre todo al final de sus relaciones con el dependiente. El aguardiente la atraía; en primer lugar porque le encontraba un gusto agradable, pero más aún porque le permitía olvidar todas las miserias del pasado y le daba un aplomo, una superioridad que ella no tenía de otro modo; por el contrario, sin beber, experimentaba fastidio y el sentimiento de su vergüenza. Antes que nada, la alcahueta empezó, pues, invitándola a una comida donde la emborrachó; después de lo cual, le ofreció hacerla entrar en la casa más hermosa y mejor de la ciudad, resaltándole todas las ventajas y todos los privilegios de la existencia que la aguardaba alli. Maslova, por tanto, tenía que elegir; por un lado, la humillación de ser criada y probablemente objeto de las persecuciones de los hombres, con la sola perspectiva de una prostitución clandestina y sin provecho; por el otro, una situación segura y tranquila, una prostitución declarada, muy lucrativa, bajo la protección de la ley. Se decidió, pues, por el segundo partido, que le daba además la ilusión de una especie de venganza contra el príncipe que la había seducido, contra el dependiente y contra todos los hombres a los que tenía motivos para detestar. Sin embargo, había para decidirla una tentación más poderosa; era la promesa hecha por la alcahueta de que tendría libertad para elegir todos los vestidos que le agradaran: de terciopelo, de brocado, de seda, y vestidos de baile que dejan al descubierto los hombros y los brazos. Maslova se vio ya, con el pensamiento, con un vestido de seda, de color amarillo claro; escotado y adornado con vueltas de terciopelo negro; entonces, no pudo resistir y firmó su compromiso. Inmediatamente fue pedido un coche y la alcahueta condujo a Maslova a una casa conocida y bien reputada en toda la ciudad: la casa de la señora Kitaieva. Aquel día marcó para Maslova el principio de una existencia que consiste en violar sin descanso las léyes divinas y humanas, esa vida a la que actualmente están condenadas centenares de miles de mujeres, no solamente con la autorización del poder legal, cuidadoso del bienestar de sus administrados, sino bajo su protección efectiva: vida degradada, monstruosa, que tiene por consecuencia, en nueve de cada diez casos, la decrepitud y la muerte prematura, después de horribles sufrimientos.
Por la mañana, luego durante la mayor parte del día, es un sueño pesado, después de las orgías nocturnas. Hacia las tres o las cuatro de la tarde, un despertar extenuado, entre sábanas llenas de manchas; tomas, a sorbos, de café y de agua de Seltz; luego, en camisa, en peinador, en camisola, vagar ociosamente por las habitaciones, echando de cuando en cuando alguna mirada hacia la calle, por la ventana con las cortinas corridas; luego, aburridas, las mujeres se querellan; hay que lavarse, maquillarse el rostro, comprimir hasta el ahogo el cuerpo en un corsé, elegir un nuevo vestido y disputar para eso con la patrona, estudiar ante el espejo posturas sugestivas, cubrirse las mejillas de colorete y pintarse las cejas con khol, ingerir comidas grasas y almibaradas, endosarse un vestido de seda bajo el cual el cuerpo está medio desnudo, bajar a un salón donde los adornos chispean a las luces y, por último, recibir a los clientes: música, bailes, bombones, vino, tabaco. Después de eso, el comercio carnal con hombres jóvenes o maduros, adolescentes y viejos que renquean; solteros y casados; comerciantes, dependientes, armenios, judíos y tártaros; ricos y pobres; hombres sanos y enfermos; borrachos y sobrios; brutos y mundanos; soldados, funcionarios, estudiantes, colegiales; con gente de todas las clases, de todas las edades, de todos los temperamentos. Gritos, burlas y risas, y música, y tabaco, y vino, y otra vez vino y tabaco, y otra vez música, y así desde el crepúsculo al amanecer. y solamente llegada la mañana, la liberación y el sueño pesado. y todos los días así, desde el comienzo al final de la semana. Luego, al cabo de cada semana, la visita impuesta por la ley a la comisaría de policía. Los médicos y los funcionarios presen.tes se muestran un día graves y rudos. otro día su distracción consiste en humillar el pudor natural que debería proteger tanto a las criaturas humanas como a las bestias. Es la inspección de las mujeres, devueltas con licencia de continuar, durante toda la semana. que va a seguir, cometiendo los crímenes de lesa humanidad realizados con sus cómplices la semana anterior. Y así todos !os. días, los laborables como los festivos, en verano como en invierno.
Durante siete años, Maslova vivió esta vida. Con el intervalo de una estancia en un hospital, cambió dos veces de casa. Tenía veintiséis años cuando se produjo el acontecimiento por el cual la habían detenido y que la llevaba, en. prisión preventiva ya desde hacía seis meses, ante el tribunal de la Audiencia.
III
En el mismo momento en que Maslova, fatigada por una larga marcha, se acercaba con sus guardas a los edificios del tribunal, el sobrino de sus antiguas amas, el príncipe Dmitri Ivanovitch Nejludov, su seductor de antaño, estaba aún acostado sobre el blando colchón de plumas, en su gran cama de muelles. Vestido con un camisón de dormir de tela de Holanda, con una pechera finamente plisada, fumaba un cigarrillo y, con los ojos en el vacio, reflexionaba sobre lo que había hecho la víspera y sobre lo que tendría que hacer aquel día.
Recordó que la víspera había. pasado la velada en casa de los Kortchaguin. Eran gentes muy ricas, muy honorables y, según opinión general, él debía casarse con su hija. Al recordar esto, suspiró; luego tiró su cigarrillo y alargó el brazo para coger otro de una pitillera de plata. Pero bruscamente cambió de idea y se decidió a incorporar su pesado cuerpo para echar fuera de la cama sus blancos y lisos pies y calzarlos con pantuflas. Recubrió seguidamente sus anchos hombros con un peinador de seda y, con paso pesado pero vivo, abandonó su alcoba para pasar al lado, a un gabinete de tocador impregnado de olor a elixires, agua de Colonia y perfumes. En varios sitios, sus dientes estaban rellenos o sujetos con plomo: empezó por cepillárselos con cuidado, con un polvo especial, y en seguida se los enjuagó con un agua perfumada; luego, con un jabón oloroso, se lavó las manos en un lavabo de mármol y puso gran cuidado en limpiar y pulir sus uñas, que conservaba muy largas. Terminado esto, abrió del todo el grifo del lavabo y se lavó la cara, las orejas y el cuello. En una tercera pieza, adonde pasó seguidamente, había instalado un aparato de duchas, cuyo surtidor de agua fría accionó a fin de refrescarse su musculoso y blanco cuerpo, ya pesado por la grasa. Se secó con un trapo-esponja, se puso ropa blanca bien planchada, se ca1zó sus botines brillantes como espejos, se sentó delante de la luna del tocador y, sirviéndose de un doble juego de cepillos, se peinó primero los bucles de su corta barba negra, y luego los cabellos, que ya le clareaban en la coronilla.
Para su vestimenta no empleaba nunca nada -ropa blanca, trajes, calzados, corbatas, alfileres, pasadores- que no fuese a la vez de primera calidad, simple y poco llamativo, pero sólido y caro.
Habiendo cogido, entre una docena de corbatas y otros tantos alfileres, los que le vinieron más a mano (en otros tiempos le habría divertido elegir, pero ya hoy esto no le decía nada), Nejludov se puso el traje que encontró cepillado y preparado sobre una silla y, aunque incompletamente refrescado, pero limpio y perfumado, entró en el largo comedor cuyo entarimado había sido encerado la víspera por tres mujiks. Este comedor estaba amueblado con un enorme aparador de roble y una mesa extensible, igualmente de roble, con las patas esculpidas en forma de garras de león y ampliamente separadas, lo que daba a aquel mueble un aspecto imponente. La mesa estaba recubierta por un mantel fino, y sobre ella había una cafetera de plata llena de oloroso café, un azucarero también de plata, una ponchera llena de nata, y panecillos frescos, así como bizcochos, en una cesti1la. El correo de la mañana había sido colocado cerca de! cubierto: cartas, periódicos y un ejemplar de la Revue Jes Deux Mondes. Cuando Nejludov iba a abrir las cartas, la puerta que daba acceso al corredor se abrió para dar paso a una mujer alta, ya de edad, vestida de negro y tocada con una pañoleta de encajes. Era Agrafena Petrovna, doncella de la difunta princesa, la madre de Nejludov, ésta muerta recientemente en la misma casa. La doncella de la madre ejercía ahora con el hijo las funciones de ama de llaves.
Durante un período de diez años, Agrafena Petrovna había hecho, con la madre de Nejludov, estancias prolongadas en el extranjero, y esto le había dado el porte y los modales de una dama. Estaba desde su infancia en la casa de los Nejludov, y así había conocido a Dmitri Ivanovitch cuando éste era solamente "Mitegnka".
-Buenos días, Dmitri Ivanovitch -dijo ella.
-Buenos días, Agrafena Petrovna. ¿ Qué hay de nuevo? - preguntó Nejludov.
-Es una carta de la princesa -respondió ella -.No sé si es de la señora o de la señorita. La doncella de los Kort chaguin la ha traído hace ya bastante tiempo y espera en mi habitación.
Y tendiendo la misiva, Agrafena Petrovna sonrió significativa.
Nejludov cogió la carta y respondió: -Está bien; que espere un momento.
Pero al mismo tiempo había visto la sonrisa de Agrafena Petrovna y se había ensombrecido, a causa del significado de aquella sonrisa: evidentemente, Agrafena Petrovna no ignoraba que la carta procedía de la joven princesa Kortchaguin, con quien, probablemente, iba a casarse su amo. y esta suposición le resultaba desagradable a Nejludov.
-Entonces -dijo Agrafena Petrovna -, voy a avisar a la doncella que siga esperando.
Previamente volvió a colocar en el sitio que le estaba asignado un cepillo de mesa que alguien había movido y abandonó la estancia.
Nejludov abrió el sobre perfumado entregado por Agrafena Petrovna; la carta que abrió estaba escrita sobre un papel gris y grueso, con una letra suelta de rasgos puntiagudos. Y leyó:
"Habiéndome encargado voluntariamente de recordarle las cosas, le traigo a la memoria que hoy, 28 de abril, debe usted formar parte de! jurado en el tribunal de la Audiencia y que por consiguiente no le será posible en absoluto acompañarnos, con Kolossov, a visitar la galería de cuadros, según la promesa hecha por usted ayer con su habitual falta de reflexión; à moins que vous ne soyez disposé à payer a la cour d'assises les 300 roulbles d'amende que vous vous refusez pour votre cheval. Pensé en esto ayer, inmediatamente después que se marchó. ¡Piense usted ahora por su parte!
"Princesa M. Kortchaguin."
La otra página llevaba escrito:
"Maman vous fait dire que votre couvert vous attendra jusqu'à la nuit. Venez absolument à quelle heure que ce soit.
"M.K."
Nejludov, fruncidas las cejas, vio en este billete una nueva tentativa de la campaña iniciada hacía justamente dos meses por la princesa, con la intención de encerrarlo en lazos cada vez menos fáciles de romper. Por diversas razones, independientes de ese estado de espíritu que hace vacilar, en el umbral del casamiento, a los hombres de edad madura acostumbrados al celibato, y, por otra parte, medianamente enamorado, no pensa.ba apenas en declararse en aquellos momentos, aunque estuviera decidido a casarse. El motivo que se lo impedía no tenía nada que ver en absoluto con la seducción y el abandono, sobrevenidos diez años antes, de Katucha por Nejludov; esto él lo había olvidado totalmente y no tenía por qué encontrar en ello un obstáculo para su casamiento. El motivo era, pues, completamente distinto y consistía en relaciones mantenidas con una mujer casada y que ésta no quería en modo alguno romper, aunque él se hubiese decidido recientemente a hacerlo.
Nejludov era muy tímido con las mujeres, y esta misma timidez había incitado precisamente a la dama en cuestión a plegarlo bajo su yugo. Estaba casada con un mariscal de la nobleza del distrito en el que Nejludov participara en las elecciones. Nejludov se había sentido arrastrado poco a poco aun amorío, que por días resultaba más envolvente y, al mismo tiempo, más penoso. Al principio no había podido resistir a la seduccion; pero luego se reconocía culpable para con su amante, Sin por eso resolverse a romper contra la voluntad de ella los vínculos existestes. He ahí por qué Nejludov creía no poder declararse a la señorita Kortchaguin, ni siquiera aunque él lo hubiese querido.
Justamente en el correo del príncipe había una carta. del marido de su amante. Al reconocer la letra y el sello, enrojeció y se sintió fustigadó por una oleada de energía, como ocurre a la aproximación de un peligro. Pero, una vez que hubo abierto la carta, recuperó su calma. El mariscal de la nobleza del distrito donde se encontraban las principales propiedades de Nejludov escribía al príncipe para informarlo de que a finales de mayo se iba a inaugurar una sesión extraordinaria del Consejo general, y le rogaba que acudiese sin falta a fin de "echarle una mano"; se debía, en efecto, deliberar allí sobre dos cuestiones de gran importancia: la de las escuelas y la de los caminos vecinales, destinadas las dos a levantar, por parte de los reaccionarios, una violenta oposición.
Este mariscal de la nobleza, liberal él mismo, luchaba, con el apoyo de algunos otros liberales del mismo matiz, contra la reacción que se había producido bajo Alejandro III; dedicado enteramente a esa tarea, no encontraba ya tiempo para darse cuenta de que lo engañaba su mujer
A propósito de esto, Nejludov repasó en su memoria las angustias que ya lo habían asaltado varias veces, como por ejemplo aquel día en que había creído que todo estaba descubierto, y el duelo que juzgaba inevitable con aquel marido, aunque él se proponía tirar al aire; luego, una escena terrible con su amante: ésta, en un acceso de desesperación, corriendo para ahogarse en el estanque del parque, y cómo él la buscó.
Y pensó: "No puedo ir allí en estos momentos ni puedo hacer nada mientras no haya recibido su respuesta." En efecto, ocho días antes había escrito a la dama una carta categórica en la que reconocía su falta y se declaraba dispuesto a todo para redimirla, pero insistía al final en la necesidad, por interés de ella misma, de romper para siempre sus relaciones. Y la respuesta a aquella carta no llegaba, lo que, sin embargo, era para él un buen augurio. Porque si, en efecto, ella estuviese resuelta a no romper, habría respondido hace ya tiempo, mejor aún, habría acudido ella misma, como ya lo había hecho otras veces. Nejludov se había enterado de que cierto oficial le hacía la corte y, aunque experimentaba un sufrimiento causado por los celos, se alegraba por la esperanza de haberse liberado de una mentira que le pesaba.
En su correo, Nejludov encontró una segunda carta que le llegaba del intendente pnncipal de sus bienes. Éste insistía en que el príncipe se dirigiese a su finca, a fin de ver confirmar allí los derechos sucesorios que tenía de su madre y para decidir al mismo tiempo el tipo de gerencia que quería aplicar en lo sucesivo a sus bienes. La cuestión se planteaba de dos modos: ¿se debía continuar administrando aquellos bienes como se había en vida de la princesa difunta? O bien, siguiendo los consejos dados antaño por el intendente a la princesa y renovados al joven príncipe, ¿no convendría más aumentar el inventario y cultivar directamente las tierras que se habían arrendado a los campesinos? En este último caso, el rendimiento de la explotación sería superior. El intendente se excusaba además, del ligero retraso sufrido en el envío al príncipe de una suma de tres mil rublos de renta la cual le sería expedida por el próximo correo. La, culpa era de los colonos, tan poco escrupulosos en la ejecución de sus pagos, que el intendente había tenido que pasar lo suyo para conseguir recaudar aquel dinero, y con algunos incluso había tenido que recurrir a la fuerza. Esta misiva le resultó a Nejludov a la vez agradable y desagradable. Le complacía verse a la cabeza de una fortuna mas considerable que en el pasado; pero se acordaba, por otra parte, de. que en los tiempos de su primera juventud, partidano entusiasta de las teorías sociologistas de Spencer, y siendo él mismo gran terrateniente, había quedado impresionado tras la lectura de Social statics, por su situación y por el hecho de que la equidad no admite la propiedad rústica individual. Con la franqueza y la decisión de la juventud, no solamente había dicho entonces que la tierra no puede ser objeto de una propiedad pnvada; no solo había escrito a la universidad un estudio sobre este tema, sino que además había distribuido realmente entre los mujiks la parcela de terreno que su padre le había dejado, no queriendo poseer esa tierra en contra de sus convicciones. Ahora que había heredado de su madre grandes propiedades, debía: o bien renunciar a su tierra, como lo había hecho diez años antes respecto a las doscientas deciatinas ( una deciatina vale aproximadamente una hectarea -nota del traductor.) de la tierra de su padre, o bien considerar como erróneas sus antiguas teorías sobre esta cuestión.
El primero de estos dos partidos era de hecho inaceptable, ya que las rentas de sus propiedades constituían sus únicos medios de vida. No se sentía con valor para volver a entrar en el ejército; y la costumbre de una vida de ocío y de lujo no era cosa que le pudiera hacer pensar en renunciar: sacrificio que sin duda por otra parte sería inútil, ya que Nejludov no se sentía ni con la fuerte convicción ni con el amor propio y el deseo de asombrar que había tenido en su juventud. En cuanto al segundo partido, consistente en olvidar la argumentación clara y bien trabada que prueba la ilegitimidad de la posesión individual de la tierra, argumentación que había extraído del Social statics de Spencer y cuya brillante confirmación había encontrado posteriormente en las obras de Henry George, no podía ya adoptarlo.
Por eso la carta de su intendente le resultaba desagradable.
IV
Habiendo acabado de tomar su café, Nejludov pasó a su despacho para asegurarse, por la citaci6n oficial, de la hora en que debía presentarse en el Palacio de Justicia y para responder a la princesa. Para dirigirse a ese gabinete atravesó su estudio, donde, sobre un caballete, se alzaba un cuadro empezado, en tanto que diversos bosquejos colgaban de las paredes. Desde hacía dos años trabajaba en aquel cuadro sin conseguir acabarlo nunca; viéndolo, así como todos aquellos bosquejos y el estudio entero, experimentó más fuertemente que nunca la sensación de su incapacidad para progresar en la pintura y se convenció de que carecía de talento. En verdad, esta sensación podía provenir de una delicadeza exagerada de su gusto artístico; con todo, la comprobación le resultó desagradable.
Siete años antes había abandonado el ejército porque se había descubierto talento de pintor, y desde lo alto de su carrera artística había considerado con desdén todas las demás ocupaciones. Ahora se daba cuenta de que ya no tenía derecho para proceder así. Incluso el solo recuerdo de sus tentativas de artista le resultaba desagradable. Estaba, pues, en un estado de espíritu más bien melancólico cuando penetró en su inmenso despacho, tan adomado y cómodo como era posible.
Se acercó a una enorme mesa de escritorio provista de cajones etiquetados y abrió el que llevaba la indicaci6n Urgente, donde encontró en seguida la citación que buscaba. Se le informaba en ella que debería encontrarse a las once en el Palacio de Justicia. Nejludov se sentó y empezó su carta dando las gracias a la princesa por su invitación y diciéndole que trataría de llegar para la cena. Pero rompió el billete que acababa de escribir, encontrándolo demasiado íntimo. Escribió otro; lo halló demasiado frío, casi descortés, y lo rompió igualmente. Llamó, y un lacayo, hombre de edad, de aspecto grave, mentón rasurado y patillas, con un delantal de indiana gris, se presentó en la habitación.
-Haga venir un coche, por favor.
-A sus órdenes.
-y diga a la enviada de los Kortchaguin que está bien, que doy las gracias y que haré todo lo posible por ir.
-A sus órdenes.
Nejludov pensó: "No es lo más educado, pero no puedo de cidirme a escribir. Por lo demás, hoy la veré."
Seguidamente se vistió y salió a la escalinata. En la calle lo esperaba ya un elegante coche, el que utilizaba de costumbre, con ruedas de caucho.
-Anoche -le dijo el cochero, volviendo a medias su moreno y poderoso cuello, embutido en el blanco cuello de su camisa -llegué a casa del príncipe Kortchaguin cuando usted acababa de salir. El portero me dijo: "Se acaba de marchar."
Nejludov pensó: "¡Hasta los cocheros están enterados de mis rdaciones con los Kortchaguin!" y de nuevo afrontó la cuestión de casarse o no con la joven princesa. Y, como en la mayoría de las cuestiones que se le planteaban en aquellos momentos, seguía sin conseguir resolver ésta en un sentido o en otro.
El casamiento, desde un punto de vista general, se presentaba con dos bazas favorables. Primeramente, además de la calma del hogar doméstico, había la posibilidad de una vida honesta que suprimiría los inconvenientes de una vida sexual irregular; por otra parte, y éste era un punto importante, Nejludov tenía la esperanza de dar, con una familia e hijos, un sentido a su vida, ahora sin objeto. Por el contrario, reacio al matrimonio en general, había en él ese tipo de temor profesado por los solteros de una cierta edad, relativo a.la pérdida de su libertad, y también el miedo irrazonable que inspira siempre el misterio de la naturaleza femenina.
Favorable en el caso particular del casamiento con Missy ( como ocurre en todas las familias de la alta sociedad, Missy era el sobrenombre usado en la intimidad por la joven princesa Kortchaguin: su verdadero nombre de pila era María), el argumento perentorio se basaba en la excelente familia a la que pertenecía la muchacha y también en que, en todas partes, en sus vestidos su manera de hablar, de caminar, de reír, se diferenciaba del común de las mujeres, no por una virtud particular, sino por su "distinción". Él tenía esta cualidad en alta estima y no encontraba otra palabra para definlrla. Segundo argumento: la joven princesa lo apreciaba más que. nadie y, consiguientemente, según él, ella lo comprendía mejor; ahora bien, por el hecho de que ella lo comprendiera y por tanto reconociese sus brillantes cualidades, Nejludov sacaba la conclusión de que ella era inteligente y de juicio acertado. Pero esto no impedía que hubiese, contra d casamiento con Missy en particular, argumentos igualmente sólidos: primero, no era imposible que Nejludov conociese a una muchacha que tuvlese más cualidades aún que Missy y que, por tanto, fuera más digna de él; en segundo lugar, puesto que ella tenía veinitisiete años, sin duda había querido a otros hombres, y Nejludov encontraba en este pensamiento motivo para atormentarse. Que en el pasado ella hubiese querido a alguien que no fuera. él, era una cosa inadmisible para su vanidad. En buena logica, ¿cómo habría podido exigir de ella el presentimiento de que un día lo encontraría en la vida? y sin embargo, corisideraba como una ofensa que ella hubiese podido amar a otro hombre antes que a él.
Así los argumentos adversos eran de fuerza igual; y Nejludov, riéndose de sí mismo, se comparaba sin molestia con el asno de Buridán. Pero le era preciso resignarse a hacer como el asno, puesto que no sabía hacia cuál de los dos haces de heno dirigirse.
"Por lo demás -pensó-, antes de poder comprometerme, me haría falta haber recibido la respuesta de la mujer del mariscal de la nobleza y que no se interpusiese ya este asunto.
Así, le resultó agradable verse obligado a retrasar su decisión.
Y mientras su coche corría silenciosamente sobre el asfalto, en el patio del Palacio de Justicia se dijo aún: "Pensaré en todo eso más tarde. Lo que me importa ahora es cumplir un deber social, poniendo en eso el mismo cuidado que en todo lo que hago. Estas sesiones, a la larga, son frecuentemente muy interesantes."
Y , pasando ante el portero, entró en el vestíbulo del tribunal.
V
Cuando Nejludov entro en el Palacio de Justicia, los corredores ofrecían ya una gran animación.
Corrían guardias, portadores de papelotes; los ujieres, los abogados y los procuradores se paseaban de arriba abajo; los demandantes y los procesados en libertad se pegaban humildemente a las paredes o aguardaban sentados en los bancos.
_¿El tribunal? -preguntó Nejludov a un guardián. -¿Qué tribunal? ¿Es la sala de lo civil o la sala de lo criminal?
-Entonces, es la sala de lo criminal. Es lo primero que tenía que haber dicho. Vaya a la derecha y luego a la izquierda, segunda puerta.
Nejludov siguió las indicaciones.
Ante la puerta designada había dos hombres en pie, conversando. Uno de ellos, un grueso comerciante, se había preparado sin duda para su tarea bebiendo y comiendo copiosamente, porque parecía estar en una disposición de ánimo de lo mas gozoso; el segundo era un dependiente de origen judío.
Los dos estaban hablando de la cotización de las lanas; Nejludov se acercó y les preguntó si era efectivamente allí el lugar de reunión de los jurados.
-Aquí, caballero, aquí, desde luego. ¿Un jurado también, sin duda, uno de nuestros colegas? -añadió el buen comerciante con una sonrisa y un regocijado guiño de los ojos -. Pues bien, vamos a trabajar juntos -continuó en cuanto Nejludov hubo respondido de manera afirmativa. y añadió -: Baklachov, del segundo gremio -tendiendo su ancha mano al príncipe -.¿ Ya quién tengo el gusto de hablar?
Nejludov dijo su nombre y pasó a la sala del jurado. En aquella salita se habían reunido unos diez hombres de todas las condiciones. Acababan de llegar, y unos estaban sentados en tanto que los otros paseaban de arriba abajo. Se examinaban mutuamente y entablaban conocimiento. Se veía alli a un coronel retirado, vestido con su uniforme; otros miembros del jurado iban con redingote o chaqueta; sólo uno tenía una blusa de mijik. Algunos de ellos habían tenido que abandonar sus asuntos para cumplir con su deber de jurados y se quejaban de ello en voz alta, lo que, por otra parte, no impedía leer en sus rostros una satisfacción mezclada de orgullo y la conciencia que tenían de cumplir un gran deber social.
Después de examinarse previamente, los jurados habían formado grupos, sin ligazón más completa. Se hablaba del tiempo, de la primavera precoz, de los asuntos escritos en el registro de los pleitos. Muchos de entre ellos mostraban un gran interés en entablar conocimiento con el príncipe Nejludov, cuya presencia en medio de aquella asamblea constituía evidentemente, a los ojos de aquéllos, un honor excepcional. y Nejludov, como le pasaba siempre en circunstancias parecidas, encontraba eso natural y legítimo. Si le hubiesen preguntado qué razón podría invocar que justificase su superioridad sobre el común de los hombres, se habría visto muy apurado para responder: su vida, durante estos últimos tiempos sobre todo, no había tenido nada de muy meritorio. A decir verdad, sabía hablar fluidamente el inglés, el francés y el alemán; su ropa blanca, sus trajes, sus corbatas y sus pasadores procedían siempre de los primeros proveedores; pero, incluso a sus propios ojos, eso no podía constituir la prueba evidente de una superioridad manifiesta. Y sin embargo, tenía el convencimiento profundo de esta superioridad; consideraba todos los homenajes recibidos como cosa que se le debía, y habría tenido como afrenta no recibirlos. Justamente una afrenta de este tipo le aguardaba en la sala de los jurados. Entre éstos se encontraba un tal Peter Guerassimovitch (Nejludov nunca había sabido su nombre de familia y poco le importaba), al que conocía porque aquel hombre había sido en otros tiempos preceptor de los hijos de su hermana. Después, había terminado sus estudios y actualmente era profesor en el liceo. Nejludov lo había encontrado siempre insoportable, a causa de su familiaridad, de su risa llena de suficiencla y sobre todo de su "vulgaridad", según la palabra empleada por la hermana de Nejludov.
-¡Ah, también la suerte lo ha designado a usted! -dijo el otro, avanzando hacia él con una risa espesa -.¿ y no se ha hecho usted dispensar?
-Nunca he pensado en obtener una dispensa -replicó secamente Nejludov.
-¡Ah...! ¡Es verdaderamente un hermoso rasgo de valor cívico. Pero ya verá usted el hambre que va a pasar sin tener tampoco la posibilidad de dormir -replicó el profesor acentuando su risa.
"He aquí- pensó Nejludov -un hijo de pope que pronto me va a tutear." y le dio a su rostro una expresión tan sombría como si acabara de enterarse de la muerte de todos sus parientes; tras lo cual volvió la espalda a Peter Guerassimovitch y se dirigió hacia un grupo formado alrededor de un personaje de alta estatura, rasurado, de lo más representativo, y que peroraba con animación. Este personaje refería un proceso que se juzgaba actualmente en la sala de lo civil, y hablaba de él como si conociese todos los entresijos del asunto, designando por sus nombres de pila a jueces y abogados. Se empeñaba particularmente en demostrar la dirección maravillosa dada a los debates por un abogado famoso, tanto que la parte contraria, una anciana. señora, perdería su causa con toda seguridad, aun teniendo cien veces razón.
-¡Un abogado de genio! -exclamó.
Se le escuchaba con respeto, y algunos jurados que trataban de decir algo se veían interrumpidos en seguida, ya que sólo él tenía la pretensión de saber con certeza lo que se ventilaba.
Aunque había llegado con retraso al Palacio de Justicia, Nejludov tuvo que resignarse a una espera prolongada en la sala del jurado. Se aguardaba, para abrir la vista, la llegada de uno de los miembros del tribunal que faltaba.
VI
El presidente del tribunal de la Audiencia, por su parte, había llegado muy temprano al Palacio. Era un hombre alto y grueso que llevaba largas patillas grisáceas. Aun que estaba casado, hacía una vida muy disipada, y su mujer obraba de igual manera: el principio de ambos era no molestarse el uno al otro. Ahora bien, aquella misma mañana, el presidente había recibido de un aya suiza que en tiempos había vivido en casa de él un billete en el que le daba cuenta de que pasaba por la ciudad para dirigirse a Petersburgo, y que lo esperaría en el hotel de Italia, entre las tres y las seis horas de la tarde. Se comprenderá la prisa del "residente en querer empezar la vista del día y, sobre todo, terminarla, para poder reunirse antes de las seis con la pelirroja Clara Vassilievna, con la que el verano precedente había esbozado una novela.
Nada más entrar en su despacho, echó el cerrojo a la puerta, cogió dos pesas de un cajón de su armario y ejecutó veinte movimientos hacia arriba, hacia abajo, al frente, detrás y de costado; hecho esto tres veces, flexionó las rodillas con agilidad, elevando las pesas por encima de la cabeza.
"La hidroterapia y la gimnasia; no hay nada como eso para dar agilidad", pensaba, pellizcándose los prominentes bíceps del brazo derecho con la mano izquierda, en la que brillaba un anillo de oro. Se disponía además a hacer el molinete, ya que siempre se preparaba para las vistas largas con este doble ejercicio, cuando la puerta se movió bajo el empuje de una mano que intentaba abrirla. A toda prisa, el presidente hizo desaparecer sus pesas y abrió la puerta.
-Excúseme -murmuró.
Uno de los jueces del tribunal, hombre bajito de hombros angulosos, de cara triste y que llevaba gafas con montura de oro, entró en el despacho.
-¿También hoy se ha retrasado Matvei Nikititch? -dijo el juez con aire descontento.
-Desde luego -dijo el presidente, poniéndose su uniforme-. Siempre se atrasa.
-Es de una frescura inaudita-dijo el otro, quien se sentó y cogió un cigarrillo.
Este juez era, por su parte, de una escrupulosa exactitud. Por la mañana había tenido con su mujer una escena muy desagradable, a causa de que ella había gastado demasiado rápidamente el dinero que él le había entregado para el mes. Él le había negado un anticipo que ella le pedía, y así se había formado la escena. La mujer había declarado entonces que suprimiría la cena y que por tanto que no contase con cenar en casa. Seguidamente él se había marchado y, sabiendo que su mujer era capaz de todo, temía que llegase a ejecutar su amenaza. "¿Qué ventaja tiene vivir de una manera honrada e irreprochable?", pensaba, mirando al grueso presidente, rebosante de salud y de buen humor, quien, con los codos separados, alisaba con sus hermosas y blancas manos los abundantes y sedosos pelos de sus grandes patillas y los extendía a continuación por los dos lados de su galoneado cuello. "Éste está siempre contento y satisfecho. Yo, por el contrario, no tengo más que disgustos."
En aquel momento, el escribano vino a traerle al presidente los papeles que éste había pedido.
El presidente encendió también un cigarrillo.
-Gracias -dijo -.Bueno, ¿por qué asunto vamos a empezar?
-Pues por el envenenamiento -respondió el escribano con semblante de indiferencia.
-Está bien; sea entonces el envenenamiento -replicó el presidente, calculando que aquel asunto bastante simple estaría acabado a eso de las cuatro y que así podría marcharse.
-¿Todavía no ha llegado Matvei Nikititch? -pregunt6.
-Todavía no.
¿Y Breve?
-Está ahí.
-Dígale, si lo ve, que empezaremos por el envenena.miento En aquella temporada judicial, Breve era el fiscal interino encargado de sostener la acusación.
Efectivamente el escribano, al salir, se cruzo con el por el encargado de sostener la acusación.
Efectivamente el escribano, al salir, se cruzo con él por el corredor. La cabeza echada hacia delante, el uniforme desabrochado, su cartera bajo la axila, el fiscal marchaba a grandes zancadas, casi corriendo, haciendo sonar sus tacones y gesticulando con el brazo.
-Mijail Petrovitch pregunta si está usted preparado -le dijo el escribano.
-Desde luego. Siempre estoy preparado. ¿Por qué se empieza?
-El envenenamiento.
-Perfectamente-respondió el fiscal.
En realidad, era menos perfector de lo quería dar a entender: una parte de la noche se la había pasado juzgado a las cartas en el café con algunos jóvenes; luego, despedida de un camarada y libaciones numerosas; habían jugado hasta las dos de la madrugada, tras de lo cual habían ido a ver mujeres, justamente en la casa donde, seis meses antes, vivía Maslova. Así, el joven fiscal ni siquiera había tenido tiempo para echar un vistazo al sumario de aquel caso de envenenamtento que se iba a juzgar. El escribano no lo ignoraba; precisamente por eso le había sugerido al presidente empezar por aquel asunto del que el fiscal no había estudiado aún una palabra. El escrlbano era liberal, casi podría decirse un radical. Breve, por el contrario, era conservador, ortodoxo lleno de celo, como buen funcionario alemán que ejercía en Rusia. Además de que le tenía antipatía y envidiaba su puesto, el escribano lo detestaba personalmente.
-¿Y el asunto de los Skoptsy? (Secta religiosa cuyos adeptos formulan voto de castidad y, como garantía preventiva, se hacen castrar)-preguntó el escribano.
-Es imposible faltando los testigos -replicó el fiscal-. Así lo he declarado y lo confirmaré en el tribunal.
-¿Qué importancia: tiene eso?
-Imposible -reiteró Breve. Y corrió a su despacho agitando el brazo.
No era tanto la ausencia de algunos testigos insignificantes lo que lo impulsaba a diferir aquel asunto de los Skoptsy como su suposición de que, juzgado en una gran ciudad y por jurados pertenecientes en su mayor parte a clases instruidas, terminaría sin duda con una absolución. De acuerdo con el presidente, preferiría que esa causa fuera trasladada a la audiencia de una cabeza de partido; habría así más posibilidades de obtener una condena por parte de un jurado compuesto casi exclusivamente de campesinos.
Sin embargo, la animación aumentaba en el corredor. La concurrencia se amontonaba sobre todo ante la sala del tribunal de lo civil, donde se celebraba la vista del caso del que había hablado, en medio de los jurados, el personaje representativo, aficionado a los procesos "interesantes".
Durante una interrupción se había visto salir de la sala a aquella anciana señora a la que el "genial abogado" había sabido desposeer de todos sus bienes, en provecho de un hombre de negocios que no tenía a ellos el menor derecho; esto lo sabía los jueces y, mejor aún, el demandante abogado. Pero los argumentos de este último eran tan sutiles que resultaba imposible no despojar a la anciana señora de sus bienes para dárselos al hombre de negocios. La pleiteante era una mujer fuerte, envuelta en un vestido nuevo, con grandes flores en el sombrero. Al salir al corredor se detuvo y agitó sus cortas y gordezuelas manos, repitiendo a su abogado;
-¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Se lo suplico! Dígame lo que hay.
El abogado miraba las flores del sombrero, no escuchaba y reflexionaba, el espíritu en otra parte.
Detrás de la anciana señora salió de la sala de audiencia el abogado famoso que había sabido arreglar las cosas de forma que la mujer de las flores quedase tan bien expoliada, en tanto que el hombre de negocios, del que había recibido diez mil rublos, obtuvo de aquello más de cien mil. Pasó rápidamente con aire satisfecho, bombeando su reluciente pechera en la ancha escotadura de su chaleco. Todos los ojos se volvieron hacia él y, ante esas miradas, todo su porte parecía decir: "¡Por favor, señores, estos testimonios de admiración son exagerados!" Luego se alejó con paso rápido.
VII
Matvei Nikititch, el juez al que aguardaban, llegó por fin. Imediatamente después, el portero de estrados, hombre bajito y enjuto, de cuello largo, de paso desigual, entró en la sala del jurado. Era un buen hombre, que había hecho sus estudios en la universidad; pero, debido a su afición por la bebida, lo habían despedido de todos los puestos que había ocupado. Obtuvo el empleo de portero de estrados tres meses antes, gracias ala recomendación de una condesa que estaba encariñada con su mujer; y él, por su parte, se alegraba, como de una cosa extraordinaria, de haberse mantenido allí hasta entonces.
-Bien, señores, ¿están aquí todos? -preguntó, poniéndose su binóculo para mirar a los jurados.
-Me parece que sí -respondió el festivo comerciante. -Vamos a comprobarlo- dijo el portero de estrados.
Según una lista que se sacó del bolsillo, fue diciendo los nombres y mirando a los jurados, bien a través de su binóculo bien por encima de éste.
-¿El consejero de Estado I. M. Nikiforov?
-Heme aquí- respondió el personaje representativo que conocía tan a fondo los procesos.
-¿El coronel retirado Iván Semenovitch Ivanov?
-Aquí estoy -respondió el hombre del uniforme. -¿El comerciante del segundo gremio Peter Baklachov? -iPresente! -exclamó el jovial comerciante, paseando su ancha sonnsa por toda la concurrencia -.Estamos listos. -¿El teniente de la Guardia, príncipe Dmitri Nejludov? -Yo soy-dijo Nejludov.
El portero de estrados se inclinó, pareciendo así, con esta muestra, de deferencia y de amabilidad, querer establecer una distinción entre Ne¡ludov y los demás jurados.
.-¿El capitán Yuri Dmietrivitch Dantchenko? ¿El comerciante Grigory Efimovitch Kulechov?
Etcétera, etcétera.
Excepto dos, todos los jurados estaban allí.
-Y ahora, señores -dijo el portero con un ademán de invitación hacia la puerta -, tómense la molestia de entrar en la sala de audiencia.
Se produjo un movimiento de conjunto, pero al salir de la sala, cada cual se apartaba con cortesía a la puerta para dejar pasar a su colega. Luego, desde el corredor, los jurados penetraron en la sala de audiencia.
Ésta era una pieza larga y grande, una de cuyas extremidades estaba ocupada por un estrado realzado con tres escalones. En el centro de aquel estrado se alzaba una mesa, cubierta por un tapete verde con bordes de verde más oscuro; tres sillones, con altos respaldos de roble esculpido, estaban alineados detrás de la mesa; colgado de la pared, detrás de los sillones, un retrato de colores llamativos, con marco dorado, representaba al emperador de uniforme, con el gran cordón en forma de collar cayendo en punta sobre el pecho, las piernas separadas y la mano sobre el pomo de la espada. En el ángulo de la derecha, una imagen del Cristo coronado de espinas estaba empotrada en un retablo ante el cual había un pupitre; una pequeña tarima estaba reservada al fiscal igualmente a la derecha del estrado. En el fondo de la izquierda se alzaba la mesa del escribano; y delante, más cerca del público, el banco de los detenidos, desocupado aún como el estrado, estaba rodeado de una barandilla de madera. A la derecha, y frente al banquillo de los detenidos, había una serie de asientos de altos respaldos para los jurados, y, por debajo de ellos, mesas dispuestas para los abogados. Una reja de madera separaba el estrado del resto de la sala, donde bancos en forma de gradas se elevaban hasta la pared del fondo. En las primeras filas de esos bancos estaban sentados cuatro mujeres y dos hombres: aquéllas, vestidas como obreras o sirvientas; éstos, sin duda obreros también. Seguramente aquel grupo estaba muy impresionado por la decoración imponente de la sala, porque no hablaban más que en voz baja, con timidez.
Después de haber introducido y colocado a los jurados, el portero avanzó hacia el centro del estrado y, para impresionar a la concurrencia, anunció con voz retumbante:
-jEl tribunal!
Todo el mundo se puso en pie, y los jueces subieron al estrado. Primero el presidente, con sus bíceps y sus hermosas patillas; luego el juez tristón de gafas con montura de oro, que parecía más enfurruñado aún, porque precisamente cuando iba a entrar en la sala se había encontrado con su cuñado, candidato a la magistratura, el cual le advirtió que volvía de casa de su hermana y que no habría cena
-Así es que tendremos que irnos a comer a un restaurante -había dicho el cuñado riéndose.
-No veo motivo alguno de risa -había respondido el juez, cada vez más melancólico.
Iba seguido por el segundo juez del tribunal, aquel mismo Matvei Nikititch que siempre se retrasaba. Era un hombre barbudo, con grandes ojos bondadosos de bolsas hinchadas. Pero sufría de una dolencia y estómago, y aquella misma mañana el doctor lo había sometido a un nuevo régimen que lo obligaba a permanecer en casa hasta mucho más tarde que antes. Llegaba al estrado con aire muy preocupado, y lo estaba, en efecto. Tenía la manía de querer adivinar, por diferentes procedimientos basados en el azar, la respuesta a enigmas que él mismo se planteaba. Esta vez se había dicho que si, para recorrer el trayccto de su despacho a su sillón, el número de pasos resultaba divisible por tres, es que se curaría de su dolencia con el nuevo régimen; si no, resultado nulo. Pero como en total sólo había veintiséis pasos, el juez, en el último momento, hizo trampa dando un pasito más; y así pudo contar el vigesimoséptimo al llegar a su sillón.
El presidente y los dos jueces, erguidos sobre el estrado con sus uniformes de cuello galoneado de oro, ofrecían un espectáculo imponente. Ellos mismos, por lo demás, tenían conciencia de eso, y, casi confusos por su grandeza, los tres se apresuraron a sentarse, bajados los ojos con modestia, sobre sus asientos esculpidos, ante la gran mesa verde sobre la cual estaban depositados un objeto triangular coronado por el águila imperial, recipientes de cristal parecidos a los que se ven, llenos de bombones, en los escaparates de las confiterías, tinteros, plumas, hojas de papel en blanco y una gran cantidad de diversos lápices recién afilados.
El sustituto del fiscal entró detrás de los jueces. También él se dirigió lo más rápidamente posible a su asiento, con su iruceparable cartera bajo la axila y agitando el brazo. Inmediatamente que se acomodó, no teniendo un minuto que perder para preparar su requisitoria, se sumergió en el estudio de los autos. Hay que decir que, nombrado recientemente fiscal interino, era sólo la cuarta vez que actuaba en el tribunal de la Audiencia. Su gran ambición le dejaba esperar una brillante carrera, con la condición esencial de obtener condenas en todos los procesos en que interviniera. Del asunto del envenenamiento no conocía más que las líneas generales, y ya habia montado el plan de su requisitoria; no le quedaba más que profundizar los detalles, cosa en la que trabajaba activamente en aquellos momentos, tomando notas, en sus papeles.
En cuanto al escribano, sentado al extremo opuesto del estrado, y habiendo desplegado ante él todos los folios que tendría que leer, daba un vistazo a un articulo de un periódico prohibido que había recibido la vispera, pues se proponía hablar de eso al juez de la gran barba, que tenía las mismas opiniones políticas que él.
VIII
Habiendo consultado sus papeles y hecho algunas preguntas al portero de estrados y al escribano, que respondieron afirmativamente, el presidente ordenó introducír a los acusados.
Al punto, detrás de la reja de madera, la puerta se abrió y entraron dos guardias con la gorra en la cabeza y el sable desenvainado. Detrás de ellos aparecieron los tres detenidos, primeramente el hombre, pelirrojo, pecoso, y luego las dos mujeres. El primero llevaba un capote de preso, demasiado largo y demasiado ancho para él. Mantenía sus grandes dedos alargados sobre la costura del capote para sujetar así sus mangas demasiado largas, que le caían sobre las manos. Ni los jueces ni el público atraían en absoluto sus miradas, que fijaba obstmadamente en el banco junto al cual estaba pasando. Después de haberle dado la vuelta, se sentó, elevó los ojos hacia el presidente y se puso a agitar sus músculos maxilares como si hubiese murmurado algo. Iba seguido por una mujer de cierta edad, vestida igualmente con un capote carcelario. Un pañuelo de lana le cubría la cabeza; su rostro era de una palidez mate; sus ojos, enrojecidos, sin cejas ni pestañas. Parecía perfectamente tranquila. Al llegar a su sitio, habiéndosele enganchado el vestido, lo desenganchó cuidadosamente, sin apresurarse, y se lo alisó antes de tomar asiento.
La otra mujer era Maslova.
Desde su entrada, atrajo sobre ella las miradas de todos los hombres presentes en la sala, que se volvieron para examinar intensamente su dulce rostro, su fino talle, su robusto pecho, que se combaba bajo el capote. Incluso el guardia ante el cual tuvo que pasar la siguió con los ojos hasta el momento en que se sentó; y, como si hubiera cometido una falta al hacer eso volvió bruscamente la cara, se sacudió y miró con fijeza la ventana que se hallaba delante de él.
Sentados los detenidos y Maslova ya en su sitio, el presidente se volvió hacia el escribano.
Empezaron los trámites habituales: lista de los jurados, juicio contra los ausentes, condena a una multa, examen de las excusas presentadas por algunos, sustitución de los ausentes por suplentes. Luego el presidente enrolló unos papelitos, los colocó en la vasija de crlstal y, después de haber estirado hacia arriba ligeramente las bordadas mangas de su uniforme dejando ver su antebrazo fuertemente velludo, se puso con ademanes de prestidigitador a retirar los papelitos uno tras otro, a desenrollarlos ya leerlos. Luuego se bajó las mangas e invitó al pope a que prcocediera a obtener por parte de los jurados la prestación del juramento.
Este pope era un viejecillo de cara amarilla y biliosa, de sotana pardusca; llevaba alrededor del cuello una cruz de oro, y, prendida en la pechera, una pequeña condecoración. Arrastrando penosamente sus hinchadas piernas, se acercó al pupitre colocado ante el icono.
Los jurados se pusieron en pie y lo siguieron en masa.
-Os lo ruego -dijo el pope, haciendo mover con su regordeta mano, mientras esperaba la llegada de todos los jurados, la cruz suspendida sobre su pecho.
Ordenado desde hacía cuarenta y seis años, se preparaba, como lo había hecho últimamente el arcipreste de la catedral, a celebrar dentro de cuatro años sus bodas de oro. Sus funciones en el tribunal databan de la inauguraci6n de ]a jurisdicción de audiencia territorial. Se enorgullecía de haber hecho prestar juramento a más de diez mil personas y de emplear su vejez en bien de la Iglesia, del Estado y de su familia; a esta última calculaba poder legarle cómodamente, además de su casa, unos treinta mil rublos en títulos seguros. Nunca se le había ocurrido pensar que hacía mal obligando a la gente a jurar sobre aquel evangelio que prohibe expresamente todo juramento; y, lejos de pesarle, esta función le agradaba, por. que le proporcionaba ocasión de entablar conocimiento con personajes de categoría. Así, aquel día se había sentido encantado por sus relaciones con el abogado célebre y le había respetado doblemente al enterarse de que el juicio contra la anciana señora del sombrero de grandes flores le había reportado diez mil rublos.
Cuando los jurados subieron los escalones del estrado el pope, inclinando a un lado su calva cabeza, coronada de cabellos grises, la hizo pasar por la abertura grasienta de la estola volvió a poner en orden sus ralos cabellos y, volviéndose hacia los jurados, dijo con su lenta voz de anciano al mismo tiempo que su regordeta mano, con roscas, se levantaba. plegados los dedos como para tomar una pulgarada de rapé:
-Levantaréis la mano derecha y colocaréis vuestros dedos así. Ahoha, repetid conmigo. -Empezó-: Prometo y Juro, ante Dios todopoderoso, ante el Santo Evangelio y la cruz vivificante de nuestro Señor... -dijo, deteniéndose tras cada miembro de la frase. -¡No bajéis la mano! ¡Mantenedla así!-reprochó a un joven que había dejado caer ]a suya- que el asunto en el cual...
El personaje representativo de ]as patillas, el coronel, el comerciante y otros jurados mantenían con un placer particular la mano alta y fija; los demás, por el contrario, lo hacían con pocas ganas, si no con negligencia. Algunos proferían muy alto la fórmu]a del juramento, con un aire que parecía decir: "¡Hablaré, hablaré bien!" Los otros hablaban en voz muy baja, se retrasaban y, asustándose luego, se apresuraban a recuperar el compás. Y algunos, como si temiesen soltar algo. Mantenfan firmemente su pulgarada con un gesto provocativo; otros apartaban los dedos y volvían a juntarlos. Pero todos parecían molestos, excepto el pope, convencido de que realizaba una obra grave y útil.
Después del juramento, el presidente invitó a los jurados a escogerse un jefe. Se levantaron de nuevo, pasaron a la sala de deliberaciones y casi todos se pusieron a fumar cigarrillos. Hubo quien propuso dar la presidencia al personaje representativo, y todos consintieron en ello. Luego tiraron sus cigarrillos y volvieron a entrar en la sala. El jefe del jurado declaró al presidente que él era el elegido, y todos se volvieron a sentar en sus sillas de altos respaldos.
A continuación, todo transcurrió sin incidentes, y también con una cierta solemnidad; y esta solemnidad, esta regularidad hacían pensar a los magistrados ya los jurados que cumplían un deber social grave e importante. y éste era también el sentimiento experimentado por Nejludov.
Habiéndose sentado los jurados, el presidente les dirigió un discurso sobre sus derechos, obligaciones y responsabilidades. Hablando, cambiaba sin cesar de postura: se acodaba, bien sobre el brazo izquierdo, bien sobre el derecho; ora se adosaba al fondo de su sillón, ora se apoyaba en el brazo del mismo; o también apilaba ordenadamente las hojas de papel que tenía sobre la mesa, levantaba la plegadera o jugaba con un lápiz.
Hizo conocer seguidamente a los jurados sus derechos: hacer preguntas a los detenidos por conducto del presidente, tener un lápiz y papel, examinar las piezas de convicción; sus obligaciones eran: juzgar según la justicia, no según la injusticia; su responsabilidad consistía en observar el secreto de sus deliberaciones; por tanto, si en el ejercicio de sus funciones de jurados se comunicaban con terceros, se harían acreedores a una pena severa.
Toda la concurrencia escuchó aquello con recogimiento. El comerciante, que expandía en torno de él un tufo a aguardiente y reprimía ruidosos hipidos, inclinaba la cabeza a cada frase del presidente en señal de aprobación.
IX
Después de su alocución, el presidente se volvió hacia los acusados:
-Simón Kartinkin, levántese usted - dijo.
-Simón se levantó bruscamente; sus músculos faciales se movieron aún más aprisa.
-¿Su nombre?
-Simón Petrov Kartinkin - respondió de una sola tirada, con una voz seca, el acusado, que de antemano habla preparado sus respuestas.
-Profesión?
-Nos somos campesino.
-¿Qué gobierno? ¿Qué distrito?
-Gobierno de Tula, distrito de Kaprivino, comuna de Kupianskkkoie, pueblo de Borki.
-¿Qué edad tiene usted?
-Año trigésimo cuarto, nacido en mil ochocientos...
-¿Qué religión?
-Nos somos de la religión rusa, ortodoxa.
-¿Casado?
-De ninguna manera.
-¿En qué trabajaba usted?
-Nos trabajábamos en los corredores del Hotel de Mauritania.
-¿Ha comparecido ya alguna vez ante la justicia?
-Nos no hemos comparecido nunca ante la justicia, porque como nos vivíamos antes...
-¿Nunca ha comparecido usted ante la justicia?
-¡Dios me libre! ¡Nunca!
-¿Ha recibido usted una copia del acta de acusación?
-Nos la hemos recibido.
-Siéntese usted... Eufemia Ivanovna Botchkova- prosiguió el presidente dirigiéndose a una de las mujeres.
Pero Simón seguía estando en pie y tapaba a Botchkova.
-¡Kartinkin, siéntese usted!
Kartinkin persistía en quedarse de pie.
-¡Kartinkin, siéntese usted!
El portero de estrados, adelantando la cabeza y poniendo ojos feroces, lo intimó, con voz severa, a que se sentase. Solo entonces se sentó; pero puso en ello la misma brusquedad que había puesto en levantarse y, envolviéndose en su capote, continuó moviendo las mejillas.
-¿Cómo se llama usted?
El presidente se dirigía así a una de las acusadas, sin ni siquiera mirarla, sin dejar de consultar un papel que tenía en la mano. Acostumbrado a este procedimiento, y para ir más aprisa, le era fácil hacer dos cosas a la vez.
Botchkova tenía cuarenta y tres años. Estado social: aldeana de Koloma. Profesión: sirvienta en el mismo Hotel de Mauritania. Nunca había comparecido ante la justicia. Había recibido copia del acta de acusación. Pero había una especie de provocación atrevida en sus respuestas, como si hubiese querido decir: "Sí, es muy cierto que soy Eufemia Botchkova, y he recibido la copia, y me enorgullezco de ello, y no concedo a nadie el derecho a reírse de eso." No hubo que decirle que se sentara: lo hizo en cuanto su interrogatorio acabó.
-¿Cómo se llama usted? -dijo el galante presidente con una dulzura muy particular a la otra acusada. Y añadió de una manera afable, viendo que Maslova se quedaba sentada -: Tiene usted que levantarse.
Maslova se puso en pie con aire sumiso; la cabeza derecha, el pecho adelantado, sin responder, clavando en el presidente sus ojos negros y risueños que bizqueaban ligeramente.
-¿Cómo la llaman a usted? -¡Lubov! -respondió ella vivamente.
Mientras tanto, a cada interrogatorio de los detenidos, Nejludov, provisto de sus impertinentes, examinaba al interrogado. y fijos los ojos en el rostro de esta acusada, pensaba: "Es imposible. ¿Cómo Lubov?", se decía al oír la respuesta.
El presidente quería hacer otra pregunta. Pero el juez de gafas le había dicho humorísticamente algunas palabras que lo detuvieron. Asintió con una inclinación de cabeza y se volvió hacia la detenida:
-¿Cómo Lubov? -preguntó-. Está usted inscrita con nombre.
La acusada guardaba silencio.
-Le pregunto cuál es su verdadero nombre.
-Su nombre de pila -intervino el juez escrupuloso. -En otros tiempos me llamaban Catalina.
Y Nejludov seguía diciéndose: "¡Es imposible!" Sin embargo, ya no dudaba: era desde luego la ahijada-doncella por la que había tenido un acceso de pasión, a la que había seducido, en un momento de locura, y abandonado luego. Desde entonces, es verdad, había evitado traer a la memoria aquel recuerdo desagradable, humillante para él, porque él, tan orgulloso de su lealtad, tenía conciencia de haberse conducido cobardemente con aquella mujer.
Y era ella, en verdad. Él reconocía en sus rasgos ese no sé qué de misterioso que caracteriza cada rostro, lo singulariza entre todos y lo hace único, sin sosias... A pesar de la palidez enfermiza y del abotagamiento, volvía a encontrar aquella singularidad en todo el conjunto del rostro, desde la boca, los ojos que bizqueaban un poco, el timbre de la voz, sobre todo la mirada sumisa y tentadora, en fin, en la persona toda.
-Debería usted haber respondido todo eso inmediatamente -dijo el presidente, siempre con el mismo tono benévolo-. ¿y el nombre de su padre?
-Soy hija natural- respondió Maslova.
-Eso es indiferente; ¿cómo la han llamado, por el nombre de su padrino?
-Mijailovna.
"Pero, ¿qué crimen ha podido cometer?", se preguntaba Nejludov, todo anhelante.
-¿Su nombre de familia, su apellido? -siguió preguntando el presidente.
-Por el nombre de mi madre se me llamó Maslova.
-¿Clase social?
-Mestchanka. (Clase intermedia entre campesinos V burgueses, con residencia en una ciudad)
-¿De religión ortodoxa?
-Ortodoxa.
-¿Qué profesión tenía usted? ¿Qué oficio? Maslova se quedó callada. El presidente insistió:
-¿Qué oficio?
-Yo estaba en una casa -dijo ella.
¿En qué casa? -preguntó severamente el juez de gafas.
-Ustedes lo saben muy bien -replicó Maslova con una sonrisa. y después de haber lanzado rápidamente una mirada hacia la sala, volvió a clavar los ojos en el presidente.
En la expresión de sus rasgos había algo tan extraño como la había. de tan trágico y lastimero en sus palabras, y también en la mirada rápida que había paseado por la concurrencia, que el presiden:e bajó la cabeza, al mismo tiempo que se hacía un gran silencio en la sala. Pero, desde el sitio donde estaba el público se alzó una risa. Alguien dijo "chist" para imponer silencio. El presidente levantó la cabeza y continuó su interrogatorio.
-¿Ha sido procesada alguna vez?
Maslova lanzó un suspiro y respondió en voz muy baja:
-Nunca.
-¿Ha recibido copia del acta de acusación?
-La he recibido -respondió ella.
-Siéntese usted.
La acusada levantó los bajos de su saya con la gracia que ponen las damas de gran atuendo en levantar la cola de su vestido, y se sentó. Luego, escondió las manos en las mangas de su capote y continuó mirando al presidente.
Se llamó seguidamente a los testigos, a los que se hizo salir luego. A continuación se invitó al médico perito a venir a la sala de audiencias. Finalmente, el escribano se levantó y leyo el acta de acusación con voz fuerte y clara. Pero como pronunciaba mal las eles y las erres y además leía rápidamente, el sonsonete continuo de su voz daba ganas de dormir.
Los jueces se apoyaban ora sobre un brazo, ora sobre el otro de su sillón, sobre la mesa, sobre sus papeles; cerraban y abrían alternativamente los ojos y hablaban en voz baja. Un guardia ahogó un bostezo nervioso.
En el banco de los detenidos, Kartinkin no dejaba de mover sus maxilares; Botchkova, sentada, no perdía nada de su calma y de vez en cuando se rascaba con un dedo los cabellos bajo el pañolón, Maslova, ora permanecía inmóvil, los ojos clavados en el lector, ora se agitaba, como si hubiese querido protestar; enrojecía, luego suspiraba penosamente , cambiaba la posición de sus brazos, lanzaba una mirada hacia el fondo de la sala y la volvía luego hacia el escribano.
Nejludov, sentado en la segunda silla de la primera fila de los jurados, sin abandonar sus impertinentes, continuaba examinando a Maslova: un trabajo profundo y doloroso se llevaba a cabo en su alma.
X
El acta de acusación estaba formulada así:
"El 17 de enero de 188..., la policía fue informada por el gerente del Hotel de Mauritania,. sito en esta ciudad, de la muerte repentina, en su establecimiento, de un comerciante de paso del segundo gremio, procedente. de Sliberia: Feraponte Smielkov. Según la declaraclon del médico del cuarto distrito, la muerte de Smielkov fue causada por una congestión cardíaca provocada por el uso excesivo de licores; y el cuerpo de Smielkov fue enterrado al tercer día despues de su muerte. Pero al cuarto día que siguio al fallecimiento, al volver de Petersburgo uno de sus camaradas, comerciante de Siberia, Timojin, habiéndose enterado de la muerte de su compañero Smielkov y de las circunstancias en que se había producido, la declaró sospechosa y poco natural. Estaba convencido de que Smielkov había sido envanenado por crimmales que le habían robado su di.nero y un anillo de brillantes que no se había encontrado en el inventario de su equipaje.
"En consecuencia, se ordenó un atestado que reveló lo que sigue:
"Primero. -Que tanto el gerente del Hotel de Maurztania como el empleado del comerciante Starikov, con quien Smielkov tenía negocios en la ciudad, sabvan que Smielkov debía poseer 3.800 rublos, que había retirado del banco, siendo así que en la maleta y en la cartera de Smielkov, selladas inmediatamente después de su muerte, no se encontraron más que 312 rublos y 16 copeques.
"Segundo. -Que la víspera de su muerte, Smielkov pasó todo el día y toda la noche en compañía de la prostltuta Lubka, que había ido en dos ocasiones a su ,habitación del hotel.
"Tercero. -Que esta prostituta vendío a su patrona el anillo de brillantes que había pertenecido a Smielkov.
"Cuarto. -Que la sirvienta del hotel, Eufemia Botchkova, al día siguiente de la muerte del comerciante Smielkov, puso en su cuenta corriente en el Banco del Comercio 1.800 rublos.
"Quinto. -Que según declaración de la prostituta Lubka, el sirviente de corredor Simón Kartinkin le entregó un paquete de polvos, incitándola a verter este polvo en vino ya darlo al comerciante Smielkov, lo que la prostituta Lubka reconoció por su parte haber hecho.
"En su interrogatorio, la prostituta Lubka declaró que durante la visita del comerciante Smielkov a la casa de tolerancia donde ella "trabajaba", como ella dice, fue en efecto enviada por él a la habitación que él ocupaba en el Hotel de Mauritania, para coger dinero y llevárselo al comerciante, y que habiendo abierto la maleta con la llave que él le entregó, ella cogió cuarenta rublos, según la orden que le habían dado, pero que no cogió más, de lo que pueden testimoniar Simón Kartinkin y Eufemia Botchkova, en presencia de los cuales había abierto y vuelto a cerrar la maleta tras recoger el dinero.
"En lo que concierne al envenenamiento de Smielkov, la prostituta Lubka ha declarado que durante su tercera visita a la habitación de Smielkov, impulsada por Simón Kartinkin, efectivamente dio a beber al comerciante, diluidos en aguardiente, ciertos polvos que ella creía simplemente que eran un soporífero, a fin de que se durmiese y ella pudiera quedar libre más pronto; pero que no cogió ningún dinero y que la sortija se la dio el mismo Smielkov, porque le había pegado y ella había querido irse.
"Interrogados por el juez de instrucción, en concepto de acusados, Eufemia Botchkova y Simón Kartinkin, han declarado lo que sigue:
"Eufemia Botchkova ha declarado que no sabe nada sobre el dinero robado, que ella no entró en la habitación del comerciante y que Lubka hacía allí lo que quería. y que si le han robado algo al comerciante, no podía haberlo hecho más que Lubka cuando vino a buscar dinero con la llave dada por Smielkov ."
Al llegar a este pasaje del acta de acusación, Maslova se estremeció y, boquiabierta, se quedó mirando a Botchkova.
"Cuando se le mostró a Eufemia Botchkova su recibo de! banco de 1.800 rublos -continuó leyendo el escribano- y se le preguntó de dónde había sacado tanto dinero, declaró que lo había ganado, durante dieciocho años de servicio, en común con Simón, con quien tenía el propósito de casarse.
"Interrogado en concepto de acusado, Simón Kartinkin confesó, en un primer interrogatorio, que él y Botchkova fueron incitados por Maslova, venida de la casa de toleranaa con la llave, que él robó el dinero y lo repartió con Maslova y Botchkova; igualmente confesó haber dado a Maslova los polvos para dormir al comerciante. Pero, en su segundo interrogatorio, negó su participación en el robo y el hecho de haber entregado los polvos a Maslova, echando la culpa de todo sobre esta última. En cuanto al dinero depositado en el banco por Botchkova declaró como ella que lo habían ganado juntos, durante sus servicios de dieciocho años en el hotel, gracias a las propinas dadas por los clientes.
"Al fin de dilucidar las circunstancias de! asunto, se juzgó necesario hacer la autopsia de! cadáver de Smielkov y examinar tanto el contenido de sus vísceras como las modificaciones sobrevenidas en el organismo. El examen de las vísceras ha demostrado, en efecto, que la muerte de! comerciante Smielkov fue causada por envenenamiento."
Seguía el enunciado de los careos e interrogatorios de testigos, y el acta de acusación concluía así:
"El comerciante de segundo gremio Smielkov, dado a la embriaguez y al desenfreno, había entrado en relaciones con la prostituta llamada Lubka, en la casa de tolerancia de Kitaieva. Encontrándose en la dicha casa de tolerancia el día 17 de enero de 188..., envió a la mencionada prostituta Lubka, provista de la llave de su maleta, a la habitación que él ocupaba en el hotel, para que ella retirase de esa maleta una suma de cuarenta rublos de la que tenía necesidad para sus liberalidades. Habiendo llegado a la habitación de! hotel y habiendo retirado el dinero, Maslova se puso en connivencia con Botchkova y Kartinkin, a fin de robar todo el dinero y los objetos preciosos del comerciante Smielkov y repartírselos entre ellos. Y eso es lo que ocurrió (en este punto, de nuevo Maslova se estremeció tuvo un sobresalto y se puso toda roja): Maslova recibió una sortija de brillantes y probablemente una pequeña suma de dinero que, o bien la ha escondido, o bien la ha perdido, ya que aquella misma noche se hallaba en estado de embriaguez. A fin de disimular los rastros del robo, los cómplices resolvieron atraer de nuevo al comerciante Smielkov a su habitación y envenenarlo con arsénico que se encontraba en poder de Kartinkin. Con este objeto, Maslova regresó a la casa de tolerancia y persuadió al comerciante Smielkov para que volviese con ella al Hotel de Mauritania. En cuanto éste regresó, Maslova, quien había recibido los polvos de manos de Kartinkin, los vertió en el aguardiente que dio a beber a Smielkov, y de ello resultó la muerte de este último.
"Por lo expuesto en estos resultandos, el campesino del pueblo de Borki, Simón Kartinkin, de treinta y tres años; la mestchanka Eufemia Ivanovna Botchkova, de cuarenta y tres años, y la mestchanka Catalina Mijailovna Maslova, de veintisiete años, son acusados de haber, el 17 de enero de 188..., siendo cómplices, robado al comerciante Smielkov su dinero, que se elevaba a la suma de 2.500 rublos, y, con el fin de ocultar las huellas de su crimen, de haber hecho beber veneno al comerciante Smielkov y de haber así ocasionado su muerte.
"Este crimen está previsto en el artículo 1.455 del código penal."
En virtud de tales y cuales artículos de la jurisdicción penal, Simón Kartinkin, Eufemia Botchkova y Catalina Maslova comparecen ante el tribunal de la Audiencia que se reúne con participación de los jurados.
Habiendo terminado así la larga lectura de! acta de acusación, el escribano alineó las hojas delante de él, se sentó y se alisó con las dos manos sus largos cabellos negros. Toda la concurrencia lanzó un suspiro de alivio, cada cual teniendo la agradable convicción de que el debate estaba ya abierto y que todo iba a esclarecerse para satisfacción de la justicia. Nejludov fue el único que no experimentó aquel sentimiento: continuaba pensando con angustia en el crimen que había podido cometer aquella Maslova, a quien, diez años antes, él había conocido jovencita, inocente y graciosa.
XI
Terminada la lectura del acta de acusación, el presidente, después de haber recogido el parecer de sus asesores, se volvió hacia Kartinkin con un aire que quería decir: "Ahora, de un modo cierto, vamos a enterarnos de todo en sus menores deta1les. "
-¡El campesino Simón Kartinkin! -dijo, inclinándose hacia su izquierda.
Simón Kartinkin se levantó, alargados los brazos sobre la costura de su capote, en una actitud militar, e inclinó todo el cuerpo hacia delante, sin cesar de agitar sus maxilares.
-Se le acusa a usted de haber robado el 17 de enero de 188..., con complicidad de Eufemia Botchkova y Catalina Maslova, de la maleta del comerciante Smielkov, una suma de dinero que era propiedad de éste; luego, de haberse procurado arsérnco y de haber aconsejado a Catalina Maslova que lo vertiera en el aguadiente del comerciante Smielkov, cosa que ella hizo y que ocasionó la muerte del mencionado Smielkov. ¿Se reconoce usted culpable? -concluyó el presidente inclinándose hacia la derecha.
-Es absolutamente imposible, porque nuestro oficio es servir a los clientes.
-Ya dirá usted eso más tarde. ¿Se reconoce usted culpable?
-De ninguna manera... Yo solamente...
-¡Ya nos dirá usted eso más tarde! ¿Se reconoce usted culpable? -reiteró el presidente con voz tranquila pero firme.
-No puedo hacerlo, porque...
-Bruscamente, el portero de estrados se volvió de nuevo hacIi Simón Kartinkin y lo hizo callar con un "¡chist!" enérgico.
Con un aire que quería decir que esta parte del asunto estaba liquidada, el presidente, sujetando un papel en una mano alzada en alto, cambió el codo de sitio y se dirigió a Eufemia Botchkova:
-Eufemia Botchkova, se la acusa de que el 17 de enero de 188..., en complicidad con Simón Kartinkin y Catalina Maslova, robó una suma de dinero y una sortija de la maleta del comerciante Smielkov; luego, habiéndose repartido ustedes el producto del robo, de haber hecho tragar al comerciante Smielkov, para que no descubriera el latrocinio, veneno, a resultas del cual murió. ¿Se reconoce usted culpable?
-¡No soy culpable de nada! -respondió la acusada con voz firme y atrevida -.Ni siquiera entré en la habitación, y, puesto que entró esta basura, ella es la que hizo todo.
Ya nos dirá usted eso más tarde -dijo de nuevo el presidente con su voz tranquila y firme -.Entonces, ¿no se reconoce usted culpable?
-No cogí dinero ninguno, no di nada a beber, ni siquiera entré en la habitación. Si hubiese entrado, la habría echado a ella afuera.
-¿No se reconoce usted culpable? -
-Catalina Maslova -dijo en seguida el presidente, dirigiendose a la otra detenida-, se la acusa a usted de haber ido desde la casa pública a una habitación del Hotel de Mauritania, con la llave de la maleta del comerciante Smielkov de haber robado de esta maleta dinero y una sortija...
Decía esto como si recitase una lección aprendida, inclinando al mismo tiempo el oído hacia el asesor de la izquierda, quien le hacía notar que, en la enumeración de las piezas de convicción, faltaba un bote.
Robó usted de la maleta el dinero y la sortija- repitió el presidente-, y, después de haber repartido los objetos robados, después de haber vuelto con el comerciante Smielkov al Hotel de Mauritania, dio usted a beber a Smielkov veneno en su aguardiente, causándole así la muerte. ¿Se reconoce usted culpable?
-¡No soy culpable de nada! -respondió vivamente la acusada Como lo dije desde el principio, lo sigo diciendo: "No cogí nada, nada, nada. y fue él quien me dio el anillo."
-¿No se reconoce usted culpable de haber cogido los dos mil seiscientos rublos de plata? -preguntó el presidente.
-No cogí nada, nada más que los cuarenta rublos.
-¿Y de haber vertido los polvos en el vaso del comerciante Smielkov, se reconoce usted culpable?
-Eso, lo confieso. Pero me habían dicho, y yo lo creía, que esos polvos eran para dormir y que no producirían ningún mal. No pensé en eso ni lo quise. ¡Juro ante Dios que no lo quise! -dijo ella
-Así, pues, no se reconoce usted culpable de haber robado el dinero y la sortija del comerciante Smielkov- dijo el presidente -; pero, por el contrario, confiesa usted que echó los polvos, ¿ no es así?
-Eso, lo confieso; pero yo creía que eran unos polvos para dormir. Se los di solamente para que se durmiese. Yo no quería que pasase aquello, y no lo pensé.
-Muy bien -dijo el presidente, visiblemente satisfecho por los resultados obtenidos -.Cuéntenos usted ahora cómo ocurrió la cosa -prosiguió adosándose a su sillón y poniendo las manos sobre la mesa -Diga todo lo que sabe. Puede usted aliviar su situación mediante una confesión sincera.
Maslova continuaba mirando con fijeza al presidente, pero guardaba silencio.
-Vamos, díganos cómo ocurrieron las cosas.
-¿Qué cómo ocurrieron?- dijo bruscamente Maslova-. Yo había llegado al hotel. Me condujeron a la habitación donde él se encontraba, ya muy cargado de bebida. -Pronunció la palabra él con los grandes ojos abiertos de par en par y una expresión significativa de terror -.Yo quería irme, y él se opuso...
Se calló de nuevo, como si hubiese perdido el hilo de su relato, o bien como si otro recuerdo le hubiese atravesado la memoria.
En aquel momento, el fiscal interino se levantó a medias, apoyandose con afectación sobre los codos.
-¿Desea usted hacer una pregunta? -preguntó el presidente.
Y, a la respuesta afirmativa del fiscal, el presidente le hizo comprender con un ademán que podía hablar.
-He aquí la pregunta que querría hacer: ¿conocía con anterioridad la detenida a Simón Kartinkin? -preguntó el fiscal con énfasis y sin mirar a Maslova.
Y, hecha la pregunta, contrajo los labios y frunció las cejas. Habiendo repetido la pregunta el presidente, Maslova lanzó sobre el fiscal miradas de espanto.
-¿A Simón? -dijo ella -.Sí, lo conocía.
-Me haría falta saber además cuáles eran las relaciones de la acusada y de Kartinkin. ¿Se veían a menudo?
-¿Que cuáles eran nuestras relaciones? Él me recomendaba a los viajeros del hotel, pero eso no eran relaciones -respondió Maslova, pasando alternativamente sus miradas del presidente al fiscal.
-Quisiera saber por qué Kartinkin recomendaba solamente a Maslova a los viajeros, excluyendo a otras muchachas -dijo el fiscal, con los ojos semicerrados y una ligera sonrisa mefistofélica.
-No lo sé. ¿Cómo podría saberlo? -respondió Maslova, quien detuvo un instante su mirada sobre Nejludov -Él recomendaba a las que quería.
"¿Me habrá reconocido?", pensaba Nejludov, sintiendo que toda la sangre le subía al rostro. Pero Maslova no lo había distinguido en el grupo de los jurados, y en seguida volvió a clavar en el fiscal sus miradas despavoridas.
-Así, pues, la detenida niega haber tenido relaciones íntimas con Kartinkin. Está bien. No tengo más que preguntar.
Y el fiscal, retirando prestamente su codo del pupitre, se puso a escribir. En realidad, no escribía nada y se limitaba a pasar su pluma sobre las letras de sus notas; pero había visto que después de haber hecho una pregunta, los fiscales y los abogados anotaban para sus discursos puntos de referencia destinados seguidamente a aplastar al respectivo adversario.
El presidente no se dirigió a continuación a la detenida, porque en aquel momento le pedía al juez de gafas su aprobación sobre el orden de las preguntas preparadas y anotadas con anticipación:
Y prosiguiendo su interrogatorio, preguntó:
-¿Qué pasó después?
-Volví a casa- continuó Maslova, ya con un poco más de valor y mirando sólo al presidente -; di el dinero a la patrona y me acosté. Apenas me había quedado dormida, la muchacha Berta me despertó diciéndome: "iBaja, tu comerciante ha vuelto!" Yo no quería bajar, pero mi patrona me dio la orden de que lo hiciera. y él estaba allí, en el salón, ofreciendo bebidas a todas las señoritas; y luego quiso pedir más vino, pero ya no tenía dinero. (La palabra él la había pronunciado con un terror evidente.) La "señora" no quiso fiarle. Entonces él me envió a su habitaci6n del hotel, habiéndome dicho dónde tenía el dinero y la cantidad que debía coger. y me marché.
El presidente proseguía en voz baja su conversación con el de la izquierda y no había oído nada de lo que había dicho Maslova; mas, para hacer creer que lo había escuchado todo, creyó que era su deber repetir las últimas palabras:
-Llegué al hotel e hice exactamente lo que el comerciante me había ordenado- dijo Maslova -. Entré en la habitaci6n, pero no entré sola; llamé a Simón Mijailovitch ya ésa también- añadió señalando a Botchkova.
-¡Mentira! ¡Lo que se dice entrar, no entré...! -empezó a decir Botchkova; pero le cortaron la palabra.
En presencia de ellos cogí los cuatro billetes rojos ( los billetes rojos eran los de diez rublos- N del T.) -contmuó Maslova con aire sombrío y sin mirar a Botchkova.
-Al coger esos cuarenta rublos- intervino de nuevo el fiscal- , ¿no vio la acusada cuánto dinero había en la maleta?
A esta pregunta del fiscal, Maslova se estremeció de nuevo. No sabía cómo ni por qué, pero sentía que aquel hombre quería hacerle daño.
-No conté- dijo Maslova -; vi que no había más que billetes de cien rublos.
-Por tanto, la acusada vio billetes de cien rublos. No tengo más que preguntar.
-Y luego -continuó el presidente, consultando su reloj-, llevó usted el dinero, ¿no?
-Lo llevé.
-¿Y después?
-Después, el comerciante me hizo ir de nuevo a su habitación- dijo Maslova.
-Y bien, ¿como le hizo usted tomar los polvos? -preguntó el presidente.
-Los eché en el aguardiente y se lo di.
-¿ Y por qué se los dio usted?
Ella no respondió en seguida y dejó escapar un profundo suspiro.
-Él no me dejaba nunca. En fin, yo estaba cansada. Entonces salí al corredor y le dije a Simón Mijailovitch: "¡Si quisiese dejarme marchar! ¡Estoy tan cansada!" y Simón Mijailovitch me dijo: "También a nosotros nos fastidia. Démosle unos polvos para hacerlo dormir y podrás irte." Yo dije: "Bien", y pensé que eran unos polvos que no causaban daño. Me dio un papel, volví a entrar en la habitación, y él, que estaba acostado detrás del biombo, me mandó que le diese aguardiente. Entonces cogí la botella que estaba sobre la mesa; llené dos vasos, uno para él y otro para mí, eché los polvos en su vaso y se lo di. ¿Cómo iba a dárselos si hubiese sabido lo que era?
-Bueno, ¿y cómo entró usted en posesión del anillo? -preguntó el presidente.
Él mismo me lo dio.
-En cuanto llegué a su habitación, quise irme; entonces me dio un golpe en la cabeza y me rompió el peine. Me enfadé y quería marcharme; para que no me fuese se quitó la sortija del dedo y me la dio.
En aquel momento, el fiscal interino se levantó de nuevo y, con el mlsmo aire de falsa bonachonería, pidió autorización para hacer unas nuevas preguntas. Habiendo recibido el permiso, inclinó la cabeza sobre el cuello bordado de oro de su uniforme y preguntó:
-Quisiera saber cuánto tiempo permaneció la acusada en la habitación del comerciante Smielkov.
Un espanto súbito se apoderó de nuevo de Maslova. Paseó del. fiscal al presidente una mirada inquieta y respondió muy aprisa:
-No me acuerdo cuánto tiempo.
-Está bien. Pero, ¿no ha olvidado igualmente la acusada si, a su salida de la habitación del comerciante Smielkov entró en algún otro sitio del hotel?
Maslova reflexion6 un momento:
-Entré en la habitación contigua, que estaba vacía -respondió.
-¿Y para qué entró usted alli? -preguntó el fiscal, que se olvidó de dirigirse a ella indirectamente.
-Para arreglarme un poco mientras esperaba un coche.
-¿Kartinkin entró no entro en esa habitación con la acusada?
-Todavía quedaba en la botella aguardiente, que bebimos juntos.
-¡Ah! Bebieron ustedes juntos. Muy bien. ¿y la detenida habló de algo con Simón?
Maslova, de súbito, se ensombreció, se puso púrpura y respondió vivamente:
-No hablé de nada. Todo lo que hubo, lo he dicho; y no sé nada más. ¡Hagan de mí lo que quieran: no soy mentirosa, eso es todo!
-No tengo nada más que preguntar- dijo el fiscal al presidente, con un encogimiento de hombros, y se apresuró a anotar en el boceto de su discurso que la detenida misma confesaba haber entrado con Simón en una habitación vacía.
Hubo un silencio.
-¿No tiene usted nada que añadir?
-Lo he dicho todo -repitió Maslova. Luego lanzó un suspiro y se sentó.
El presidente anotó entonces algo en sus papeles. Escuchó una comunicación que le fue hecha al oído por el juez de la izquierda y declaró suspendida la vista durante veinte minutos; luego se levantó a toda prisa y abandonó la sala.
El asesor que le había hablado era el juez de luenga barba y grandes ojos bondadosos; ese juez se sentía el estómago un poco revuelto y había expresado el deseo de darse un masaje y tomar alguna medicina. Es lo que había dicho al presidente y por lo que éste había suspendido la vista.
Después de los jueces, se levantaron igualmente los juraos, los abogados y los procuradores, con la conciencia de haber cumplido ya en gran parte una obra importante, y se dispersaron por todos lados.
En cuanto entró en la sala del jurado, Nejludov se sentó ante la ventana y se puso a pensar.
XII
Sí, desde luego era Katucha.
Y las relaciones entre Nejludov y ella habían sido las siguientes:
Él la había visto por primera vez cuando, en su tercer año de universidad se había instalado en casa de sus tías para preparar allí cómodamente su tesis sobre la propiedad de la tierra. Pasaba ordinariamente los veranos con su madre y su hermana, en la finca que la primera poseía en los alrededores de Moscú. Pero, habiéndose casado su hermana aquel año mismo, su madre había partido al extranjero. Nejludov, teniendo que escribir su tesis, se había decidido a pasar el verano en casa de sus tías. Sabía que en aquel retiro encontraría una calma propicia para su trabajo, sin que nada viniera a distraerlo. Las viejas señoritas querían mucho a su sobrino y heredero, y él también las quería y le gustaba la simplicidad de aquella vida a la antigua usanza.
Se encontraba entonces en aquella disposición de ánimo entusiasta propia del joven que por primera vez reconoce por si mismo y no por indicación de los demás toda la belleza y todo el precio de la vida; que concibe la posibilidad de una perfección continua, tanto para él como para el mundo entero, y que se entrega a ella no solamente con la esperanza, sino con la completa certidumbre de alcanzar la perfección con que sueña. Aquel mismo año, en la universidad, había leído la Social statics de Spencer, y la argumentación de éste sobre la propiedad rústica le había causado una impresión muy fuerte, sobre todo en su condición de hijo de una propietaria de grandes fincas. Su padre no había tenido fortuna; pero su madre había aportado como dote diez mil deciatinas de tierras. y por primera vez comprendía él la crueldad y la injusticia del régimen de la propiedad rústica privada. Siendo, por naturaleza, de esos que extraen del sacrificio, realizado en vista de una necesidad social, un alto gozo moral, había decidido inmediatamente renunciar por su parte al derecho de propiedad sobre su tierra y dar a los campesinos todo lo que le correspondía de su padre. Sobre ese tema estaba concebida su tesis.
En casa de sus tías, en el campo, llevaba una vida de las más regulares. Se levantaba muy temprano, a veces a las tres de la madrugada, y, antes de la salida del sol, a menudo incluso entre la neblina del alba, iba a bañarse al riachuelo que corría al pie de la colina; luego volvía a la vieja casona, a través de los prados húmedos todavía de rocío. Después de haber tomado café, trabajaba en compulsar documentos para sus tesis; pero con más frecuencia aún, en lugar de leer o de escribir, salía de nuevo y erraba a través de campos y bosques. Antes del almuerzo descabezaba un sueñecito en un rincón del jardín; durante la comida, divertía y encantaba a sus tías con su alegría comunicativa; seguidamente montaba a caballo o se paseaba en barca; por la noche se ponía a leer, o bien, en el salón, charlaba con las viejas señoritas. y como frecuentemente, en las noches de luna sobre todo, no podía dormir, hasta tal punto la alegría de vivir tenía en vela a su juventud, bajaba al jardín y caminaba por él hasta el alba, dando rienda suelta a sus fantasías.
Así, apacible y gozosa, había sido su vida durante su primer mes de estancia en casa de sus tías; y durante ese mes, ni una sola vez había parado la atención en la muchacha, semipupila y semidoncella, en aquella viva y ligera Katucha de ojos negros que convivía con él.
Habiéndose criado bajo las alas de su madre, era todavía, a los diecinueve años, tan ingenuo como un niño. La mujer no evocaba en él otra idea que la del matrimonio; y todas las que, desde su punto de vista, no podían casarse con él, eran a sus ojos "gentes" y no mujeres.
Ahora bien, aquel mismo verano, el día de la Ascensión, las viejas señoritas recibieron la visita de una dama vecina, acompañada por sus hijos: dos muchachas y un colegial; además, un pintor joven, de origen campesino, que estaba en casa de ella. Después del té, la gente joven se divirtió persiguiéndose por un prado cuya hierba había sido segada recientemente y que se extendía delante de la casa. Habiendo rogado a Katucha que toma se parte en el juego, llegó un momento en que Nejludov tuvo que correr con ella. Le gustaba ver a Katucha, pero no se le ocurría que entre ella y él pudiera establecerse alguna relación particular .
-A esos dos -dijo el alegre pintor -será imposible alcanzarlos -.Y sin embargo él corría muy bien, con sus piernas de mujik, cortas y un poco zambas, pero poderosas -.A menos que no tropiecen.
-¡Y no nos alcanzaréis nunca!
-¡Uno, dos, tres!
Dieron la señal con palmadas. Katucha, reteniendo apenas su risa, cambió de sitio con Nejludov, le agarró la mano con su nerviosa manecita y se lanzó ligeramente hacia la izquierda, haciendo oír el frufrú de su falda almidonada.
También Nejludov corría bien. Pero como le interesaba no dejarse alcanzar por el pintor, se puso a correr con toda la velocidad que podía. Cuando se volvió, vio que el pintor perseguía a Katucha y que ésta, que corría rápidamente, con sus jóvenes y ágiles piernas, lo esquivaba y seguía alejándose ala izquierda. Había allí un bosquecillo de lilas tras el cual no se había aventurado nadie. Ahora bien, Katucha miró a Nejludov y le hizo una señal con la cabeza para que viniese detrás del macizo, adonde él la siguió en cuanto hubo comprendido. Pero detrás del bosquecillo de lilas se encontraba una zanja cubierta de ortigas y de cuya existencia él no tenía idea. Tropezó, se pinchó las manos, se mojó con el rocío que la proximidad de la noche había puesto ya en las hojas, y cayó en la zanja. Pero se levantó muy pronto, riéndose, y de un salto volvió a encontrarse en terreno llano.
Katucha, cuyos grandes ojos negros resplandecían como casis húmedos, se 1anzó a su encuentro. Se abordaron y se tendieron la mano.
-¿Qué ha sido? ¿Se ha pinchado usted? -le preguntó ella, sonriendo y mirándole a los ojos mientras con una mano se arreglaba la trenza deshecha.
-No sabía que hubiera una zanja - respondió Nejludov, sonriendo igualmente y sin soltar la mano de Katucha.
Y como ella se le había acercado, él, sin saber cómo, acercó su rostro al de la muchacha. Ella no se apartó y él le estrechó más fuertemente la mano y la besó en la boca.
-¡Vaya una ocurrencia! -dijo ella, y con un rápido movimiento se soltó la mano y se alejó de Nejludov.
La muchacha cogió dos ramas de lilas, se golpeó con ellas las ardientes mejillas, lanzó hacia atrás una mirada a Nejludov y, balanceando vigorosamente el brazo, corrió a reunirse con los demás jugadores.
A partir de aquel momento, las relaciones entre Nejlúdov y Katucha se modificaron. En lo sucesivo, la situación de ambos pasó a ser la de un muchacho y una muchacha, los dos inocentes e ingenuos y que se sienten atraídos el uno hacia eo otro.
Todo se llenaba de sol para Nejludov si Katucha penetraba en la habitación donde él se encontraba o si distinguía a lo lejos su delantal blanco; todo le parecía lleno de interés, gozoso, importante: la vida para él se transformaba en embriaguez. Por su parte, ella experimentaba una impresión semejante. y no solamente la presencia o el acercamiento de Katucha producían este efecto sobre Nejludov, sino que el solo pensamiento de que ella existía lo colmaba de felicidad; y también en ella, el pensamiento de que existía él. y si, por casualidad, recibía él de su madre una carta que lo entristecía; si estaba descontento de su trabajo o sentía uno de esos accesos de vaga tristeza frecuentes entre los jóvenes, Nejludov pensaba en Katucha, y su pena se desvanecía inmediatamente.
Katucha estaba muy ocupada en la casa, pero era diligente; le gustaba leer en sus momentos de ocio. Nejludov le prestó obras de Dostoievski y de Turgueniev que él mismo acababa de leer; el Remanso de paz, de Turgueniev, tuvo sobre todo la virtud de encantarla. Varias veces al día, cuando se encontraban en el corredor, en el balcón, en el patio, cambiaban algunas palabras; y a veces, Katucha, que vivía con la anciana Matrena Pavlovna, camarera de las dos señoritas, era acompañada por Nejludov a la habitación que ocupaban las dos sirvientas, y allí tomaban el té. y los dos extraían un encanto delicioso de esas conversaciones en presencia de Matrena Pavlovna. Pero cuando se encontraban solos, sus conversaciones languidecían: Sus ojos inmediatamente se ponían en desacuerdo con sus labios y mantenían un lenguaje más grave: entonces sus bocas se callaban; sentían que los invadía la desazón y se apartaban inmediatamente.
Todo el tiempo que Nejludov pasó en casa de sus tías se deslizaron así las nuevas relaciones entre los dos jóvenes. Pero las señoritas se dieron cuenta; se inquietaron por ello y creyeron que era su deber informar por carta a la princesa Elena Ivanovna, madre de Nejludov. La tía María Ivanovna temía una.relación galante entre Dmitri y Katucha: ¡temor muy quimérico! Desde luego, Sin darse cuenta, Nejludov amaba a Katucha, pero como aman los inocentes; y su amor era la principal salvaguardia contra una caída de uno u otro. No sólo no tenía deseo de poseerla físicamente, sino que una especie de terror lo invadía ante el solo pensamiento de que eso fuera posible. La otra tía, Sofía Ivanovna, tenía un temor diferente. De espíntu más poético y conociendo el carácter entero y resuelto de su sobrino, tenía miedo de que se le ocurriese el pensamiento de casarse con la muchacha a pesar del origen y de la condición social de ésta. y este temor no dejaba de tener sus fundamentos.
Si Nejludov mismo hubiese tenido conciencia de su amor por Katucha y hubiesen tratado de persuadirlo de la imposibilidad en que se encontraba de unir su destino con el de la joven, seguraemente, con su franqueza habitual, habría decidido que nada impediría su casamiento con cualquier muchacha que fuese, con tal que él la amase. Pero sus tías no le participaron sus temores, y se marchó sin darse cuenta de su amor por Katucha.
Estaba convencido de que el amor que sentía por ella era más que una manifestación de la alegría de vivir que llenaba todo su ser y que era compartida por aquella muchacha gozosa y encantadora. Pero cuando, el día de su partida la vio de pie en la escalinata, al lado de sus tías, cuando vio los grandes ojos negros llenos de lágrimas, clavados tiemamente en él, tuvo sin embargo la impresión de que aquel día abandonaba algo muy bello que no volvería a encontrar jamás. y una dolorosa tristeza lo invadió.
-¡Adiós, Katucha, y gracias por todo! -le murmuró tras el gorrito de Sofía Ivanovna, antes de subir en el coche que iba a llevárselo.
-¡Adiós, Dimitri Ivanovitch!- dijo ella con su voz acariciadora.
Luego, esforzándose en reprimir las lágrimas que empezaban a correrle de los ojos, huyó a la antecámara para llorrar allí a sus anchas.
XIII
Tres años pasaron antes de que Nejludov volviese a ver a Katucha. y cuando volvió a verla, durante un alto que hizo en casa de sus tías, cuando iba a incorporarse a su regimiento, pues acababa de ser nombrado oficial, era ya un hombre muy diferente del que había pasado el verano, tres años antes, en casa de las ancianas señoritas.
En otros tiempos había sido un muchacho leal y desinteresado, siempre dispuesto a entregarse de todo corazón a lo que pensaba que era el bien; hoy no era más que un egoísta refinado, un libertino que no amaba más que su placer. En otros tiempos, el mundo divino se le aparecia como un enigma que él se esforzaba en descifrar con un gozoso entusiasmo; ahora, todo en esta vida era para él simple y claro, todo le parecia subordinado a las condiciones del medio ambiente. En otros tiempos consideraba importante y necesario la comunión con la naturaleza, con los hombres que habían vivido, pensado y sentido antes que él (filósofos y poetas); ahora consideraba necesarias e importantes las instituciones humanas y la compenetración con sus camaradas. En otros tiempos, la mujer era a sus ojos una criatura misteriosa y encantadora, que extraía su encanto de su misterio mismo; ahora, la mujer, cualquier mujer, exceptuando a sus parientes o a las mujeres de sus amigos, tenía según él un sentido muy definido: era únicamente el instrumento de un goce ya apreciado y que era el que más le agradaba. En otros tiempos no tenía necesidad alguna de dinero; apenas gastaba la tercera parte de la asignación que le entregaba su madre; podía renunciar a la herencia paterna y dársela a los campesinos; ahora hallaba insuficientes los mil quinientos rublos mensuales dados por su madre y ya había tenido con ella desagradablés explicaciones sobre asuntos de dinero. En otros tiempos consideraba que su ser espiritual era su verdadero yo; ahora consideraba como su yo su ser bestial, sano y vigoroso.
Y la transformación tan profunda que se había operado en él provenía simplemente de que había abandonado su creencia en sí mismo en provecho de su creencia en los demás. y la causa de este cambio de creencia se fundaba en que vivir creyendo en sí mismo le parecia demasiado difícil, porque para vivir creyendo en sí mismo tenía que decidirse no en favor de su yo animal, únicamente preocupado por el placer, sino casi siempre en contra de él; mientras que al vivir creyendo en los demás se ahorraba tener que decidir nada, pues todo se encontraba decidido de antemano contra su yo moral, en beneficio de su yo animal. Más aún, su creencia en sí mismo lo exponía sin cesar a la desaprobación de los hombres; creyendo por el contrario en los demás, estaba seguro de merecer el elogio de quienes lo rodeaban.
Así., cuando los pensamientos, las aventuras o las palabras de Nejludov versaban sobre Dios, la verdad, la riqueza o la pobreza, todos los que él frecuentaba juzgaban sus preocupaciones irrazonables, a menudo ridículas; con una benévola ironía, su madre y sus tías lo llamaban "nuestro querido filósofo"; y cuando, por el contrario, leía novelas, contaba anécdotas escabrosas o citaba detalles sobre el vodevil representado en el Teatro Francés, todo el mundo lo aplaudía y lo encontraba encantador. Si, creyendo que era su deber limitar sus necesidades, llevaba un abrigo usado o se abstenía de beber vino, todo el mu.ndo lo tachaba de originalidad que tenía por móvil la vanagloria y el deseo de singularizarse; pero, por el contrario, cuando el dinero gastado en sus placeres excedía de sus recursos, bien en las cacerías, bien en el lujo con que había adornado su despacho, todos alababan su buen gusto y le daban objetos de valor. Cuando era casto y experimentaba el deseo de seguir siéndolo hasta su casamiento, su familia entera temblaba por su salud; por el contrario lejos de entristecerse su madre casi se había alegrado al enterarse de que ya se ha:bía convertido en hombre y que acababa de quitarle a uno de sus camaradas una cierta dama francesa. En cuanto al episodio de lo que había podido pasar con Katucha y en las veleidades que había tenido Nejludov de casarse con ella, la princesa no podía pensar en eso sin terror.
Igualmente, cuando Nejludov había dado a los campesinos la pequeña finca que había heredado de su padre, porque la posesión de la tierra le parecía una injusticia, su decisión había dejado estupefactos a todos sus familiares y conocidos, que acudieron a hacerle reproches y a gastarle bromas sin cuento. Le habían repetido hasta la saciedad que, lejos de enriquecerlos, el regalo hecho por él a los campesinos los había empobrecido, que habían montado tres tabernas en su pueblo y habían dejado en absoluto de trabajar. Por el contrario, cuando su entrada en el regimiento de la Guardia le había abierto las puertas de la alta aristocracia y había empezado a gastar tanto dinero, que su madre había tenido que tomar un anticipo Sobre su capital, la princesa Elena Ivanovna apenas se había contristado, considerando que era natural e incluso conveniente para él vacunarse así contra la enfermedad de la locura de la juventud, y eso en buena con'tpañía.
Al principio, Nejludov había presentado cierta resistencia a aquel nuevo género de vida; pero la lucha le resultaba muy difícil, porque todo lo que él tenía por bueno, cuando creía en sí mismo, era tenido por malo por los demás, en tanto que, a la inversa, lo que le parecía malo lo declaraba excelente la gente que lo rodeaba. Por eso acabó cediendo: había dejado de creer en sí mismo para empezar a creer en los demás. Muy al principio, esta capitulación ante sí mismo le había resultado desagradable; pero esta primera impresión fue pasajera; había comenzado a fumar y a beber vino, y como aquel sentimiento penoso había desaparecido por sí mismo, se sintió como aliviado de un peso.
Desde entonces, con su naturaleza apasionada, Nejludov se había entregado por entero a aquella vida nueva que era la de su medio ambiente y había ahogado por completo en él la voz que reclamaba otra cosa. Su llegada a Petersburgo marcó el principio de ese cambio que cu1minó al ser admitido en el regimiento de la Guardia.
En general, el servicio militar es disolvente, desde el momento en que pone a los hombres en condiciones de completa ociosidad. El honor especial del regimiento, del uniforme, de la bandera, al mismo tiempo que el poder discrecional de los jefes y la sumisión de los subordinados, ocupan el lugar del trabajo útil y de los deberes impuestos a todos los hombres.
Pero cuando, a este disolvente contenido en el servicio militar mismo, desde el punto de vista general, con su honor del regimiento, del uniforme y de la bandera y la autorización de la violencia y del asesinato, viene a añadirse el de la riqueza y el del contacto con la familia imperial ( como sucede en los regimientos de la Guardia, donde sirven solamente los oficiales ricos y nobles), resulta de ello un estado de egoísmo insensato. y en este estado se encontraba Nejludov después que se había hecho oficial y que vivía como sus camaradas.
No había más que hacer sino ponerse un bonito uniforme bien confeccionado por otros; un casco y armas, igualmente hechos, limpiados y servidos por otros; caracolear sobre un soberbio caballo, nutrido y educado también por otros; galopar con sus camaradas, blandir el sable, disparar tiros y enseñar este oficio a otros hombres. Ésa era toda la tarea, y los colocados en más altos lugares: jóvenes y viejos, el zar, su camarilla, todos, no solamente aprobaban esta ocupación, sino que la alababan y se mostraban agradecidos por la misma. Se consideraba, además, bueno e importante gastar el dinero sin profundizar en sus orígenes, comer y sobre todo beber en los círculos de oficiales o en los establecimientos más caros; luego, los teatros, los bailes, las mujeres; de nuevo la galopada y el molinete del sable; y una vez más el dinero tirado a manos llenas, el vino, las cartas y las mujeres.
Un paisano que llevase una vida semejante no podría menos de sentir vergüenza en el fondo. Los militares, por el contrario, consideran esa vida como absolutamente indispensable y se glorían de ella, sobre todo durante la guerra, como le ocurría a Nejludov, que había entrado en el servicio después del comienzo de las hostilidades contra Turquía.
"¡Estamos dispuestos a sacrificar nuestra vida!, y, por consiguiente, esta vida despreocupada y alegre que llevamos es no solamente excusable, sino incluso indispensable para nosotros. Por eso es la que llevamos."
Tal era el razonalniento inconsciente de Nejludov en este período de su vida; y gozaba viéndose liberado de todos los frenos morales a los que se había atenido en su juventud, con lo que no cesaba de dejar que se consumase en él un verdadero estado de locura egoísta.
Y en ese estado se hallaba cuando, después de tres años, volvió junto a sus tías.
XIV
Nejludov se había parado en casa de sus tías primeramente porque la finca de éstas se encontraba en la ruta que él tenía que seguir para incorporarse a su regimiento; después, porque las dos viejas señoritas se lo habían suplicado encarecidamente; pero a él mismo lo que le interesaba sobre todo era volver a ver a Katucha. Quizá llevaba de antemano, en el fondo de su alma, respecto a la muchacha, un mal designio dictado por el instinto animal predominante en él; en cualquier caso, no se lo confesaba, y lo único que
se confesaba era su deseo de volver a encontrarse en los lugares testigos de la felicidad que había experimentado con ellas, y volverla a ver, y volver a ver a sus tías, personas un poco ridículas, pero amables y buenas y que siempre lo habían envuelto en ternura y admiración.
Llegó a finales de marzo, un Viernes Santo, en pleno deshielo, con una lluvia torrencial, tanto que al acercarse a la casa se sentía mojado y empapado, pero valiente y muy en forma, como lo estaba siempre en aquel período de su vida.
"Con tal que ella siga todavía aquí!", pensaba al penetrar en el patio, todo lleno de nieve fundida, y al distinguir la vieja morada y el muro de ladrillos que rodeaba el recinto y que él conocía tan bien. Se había forjado la esperanza de que, en cuanto ella oyese la campanilla, correría a recibirlo en la escalinata, pero en su lugar aparecieron dos mujeres, con los pies descalzos y las faldas arremangadas, que llevaban cubos y estaban ocupadas sin duda alguna en fregar el suelo. Ni el menor rastro de Katucha. y Nejludov vio solamente avanzar a su encuentro al viejo lacayo Tijon, él también con delantal, y que evidentemente acababa de suspender alguna operación de limpieza. En la antecámara fue recibido por Sofía Ivanovna, con vestido de seda y sombrero.
-¡Qué amable has sido viniendo! -exclamó Sofía Ivanovna besándolo -.Machegnka ( diminuto de María, N del T.) está un poco malucha; esta mañana se ha cansado en la iglesia. Nos hemos confesado.
-Tía Sonia (diminuto de Sofía, N del T.), le deseo unas felices fiestas -dijo Nejludov, besándole la mano -.¡Perdóneme, la he mojado!
-¡Ve ahora mismo a cambiarte a tu habitación! Estás empapado. ¡Si ya tienes bigote...! ¡Katucha, pronto, Katucha, que le preparen café!
-¡Inmediatamente! -respondió, desde el corredor, una voz, tan agradablemente conocida por Nejludov. y el corazón de éste latió gozosamente. ¡Ella aún seguía allí!
Y era como si el sol se hubiese mostrado entre las nubes, Alegremente, Nejludov siguió a Tijon, quien lo condujo a la misma habitación donde se había alojado en otros tiempos.
Le habría gustado preguntar al sirviente cómo estaba Katucha, lo que hacía, si tenía novio. Pero Tijon se mostraba a la vez tan respetuoso y tan digno, insistía tanto para echar él mismo agua de la jarra sobre las manos de Nejludov, que éste no se atrevió a hacerle preguntas sobre la muchacha, y se limitó a interesarse por los nietecitos del criado, por el viejo caballo de su hermano, por el perro guardián Polkan. Todo el mundo estaba con vida y con buena salud, excepto Polkan, afectado por la rabia el año anterior.
Mientras Nejludov se cambiaba de traje, oyó unos pasos rápidos en el corredor y luego llamar a la puerta. Nejludov reconoció los pasos y la forma de llamar: sólo ella andaba y llamaba de esta forma.
Se echó a toda prisa sobre los hombros su abrigo completamente empapado; luego se acercó a la puerta y gritó:
-¡Entre!
Era ella, Katucha, siempre la misma, pero más encantadora que en otros tiempos. Como antes, sus negros ojos bizqueaban ligeramente, brillaban y reían; y, como antes, llevaba un de lantal blanco de una limpieza incomparable. Venía a traerle, de parte de su tía, un jabón perfumado al que hacía un momento le habían desgarrado la envultura; una toalla esponja y otra mayor, de tela, con bordados rusos. y el jabón, acabado de salir de su envoltura, con sus letras en relieve, y las toallas, y la misma Katucha, todo estaba igualmente limpio, fresco, intacto y delicioso. Los labios de la muchacha, rojos, fuertes, encantadores, se plegaban como antes, con una alegría desbordante, a la vista de Nejludov.
-¡Bienvenido, Dmitri Ivanovitch! -dijo ella con un ligero esfuerzo, y su rostro se ruborizó.
-¡Te saludo...! ¡La saludo...! -No sabía si debía hablarle de "tú" o de "usted", y también él sintió que se ruborizaba -.¿Cómo está usted?
-Bien, a Dios gracias. Su tía le manda su jabón preferido, el de rosa -dijo ella dejando el jabón en la mesa y colocando después las toallas sobre el respaldo de una silla.
-Ellos tienen los suyos ( Por deferencia, los sirvientes rusos hablan de sus amos en tercera persona y en plural ) -protestó solemnemente Tijon, señalando con el dedo un gran neceser con cerraduras de plata lleno de frascos, brochas, polvos, perfumes y de instrumentos de aseo.
-Déle las gracias a mi tía. ¡ Y qué contento estoy de haber venido! -añadió Nejludov, sintiendo que en el fondo de su alma todo volvía a ser dulce y luminoso como en otros tiempos.
Katucha sonrió, y ésa fue su respuesta; luego abandonó la habitación.
La acogida que hicieron a Nejludov sus tías, quienes siempre lo habían adorado, fue esta vez más solícita aún que de costumbre. ¡Dmitri, que se iba a la guerra, podía resultar herido, muerto! Esto las emocionaba.
La primera intención de Nejludov había sido detenerse allí solamente un día; pero, al volver a ver a Katucha se decidió a quedarse junto a ella hasta el día de Pascua, y como había quedado citado con su camarada Schönbok en Odessa, le telegrafió que sería mejor que viniera a reunirse con él en casa de sus tías.
Desde el primer instante en que volvió a ver a la muchacha, Nejludov sintió renacer en él el sentimiento de antes. Como en otros tiempos, no podía impedir una sincera emoción cuando veía el delantal blanco de Katucha; ni oír sin placer su voz, su risa, el ruido de sus pasos; ni soportar con indiferencia, sobre todo cuando ella sonreía, la mirada de sus ojos negros como casis humedecidos; igualmente, y aún más que antaño, no podía, sin turbarse, verla ruborizarse en su presencia. Se sentía enamorado, pero no ya como en los tiempos en que su amor era para él un misterio, cuando no osaba confesárselo a sí mismo, cuando tenía la convicción de que no se podía amar más que una vez; ahora sabía que estaba enamorado y se alegraba de ello y, siempre tratando de no pensar en eso, sabía también en qué consistía este amor y sus resultados posibles.
Como en todos los seres humanos, en Nejludov había dos hombres: uno, el hombre moral que buscaba su bien en el bien de los demás; otro, el hombre animal, que busca tan sólo su bien personal a costa del de todos los demás. y en el período de locura egoísta provocado en él por la vida en Petersburgo y por la vida militar, el hombre animal había adquirido suficiente ventaja para ahogar las necesidades del alma. Sin embargo, cuando volvió a ver a Katucha y sus antiguos sentimientos respecto a ella se despertaron, el hombre moral alzó de nuevo la cabeza y reclamó sus derechos. Esto fue la causa de una lucha inconsciente, pero sin tregua, que se libró en él durante estas dos jornadas que precedieron a las Pascuas.
En lo íntimo de su alma, él sabía que su obligación era marcharse y que obraba mal al prolongar su estancia en casa de sus tías; sabía que nada bueno podría salir de ello; pero en vista del placer y la alegría experimentados, imponía silencio a su conciencia y permanecía allí.
El sábado por la tarde, víspera de Pascuas, el sacerdote, acompañado del diácono y del sacristán, vinieron para celebrar maitines; hablaron de todas las fatigas que habían tenido que soportar para franquear en trineo las charcas producidas por el deshielo durante el camino de tres verstas que separaba la iglesia de la casa de las ancianas señoritas.
Nejludov, con sus tías y todos los sirvientes, asistió a la ceremonia. No dejó de examinar a Katucha, quien permanecía junto a la puerta, el incensario en la mano. y cuando, siguiendo la costumbre, hubo cambiado con el pope, y luego con sus tías, los tres besos, y cuando estaba a punto de regresar a su habitación, oyó en el corredor la voz de Matrena Pavlovna, la vieja camarera; y ésta decía que se preparaba a ir a la iglesia con Katucha para asistir a la bendición del pan pascual. "¡También yo iré!", se dijo Nejludov.
El camino estaba tan intransitable, que no se podía soñar siquiera en ir a la iglesia ni en coche ni en trineo. Por eso Nejludov hizo ensillar el viejo caballo, aquel al que llamaban "el potro del hermano", y, en lugar de irse a acostar, se puso su brillante uniforme, se colocó su capote de oficial y, sobre el viejo caballo demasiado nutrido, pesado, relinchando sin cesar en medio de la noche, a través de la nieve y del fango, se dirigió a la iglesia del pueblo.
XV
Aquella misa nocturna debía marcar uno de los recuerdos más duraderos y radiantes en la vida de Nejludov.
Cuando, después de una larga carrera a través de las tinieblas, alumbradas solamente, a trechos, por el reflejo blanco de la nieve, penetró por fin, cabalgando el potro, que movía las orejas al ver las lamparitas encendidas alrededor de la iglesia, en el patio de ésta, el servicio había comenzado ya.
Al reconocer en el jinete al sobrino de María Ivanovna, los campesinos lo condujeron a un sitio seco, donde pudo apearse, le recogieron el caballo y le abrieron las puertas. de la iglesia, ya llena de gente.
A la derecha estaban los mujiks. Los viejos, con caftanes confeccionados en casa, los pies rodeados de tiras de tela blanca y calzados con alpargatas hechas de corteza de tilo nuevo. Los jovenes, con caftanes de paño nuevo, ceñidos los riñones con una faja clara, y en los pies grandes botas. A la izquierda estaban las mujeres, tocadas con pañolones de seda vestidas con justillos de terciopelo de mangas rojo vivo faldas azules verdes, rojas, y calzadas con zapatos herrados: Las de más edad, modestas, con sus pañolones blancos y sus caftanes grises, se habían colocado en el fondo. Entre ellas y las mujeres mejor vestidas se alineaban los niños, muy arregladitos, con los cabellos untados de aceite. Los mujiks se santiguaban haciendo grandes ademanes y ceremoniosos saludos, echando hacia atrás su cabellera cuando se incorporaban; las mujeres, sobre todo las viejas, miraban obstinadamente el icono rodeado de cirios, apoyaban vigorosamente sus dedos cruzados por turnos sobre la frente, los hombros y el vientre, mascullando oraciones, se inclinaban y se ponían de rodillas. Imitando a las personas mayores, los niños rezaban con fervor, sobre todo cuando las miradas se posaban en ellos. El iconostasio o biombo de oro lanzaba un raudal de luz en medio de los cirios envueltos en oro. De la misma manera el gran candelabro estaba todo guarnecido de velas. Cantores de buena voluntad formaban dos coros en que el mugido de los bajos se acompasaba con el soprano agudo de las voces infantiles.
Nejludov avanzó hasta la primera fija. La aristocracia ocupaba el centro, representada por un propietario rural del país, con su mujer y su hijo, este último vestido de marinero; luego el comisario de policía rural, el telegrafista, un comerciante calzado con botas altas y el alcalde del pueblo con su medalla al cuello; ya la derecha de la tribuna-púlpito, detrás de la mujer del propietario, Matrena Pavlovna, con un vestido de colores cambiantes, cubiertos los hombros con un chal ribeteado por una banda blanca. Cerca de ella, Katucha, con vestido blanco plisado, ceñido el talle por un cinturón azul, y con un lazo rojo en sus negros cabellos.
Todo tenía aire de fiesta; todo era solemne, alegre y encantador: los sacerdotes, con su casulla de plata, cortada por una cruz de oro; el diácono y el sacristán, con sus estolas bordadas de oro y de plata; los cantos de alegría de los sochantres aficionados, de relucientes cabellos; las bendiciones repetidas del sacerdote, que elevaba el cirio por encima de los fieles; la manera como todo el mundo salmodiaba muchas veces: "¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!" Todo eso era bello, pero más bella aún era Katucha, con su vestido blanco, su cinturón azul, su lazo rojo en sus negros cabellos y sus ojos encendidos de alegría.
Nejludov comprendió que ella lo veía sin volverse. Vio eso al pasar muy cerca de ella para ir hacia el altar. No teniendo por qué hablarle, se las compuso sin embargo para decirle:
-Mi tía la avisa que se comerá después de la misa final. Como siempre, en cuanto Katucha divisó a Nejludov, su joven sangre le afluyó al rostro y sus negros ojos se detuvieron en él risueños, dichosos, en una mirada ingenua de arriba abajo.
-Sí, ya lo sé- respondió ella.
En aquel momento, el sacristán, que atravesaba por entre la muchedumbre con un jarrón de cobre, pasó cerca de la muchacha y, sin verla, la rozó con su estola. Por deferencia había querido borrarse ante Nejludov y así había rozado a Katucha. Pero Nejludov se quedó estupefacto al ver que el sacristán no comprendía que todo lo que existía en la iglesia, en el mundo, no existía más que para Katucha y que ella sola, centro del universo entero, no debía pasar inadvertida. Para ella brillaba el oro del iconostasio, ardían los cirios del candelabro; para ella subían todos aquellos cantos de alegría: "¡La Pascua del Señor! ¡Humanos, alegraos!". Y todo lo que era hermoso y bueno en la tierra era para Katucha, y Katucha debía comprenderlo así, porque Nejludov lo sentía al ver las formas esbeltas de la joven, moldeadas en su vestido blanco plisado, y su rostro lleno de alegría recogida, diciéndole que todo lo que cantaba en él debía también cantar en ella.
En el intervalo entre la misa nocturna y la misa de la aurora, Nejludov salió de la iglesia. Delante de él, la muchedumbre se apartaba y lo saludaba. Algunos lo reconocían; otros preguntaban: "¿Quién es?" Se detuvo en el atrio. Los mendigos lo rodearon; les distribuyó todo el dinero menudo que llevaba en el portamonedas y bajó la escalera del patio.
Ya el alba empezaba a despuntar, pero el sol no aparecía aún. Los fieles iban a sentarse entre las tumbas que rodeaban la IglesIa. Katucha se había quedado en el interior, y Nejludov se detuvo para aguardarla.
Haciendo resonar los clavos de las botas sobre las losas, la multitud continuaba saliendo y se diseminaba por el patio y por el cementerio de la iglesia.
Un viejo de cabeza bamboleante, antiguo pastelero de María Ivanovna detuvo a Nejludov y lo besó tres veces; luego su mujer, una viejecita toda arrugada, cubierta la cabeza con un pañuelo de seda, le tendió un huevo teñido de amarillo azafrán. Detrás de ellos, un joven y vigoroso mjik, vestido con un caftán nuevo con un cinturón verde, se acerco sonriendo.
-¡Cristo ha resucitado! -dijo con una mirada risueña y bondadosa; y pasando los brazos por el cuello de Nejludov, cosquilleándole el rostro con su. corta barba rizada, mIentras lo impregnaba con su olor especial y sano de mujik, lo besó tres veces en plena boca con sus labios fuertes y frescos.
Mientras Nejludov se besaba con el mujik y recibía de él un huevo teñido de color de ladrillo, vio salir de la iglesia el vestido tornasolado de Matrena Pavlovna y la querida cabecita negra de lazo rojo.
Inmediatamente Katucha lo divisó, a pesar de la mucheumbre que los separaba; y él vio cómo se le aclaraba el rostro.
En el atrio, la joven se detuvo para dar unos céntimos a los mendigos. Uno de ellos, que se le acercó, tenía una gran llaga roja en lugar de nariz. Ella cogió algo de su vestido, luego avanzó hacia él y lo besó tres veces, sin repulsión, con el mismo centelleo en los ojos. Al mismo tiempo sus ojos se encontraron con los de Nejludov; y era como si le hubiesen preguntado: "¿Está bien lo que estoy haciendo?"
"¡Desde luego, mi bienamada, todo está bien, todo es hermoso, te amo!"
Las dos mujeres bajaron los escalones, y Nejludov avanzó hacia ellas. Su intención no era desearles la Pascua, pero no podía impedir acercarse a Katucha.
-¡Cristo ha resucitado! -dijo Matrena Pavlovna con una señal de cabeza, una sonrisa y una voz que demostraban la igualdad de todos aquel día; luego se secó la boca con el pañuelo y se la ofreció a Nejludov.
-¡Verdaderamente resucitado! -respondió él, y la besó.
Lanzó una mirada a Katucha, que enrojeció y vino a colcarse muy cerca de él.
-¡Cristo ha resucitado, Dmitri Ivanovitch!
-¡Verdaderamente resucitado! - dijo él. Se besaron dos veces y se detuvieron, preguntándose si debían continuar; e inmediatamente, habiendo decidido que sí debían, se besaron una tercera vez, y los dos sonrieron.
-¿No van ustedes a casa del sacerdote? -preguntó Nejludov.
-No, esperaremos aquí, Dmitri Ivanovitch -dijo ella, haciendo un esfuerzo para hablar.
El pecho se le levantaba febrilmente; ella no dejaba de mirarlo a los ojos con sus ojos sumisos, vírgenes y amantes.
En el amor entre hombre y mujer sobreviene siempre el minuto en que este amor alcanza su apogeo y no tiene ya nada de premeditado ni de sensual. Nejludov había conocido ese minuto en aquella noche de la resurrección de Cristo. Ahora, sentado en la sala del jurado, si trataba de rememorar todas las circunstancias en que había visto a Katucha, se alzaba aquel minuto único borrando todo el resto: la negra cabecita cuidadosamente peinada, con su lazo rojo, su vestido blanco plisado, moldeando su talle virgen y esbelto y su pecho naciente, y aquel rubor, y aquellos ojos negros radiantes y tiernos, y, en todo su ser, los dos rasgos principales: la pureza de su amor virginal, no solamente hacia él, él lo sabía, sino hacia todos y hacia todo; no solamente hacia lo que había de bueno en el mundo, sino también hacia aquel mendigo al que había besado.
Ese amor, él lo sentía aquella noche en ella como en él mismo; y sentía que ese amor los fundía a los dos en un ser único.
"¡Ah, si hubiese podido perdurar en el sentimiento experimentado aquella noche! Sí -cavilaba, sentado ante una ventana en la sala del jurado-, todo lo que ocurrió de terrible entre nosotros no llegó sino después de aquella noche aniversario de la resurrección de Cristo."
XVI
Al regreso de la iglesia, Nejludov comió con sus tías. Para reaccionar contra la fatiga, siguiendo una costumbre contraída en el regimiento, bebió varios vasos de aguardiente y de vino. Luego se retiró a su habitación, se tendió en la cama sin desnudarse y se quedó dormido inmediatamente. Lo despertó un golpe dado a la puerta, y la manera de golpear le indicó que era ella. Saltó de la cama frotándose los ojos.
-Katucha, ¿eres tú? ¡Entra! -dijo él.
Ella entreabrió la puerta.
-Lo llaman para comer -dijo
Llevaba su mismo vestido blanco, pero no el lazo en los cabellos.
Ella lo miraba a los ojos, el rostro radiante, como si le hubiesen anunciado alguna cosa extraordinariamente feliz.
-Ahora mismo voy- respondió, cogiendo un peine para ponerse en orden los cabellos.
Ella permaneció todavía unos minutos sin decir nada. Él, dándose cuenta, tiró el peine y se lanzó bruscamente hacia ella. Pero, en el mismo instante, ella se volvió con un movimiento ligero y se deslizó, con paso rápido, por la alfombra del corredor.
"¿Cómo he podido ser tan imbécil como para no retenerla?", pensó Nejludov.
Y corrió detrás de ella por el pasillo.
Él mismo no sabía lo que quería de la muchacha. Pero tenía la impresión de no haber hecho, cuando ella había entrado en su cuarto, lo que habría hecho todo el mundo.
-¡Katucha, espérate! -le dijo.
Ella se volvió y preguntó, deteniéndose:
-¿Qué pasa?
-No pasa nada; únicamente...
Y, haciendo un esfuerzo. sobre sí mismo, recordando cómo obraban todos en casos parecidos, le pasó el brazo alrededor del talle.
Ella le miró fijamente a los ojos.
-No está bien, Dmitri Ivanovitch, no está bien -dijo, poniéndose toda roja ya punto de llorar.
Luego, con su nerviosa manecita, apartó el brazo que la había enlazado..
Nejludov la soltó. Tuvo de pronto una sensación de malestar y de vergüenza, más aún, de repugnancia contra sí mismo. En aquel instante decisivo habría debido creer en él mismo; pero no comprendió que esa vergüenza y esa repugnancia eran el mejor sentimiento de su alma; por el contrario, se imaginó que sólo su estupidez hablaba en él y que su deber era hacer como hace todo el mundo.
Persiguió de nuevo a Katucha, la volvió a agarrar por el talle y le deslizó un beso en el cuello. Pero ese beso no se parecia en nada a los dados en dos ocasiones anteriores: el primero, inconsciente, tras el bosquecillo de lilas; luego, los de aquella mañana, en la iglesia. En este momento su beso tenía algo de terrible, y ella lo comprendió.
-Pero, ¿qué hace usted? -exclamó ella con espanto, como si hubiese destruido para siempre algo infinitamente precioso; y huyó a todo correr.
Nejludov llegó al comedor. Encontró allí, ya sentados a la mesa, a sus tías vestidas con sus mejores galas, al médico y a una vecina. Todo transcurrla como de ordinario, pero en el alma de Nejludov rugía la tempestad. No comprendía nada de lo que se le decia, respondía equivocadamente y no pensaba más que en el beso robado a Katucha, no pudiendo pensar en ninguna otra cosa. Cuando ella entró en el comedor, él no levantó los ojos hacia ella, pero todo su ser sentía, aspiraba su presencia, y tenía que hacer un esfuerzo para no mirarla.
Después de la comida volvió a su habitación. Muy conmovido, caminó largo rato de arriba abajo, el oído al acecho de los rumores de la casa, esperando el paso de Katucha. No solamente el animal que estaba en él había levantado la cabeza, sino que había pisoteado al ser espiritual que había existido en Nejludov cuando su primera estancia y todavía aquella mañana en la iglesia. y esta temible bestia humana reinaba ahora en su alma. Pero, aunque no cesase de espiar a Katucha, no pudo, ni una sola vez durante el día, encontrarse a solas con ella. No cabía duda de que ella lo esquivaba. Pero, hacia el anochecer, se vio obligada a entrar en una habitación contigua a la que él ocupaba. Habiendo consentido el médico en quedarse hasta el día siguiente, la joven había recibido la orden de prepararle una habitación donde pasar la noche. Al ruido de sus pasos, Nejludov, caminando quedamente y reteniendo el aliento, como si fuera a cometer un crimen, se deslizó en la habitación donde ella estaba.
Ella tenía las manos metidas en una funda a fin de introducir allí la almohada. Se volvió hacia Nejludov y sonrió, pero no con aquella sonrisa gozosa y confiada de otros tiempos, sino con una sonrisa temerosa, angustiada. Parecía decirle a Nejludov que lo que hacía estaba mal, y éste se detuvo un instante. En aquel momento la lucha aún era posible. Muy débilmente, él oía la voz de su verdadero amor, que le hablaba de ella de sus sentimientos para con ella, de la vida de ella. Pero otra voz le decía: "¡Ten cuidado, vas a dejar escapar tu felicidad, tu placer!". Y la última voz ahogó a la primera. Con paso resuelto, avanzó hacia la joven, obedeciendo a un sentimiento bestial, irresistible.
Teniéndola ceñida en un sólido abrazo, sintió que era necesario hacer algo más; y la sentó en la cama y él se sentó junto a ella.
-¡Dmitri Ivanovitch, querido, por favor, déjeme! -murmuró ella con voz suplicante -¡Ahí viene Matrena Pavlovna! -exclamó desprendiéndose bruscamente.
En efecto, alguien venía.
-¡Escucha! -le susurró Nejludov -. Iré a reunirme contigo por la noche. Estarás sola, ¿verdad?
-¿Qué dice. usted? ¡Nunca en la vida! ¡No está bien! -decían sus labios; pero toda su persona, conmovida, turbada, decia otra cosa.
Era, desde luego, Matrena Pavlovna. Entró en la habitación trayendo cobertores. Lanzó a Nejludov una mirada de reproche y regaño a Katucha por haberse olvidado de recoger la colcha que hacía falta.
Silenciosamente, Nejludov salió, sin ni siquiera sentir verguenza. En la mirada de Matrena Pavlovna había leído una censura, y ella tenía, bien lo sabía él, derecho a censurarle, porque lo que él hacia estaba mal; pero es que ya el instinto bestial, suplantando su antiguo amor por Katucha, lo dominaba, reinaba unico en él. Se sentía obligado a satisfacer ese instinto y no pensaba más que en los medios de conseguirlo.
No pudo estarse quieto en un sitio durante la velada, y unas veces entraba en la sala de sus tías y otras iba a su habitación o salía a la escalinata. Su solo pensamiento era volver a ver a Katucha; pero ésta lo esquivaba, vigilada además por Matrena Pavlovna.
XVII
Transcurrida así la velada, vino la noche. El médico fue a acostarse y las tías se retiraron a sus habitaciones. Nejludov sabía que en aquellos momentos Matrena Pavlovna ayudaba a desnudarse a las viejas señoritas. Katucha debía de estar sola en la cocina. De nuevo Nejludov salió a la escalinata. La noche era sombría, húmeda, pegajosa; una neblina blanca, producida en primavera por la fusión de la nieve, llenaba el aire. Del río, a cien pasos de la casa, llegaban ruidos extraños: era el hielo que se rompía.
Nejludov bajó la escalinata, franqueó los charcos de agua para poner los pies en nieve dura y avanzó hasta la ventana de la cocina. El corazón le latía con tanta fuerza en el pecho, que llegaba a oír los latidos; ora se le paraba la respiración, ora le salía jadeante en un soplo penoso. Una lamparilla alumbraba la cocina. Katucha estaba alli sola, sentada cerca de la mesa, los ojos fijos en el vacío, la expresión pensativa. Y, durante largo rato, Nejludov se quedó observándola, con la curiosidad de saber qué haría ella a continuación. La muchacha conservó la misma postura durante algunos minutos, alzó los ojos, sonrió, hizo una señal de cabeza como si se hubiese dirigido un reproche a sí misma; luego, con ademán convulso, posó las manos sobre la mesa y volvió de nuevo a mirar el vacío.
Él seguía alli mirándola, escuchando a pesar suyo los latidos de su propio corazón y los ruidos extraños que llegaban del río. Allá. lejos, en medio de la bruma, se proseguía un trabajo incesante y lento; algo parecía roncar, partirse, hundirse, y delgados témpanos resonaban como cristal.
Nejludov, inmóvil, seguía en el fatigado y pensativo rostro de Katucha las fases de un trabajo interior igualmente penoso; y tenía lástima de ella, pero era una lástima singular que le aumentaba su deseo de poseerla.
A partir de aquel instante, el deseo lo invadió por entero. Llamó a la ventana. Como movida por un choque eléctrico, todo su cuerpo se estremeció y su rostro adquirió una expresión de terror. Luego se levantó sobresaltada, corrió a la ventana y pegó la cara al cristal. La expresión de susto se mantuvo cuando, con las dos manos colocadas por encima de los ojos para ver mejor, reconoció a Nejludov. Éste nunca le había visto un semblante tan serio. Ella sonrió después que él le hubo sonreído, pero por sumisión a él, pues Nejludov notó claramente que en el alma de la muchacha persistia el espanto en lugar de la sonrisa. Con la mano le hizo señas para que viniese a reunirse con él en el patio. Ella sacudió la cabeza: ¡no, no saldría!, y se quedó cerca de la ventana. Él volvió a pegar la cara al cristal, dispuesto a gritarle que saliera; pero ella se volvió en el mismo instante hacia la puerta. Sin duda, alguien la había llamado. Él se alejó de la ventana. La neblina era tan intensa, que a cinco pasos de la casa no se distinguían ya las ventanas, sino solamente una gran masa sombría, agujereada por el resplandor rojo de una lámpara. En el río, siempre el mismo ronquido, el mismo frotamiento el mismo, crujir, el. mismo tintineo de los témpanos. De pronto, a traves de la niebla, cantó un gallo, y otros respondieron en el. corral; otros, más lejos, en el campo, lanzaron sus llamamientos alternados, que pronto fueron fundiéndose en un único gran ruido. Era ya el canto de los gallos anunciando el alba. El silencio planeaba por los alrededores de donde sólo subía el tumulto del río.
Habiendo dado algunos pasos de arriba abajo delante de la casa y habiéndose mojado varias veces los pies en los charcos de agua, Nejludov se acercó de nuevo a las ventanas de la cocina. A la luz de la lámpara volvió a ver a Katucha, sentada cerca de la mesa, en una actitud indecisa. Pero apenas se hu~ acercado a la ventana, ella levantó los ojos hacia él. Él llamó. Inmediatamente, sin ni siquiera mirar quién llamaba, salió de la cocina; él oyó el rechinar de la puerta al abrirse y luego, al cerrarse. Corrió a esperarla delante de la escalinata y, sin decir palabra, la enlazó entre sus brazos. Apretada contra él, ella alzó la cabeza y ofreció sus labios al beso. y se mantuvieron de pie, en la esquina de la casa, en un sitio seco. y cada vez mas crecía en Nejludov el deseo de poseerla. Pero la puerta rechinó de nuevo, y, en la noche, la. voz irritada de Matrena Pavlovna gritó:
-¡Katucha!-
Ésta se arrancó de los brazos de Nejludov y se lanzó hacia la cocina. Él oyó echar el cerrojo; luego, en el silencio que se hizo de nuevo, el resplandor rojo de la lámpara desapareció. No quedó nada más que la bruma y el estruendo del río.
Nejludov se acercó a la ventana y no pudo ver nada. Llamó y no recibió respuesta. Volvió a entrar en la casa por la escalinata grande y se dirigió a su habitación, pero no se acostó. Un rato más tarde, se quitó las botas y avanzó por el pasillo hasta la habitación donde se acostaba Katucha. Al pasar ante la de Matrena Pavlovna, oyó que ésta roncaba apaciblemente. Siguió andando, pero de pronto Matrena Pavlovna tosió y se removió en su lecho. Nejludov quedó inmóvil durante cinco minutos. Luego todo se calló y él oyó de nuevo el ronquido de la anciana.
Prosiguió su camino, evitando con cuidado hacer crujir el suelo. Por fin se encontró ante la puerta de Katucha. Ni un soplo en el interior; con toda seguridad, ella no dormía, porque él habría oído el murmullo de su respiración. Pero, apenas susurró: "¡Katucha!", ésta se lanzó hacia la puerta y, con un tono que parecía de enfado, lo intimó a que se márchase.
-Pero, ¿qué hace usted ahí? ¿Es posible? ¡Van a despertarse sus tías! -decían sus labios. Pero todo su ser decía: "¡Soy toda tuya!" Y eso fue lo único que oyó Nejludov.
-Te lo ruego, ábreme solamente un momento, te lo suplico- Hablaba sin pensar en lo que decía.
Se hizo un silencio; luego Nejludov oyó palpar una mano que en las tinieblas buscaba el cerrojillo de la puerta. Ésta se abrió y Nejludov penetró en la habitación. Agarró a Katucha, vestida solamente con un camisón de tela gruesa, con los brazos desnudos, la alzó en vilo y se la llevó.
-¡Oh!, ¿qué hace usted? -murmuraba ella.
Pero, sin escuchar sus palabras, se la llevaba a su habitación. -¡Oh, no está bien! ¡Déjeme! -decía ella; y, sin embargo, se apretaba contra él.
. . . . . . . . . . . . . .
Cuando la hubo abandonado, toda temblorosa y callada, él salió a la escalinata y se quedó allí de pie, buscando el sentido de lo que acababa de ocurrir.
Fuera había más claridad. Abajo, el crujido, el derrumbamiento, el tintineo de los témpanos aumentaban cada vez más ya aquellos ruidos se añadía además el murmullo del agua. Detrás de la cortina de bruma que empezaba a desvanecerse transparecía vagamente la media luna, alumbrando en semitinieblas algo sombrío y trágico.
"¿Qué es todo esto? ¿Me ha sucedido una gran dicha o una gran desgracia? -se preguntaba Nejludov -.¡Bah, todo el mundo se comporta así", concluyó; y fue a acostarse.
XVIII
Al día siguiente, Schönbok, amigo de Nejludov, vino a recogerlo a casa de sus tías. Guapo, brillante, jovial, encantó literalmente a las señoritas con su elegancia, su cortesía, su generosidad y su afecto hacia Dmitri. Pero aun gustándoles mucho, su generosidad les parecía exagerada. Se asombraron al verle dar un rublo aun mendigo ciego, distribuir quince como propinas a la servidumbre y desgarrar sin vacilación un pañuelo de batista bordado para vendar la pata de Suzette, la perrita de Sofía Ivanovna. Ahora bien, ésta sabía que semejantes pañuelos no pueden costar menos de quince rublos la docena. Nunca las dignas tías habían visto nada parecido; ignoraban igualmente que ese Schonbok tenía 200.000 rublos de deudas y que estaba bien resuelto a no pagarlos jamás; por eso veinticinco rublos más o menos apenas tenían importancia para él.
No pasó más que un día en casa de las señoritas ya la noche siguiente volvió a ponerse en camino con Nejludov. Llegados al límite extremo del plazo que les habían concedido para incorporarse a su regimiento, no podían prolongar su estancia.
Durante este primer día, el alma de Nejludov no podía librarse del recuerdo de la noche anterior. Dos sentimientos opuestos combatían en ella: uno, el recuerdo ardiente de un amor bestial que, aun no habiendo dado todo lo que prometía, dejaba sin embargo la satisfacci6n de un deseo realizado; el otro, la conciencia de haber cometido un acto malo, con obligación de repararlo, y esto no por ella, sino por él.
Porque, en el estado de locura egoísta en que se encontraba, Nejludov no podía pensar más que en él. Se inquietaba por la manera como se podría considerar su conducta respecto a la muchacha, y no pensaba en modo alguno en lo que ésta podría sentir ni en lo que a ella le sucedería.
Creía desde luego que Schonbok había adivinado sus relaciones con Katucha, y eso halagaba su amor propio.
-He aquí -le dijo este último desde que hubo visto a la muchacha -la causa de tu repentino afecto por tus tías y el porqué estás aquí desde hace cuatro días. La verdad es que en tu lugar yo habría hecho otro tanto: es encantadora.
Y Nejludov pensaba que, a despecho de sus deseos no saciados, era más ventajoso aún partir y romper de un solo golpe relaciones difíciles de continuar. Pensaba también que era deber suyo dar dinero a Katucha, no por ella ni porque tuviera necesidad, sino porque eso es lo que se hace siempre y porque lo habrían considerado como un hombre sin honor si no le hubiese pagado por haberla poseído. Y, en efecto, resolvió darle una suma adecuada a la respectiva situación de ambos.
El día de la partida, después del almuerzo, la esperó en la antecámara. Al verlo, ella se puso toda roja y quiso pasar, señalando con una mirada la puerta abierta de la cocina. Pero él la retuvo.
-Quería decirte adiós -le dijo, tratando de meterle en la mano un sobre donde había puesto un billete de cien rublos -. Toma..
Ella comprendió, frunció las cejas, sacudió la cabeza y rechazó la mano tendida de Nejludov.
-¡Vamos, toma! -murmuró él. Le hundió el sobre en la abertura del corpiño. Y, como si se hubiese quemado los dedos, frunciendo a su vez las cejas y gimiendo, corrió a encerrarse en su habitación.
Allí, caminando de arriba abajo, se retorcía, se sobresaltaba, lanzaba exclamaciones, como torturado por un dolor físico al recuerdo de su última entrevista con Katucha.
Pero, ¿qué hacer? ¿No obraba todo el mundo así? ¿No era así como había obrado Schonbok con aquella institutriz cuya historia le había referido? ¿y su tío Gricha? ¿y su propio padre, cuando había tenido de una campesina de sus tierras aquel hijo natural, Mitegnka, que vivía aún? Y puesto que todo el mundo obraba así, así era como él tenía que obrar. Basándose en todo aquello, procuraba tranquilizarse, pero sin conseguirlo completamente.
En lo más profundo de su alma juzgaba su acción tan fea, tan baja, tan cruel, que no solamente había perdido el derecho de juzgar a los demás, sino incluso de mirarlos a la cara. Y sin embargo, estaba obligado a considerarse a sí mismo como un hombre lleno de nobleza, de honor y de generosidad: solamente a ese precio podía continuar viviendo la vida que vivía. No tenía para eso más que un solo medio: no pensar en lo que acababa de hacer. Empleó ese medio.
La existencia que le aguardaba. el ambiente, los camaradas, la guerra, eran propicios a ese olvido. y cuanto más vivía, más olvidaba; tanto, que había olvidado del todo.
Sin embargo, una vez, a su regreso de la guerra, habiéndose detenido en casa de sus tías con la esperanza de volver a ver allí a Katucha, había sentido que se le oprimía el corazón al enterarse de que ya no estaba allí, que había abandonado la casa poco después de haberse él marchado, para dar a luz, y que luego, según las ancianas señoritas, se había degradado completamente.
A juzgar por las fechas, el niño nacido de ella podría ser de él; pero también podía no ser de él. Al contarle aquello, sus tías habían añadido que incluso antes de abandonarlas, Katucha se había desenfrenado completamente: era una naturaleza viciosa como su madre. Este juicio de sus tías agradaba a Nejludov, quien se encontraba así absuelto en cierto modo. Tuvo al principio la intención de buscar a Katucha y al niño; pero en el fondo de su alma le resultaba penoso y humillante el recuerdo de su conducta, y no realizó esfuerzo alguno para encontrarla; más aún, olvidó su falta y cesó completamente de pensar en aquello.
Y he aquí que ahora un azar extraordinario le recordaba todo eso, lo obligaba a condenar el egoísmo, la crueldad y la bajeza gracias a los cuales. durante. diez años, había podido vivir tranquilamente con una falta semejante sobre la conciencia. Pero estaba aún lejos de consentir en una confesión sincera de su indignidad; y, todavía en aquel momento, pensaba únicamente en evitar que todo fuera descubierto y que las revelaciones de Katucha, o de su defensor, no lo mostrasen ante todos tal como había sido.
XIX
Tal era la disposición de espíritu de Nejludov mientras, en la sala del jurado, aguardaba que se reanudase la vista. Sentado cerca de la ventana, ola el ruido de las conversaciones de sus colegas y fumaba sin cesar.
Sin duda alguna, el comerciante jovial apreciaba mucho la manera de matar el tiempo empleada por Smielkov.
La verdad es que las francachelas del individuo eran bárbaras, a lo siberiano. y no tenía pelo de tonto: había elegido una agradable jovencita.
El jefe del jurado exponía consideraciones tendentes a colocar todo el nervio del asunto en los expertos. Peter Guerassimovitch bromeaba y se reía a carcajadas con el dependiente judío. Nejludov respondía con monosílabos a las preguntas que le hacían y deseaba solamente que lo dejasen tranquilo.
Cuando, con su pasito saltarín, el portero de estrados entró en la sala para volver a llamar a los jurados, Nejludov experimentó un sentimiento de espanto, como si fuese, no a juzgar, sino a ser juzgado él mismo. En el fondo de su alma, a partir de entonces, se encontraba miserable, indigno de mirar a los demás hombres a la cara, y, sin embargo, la fuerza de la costumbre lo llevó, con un paso muy seguro, al estrado, donde volvió a ocupar su asiento, en primera fila, muy cerca del asiento del jefe del jurado; tras lo cual cruzó con desenvoltura las piernas y se puso a jugar con sus lentes.
Traían en aquel momento a los detenidos, a los que también habían llevado fuera de la sala.
Habían introducido a nuevas figuras: los testigos. Nejludov observó que Katucha lanzaba ojeadas frecuentes a una gruesa dama chillonamente vestida de seda y de terciopelo y tocada con un enorme sombrero adornado con un gran lazo. Sentada en primera fila detrás de la rejilla, tenía sobre el brazo desnudo hasta el codo un elegante ridículo. Nejludov se enteró pronto de que era la patrona de la casa donde Maslova había vivido en último lugar.
Inmediatamente se procedió a la audición de los testigos: nombres, religión, etcétera. Después que les preguntaron si querían o no declarar bajo juramento, el pope reapareció sobre d estrado arrastrando penosamente las piernas; de nuevo, ajustando la cruz de oro que le colgaba sobre el pecho, se dirigió hacia el icono, para hacer prestar allí el juramento a los testigos y al perito, con la misma serenidad y la misma seguridad de cumplir una función esencialmente importante y útil. Acabada esta formalidad, el presidente hizo salir a todos los testigos, con excepción de la dama gruesa, Kitaieva, patrona de la casa de tolerancia. La invitaron a que dijese lo que sabía sobre el envenenamiento. Con una sonrisa afectada, la cabeza escondida en su sombrero y cada una de sus frases pronunciada con acento alemán, expuso, con minuciosidad y método, todo lo que sabía.
Primeramente, el mozo del hotel, Simón, había venido a su establecimiento para buscar en él a una de sus señoritas y llevársela al comerciante siberiano. Ella había enviado a Lubacha, esto es, Lubov. Algún tiempo después aquélla había vuelto con el comerciante.
Estaba ya en éxtasis -añadió Kitaieva con una ligera sonrisa - Luego había continuado bebiendo y convidando a todas las mujeres hasta que, no teniendo ya más dinero encima, había enviado, al hotel donde se alojaba, a esa misma Lubacha, por la que sentía una verdadera predilección -aña.dió, volviendo los ojos hacia la detenida.
A estas palabras, Nejludov creyó ver sonreír a Maslova y eso le hizo sentir disgusto. Un sentimiento extraño, impreciso, de repulsión y de sufrimiento, le invadió el corazón.
-¿Querría la testigo damos a conocer su opinión sobre Maslova? -preguntó, tímido y ruborizándose, el defensor de signado de oficio para la muchacha.
Mi opinión no puede ser mejor -respondió Kitaieva -. Es una joven de excelentes modales y llena de elegancia. Se ha criado en una noble familia y sabe incluso francés. Quizás alguna vez haya bebido con cierto exceso, pero jamás hasta el punto de perder la cabeza. ¡Es una muchacha excelente!
Katucha, que había tenido los ojos clavados en la patrona, los volvió en seguida a los jurados y los detuvo en Nejludov. El rostro de la joven se puso grave, rígido. Bizqueando, uno de sus ojos tenía una expresión severa y, durante un rato bastante largo, aquella extraña mirada pesó sobre Nejludov; y, a pesar del espanto de éste, le era imposible despegar su vista de aquellos ojos que bizqueaban y cuyo blanco despedía chispas. Se acordó de la espantosa noche, del crujido del hielo en el río, de la niebla y sobre todo de aquella luna escotada y tumbada que, habiendo salido hacia el amanecer, había alumbrado algo sombrío y terrible. y esos dos ojos negros, atornillados a los suyos, le recordaban vagamente aquella cosa negra y terrible.
"iMe ha reconocido!", pensaba. Y, maquinalmente, se retrepó en su asiento, aguardando el choque.
Pero ella no lo había reconocido. Tranquilamente lanzó un suspiro, y de nuevo se quedó mirando con fijeza al presidente. y Nejludov suspiró también: "¡Ah! -pensó-. ¡Que acabe esto de una vez!" Experimentaba una impresión a menudo sentida ya en las cacerías, cuando se trataba de rematar a un pájaro herido: mezcla de repulsión, de lástima y de pena. El pájaro herido se debate en el morral: se vacila y se siente al mismo tiempo disgusto y lástima, y uno querría acabar lo antes posible y olvidar.
Sentimientos idénticos llenaban por aquel entonces el alma de Nejludov al escuchar las respuestas de los testigos.
XX
Ahora bien, como hecho a posta, el asunto se iba alargando. Cuando, uno a uno, fueron interrogados los testigos y el perito; cuando, según la costumbre, el fiscal y los abogados hubieron hecho, con aire muy importante, numerosas preguntas perfectamente inútiles, el presidente invitó a los jurados a tomar conocimiento de las piezas de convicción, consistentes en un anillo enorme con una rosa de brillantes, hecho para un índice de grosor extraordinario, y un filtro que había servido para analizar el veneno. Tales objetos estaban sellados y etiquetados.
Los jurados iban a levantarse de sus asientos para examinar esos objetos, cuando el fiscal se puso en pie para pedir que antes de mostrar las piezas de convicción se diese lectura de los resultados de la autopsia practicada en el cadáver. El presidente, metiendo prisa al asunto para ir lo más pronto posible a reunirse con su suiza, no ignoraba que el único efecto de esta lectura sería aburrir a todo el mundo y retardar la hora de comer, ni que el fiscal exigía esa lectura únicamente porque tenía derecho para ello. No pudiendo oponerse, tuvo que consentir. El escribano exhibió unos papeles y, con voz monótona, hablando con media lengua al llegar a las eles ya les erres, se puso a leer.
Del examen exterior del cadáver resulta que:
1.º La estatura de Feraponte Smielkov era de 2 archines y 12 verchoks. (aproximadamente 1.90 m. N de T).
2.º La edad, por lo que era posible juzgar a resultas del examen exterior, era de unos cuarenta años.
3.º En el momento del examen, el cadáver estaba hinchado.
4.º La epidermis era de color verdoso y estaba cubierto de manchas negras.
5.º La piel estaba levantada con ampollas de diversos tamaños, en algunos sitios reventadas y colgantes.
6.º Los cabellos, de un rubio oscuro, muy espesos, se separaban de la piel al menor contacto del dedo.
7.º Los ojos estaban fuera de sus órbitas, y la córnea turbia.
8.º De las ventanillas de la nariz, de las orejas y de la boca entreabierta fluía un pus pegajoso y fétido.
9.º El cuello del cadáver había casi desaparecido a consecuencia de la hinchazón de la cara y del busto.
Etcétera, etcétera.
En cuatro páginas, en veintisiete puntos, se alargaba así la descripción detallada resultante del examen exterior del espantoso, del corpulento, del gran cadáver hinchado y descompuesto del jovial comerciante que tanto se había divertido en la ciudad. Y esta lectura macabra aumentó aún más el indefinible sentimiento de disgusto experimentado por Nejludov. La existencia de Katucha, el pus que fluía de las ventanillas de la nariz del comerciante, los ojos salidos de sus órbitas, y su propia conducta pasada con relación a la muchacha, eran otros tantos hechos que le pareclan del mismo tipo y que le daban la impresión de apretarlo y sofocarlo.
Terminada esta lectura del examen exterior, el presidente, creyendo que ya se había acabado, lanzó un suspiro de alivio y levantó la cabeza, pero a continuación el escribano pasó a un segundo documento: el examen interior del cadáver.
El presidente volvió a dejar caer la cabeza, se acodó en la mesa y cerró los ojos. El comerciante, vecino de Nejludov, esforzándose en escapar al sueño, no por ello dejaba de perder algunas veces el equilibrio; los acusados mismos y los guardias que los custodiaban se habían inmovilizado.
El examen interior del cadáver había demostrado que:
Etcétera, etcétera. Y así 13 puntos más del mismo género.
Seguían los nombres de los testigos de la encuesta, sus firmas y por fin las conclusiones del médico perito afirmando que por los accidentes comprobados en el estómago, en los intestinos y en los riñones del comerciante Smielkov se podía deducir, con un cierto grado de verosimilitud, que Smielkov había muerto por la absorción de un veneno, tragado por él con el aguardiente. En cuanto a juzgar con exactitud, por las modificaciones sufridas en el estómago y en los intestinos, sobre la naturaleza misma del veneno, eso era imposible; y en cuanto a la hipótesis de la absorción del veneno junto con el aguardiente, se derivaba de la gran cantidad de aguardiente encontrada en el estómago del comerciante.
-Bueno, eso prueba que bebía de lo lindo - murmuró de nuevo al oído de Nejludov el comerciante, su vecino, que se ha bía despertado de pronto.
La lectura del llamado proceso verbal había durado casi una hora; pero el fiscal era insaciable. Cuando el. escribano hubo acabado de leer las conclusiones del médico perito, el presidente dijo, volviéndose hacia el fiscal:
-Creo que no hay utilidad ninguna en leer el resultado del análisis de las vísceras.
-Perdón; pido que se lleve acabo su lectura - dijo el fiscal con tono severo, sin mirar al presidente e inclinandose un poco hacia un lado; y el tono de su voz daba a en.tender que tenía derecho a exigir esta lectura, que no renunciaría a ella a ningún precio y que la negativa de esta lectura entrañaría la casación del proceso.
El juez de la gran barba se sentía trabajado de nuevo por su dolencia de estómago.
-¿Para qué esa lectura? -preguntó al presidente-. No puede ser más que una pérdida de tiempo. ¡Esta escoba no barre mejor, pero emplea más tiempo!
El juez de gafas con montura de oro permanecía mudo. Miraba ante él con aire sombrío, resignado a no esperar nada bueno de su mujer en particular ni de la vida en general.
Y la lectura del acta empezó:
"Año 188..., día 15 de febrero, nosotros, los abajo firmantes, a requerimiento de la inspección médica nº 638... -el escribano se había puesto de nuevo a leer con tono resuelto, elevando la voz para tratar de vencer su propia somnolencia y la de todos los asistentes -, en presencia del inspector médico, hemos procedido al análisis de los objetos que se enuncian más abajo:
"1.º Del pulmón derecho y del corazón (contenidos en un recipiente de cristal de seis libras);
"2.º del contenido de! estómago (en un recipiente de cristal de seis libras);
"3.º del estómago (contenido en un recipiente de cristal de seis libras);
"4.º del hígado, el bazo y de los riñones (contenido en un recipiente de cristal de tres libras);
"5.º de los intestinos (contenidos en un recipiente de greda de seis libras)..."
Al principio de esta lectura, el presidente murmuró algo al oído de cada uno de sus asesores. Luego, habiendo respondido los dos afirmativamente, hizo una señal al escribano para que se detuviera.
- El tribunal - declaró estima inútil la lectura de esa acta.
Inmediatamente el escribano se calló y reunió sus folios, en tanto que el fiscal, con aire furibundo, garrapateaba una nota.
Muchos se levantaron, visiblemente preocupados por saber cómo pondrían las manos durante esta inspección, y se acercaron a la mesa, donde sucesivamente examinaron la sortija, los recipientes y el filtro. El comerciante se aventuró a probarse la sortija en uno de sus dedos.
-¡Vaya- dijo al volver a su puesto-, vaya un dedo! Grueso como un pepino -añadió, visiblemente divertido por la talla hercúlea que atribuía al comerciante envenenado.
XXI
Después del examen por los jurados de las piezas de convicción, el presidente declaró cerrada la instrucción judicial; y, sin interrupción, deseando además terminar cuanto antes la vista, concedió la palabra al fiscal, esperando que éste, siendo hombre, también tendría deseos de fumar y de comer y que se apiadaría de la concurrencia. Pero el fiscal interino no tuvo más piedad de él mismo que los demás. Tonto por naturaleza, tenía además la desgracia de haber salido del instituto con una medalla de oro y, luego, en la universidad, de haber ganado un premio por su tesis sobre las servidumbres en derecho romano; por lo que era vanidoso en el más alto grado y estaba infatuado de su persona, a lo que habían contribuido además sus éxitos con las damas; y, como consecuencia, su estupidez natural era gigantesca. Cuando el presidente le concedió la palabra, se levantó majestuosamente, haciendo resaltar, en su uniforme bordado, sus elegantes formas; puso las manos sobre el pupitre y, con la cabeza inclinada, paseando una amplia mirada por la concurrencia, exceptuando a los detenidos, empezó:
-El asunto que se les somete, señores del jurado, constituye, si puedo expresarme así, un hecho de criminalidad esencialmente característica.
Tal fue el comienzo de su discurso, preparado durante la lectura de los procesos verbales.
En su opinión, su requisitoria debía tener un alcance social y semejarse así a los famosos discursos que habían servido de base a la gloria de los grandes abogados. Su auditorio, a decir verdad, no estaba formado aquel día más que por tres mujeres: una costurera, una cocinera, luego la hermana de Simón y, por fin, un cochero; pero esta consideración no podía detenerlo. Las celebridades del foro habían empezado de la misma manera. El principio que él profesaba consistía en estar siempre a la altura de su situación, es decir, penetrar hasta lo más profundo de la psicología del crimen y poner al desnudo las llagas de la sociedad.
Ven ante ustedes, señores del jurado, un crimen absolutamente característico, por decirlo así, de nuestro fin de siglo y que lleva en él, si me atrevo a decirlo, los rasgos específicos de ese proceso especial de descomposición moral que afecta en nuestros días a los numerosos elementos de nuestra sociedad y que se encuentra particularmente iluminado, por decido así, por las ardientes irradiaciones de este proceso...
Habló así mucho tiempo, buscando, por un lado, acordarse de la agrupación de las frases que había preparado y, por otra parte y sobre todo, no detenerse un solo minuto, para que su discurso fluyese sin interrupción por lo menos durante una hora y cuarto. Una vez, sin embargo, perdió el hilo de su argumentación, y, durante bastante tiempo, tragó saliva; pero recuperó su impulso y hasta consiguió, con un torrente de elocuencia exacerbada, redimir su fallo pasajero. Ora hablaba con una voz blanda e insinuante, balanceándose sobre uno u otro pie y mirando fijamente a los jurados, ora con un tono calmoso y solemne, consultando sus papeles; o bien con una voz atronadora y exaltada, volviéndose hacia el publico y el jurado. Pero no se dignó honrar con una sola mirada .a los acusados, cuyos ojos estaban fijos en él. Su requisitona hormigueaba de fórmulas nuevas, de moda en su mundo, reputadas entonces, y todavía hoy, como el último grito de la ciencia. Hablaba de herencia, de criminalidad nata, de Lombroso, de Tarde, de evolución, de lucha por la vida, de hipnotismo y de sugestion, de Charcot y de decadentismo.
Según su definición, el comerclante Smlelkov era el prototipo del ruso poderoso y natural que, con su naturaleza amplia, confiada y generosa, se había convertido en la presa de seres profundamente depravados en cuyo. poder había caído.
Simón Kartinkin, producto atávico de la antigua servidubre, era el hombre incompleto, ignorante, desprovisto de principios e incluso de religión. Su amante, Eufemia, era una víctima de la herencia: su aspecto fisico y su carácter moral estigmatizaban bastante su degeneración. Pero el motor pnncipal del crimen era Maslova, fruto podrido hasta el corazón de la decadencia social contemporánea.
- Esa criatura- proseguía él, siempre sin mirarla -, privilegiada entre sus cómplices, fue llamada a los beneficios de la instrucción. Acabamos de oír hace un rato la declaraclon de su patrona: nos hemos enterado no solamente de que la acusada sabe leer y escribir, sino de que sabe francés. Huerfana, llevando sin duda en ella el germen del crimen, criada en el seno de una familia noble e instruida, habría podido vivir de un trabajo honorable; pero abandonó a sus bienhechores para entregarse sin freno a sus instintos perversos; y, para satisfacerlos mejor, entró en una casa de tolerancia, donde se distinguía de sus compañeras gracias a su instrucción y, sobre todo, como ustedes mismos acaban de oírlo afirmar, señores del jurado, por boca de su misma patrona,. gracias a su, poder misterioso sobre los clientes, poder estudiado en estos últimos tiempos por la ciencia, por la escuela de Charcot sobre todo, y conocido con el nombre de sugestión. y este poder lo ejerció ella sobre el honrado e ingenuo gigante ruso caído entre sus manos; abusó de su confianza para despojarlo primero de su dinero y, después, de su vida.
-.Caramba, lleva un poco lejos sus comparaciones! -dijo sonriedo el presidente, quien se inclinó hacia el juez severo.
-¡ Un terrible imbéci1! -respondió este último.
-Señores jurados -proseguía mientras tanto el fiscal, con un movimiento nervioso de su fino talle -, la suerte de estas gentes está ahora en manos de ustedes; y también, en parte, la suerte de la sociedad, que depende de la forma como ustedes juzguen. No dudo de que calarán el sentido fundamental de este crimen; de que se convencerán del peligro que hacen correr a la sociedad estos fenómenos patológicos, estas individualidades como la de Maslova; y ustedes preservarán a la sociedad de su contagio; ustedes salvarán a los elementos sanos y robustos de esta contaminación que engendra la muerte.
Y como aplastado él mismo por la importancia social del veredicto que habría de dictarse, encantadísimo con su discurso, el fiscal se dejó caer sobre su asiento.
El sentido de su requisitoria, despojado de las flores de elocuencia, consistía en sostener que Maslova había hipnotizado al comerciante; que había monopolizado su confianza y que, una vez llegada, provista de la llave, a la habitación del hotel, para buscar alli una parte del dinero, había querido apoderarse de todo; pero que, sorprendida por Eufemia y Simón, había tenido que repartir con ellos. Luego, para borrar las huellas de su latrocinio, había obligado al comerciante a volver con ella al hotel, y alli lo había envenenado.
Terminada la requisitoria, se vio como en el banco de los abogados se levantaba un hombrecito de edad madura, con levita y una amplia pechera almidonada, que inició inmediatamente un discurso para defender a Kartinkin ya Botchkova. Este abogado había recibido de ellos 300 rublos por su defensa, y, para hacerlos parecer inocentes, no descuidó nada en lo que se refería a echar todas las culpas sobre Maslova.
Refutó primeramente la afirmación de esta última de que había requerido la presencia de Botchkova y de Kartinkin en la habitación cuando ella cogió el dinero. Esta afirmación, declaraba el abogado, no podía tener ningún valor por cuanto emanaba de una persona convicta de envenenamiento. Los 2.500 rublos ingresados en el Banco por Simón podían ser perfectamente el producto de las ganancias de dos criados laboriosos y probos, que recibían cada día de los clientes de tres a cinco rublos de propina. Pero el dinero del comerciante lo había robado, sin duda, Maslova, quien se lo había dado a álguien o lo había perdido, ya que el sumario demostraba que aquella noche ella se había hallado en un estado anormal. En cuanto al envenenamiento, ella sola lo había cometido.
Consiguientemente, el abogado rogaba a los jurados que declarasen inocente a Kartinkin y a Botchkova del robo del dinero; añadía que en cualquier caso, si los jurados los reconocían culpables de robo, les rogaba que descartasen la participación en el envenenamiento y la premeditación.
Para concluir y fastidiar al fiscal, el abogado hizo notar que "las consideraciones brillantes del señor fiscal sobre la herencia", a pesar de su importancia desde el punto de vista científico, no eran de tener en cuenta, ya que Botchkova había nacido de padre y madre desconocidos.
Con expresión de enfado, el fiscal garrapateó rápidamente algo en un papel y se encogió desdeñosamente de hombros.
El defensor de Maslova se levantó a continuación y, tímidamente, vacilante, expuso su defensa.
Sin negar la participación de Maslova en el robo del dinero, insistió en desmentir que ésta tuviera intención de envenenar a Smielkov, arguyendo que no le había dado los polvos más que para dormirlo. Ensayó a su vez hacer una muestra de elocuencia, exponiendo el modo como su clinte había sido arrastrada al vicio por un seductor que quedó sin castigo y que, en cambio, todo el peso de la falta había recaído sobre ella. Pero esta incursión en el dominio de la psicologia no tuvo ningún éxito; todos comprendieron que el efecto había fallado y experimentaron una especie de malestar. En el momento en que el defensor insistía con torpeza sobre la crueldad de los hombres y la debilidad de la mujer, el presidente, para sacarlo de apuros, lo invitó a no apartarse de la discusión de los hechos.
Después del abogado se levantó de nuevo el fiscal. Tenía que defender contra el primer abogado su teoría de la herencia y demostrar que aunque Botchkova fuese hija de padres desconocidos, no resultaba de ello una disminución del valor científico de sus argumentos. Porque esta ley de la herencia, está tan só1idamente establecida por la ciencia, que no solo se puede deducir el crimen de la herencia, sino también la herencia del crimen. En cuanto a la suposición emitida por el otro defensor, según el cual Maslova habría sido pervertida por un seductor imaginario (el fiscal recalcó con ironía especial esta palabra "imaginario"), todo llevaba más bien a creer que la acusada, por el contrario, había sido siempre la seductora de las víctimas caídas entre sus manos. Después de exponer esto, volvió a sentarse con aire triunfal.
El presidente preguntó entonces a los detenidos qué tenían que añadir en su propia defensa.
Eufemia Botchkova reiteró por última vez que no sabía nada ni había participado en nada y afirmó con energía que Maslova era culpable de todo.
Simón se limitó a repetir:
-Será lo que ustedes quieran, pero yo soy inocente.
Maslova no dijo nada. Habiéndole preguntado el presidente si tenía que añadir algo en su defensa se limitó a alzar los ojos sobre él, y luego, como un animal acorralado, los paseó por toda la sala, los bajó por fin y estalló en sollozos.
-¿Qué tiene usted? -preguntó el comerciante a su vecino Nejludov, quien acababa de emitir bruscamente un sonido extraño, como un sollozo reprimido.
Pero Nejludov seguía sin darse cuenta de su nueva situación, y atribuyó a la tensión de sus nervios tanto aquel sollozo imprevlsto como las lágrimas que inundaban sus ojos. Se puso sus lentes para ocultarlas, luego sacó el pañuelo y se sonó.
El temor al oprobio en que incurriría si todas las personas presentes en el tribunal se enterasen de su conducta para con Maslova le impepedía tener conciencia del trabajo interior que se operaba en el. Y este temor era, desde el principio, más potente que todo lo demás.
XXII
Habiendo terminado de decir los detenidos lo que tenían que alegar en su defensa, se redactaron las preguntas que había que hacer a los jurados. El presidente empezó a continuación su resumen de los debates.
Antes de entrar en el fondo del asunto explicó a los jurados, en el tono familiar de una charla íntima, que un robo con fractura es un robo con fractura; que un hurto es un hurto; que un robo en un sitio cerrado con llave es un robo en un sitio cerrado con llave, y que un robo en un sitio no cerrado con llave es un robo en un sitio no cerrado con llave. Explicando esto, miraba preferentemente a Nejludov, como si estas explicaciones se dirigiesen a él con la esperanza de que las comprendería y las haría comprender a sus colegas del jurado. Luego, pensando que los jurados ya estaban suficientemente penetrados de estas importantes verdades, pasó a desarrollar otro tema. Explicó que el asesinato es un acto que ocasiona la muerte de un hombre y que por tanto el envenenamiento constutuía desde luego un asesinato. Y cuando le pareció que los jurados estaban suficientemente imbuidos de esta verdad, les explicó que, en el caso en que robo y asesinato se hallasen reunidos, se daba lo que se llama un asesinato acompañado de robo.
Aunque tuviese prisa en acabar el asunto lo antes posible, a fin de ir a reunirse con su suiza, el presidente tenía hasta tal punto la rutina del oficio, que una vez que había empezado a hablar, ya no se detenía. Por eso explicó prolijamente a los jurados que tenían derecho a declarar a los acusados culpables, si les parecían culpables; a declararlos inocentes, si les paredan inocentes; que si los reconocían culpables en un punto de la acusación e inocentes en el otro, tenían derecho a declararlos culpables en uno e inocentes en otro. Les dijo seguidamente que este derecho se les otorgaba en toda su extensión, pero que el deber de ellos era hacer un uso razonable de este derecho. Y cuando iba a explicarles que una respuesta afirmativa dada a las preguntas hechas se aplicaría al conjunto de la pregunta y que si querían que se aplicase únicamente sobre tal o cual fracción de la pregunta deberían especificarlo, se le ocurrió la idea de consultar su reloj y vio que eran ya las tres menos cinco. Así, pues, abordó inmediatamente el fondo del asunto.
-Las circunstancias de este asunto son las siguientes - empezó él; y repitió todo lo que ya se había dicho muchas veces por los abogados, por el fiscal y por los testigos.
Hablaba y, a sus costados, los dos asesores lo escuchaban con recogimiento, mirando sus relojes a hurtadillas; encontraban el discurso excelente, tal como debía ser, pero un poco largo. El fiscal era de la misma opinión, así como todo el personal del tribunal y la sala entera.
Habiendo terminado el presidente su resumen, todo parecía dicho. Pero él no podía decidirse a dejar de hablar, tanto le agradaba oír las entonaciones acariciantes de su voz, por lo que juzgó oportuno repetir una vez más a los jurados la importancia del derecho conferido a ellos por la ley, con qué prudencia y circunspección debían usar de ese derecho, usar y no abusar, y cómo estaban ligados por su juramento. Les dijo que representaban la conciencia de la sociedad y que el secreto de sus deliberaciones era sagrado, etcétera, etcétera.
Desde el comienzo de su discurso, Maslova había clavado sus miradas en él, como con el temor de perderse una sola palabra. Así, Nejludov pudo examinarla largo rato sin temor a tropezar con su mirada. Sintió pasar entonces en él lo que ocurre en cada uno de nosotros cuando volvemos a encontrar un rostro familiar en otros tiempos.
Primeramente nos impresionan los cambios sobrevenidos desde la separación; luego, poco a poco, la impresión de estos cambios se borra, el rostro vuelve a ser tal como era varios años antes. y ante los ojos del alma aparece sola la personalidad espiritual, exclusiva, de ese ser único. Eso era lo que experimentaba Nejludov.
Sí; a pesar del capote de encarcelada, a pesar de todo el conjunto del cuerpo que se había hecho más ancho, el pecho ampliamente desarrollado, el espesamiento de la parte baja del rostro, las arrugas de la frente y de las sienes y la hinchazón de los párpados, era desde luego la misma Katucha que, en la noche aniversario de la resurrección de Cristo, había levantado hacia él su mirada tan inocente, lo había mirado con sus ojos llenos de amor y de felicidad y resplandecientes de vida.
"¡Qué casualidad tan prodigíosa! ¡Este caso juzgado precisamente en esta vista en la que soy jurado, y yo, que no había vuelto a ver a Katucha desde hace diez años, la encuentro ahora aquí, en el banquillo de los acusados! ¿Cómo va a acabar todo esto? ¡Ah, si pudiera terminar pronto!"
No cedía sin embargo al sentimiento de arrepentimiento que empezaba a hablar en él. Creía ver en aquello algo imprevisto, temporal, que pasaría sin modificar su vida. Se sentía en la situación de un perrito que habiéndose portado mal ha sido cogido por su dueño y le mete la nariz en su inmundicia. El perrito habría chillado y habría intentado alejarse lo más posible para escapar a las consecuencias de su acto; pero su dueño, implacable, no lo había soltado. Del mismo modo, Nejludov sentía la bajeza que había cometido, y también el brazo poderoso del dueño; pero no comprendía aún toda la gravedad de su acto, ni tampoco reconocia al dueño. Se. empeñaba en creer que la obra que estaba ante él no era la suya; pero brazos invisibles, aunque implacables, lo sujetaban de tal modo que él presentía no poder escaparse.
Se esforzaba en aparecer valiente; cruzaba con aire desenvuelto las piernas una sobra otra, jugaba con sus lentes y, sentado en la segunda silla de la primera fila de los jurados, se comportaba con abandono y naturalidad. Sin embargo, en d fondo de su alma se daba ya cuenta de toda la crueldad, de la ignominia y de la bajeza, no sólo de su acto, sino de toda aquella vida ociosa, libertina, licenciosa y cruel que, desde hacia doce años, era la suya. y el terrible telón caído, durante esos doce últimos años, entre su crimen y los años que iban a seguir, empezaba a levantarse ya, permitiéndole por instantes echar una mirada hacia atrás.
XXIII
Por fin el presidente terminó su discurso; levantó, con un ademán elegante, la lista de las preguntas y entregó la hoja al jefe del jurado. Los jurados se levantaron y, sin saber qué hacer con las manos, felices por poder abandonar sus asientos, pasaron en fila a su sala de deliberaciones. Habiéndose cerrado la puerta detrás de ellos, fue custodiada por un guardia, quien, con el sable desenvainado, se quedó alli de centinena
Los jueces se levantaron y salieron a su vez; igualmente fueron sacados los acusados.
Apenas llegaron a la sala de deliberaciones, los jurados, como ya habían hecho antes, empezaron a encender cigarrillos.
El sentimiento de lo que había en su situación de artificial y de falso, la impresión experimentada más o menos profundamente por todos durante su permanencia ante el tribunal, se borró de sus almas en cuanto se sintieron libres, con el cigarrillo en los labios; así, aliviados y puestos a sus anchas, se instalaron con comodidad e inmediatamente empezaron las conversaciones más animadas.
-La pequeña se ha dejado enredar; no es culpable- opinó el buen comerciante -. Hay que tener lástima de ella.
-Ahora examinaremos todo eso -respondió el jefe del jurado-. Guardémonos bien de ceder a nuestras opiniones personales.
-El presidente ha hecho una excelente exposición- dijo el coronel.
-Sí, puede ser; yo estaba a punto de dormirme.
-Lo que está claro es que si Maslova no hubiese estado de acuerdo con ellos, los dos criados habrían ignorado que el comerciante tenía tanto dinero -dijo el dependiente de tipo judío.
-Entonces, según usted, ¿es ella la que ha robado? - preguntó un jurado.
-¡Nunca adrnitiré eso! -exclamó el gordo comerciante -. La que dio el golpe fue esa canalla de sirvienta de ojos encarnados.
-Todos estaban en el ajo- interrumpió el coronel-.
Pero esa mujer afirma no haber entrado en la habitación.
-Sí, sí, vaya usted a creerla. En toda mi vida creeré a semejante carroña.
-Que usted la crea o no la crea, no significa nada -dijo el dependiente, con ironía -. Maslova era la que tenía la llave.
-¿Y qué importancia tiene eso? -replicó el comerciante.
- ¿ Y la sortija?
-Pero si ella lo ha explicado muy bien- reiteró el comerciante -.El buen comerciante siberiano era un hombre de carácter; y además, había bebido mucho, y entonces le pegó. Después, eso se comprende, sintió lástima: "Vamos, toma, no llores más." No olviden ustedes qué tipo de hombre era: dos archines y doce verschoks de altura y ciento treinta kilos de peso.
-La cuestión no radica en eso -intervino Peter Guerassimovitch -.Lo que hay que saber es si ella premeditó y cometió el crimen o si fueron los criados.
-Pero los criados no habrían podido actuar sin ella, puesto que era ella la que tenía la llave.
Así, desordenadamente, la discusión prosiguió bastante tiempo.
-Permitan ustedes, señores- opinó por fin el jefe dd jurado -
Sentémonos a la mesa y deliberemos, se lo ruego -añadió, sentándose en su sillón presidencial.
-jSon una plaga esas muchachas! -dijo entonces el dependiente.
Y para confirmar su opinión de que Maslova era la principal culpable, contó cómo un día, una de esas muchachas, en el bulevar, había robado el reloj a uno de sus colegas. A continuación, el coronel contó algo más raro y más concluyente todavía: el robo de un samovar de plata.
-Por favor, señores, pasemos a las preguntas -dijo el jefe del jurado, golpeando en la mesa con su lápiz.
Todos se callaron.
Las preguntas estaban propuestas así al jurado:
1.º ¿ El campesino Simón Petrovitch Kartinkin, del pue blo de Borki, distrito de Krapivino, de treinta y tres años, es culpable de haber, el 17 de enero de 188..., en la ciudad de N..., con la intención de quitar la vida al comerciante Smielkov, con objeto de robarlo, en complicidad con otras personas, puesto veneno en el aguardiente, causando así la muerte de Smielkov, tras de la cual le habría robado una suma de cerca de 2.500 rublos y una sortija de brillantes?
2.º ¿La mestchanka Eufemia Ivanovna Botchkova, de 43 años, es culpable del crimen definido en la primera pregunta?
3.º ¿La mestchanka Catalina Mijailovna Maslova, de 27 años, es culpable del crimen definido en la primera pregunta?
4.º Si la acusada Eufemia Botchkova no es culpable en lo que se refiere a la primera pregunta, ¿lo sería por el hecho de haber, el 17 de enero de 188..., en la ciudad de..., estando de servicio en el Hotel de Mauritania, robado de la maleta cerrada con llave de un viajero de ese hotel, el comcrciante Smielkov, la suma de 2.500 rublos y, a este fin, de haber abierto, en aquel sitio, la maleta con una llave que se había procurado a este efecto?
El jefe del jurado leyó la primera pregunta. -¿Qué dicen ustedes, señores?
La respuesta no se hizo esperar. Todos opinaron en sentido afirmativo, tanto en lo referente al robo como al envenenamiento. Un solo jurado se negó a declarar a Kartinkin culpable: un viejo artelstchik (De la palabra Artel, asociación de artesanos, de obreros, etcétera, que trabajan en común y se reparten seguidamente las ganancias.-N del T.)que, por lo demás, respondía negativamente a todas las preguntas.
El jefe del jurado pensó al principio que aquel hombre no comprendía y empezó a explicarle que Kartinkin y Botchkova eran desde luego culpables; pero el artelstchik afirmó haber comprendido muy bien y que, según él, lo mejor era tener piedad.
-Tampoco nosotros -añadió -somos santos. y nada pudo hacerlo desistir de aquella idea.
La respuesta a la segunda pregunta, relativa a la Botchkova, fue: "No, no es culpable." Se juzgó que faltaban las pruebas de su complicidad en el envenenamiento, como, por lo demás, había dicho con tanta insistencia su abogado.
El comerciante, empeñado en que se considerase inocente a Maslova, insistió en sostener que Botchkova era el eje de todo el asunto. Varios jurados fueron de su opinión; pero el jefe del jurado, deseoso de permanecer en una legalidad estricta, hizo notar que no existía de eso ninguna prueba material.
Después de una larga discusión, prevaleció su parecer. Por el contrario, en la cuarta pregunta se declaró a Botchkova cúllpable de haber robado el dinero. A petición del artelschik, se añadió: "Pero merece circunstancias atenuantes."
La pregunta concerniente a Maslova provocó un debate muy vivo. El jefe del jurado afirmaba que era culpable tanto del envenenamiento como del robo. El comerciante sostenía lo contrario; el coronel, el dependiente y el artelstchik eran de esta opinión. Los demás jurados vacilaban, pero se inclinaban más bien hacia la opinión de su jefe: la principal razón de ello era la fatiga general, y la opinión preferida sería aquella que pusiese antes de acuerdo a todo el mundo y liberase a los jurados.
Por los interrogatorios y por lo que él sabía de Maslova, Nejludov albergaba la convicción de que ella no era culpable ni del robo ni del envenenamiento. Había creído al principio que ése sería el parecer de todo el mundo; pero tuvo que reconocer su error. A consecuencia de la oposición provocada por el jefe del jurado, del cansancio de todos y del hecho de que el buen comerciante no sabía disimular que Maslova le agradaba físicamente y ponía mucha torpeza en defenderla, la mayoría, respecto a aquella pregunta, se inclinaba en un sentido afirmativo. Nejludov, viendo eso, pensó en tomar la palabra; pero se llenó de miedo ante la idea de interceder en favor de Maslova, como si todo el mundo fuera a adivinar sus relaciones con ella. Se decía, sin embargo, que no podía consentir en dejar pasar así las cosas y que su deber era intervenir. Enrojecía, palidecía luego; y por fin iba a decidirse a hablar, cuando Peter Guerassimovitch, silencioso hasta entonces, pero evidentemente irritado por el tono autoritario del jefe del jurado, intervino para decir precisamente lo que quería decir Nejludov.
-Permítame -dijo -.Afirma usted que ella es culpable del robo porque tenía la llave de la maleta; pero ¿es que los criados no podían, también, abrir la maleta con otra llave?
-¡Claro, naturalmente! -apoyaba el comerciante. -En realidad, es imposible que ella haya cogido el dinero. En su situación, ¿qué habría podido hacer con él?
-¡Exactamente, es lo mismo que yo digo! -insistía el comerciante.
-Soy más bien de la opinión de que su llegada al hotel con la llave inspiró la idea del robo a los criados, quienes aprovecharon la ocasión y luego le echaron todas las culpas a ella.
Peter Guerassimovitch hablaba con voz irritada, irritación que se transmitió al jefe del jurado y que lo incitó a aferrarse con más fuerza a su propio parecer. Pero Peter Guerassimovitch habló con tanta convicción, que la mayoría se puso de su parte; se reconoció que Maslova no había robado el dinero ni la sortija, y que ésta le había sido dada como regalo.
Quedaba por determinar su culpabilidad en el envenenamiento. El comerciante, su ardiente defensor, declaró que se la debía declarar inocente, puesto que ella no tenía motivo alguno para envenenar a Smielkov; a lo que el jefe del jurado respondió que era imposible declararla inocente toda vez que ella misma confesaba haber echado los polvos.
Los echó, es verdad -dijo el comerciante -, pero creyendo que era opio.
-También el opio puede causar la muerte -interrumpió el coronel, al que le gustaban las digresiones. A propósito de eso, contó !a aventura de la mujer de su cuñado, que había tomado opio por accidente y habría muerto si oportunamente no se hubie.se. encontrado un médico. Hablaba con tanta dignidad y dominio, que nadie se atrevía a interrumpirlo. Sólo el dependiente, siguiendo el ejemplo, se arriesgó a cortar el hilo de su relato.
-Uno puede muy bien acostumbrarse al veneno -dijo y tomarlo sin peligro hasta cuarenta gotas... Un pariente mío...
Pero el coronel. no era hombre que se dejase interrumpir; prosiguio su historia y todo el mundo tuvo que enterarse detalladamente del papel que el opio había representado en la vIda de la mujer de su cuñado.
-Pero, ¡señores! ¡Son ya más de las cuatro! -exclamó un Jurado.
-Bueno, señores -propuso el jefe del jurado-, ¿qué les parece si la reconocemos culpable sin intención de robar? ¿Les parece bien?
Satisfecho por su éxito, Peter Guerassimovitch consintió.
-Pido que se añada: "pero merece circunstancias atenuantes" -exclamó el comerciante.
Inmediatamente todos consintieron en eso. Sólo el artelstchik insistió de nuevo en declararla no culpable.
-Pues a eso es a lo que llegamos -le explicó el jurado -. Es como si dijéramos: ella no es culpable.
-¡Vaya, pues! Pero añdiendo: " y merece circunstancias atenuantes." Eso borrará lo que queda -dijo gozosamente el comerciante.
Estaban todos tan fatigados, se habían embrollado tanto en todas aquellas discusiones, que a nadie se le ocurrió la idea de añadir a la respuesta. "Sí, pero sin intención de causar la muerte."
Nejludov estaba tan conmovido, que tampoco él cayó en la cuenta. Las respuestas, pues, se redactaron y se entregaron en esta forma al tribunal.
Rabelais cuenta que un jurista, llamado a dirimír un proceso, después de haber enumerado una multitud de artículos y de leyes y leído veinte páginas de galimatías latino-jurídico, propuso a los pleiteantes dictar el juicio a la suerte. Si los dados arrojaban un número par, el acusador tendría razón; si el número era impar, la tendría el acusado.
En este caso ocurrió lo mismo. Se tomó tal decisión, y no otra, no porque todos los jurados fuesen de la misma opinión, sino porque el presidente del tribunal había prolongado tanto su resumen, que se le había olvidado decir, siguiendo la costumbre en casos parecidos, que los jurados podían responder: "Sí, pero sin intención de causar la muerte." Además, las respuestas fueron adoptadas porque el coronel había contado demasiado prolijamente la aventura de la mujer de su cuñado; en tercer lugar, porque Nejludov estaba tan conmovido, que no se había dado cuenta de que las palabras "sin intención de robar" deberían haber ido acompañadas de las otras palabras: "sin intención de causar la muerte"; en cuarto lugar, porque Peter Guerassimovitch había salido de la sala momentáneamente mientras el jefe del jurado releía las respuestas. Principalmente, estas respuestas fueron adoptadas porque los jurados, fatigados y deseosos de recobrar su libertad, habían atrapado al vuelo el primer parecer que se les había propuesto.
El jefe del jurado llam6. El guardia, que se había mantenido ante la puerta con el sable desenvainado, volvió a meter la hoja en la vaina y se apartó. Los jueces volvieron a sentarse en sus sillones, y los jurados entraron en la gran sala.
El jefe del jurado llamó. El guardia, que se había mantenido ante la puerta con el sable desenvainado, volvió a meter la hoja en la vaina y se apartó. Los jueces volvieron a sentarse en sus sillones, y los jurados entraron en la gran sala.
¡Vea usted la estupidez que han hecho!-dijo el presidente a su asesor de la izquierda -.Esto significa .trabajos forzados y, sin embargo, ella es inocente.
-¿Y por qué habría de ser inocente? -dijo el juez severo. -Es algo que salta a la vista. Creo que sería ocasión de aplicar el artículo ochocientos diecisiete.
(El artículo 817 establece que el tribunal tiene derecho a módificar la decisión del jurado si la juzga mal fundamentada.)
-¿Y usted, qué piensa usted de esto? -preguntó el presidente al juez benévolo.
Este no respondió inmediatamente. Miró el número del papel que tenía delante de él, sumó las cifras y vio que la suma no era divisible por tres. Se había dicho que si el total era divisible, daría su consentimiento, y, aunque no era así, se decidió, por bondad, a dar su aquiescencia.
-Creo también -respondió -que se debería proceder así.
-¿Y usted? -preguntó el presidente al juez escrupuloso.
-Bastante hablan ya los periódicos -respondió éste con tono resuelto -de que- los jurados absuelven a los culpables. ¿Qué dirían si es el tribunal mismo quien se pone a absolver?
No doy mi consentimiento.
El presidente sacó su reloj.
"Lo siento, pero, ¿qué puedo hacer?", pensó. Luego devolvió las respuestas al jefe del jurado para que las leyese.
Todos los jurados se levantaron, y su jefe, después de haber cargado el peso del cuerpo, ora sobre un pie, ora sobre otro, leyó las preguntas y las respuestas. Ninguno de los funcionarios: el escribano, los abogados y hasta el fiscal, pudo ocultar su asombro.
Unicamente los detenidos, que no comprendían el sentido de las respuestas, permanecían inmóviles en su banquillo. Luego todo el mundo volvió a sentarse y el presidente preguntó al fiscal qué penas proponía contra los acusados.
Este, encantado por el inesperado éxito de su requisitoria contra Maslova, éxito que atribuyó a su elocuencia, consultó un volumen, se levantó y dijo:
-Pido, para Simón Kartinkin, la aplicación del, artícu1o 1.452 y del 4.º párrafo del artículo 1.453; para Eufemia Botchkova, la aplicación del artículo 1.659; y para Catalina Maslova, la aplicación del artículo 1.454.
Todos estos artículos enunciaban las penas más severas, -El tribunal va a retirarse para deliberar sobre la aplica ción de la pena -dijo el presidente, levantándose.
Todos se levantaron después de él y, con el sentimiento de haber cumplido una obra buena, salieron y se dispersaron por la sala.
-Pues bien, padrecito, hemos metido la pata dijo Peter Guerassimovitch acercándose a Nejludov, a quien el jefe del jurado daba algunas explicaciones -, He aquí que hemos despachado a la desgraciada a trabajos forzados.
-¿Cómo? ¿Qué dice usted? -exclamó Nejludov, sin darse cuenta, esta vez, de la chocante familiaridad del profesor.
-Sin duda alguna -respondió éste -. Se nos olvidó anadir en nuestras respuestas... "Culpable, pero sin intención de causar la muerte." El escribano acaba de decirme que el fiscal pide contra ella quince años de trabajos forzados.
-Pues todos estuvimos de acuerdo- dijo el jefe del jurado.
Peter Guerassimovitch protestó, declarando que era evidente que, puesto que Maslova no había cogido el dinero, no podía haber tenido la intención de causar la muerte.
-Pero -replicaba el jefe del jurado para justificarse- yo releí las respuestas antes de que entráramos en la sala.
-No tuve más remedio que salir unos momentos durante esa lectura -dijo Peter Guerassimovitch, quien se dirigió luego a Nejludov -:Pero usted, ¿cómo ha podido dejar pasar eso?
-No me di cuenta de nada -dijo Nejludov.
-Pero se puede reparar el error -dijo Nejludov, -No, ahora ya todo está acabado,
Nejludov dirigió los ojos hacia los detenidos, Mientras se decidía el destino de éstos, ellos continuaban sentados e inmóviles entre la reja de madera y los guardias, Maslova sonreía, Entonces, un mal pensamiento se deslizó en el alma de Nejludov. Cuando hacía unos momentos preveía la absolución y la puesta en libertad de Maslova, se había inquietado por el modo con que tendría que conducirse respecto a ella. Ahora, la deportación a Siberia iba a suprimir tajantemente la posibilidad de reanudar las relaciones. El pájaro herido iba a dejar pronto de debatirse en el morral y de evocar el recuerdo.
XXIV
Se confirmaron las previsiones de Peter Guerassimovitch.
Cuando los tres jueces volvieron de la sala de deliberaciones, el presidente sacó un papel y leyó:
"El 28 de abril de 188.,., por orden de Su Majestad Imperial, la sección criminal del tribunal del distrito de N..., en virtud de la decisión de los señores miembros del jurado, conforme al tercer párrafo del artículo 771, al tercer párrafo de los artículos 776 y 777 del código de procedimiento criminal, ha condenado al campesino Simón Kartinkin, de 33 años de edad, y a la mestchanka Catalina Maslova, de 27 años de edad, a la privación de todos sus derechos civiles e individuales y a trabajos forzados: Kartinkin, por un plazo de ocho años; Maslova, por un plazo de cuatro años, con, para los dos, las consecuencias del artículo 25 del código penal.
"A la mestchanka Eufemia Botchkova, de 44 años de edad, ala privación de sus derechos individuales y del uso de sus bienes ya un encarcelamiento de tres años, con las consecuencias del artículo 48 del código penal.
"Ha condenado además a los tres detenidos, conjunta y solidariamente, a pagar todos los gastos del proceso, debiendo a cargo de la Hacienda dichos gastos en caso de insolvencia, la cual procederá a la venta de las piezas de convicción, a la restitución de la sortija ya la destrucción de los recipientes. de cristal.
Kartinkin permanecía inmóvil, en la misma actitud militar, los brazos rígidos a lo largo dd cuerpo y las mejillas en movimiento; Botchkova aparecía absolutamente tranquila; Maslova, al leerse la sentencia, enrojeció.
-¡No soy culpable! ¡No soy culpable! -exclamó, con una voz que resonó en toda la sala -.¡Es pecado! ¡No soy culpable! ¡Yo no quería eso; no lo pensaba! ¡Es verdad lo que digo!
Y, dejándose caer en el banquillo, estalló en violentos sollozos.
Cuando Kartinkin y Botchkova se levantaron para salir, ella se quedó sentada, sin dejar de sollozar; para obligarla a levantarse fue necesario que uno de los guardias le tirase de la manga del capote.
."No, no se puede dejar que las cosas queden así", se dijo Nejludov, olvidando su mal pensamiento de hacía unos instantes. Y, sin reflexionar, se precipitó hacia el corredor para ver una vez más a Maslova.
Ante la puerta se apretujaba la muchedumbre animada de los jurados y de los abogados, dichosos por haber concluido; Nejludov tuvo que esperar algunos minutos antes de poder abandonar la sala. Cuando llegó al corredor, Maslova estaba ya lejos. Corrió hacia ella, sin preocuparse de la extrañeza que provocaba, y no se detuvo hasta haber llegado a su altura. Ya ella no lloraba, pero dejaba escapar grandes sollozos entrecortados, mientras se enjugaba con la punta de su pañolón el enrojecido rostro. Pasó ante él sin verlo, y él la dejó pasar para luego reemprender su carrera a través del corredor con objeto de buscar al presidente del tribunal. Cuando Nejludov lo al. canzó, el presidente estaba ya en el vestíbulo y dispuesto a marcharse. Acercándose a él, que en aquel momento se ponía un elegante abrigo claro y recibía de manos del portero su bastón con puño de plata, Nejludov le dijo:
-Señor presidente, ¿Podría hablarle un momento del asunto que se acaba de juzgar? Soy miembro del jurado.
-Pero, ¡cómo! ¿No es usted el príncipe Nejludov? Tengo mucho gusto en volverlo a ver -respondió el presidente, con un apretón de manos.
Se acordaba con placer del baile en que se habían conocido y donde él mismo había bailado con más encanto y viveza que los jóvenes.
-¿En qué puedo servirle?
-Nuestra respuesta referente a Maslova se basa en una equivocación. Inocente del envenenamiento, he aquí que se la condena a trabajos forzados -dijo Nejludov con aire sombrío.
-Pero el tribunal ha dictado su sentencia según las respuestas de ustedes -dijo el presidente, avanzando hacia la puerta -, aunque en modo alguno hayamos encontrado relación en esas respuestas con las preguntas.
El presidente se acordó entonces de que había tenido la intención de explicar a los jurados que la respuesta: "Sí, culpable., no haciendo constar la salvedad: "sin intención de matar afirmaba el asesinato con premeditación; pero que, con la prisa de acabar, no lo había dicho.
-Pero, ¿no se podría reparar este error?
-Siempre se encuentran motivos de casación. Hay que dirigirse a los abogados -dijo el presidente, ladeándose el sombrero sobre la oreja y acercándose a la puerta.
-¡Pero es espantoso!
-Mire usted, para Maslova no había más que dos soluciones posibles...
Haabiéndose sacado las patillas sobre el borde del traje, agarró ligeramente a Nejludov para arrastrarlo hacia la salida, pues el presidente parecía sin duda deseoso de ser agradable al príncipe.
¿Sale usted también? -le dijo.
-Sí- respondió Nejludov, quien se puso con rapidez su abrigo y siguió al presidente.
Fuera brillaba un sol radiante, y las calles estaban llenas de ruido y de animación. A causa del estrépito que formaban sobre d pavimento las ruedas de los vehículos, el presidente tuvo que levantar la voz:
-Mire usted- dijo -, la situación era un poco rara. Para este asunto no había más que dos soluciones posibles. Maslova podía ser casi absuelta, es decir, condenada a algunos meses de carcel, condena de la que se habría deducido su prisión preventiva; la pena que quedara sería insignificante. O bien había que condenarla a trabajos forzados. Nada de términos medios. Si ustedes hubiesen añadido las palabras: "pero sin intención de causar la muerte", habría sido absuelta.
-¡Es imperdonable en mí no haber pensado en eso! -dijo Nejludov.
-Pues bien, ahí está el quid de la cuestión -replicó el presidente, sonriendo y mirando su reloj. El último plazo de la cita fijada por Clara iba a expirar dentro de tres cuartos de hora -.Y ahora, si usted lo desea, diríjase a un abogado. No se trata más que de encontrar una motivo de casación: eso se encuentra siempre. Calle Dvorianskaia- dijo a un cochero -. Treinta copeques por la carrera; nunca doy más.
-¡Dígnese subir su excelencia!
-Mis mejores saludos -terminó el presidente, despidiéndose de Nejludov -.Y si puedo serle útil: casa Dvornikov, calle Dvorianskaia: ¡es fácil de retener!
Luego saludó a Nejludov con una última inclinación con descendiente de cabeza y se alejó.
XXV
Su conversación con el presidente y el contacto con el aire fresco del exterior habían calmado un poco a Nejludov. Atribuyó en gran parte a la fatiga la extraña emoción que acababa de experimentar y que habían exagerado las circunstancias anormales en que se encontraba desde por la mañana.
"Desde luego- pensó -, he aquí un encuentro asombroso y extraño. Mi deber es suavizar lo antes posible la suerte de esa infortunada. Por tanto, ahora mismo voy a enterarme de la dirección de Fanarin, o de Nikichin."
Se trataba de dos abogados famosos cuyos nombres le acudieron a la memoria.
Deshizo el camino andado, volvió a entrar en el Palacio de Justicia, se quitó el abrigo y subió la escalera. En el primer corredor encontró a Fanarin y lo abordó diciéndole que tenía que hablar con él. El abogado, que lo conocía de vista y de nombre, se apresuró a dispensarle una buena acogida.
Estoy un poco cansado; pero si no es cosa de mucho tiempo, cuénteme su asunto. Pasemos por aquí.
Hizo pasar a Nejludov a una sala, sin duda el despacho de algún juez, donde se sentaron cerca de la mesa.
-Bueno, ¿de qué se trata?
Ante todo -dijo Nejludov -, debo rogarle que no diga a nadie la participación que tomo en el asunto del que quiero hablarle.
Naturalmente, ni que decir tiene. ¿Y bien...?
Soy jurado. y hoy hemos condenado a trabajos forzados a una mujer que no es culpable. Eso me atormenta.
A pesar suyo, enrojeció y se turbó. Fanarin lanzó sobre él una rápida mirada, bajó los ojos y escuchó.
-Dígame -instó.
-Hemos condenado a una inocente. Quisiera que se presentara recurso contra la sentencia, llevando el juicio a una jurisdicción superior.
-Al Senado- precisó el abogado.
Y he venido a pedirIe a usted que se encargue de este asunto.
Nejludov tenía prisa sobre todo de zanjar un punto delicado, y añadió ruborizándose:
-Sus honorarios y todos los gastos, por considerables que sean, corren de mi cuenta.
-Sí, sí, no discutiremos sobre eso -replicó el abogado, sonriendo complacidamente al ver la inexperiencia de Nejludov -. Bueno, ¿en qué consiste ese asunto?
Nejludov sé lo resumió brevemente.
-Muy bien. Mañana mismo pediré los autos y los examinaré. y pasado mañana... No, más bien el jueves... El jueves, pues, si usted quiere venir a mi casa a eso de las seis de la tarde, le daré una respuesta. Estamos de acuerdo, ¿no es así? Tengo todavía varias cosas que hacer en el Palacio antes de volver a casa.
Nejludov se despidió de él y abandonó el Palacio de Justicia.
Aquella nueva conversación había aumentado su calma; se estimaba dichoso por haber emprendido ya algunas medidas en defensa de Maslova. Gozaba del hermoso tiempo y aspiraba deliciosamente los efluvio primaverales. Conductores de coches de punto parados delante de él le ofrecían sus servicios, pero él prefería caminar. Todo un enjambre de pensamientos y recuerdos relativos a Katucha y a su conducta para con ella ocupaban su mente. y se sintió lleno de tristeza. "N- se dijo-, ya pensaré en eso más tarde. Ahora tengo que distraerme de tantas impresiones penosas."
Recordó la cena de los Kortchaguin y consultó su reloj. No era tan tarde que no pudiese llegar para cenar. Las campanas de un tranvía resonaron detrás de él; echó a correr, llegó al vehículo y subió. Descendió más lejos, en la plaza, escogió un coche. bien enjaezado y, diez minutos después, se vio ante la escalinata de la gran casa de los Kortchaguin.
XXVI
Que su señoría se digne entrar; lo esperan arriba- dijo con una complaciente sonrisa el grueso portero de los Kortchaguin, avanzando hasta la escalinata al encuentro de Nejludov -. Están a la mesa y han dado orden de no recibir a nadie más que a usted.
Luego, el portero fue hacia la escalera y tiró del cordón de una campanilla.
-¿Hay gente? -preguntó Nejludov, quitándose el abrigo.
-Aparte la familia, están los señores Kolossov y Mijai Sergueievitch -respondió el portero.
En el rellano de la escalera apareció la elegante silueta de un lacayo con librea y con guantes blancos.
-Que su señoría se digne subir. Le ruegan que entre.
Nejludov subió la escalera, atravesó el grande y magnífico salón que le era tan conocido y penetró en el comedor. Toda la familia Kortchaguin estaba reunida alrededor de la mesa, con excepción de la princesa Sofía Vassilievna, la madre de Missy, que comía siempre en su habitación. La cabecera de la mesa estaba ocupada por el viejo Kortchaguin, quien tenía a su izquierda al médico de la casa ya su derecha a Iván Iva novitch Kolossov, ex mariscal de la nobleza, actualmente miembro del consejo de administración de un banco y colega de opinión liberal de Kortchaguin. A la izquierda, miss Rader, institutriz de la hermanita de Missy; luego, esta hermana, de cuatro años de edad; a la derecha, frente a ella, Petia, el hermano de Missy, colegial de sexto año, que preparaba sus exámenes, prolongando así la estancia de toda la familia en la ciudad, y un estudiante, su repetidor. Más lejos, uno frente a otro, Catalina Alexeievna, madura señorita de cuarenta años, eslavófila, y Mijail Sergueievitch o Micha Teleguin, primo de Missy; finalmente, al otro extremo de la mesa, Missy, y cerca de ella un cubierto no utilizado.
-¡Ah, esto sí que es magnífico! ¡Dése prisa; no estamos más que en el pescado! -exclamó el viejo Kortchaguin, alzando los ojos sobre Nejludov y masticando con precaución con sus dientes postizos.
-¡Esteban! -gritó en seguida al majestuoso camarero principal, con la boca llena y señalando con los ojos el cubierto vacío.
Nejludov conocía al viejo Kortchaguin desde hacía mucho tiempo, y lo había visto muy a menudo a la mesa. Pero aquella noche quedó desagradablemente impresionado por su rostro sanguíneo y congestionado, por su boca sensual, por su grueso cuello, por el conjunto de su semblante, además de la manera como se metía un pico de la servilleta en el escote de su chaleco. y por toda aquella corpulencia de general obeso.
A pesar suyo, se acordó de haber oído hablar de la dureza de aquel hombre .en los tiempos en que, siendo gobernador de provincia, había hecho fusilar y ahorcar a numerosos desgraciados, Dios sabe por qué, puesto que, rico y bien emparentado, no tenía motivo alguno para mostrar tanto celo.
-¡En seguida van a servir a su señoría! -dijo Esteban, sacando de un cajón del aparador un cucharón, mientras el elegante lacayo ponía en orden el cubierto colocado junto a Missy en el que la servilleta almidonada y artísticamente plegada dejaba ver en una de las esquinas un escudo de armas bordado.
Primeramente, Nejludov dio la vuelta alrededor de la mesa v estrechó las manos de los comensales. Todos, con excepción del viejo Kortchaguin y de las damas, se levantaron para ten derle la suya. Aquel paseo y aquellos apretones de mano, dados a gentes en su mayor parte desconocidas, le parecieron aquella noche particularmente ridículos y desagradables. Se excusó de su retraso e iba a sentarse en el sitio vacante entre Missy y Catalina Alexeievna, cuando el viejo Kortchaguin exigió que tomase al menos entremeses, si no un vasito de aguardiente. Le fue preciso, pues, acercarse a la mesita donde estaban la langosta, el caviar, el queso y los arenques. Creía no tener hambre; pero, habiendo probado el queso, se puso a devorar con avidez.
-Bueno, qué, ¿ha socavado usted los cimientos? -le preguntó Kolossov, empleando con ironía la expresión reciente de cierto periódico reaccionario que hacía campaña contra la institución del jurado -. Habrá usted absuelto a culpables y condenado a inocentes, ¿no es así? ¿Qué me dice?
-¡Socavado los cimientos! ¡Socavado los cimientos! -repitió el viejo príncipe con una risita. Su confianza en el ingenio y en la ciencia de su amigo, cuyas ideas compartía, no tenía límites.
A riesgo de parecer descortés, Nejludov no respondió a Kolossov. Se sentó ante su plato, se sirvió sopa y continuó comiendo con un apetito feroz.
-¡Déjenlo que se fortalezca!- dijo Missy, sonriendo y mostrando con el empleo de aquella frase la familiaridad de sus relaciones.
Kolossov, con un tono desenvuelto y en voz alta, siguió discutiendo el artículo del periódico reaccionario sobre la institución del jurado. Miguel Sergueievitch replicaba contraponiendo los errores groseros que se contenían en otro artículo reciente del mismo periódico.
Como siempre, Missy se mostraba totalmente distinguida y llevaba un atuendo de una elegancia discreta y sobria.
-Sin duda estará usted agotado de hambre y de cansancio, ¿no?- le dijo a Nejludov cuando éste hubo acabado su sopa.
-Pues no, no demasiado. ¿ y usted? ¿Han ido ustedes a ver esos cuadros?
-No; nuestra visita se ha diferido para más adelante. Hemos ido a jugar al lawn-tennis en casa de los Salamatov. Y, mire usted, la verdad es que míster Crooks juega de una manera admirable.
Nejludov había venido a casa de los Kortchaguin para distraerse. El lujo y la riqueza de la casa, de acuerdo con sus gustos refinados, habían hecho siempre que le resultaran agradables esas visitas, así como la atmósfera de halago acariciante con que se le envolvía allí. Pero aquella noche, por una casualidad singular, todo lo encontraba desagradable: desde el portero, la ancha escalera, las flores, los lacayos y los adornos de la mesa, hasta Missy, a la que no tuvo más remedio que juzgar afectada y poco seductora. Le molestaba el tono de suficiencia y grosería de Kolossov, su liberalismo, y la silueta bovina y sensual del viejo Kortchaguin, y las citas francesas de la madura señorita eslavófila, y los rostros enfurruñados de la institutriz y del repetidor; y más aún aquella frase de tono familiar con que había hablado de él Missy.
Ésta seguía inspirándole dos sentimientos contrarios. Unas veces era perfecta, porque la veía a través de un velo o como al claro de luna, y le parecía fresca, bella, inteligente, natural; otras veces, como bajo los rayos deslumbrantes del sol, le era imposible no darse cuenta de sus imperfecciones. y aquel día él estaba en esta última disposición. Distinguía las arrugas de su frente, la señal de las tenacillas rizadoras en sus cabellos, y los huesos salientes de sus codos; le impresionaba sobre todo la anchura de las uñas de sus grandes dedos, que le recordaban los dedos macizos del padre de la joven.
-¡Qué juego tan aburrido ese lawn-tennis! -opinó Kolossov -. En nuestros tiempos, el juego de la pelota era mucho más divertido.
-Pues no -exclamó Missy -.No sabe usted lo que es. No hay nada más locamente fascinante.
Nejludov tuvo la impresión de que ella había dicho aquella palabra "locamente" con una afectación insoportable.
Se entabló una discusión. Intervinieron en ella Mijail Sergueievitch y Catalina Alexeievna. Únicamente la institutriz, el repetidor y los niños permanecieron mudos y aburridos.
-Vamos, siempre están disputando! -dijo con una risa exagerada el príncipe Kortchaguin, quitándose la servilleta de! escote del chaleco.
Cuando se levantaba, un lacayo se apresuró a retirarle la silla. Después de él, todo el mundo se levantó para dirigirse hacia una mesita donde había vasos de agua tibia perfumada. Los comensales se enjuagaron la boca y continuaron una conversación que no interesaba a nadie.
-¿No es verdad que no hay nada como el juego que revele tanto el carácter de la gente? -preguntó Missy a Nejludov, invitándolo así a corroborar su propia opinión.
Había visto en el rostro del príncipe una expresión concentrada y severa, que ya le había notado otras veces, y quería conocer la causa de la misma.
-A decir verdad, no sé nada de eso y nunca he pensado sobre esa cuestión- respondió Nejludov.
-¿Quiere usted que subamos a la habitación de mamá? -preguntó ella entonces.
-Sí, sí- respondió él, y encendió un cigarrillo. Pero el tono de su respuesta indicaba con bastante claridad que no tenía grandes deseos de hacer eso.
La joven se calló y le lanzó una mirada inquisitiva que lo puso de mal humor.
"Verdaderamente -se dijo-, parece que he venido aquí para propagar el aburrimiento." Y , esforzándose en parecer amable, dijo que iría con gusto a presentar sus homenajes a la princesa, si es que ella quería recibirlo.
-Mamá estará encantada. Podrá usted fumar en su habitación como aquí. Iván Ivanovitch ya está allí sin duda.
Sofía Vassilievna, la señora de la casa, no se dejaba ver más que acostada. Desde hacia ya ocho años recibía a sus visitantes tendida en un canapé, envuelta en encajes y cintas, entre los terciopelos, los dorados, los marfiles, los bronces, las lacas y las flores. No veía, y lo repetía frecuentemente, más que a "sus amigos", es decir, a aquellos que a su juicio se destacaban sobre el común de los mortales. Nejludov era uno de ésos, porque pasaba por inteligente, porque su madre había hecho buenas migas con los Kortchaguin y porque la princesa deseaba que Missy se casara con él.
La habitaci6n de Sofía Vassilievna estaba precedida de un salón grande y de otro pequeño. En el grande, Missy, que caminaba delante de Nejludov, se detuvo de pronto y se quedó mirándolo, agarrando nerviosamente el respaldo dorado de una silla baja.
Ella tenía el más vivo deseo de casarse; Nejludov era para ella un buen partido. Además, le agradaba y se había hecho a la idea, no de que ella le pertenecería, sino de que él sería de ella. Perseguía su objetivo con esa astucia inconsciente y tenaz que ponen en ello las neuroticas. Queriendo, pues, obligar a Nejludov a explicarse, le dijo a quemarropa:
-A usted le ha pasado algo; lo veo. Dígame qué es.
Él se acordó de su aventura en la Audiencia frunció las cejas y enrojeci6.
-Sí -respondió, negándose a mentir -, me ha ocurrido algo extraño, inesperado y grave.
-¿Qué es? ¿No puede usted decirmelo?
-Por ahora, no. Permítame que no le diga nada. Me ha pasado una cosa sobre la cual es preciso que siga reflexionando- añadió, ruborizándose aún más.
-¿Y no me lo dirá usted?
Se le contrajo un músculo del rostro, y la joven soltó el respaldo de la silla.
-No, no puedo- replicó Nejludov, comprendiendo que, con aquella respuesta suya a la joven, se respondía a sí mismo y reconocía la gravedad de lo que le había pasado.
-Como usted quiera. Entonces, venga conmigo.
Sacudió la cabeza, como para alejar un pensamiento inoportuno, y reanudó más rápidamente su marcha.
Nejludov creyó notar que ella hacia un esfuerzo para reprimir las lágrimas. Le dio vergüenza y se reprochó la pena que le estaba causando; pero la menor debilidad lo habría perdido, o ligado para siempre, y, aquella noche sobre todo, eso era lo que más temía. Así, pues, silencioso, la acompañó hasta la habitación de la princesa.
XXVII
La princesa Sofía Vassilievna acababa de terminar su cena, muy delicada pero muy reconfortante y que ella siempre tomaba sola, por temor a que la vieran en aquella ocupación poco poética. El café lo servían sobre un velador cerca de su canapé, y ella fumaba cigarrillos. Era morena, delgada y larguirucha, con largos dientes y grandes ojos negros, y se esforzaba en darse aún aires de jovencita.
Se chismorreaba sobre sus relaciones con su médico. Nejludov, hasta entonces no interesado por aquellas hablillas, no tuvo más remedio que acordarse de ellas al entrar en la habitación, cuando distinguió, sentado muy cerca del canapé, al médico de barba untada de brillantina y elegantemente recortada. Al verlo, experimentó una impresión de desagrado.
En una butaca blanda y baja estaba sentado Kolossov, agitando con su cuchara el azúcar de su café, cerca de un vasito de licor colocado en el velador.
Missy, habiendo entrado en la habitación con Nejludov, no permaneció más que un instante.
-Cuando mamá se canse y los despida, vendrán ustedes a verme, ¿no es así? -dijo ella a Kolossov ya Nejludov, con un tono como si nada anormal hubiese ocurrido entre ella y este último.
Salió de la habitación alegremente y con un paso deslizante sobre la blanda alfombra.
-Hola, ¿cómo está usted, querido amigo? Siéntese y cuente -dijo la princesa Sofía Vassilievna, con la sonrisa afectada y que quería parecer natural de su boca surtida de hermosos y largos dientes muy bien imitados -. Ha vuelto usted de la Audiencia, decían estos señores, de muy mal humor. ¡Tales sesiones deben resultar tan penosas para hombres de corazón...! -añadió ella en francés.
-Sí, es verdad -replicó Nejludov -. Alli uno siente muy a menudo su... uno siente, quiero decir, que no tiene derecho a juzgar...
-Comme c'est vrai! -exclamó la princesa, fingiéndose impresionada por lo acertado de aquella reflexión; porque poseía el arte de adular siempre a sus interlocutores.
-Bueno, ¿cómo va su cuadro? -continuó -. Me interesa enormemente. Si no fuera por mi debilidad, hace ya mucho que habría ido a verlo a su casa.
-Lo he abandonado por completo -respondió secamente Nejludov, asqueado por la falsedad de aquellas adulaciones, tan visible, aquella noche, como por el disimulo de la vejez. Y, a pesar de sus esfuerzos, ya no podía ser amable.
-¡Qué lástima! ¿Sabe usted que el mismo Repin me ha afirmado que nuestro amigo tiene un gran talento? -dijo ella, volviéndose hacia Kolossov.
"¿Cómo no le da vergüenza mentir de esa manera?", pensaba Nejludov, indignado.
Sin embargo, dándose cuenta de que Nejludov no estaba verdaderamente en forma y que una conversación agradable con él era imposible, Sofía Vassilievna se volvió hacia Kolossov y le pidió su opinión sobre un nuevo drama que se acababa de representar; eso con un tono que hacía prever la aceptación, como de un oráculo, de la opinión que él emitiera: Kolossov se mostró muy duro en su juicio y aprovechó la ocasión para exponer sus teorías sobre el arte. Como siempre, la princesa se mostraba impresionada por lo acertado de los comentarios de su amigo y no se arriesgaba a defender al autor del drama más que para capitular al instante o encontrar un término medio. Nejludov miraba y escuchaba, pero veía y oía otra cosa.
Escuchando ora a Sofía Vassilievna, ora a Kolossov, comprobaba que ninguno de los dos tenía el menor interés por el drama, como no lo tenían el uno por el otro, y que el solo objeto de su conversación era satisfacer una necesidad física: activar la digestión por la agitación muscular de la lengua y de la garganta. Comprobaba además que Kolossov, habiendo bebido aguardiente, vino y licores, estaba un poco ebrio; no con esa embriaguez de los mujiks que beben de cuando en cuando, sino con la de la gente que está acostumbrada a beber. No titubeaba y no decía estupideces, pero su estado de excitación y de contento de sí mismo era anormal. Además, Nejludov se daba cuenta de que en lo más animado de la conversación, la princesa, inquieta, no apartaba los ojos de la ventana, por la que se deslizaba un oblicuo rayo de sol capaz de alumbrar demasiado crudamente su propio ocaso.
-¡Qué verdad es eso! -respondió ella a un comentario de Kolossov, al mismo tiempo que apretaba el botón de un timbre eléctrico.
En aquel momento, sin decir nada, como familiar de la casa, el médico se levantó y salió. y Sofía Vassilievna lo siguió con los ojos, sin interrumpir la conversación.
-¡Felipe! Tenga usted la bondad de bajar esa cortina -dijo al guapo lacayo que había entrado a la llamada de! timbre -. No; por mucho que usted diga, hay algo místico; y no existe poesía sin misticismo -continuó, dirigiéndose a Kolossov, mientras uno de sus negros ojos espiaba con mal humor los movimientos del lacayo, ocupado en bajar la cortina -. Sin poesía, el misticismo es superstición; y la poesía sin misticismo es prosa -prosiguió ella con una sonrisa contrita y el ojo clavado en el lacayo -. Pero, no, Felipe! No es esa cortina. Es la de la ventana grande -dijo al fin con un aire de sufrimiento y como si hubiese quedado agotada por el esfuerzo que le habían costado tantas palabras.
Para calmarse, se llevó a la boca, con su mano cargada de sortijas, el perfumado cigarrillo.
Silencioso y sumiso, caminando ligeramente sobre la alfombra, con sus piernas musculosas y sus pantorrillas salientes, el guapo lacayo se acercó a la otra ventana y, mirando a la princesa, se puso a bajar cuidadosamente la cortina, a fin de que ni el menor rayo pudiese caer sobre ella. Pero tampoco esta vez estaba haciendo lo que quería Sofía Vassilievna, quien de nuevo tuvo que interrumpir su disertación sobre el misticisimo para aleccionar al implacable y torpe Felipe que tanto la fatigaba. Por un momento, un relámpago pasó por los ojos de lacayo.
"El pobre debe de estarse diciendo: ¿qué diablos es lo que quieres en definitiva?", pensó Nejludov ante aquella escena.
El guapo y robusto Felipe reprimió inmediatamente su movimiento de impaciencia y se puso a ejecutar las órdenes de la indolente, débil y sofisticada princesa.
-Desde luego, hay mucho de verdad en la doctrina de Darwin, pero a veces va demasiado lejos -continuó Kolossov, agitándose en su butaca y mirando a la princesa con ojos soñolientos.
-Y usted, ¿cree usted en la herencia? -preguntó a Nejludov, cuyo silencio la tenía desazonada.
-¿La herencia? No, no creo en ella- respondió sin desprenderse de las visiones extrañas que obsesionaban su imaginación.
Se figuraba posando como modelo, al lado del robusto y guapo Felipe, a Kolossov desnudo, con su vientre en forma de calabaza, su cabeza calva y sus brazos esqueléticos, caídos como cuerdas. Y, vagamente también, entrevió los hombros de Sofía Vassilievna, recubiertos ahora de seda y de terciopelo, tal como debían de ser. Pero esa imagen resultaba realmente demasiado repugnante, y la rechazó.
Sofía Vassilievna se quedó mirándolo con fijeza.
-Pero -dijo ella -me olvido de que Missy le está esperando. Vaya a reunirse con ella; creo que tiene intención de interpretarle un trozo de Grieg. Es muy interesante.
"¡No tiene que interpretarme nada! ¿A qué vienen todas estas mentiras?", pensó Nejludov, levantándose y estrechando la mano transparente, huesuda y cargada de anillos de Sofía Vassilievna.
En el salón se encontró con Catalina Alexeievna, quien lo detuvo al pasar.
-Lo cierto es -le dijo ella en francés, siguiendo su costumbre -que las funciones de jurado, ya lo veo, le deprimen a usted un poco.
-Sí, excúseme. Esta noche no me siento en forma, y no tengo derecho a imponer mi malhumor a los demás -respondió Nejludov.
¿Y por qué no está usted en forma?
-Eso, permítame que no se lo diga- replicó él, buscando su sombrero.
-¿Se olvida usted, pues, de que nos dijo que había que decir siempre la verdad y que incluso se aprovechó de eso para decirnos a todos verdades crueles? ¿Por qué hoy no quiere usted decir la verdad? ¿Te acuerdas, Missy? -añadió Catalina Alexeievna, volviéndose hacia la joven, que acababa de entrar.
-Es que entonces era un juego - respondió gravemente Nejludov -.El juego permite esas cosas. Pero en la vida real, somos tan malos... o yo soy tan malo..., que no me es posible pensar en decir la verdad.
-No se retenga usted. Diga más bien que todos somos malos -replicó alegremente la madura muchacha, sin fijarse en la gravedad de Nejludov.
-No hay nada peor que decirse que no se está en forma- interrumpió Missy -.Por mi parte, nunca me lo confieso a mí misma; por eso siempre estoy en forma. Vamos, sígame, vamos a tratar de disipar su mauvaise humeur.
Nejludov experimentó el sentimiento que deben de experimentar los caballos en el momento de ser embridados y enjaezados. Nunca hasta entonces había experimentado tanto miedo a dejarse enjaezar. Se excusó diciendo que tenía necesidad de volver a su casa, y se preparó a despedirse. Missy le retuvo la mano más tiempo que de costumbre.
Recuerde que lo que es grave para usted lo es al mismo tiempo para sus amigos -dijo ella -.¿Vendrá usted mañana?
-No lo creo- respondió Nejludov, y sintiendo que el rubor le subía al rostro, se apresuró a salir.
-¿Qué significa todo esto? Comme cela m'intrigue! -dijo Catalina Alexeievna cuando él hubo abandonado el salón -. Es preciso que me entere. Quelque affaire d'amour-propre. Il est tres susceptible, notre cher Mitia !
"Plutôt une affaire d'amour sale", pensó Missy, pero sin decirlo. Miraba delante de ella con aire sombrío, muy distinto del que tenía en presencia de Nejludov. Sin embargo, ni siquiera delante de Catalina Alexeievna se habría atrevido a formular aquel juego de palabras de mal gusto, y se limitó a decir:
-Todos tenemos nuestros días buenos y nuestros días malos.
"¿También se escapará éste? -pensó Missy -.Estaría muy mal por su parte, después de todo lo que ha pasado."
Si le hubiesen preguntado a Missy lo que quería decir con aquellas palabras "todo lo que ha pasado", no habría podido alegar nada preciso. Tenía, sin embargo, una impresión absolutamente clara de las esperanzas despertadas en ella por Nejludov y casi una promesa de casamiento. Desde luego, ninguna palabra precisa los había ligado, pero miradas, sonrisas, alusiones y silencios bastaban, a juicio de ella, para. que lo considerase como si le perteneciese. Por eso el pensamiento de perderlo le resultaban tan penoso.
XXVIII
Vergüensa y disgusto, disgusto y vergüenza! ", pensaba Nejludov, volviendo a pie a su casa. por un camino recorrido a menudo. La penosa lmpresión nacida en el de su conversación con Missy no se disipaba. Se sentía "formalmente" al abrigo de los reproches de la joven, en cuanto se trataba de declaración que hubiera podido comprometerlo; y sin embargo, no estaba menos ligado a ella. Lo compr:ndía, y con todas las fuerzas de su ser comprendía también la imposibilidad de casarse con ella.
¡Vergüenza y disgusto, disgusto y vergüenza!", se repetía ante el pensamiento no sólo de sus relaciones con Missy, sino de todo lo que lo rodeaba. "¡Todo es disgusto y vergüenza!", repitió, ubiendo la escalinata de su casa.
-No cenaré -le dijo a su criado Kornei, quien lo esperaba en el comedor dispuesto a servirle-. Puede usted retirarse.
-A sus órdenes -respondió el criado, que, en lugar de marcharse, quitó la mesa.
Nejludov no pudo abstenerse de creer que el otro obraba así para contrariarlo. Miraba a Kornei con malhumor; habría querido que todo el mundo lo dejase en paz, y todo el mundo se ponía de acuerdo para llevarle la contraria.
Cuando Kornei salió, Nejludov se acercó al samovar paraprepararse su té; pero oyó en la antecámara los pasos de Agrafena Petrovna, y, para no verla, salió precipitadamente y pasó al salón, cuya puerta cerró tras él. Tres meses antes, su madre había muerto en aquel salón. Dos lámparas de reflectores lo alumbraban, iluminando los dos grandes retratos del padre y de la madre de Nejludov colgados en la pared. Y éste se acordó de sus últimas relaciones con su madre. Falsas también, y, también allí, vergüenza y disgusto. Se acordaba de que en los últimos tiempos de la enfermedad de su madre había deseado positivamente su muerte. Era, había pensado entonces, para que se librase de sus sufrimientos; hoy comprendía que la había deseado para librarse él mismo de la vista de sus sufrimientos.
Con el deseo de evocar en él recuerdos mejores, se acercó al retrato, firmado por un pintor célebre y por el que se pagó en tiempos cinco mil rublos. La madre de Nejludov estaba representada con vestido de terciopelo negro, descubierta la garganta. El artista, eso se notaba, había puesto el mayor cuidado en pintar bien el nacimiento de los senos, su separación, el cuello y los hombros, que su modelo tenía muy bellos. A él le pareció esta vez que era absolutamente vergonzoso y desagradable. Se espantó de lo que había de repulsivo y de sacrílego en aquella figura de su madre bajo el aspecto de una belleza semidesnuda. La cosa resultaba tanto más chocante cuanto que hacía tres meses, allí mismo, la misma mujer se había tendido sobre un diván, seca como una momia, exhalando un olor que infectaba toda la casa. Se acordó de que, la víspera de su muerte, ella le había cogido una mano entre sus pobres manos descarnadas, lo había mirado a los ojos y le había dicho: "¡No me juzgues, Mitia, si no he hecho lo que era preciso! " Y que de sus ojos enturbiados por el sufrimiento habían salido lágrimas.
"¡Qué disgusto!", se dijo una vez más frente al retrato donde su madre, con una sonrisa triunfante, desplegaba sus magníficos hombros y sus brazos de mármol. y la desnudez de aquel pecho lo hizo pensar en otra joven, vista por él aquellos últimos días e igualmente escotada. Era Missy, quien, una noche de baile, le había rogado que viniese a verla con su nuevo vestido. Con verdadera repugnancia se acordó del placer que había experimentado al ver los bonitos hombros y los bellos brazos de Missy. "¡Y delante de ese padre grosero y sensual, con su pasado de crueldad, y esa madre bel esprit, de reputación sospechosa!", pensaba. Todo aquello era repugnante y vergonzoso. ¡Vergüenza y disgusto, disgusto y vergüenza!
"No, no -se dijo -, ¡Es preciso que me libere, que rompa todas estas relaciones mentirosas con los Kortchaguin, con María Vassilievna, con la herencia y con todo lo demás...! Sí, escaparme, respirar en paz. Ir al extranjero, trabajar en mi cuadro en Roma."
Y se acordó de sus propias dudas sobre su talento.
Bah, ¿qué importa eso? Lo importante es respirar en libertad. Iré a Constantinopla y luego a Roma. Me iré en cuanto cierren los tribunales y quede arreglado este asunto con el abogado."
De nuevo se irguió ante él la imagen viviente de la condenada, con sus negros ojos que bizqueaban un poco. ¡Ah, cómo había llorado ella al gritar aquellas últimas palabras! Con un gesto brusco, tiró el cigarrillo que acababa de encender, encendió otro y se puso a caminar de arriba abajo por la habitación. Luego, con el pensamiento, volvió a ver los minutos sucesivos pasados con Katucha: la escena de la habitacioncita, el desencadenamiento de su pasión bestial, su desilusión una vez satisfecha aquélla. Volvió a ver el vestido blanco y el cinturón azul, y la misa nocturna.
"Sí, aquella noche la amé, la amé verdaderamente, con un amor fuerte y puro; y la había amado antes, ¡oh, cuantísimo!, cuando residía en casa de mis tías para escribir mi tesis."
Volvió a verse a sí mismo tal como era entonces, y eso lo inundó con un perfume de frescor, de juventud, de vida dichosa; y se agravo aun mas su tristeza.
Le pareció enorme la diferencia existente entre el hombre de entonces y el de ahora: tanta y quizá más aún que la que existía entre la Katucha de la iglesia y la prostituta, la amante del comerciante siberiano, juzgada por él hacía poco. Valeroso y libre entonces, nada le parecía imposible; ahora, sepultado en una existencia inútil y vacía, miserable y estúpida, sin salida y de la cual muy a menudo se negaba a salir. Recordó que orgullo extraía entonces de su franqueza y de su principio de decir siempre la verdad, y de su manera de decirla; en tanto que ahora estaba sumido en la más espantosa mentira, considerada verdad por quienes lo rodeaban.
Y tampoco había salida de aquella mentira en la que se hundía por la fuerza de la costumbre, en la que se pavoneaba.
¿C6mo liberarse en sus relaciones con María Vassilievna? ¿Cómo resolverse a poder mirar cara a cara al marido y a los hijos de aquella mujer? ¿Cómo romper su trato con Missy? ¿Cómo poner de acuerdo el hecho de haber proclamado él mismo la injusticia de la propiedad rústica y el de poseer la herencia de su madre, indispensable para su existencia? ¿Cómo redimir su falta para con Katucha? Y, sin embargo, las cosas no podían quedar así. "No puedo -se decía él- abandonar a una mujer amada en otros tiempos, pagando solamente a un abogado para arrancarla de esa cárcel que no ha merecido. ¡Querer lavar mi falta con dinero es lo que yo creía suficiente cuando daba cien rublos a Katucha!"
Volvió a ver el momento en que, en el vestíbulo de la casa de sus tías, se había acercado a la joven, le había deslizado el dinero y había huido. "¡Ah, ese maldito dinero, ah, ah, qué asco!", se dijo en voz alta, como lo había dicho entonces. "Solamente un miserable, un canalla, podía obrar así. ¿ Y soy yo ese canalla, ese miserable? -exclamó- ¿Pues quién sino yo?", se respondió. y continuó denunciándose a sí mismo: "Y además, no es eso todo. ¿No es una bajeza tus relaciones con Maria Vassilievna, tu amistad con su marido? ¿Y tu actitud en lo que se refiere a tus bienes? So pretexto de que el dinero procede de tu madre, ¿no disfrutas de la riqueza que consideras ilegítima? ¿Y toda tu vida, ociosa e inútil? Y, como coronamiento de todo eso, ¿qué puedes decir de tu conducta respecto a Katucha? ¡Eres un miserable! ¿Qué importa el juicio de los demas? Tú puedes engañados, pero no puedes engañarte a ti mismo."
Y comprendió que el objeto de una aversión que él sentía desde hacía algún tiempo, y sobre todo aquella noche no eran ni los hombres ni el viejo príncipe, ni Sofía Vassilievnna, ni Missy, ni Kornei, sino él mismo, y, ¡cosa extraña!, aquel reconocimiento de su indignidad, aunque penoso, contenía algo de calmante y de consolador.
Varias veces en el curso de su existencia había ya procedido a lo que él llamaba "limpiados de conciencia"; crisis morales en las que el decaimiento, casi la detención de su vida in. terior, lo habían obligado a barrer las porquerias que manchaban su alma.
Hecho eso, no dejaba nunca de imponerse reglas jurándose seguirlas. Escribía un diario, volvía a empezar una nueva vida "turning a new leaf", como él decía. Pero la seducción del mundo volvía de nuevo a atrapado, y volvía otra vez al punto de partida, si no más bajo.
El verano en que pasó las vacaciones en casa de sus tías había marcado la primera de aquellas "limpiezas". Fue su despertar más vivo y más entusiasta. Sus consecuencias habían durado bastante tiempo. El segundo despertar ocurrió cuando, habiendo abandonado su empleo de funcionario, soñó con sacrificar su vida y había partido a guerrear contra los turcos. En aquella ocasión, la recaída tuvo lugar antes que otras veces. Un nuevo despertar había ocurrido cuando abandonó el ejército y partió al extranjero para dedicarse a la pintura.
Desde entonces, y hasta el día de hoy, había transcurrido un largo período sin que "limpiase su conciencia". Por eso nunca había llegado a una suciedad tal, a un tal desacuerdo entre lo que exigía su conciencia y la vida que llevaba. Se quedó aterrado. El abismo era tan grande, y la suciedad tan fuerte, que en el primer momento desesperaba de poder desprenderse de ella.
"Más de una vez has tratado de corregirte, de hacerte mejor, y has fracasado -le decía una voz tentadora -.¿Vale la pena empezar una vez más? ¿Es que eres tú el único que estás en ese caso? Todo el mundo es como tú. ¡Es la vida!"
Pero el ser libre, el ser moral, y que es en nosotros el único verdadero, el único poderoso, el único eterno, ese ser, en aquel momento, se había despertado en él. Le era imposible no creer en él. Por colosal que fuera la distancia entre lo que era y lo que habría querido ser, aquel ser interior afirmaba que todo le era posible aún.
"Romperé, por mucho que me cueste, los lazos de mentira en los que me revuelco, y confesaré todo; diré y haré la verdad -se dijo con decisión en voz alta -. Diré la verdad a Missy: que soy un libertino, que no puedo casarme con ella y que le pido perdón por haberla turbado. Diré a Maria Vassilievna..., o mejor, no a ella, sino a su marido, le diré que soy un miserable, que lo he engañado. Dispondré de la herencia conforme a la verdad. Diré también a Katucha que soy un miserable, que pequé contra ella. y haré todo lo posible por suavizar su suerte. Iré a verla y le pediré que me perdone. Sí, le pediré perdón como hacen los niños... Me casaré con ella si es preciso..."
Se detuvo, juntó las manos como hacía en su infancia, elevó los ojos y dijo:
-¡Señor, ven en mi ayuda, instrúyeme, penetra en mí para purificarme!
Rezaba. Pedía a Dios que penetrara en él para purificarlo; y ese milagro, pedido en su oración, se había, sin embargo, cumplido ya en él. Dios, viviendo en su conciencia, había vuelto a tomar posesión de ella. Y no solamente sentía Nejludov la libertad, la bondad, la alegría de la vida; sentía también la fuerza del bien, y todo el bien posible que un hombre pudiera hacer, él se sabía capaz de hacerlo también.
Sus ojos estaban bañados de lágrimas. Buenas, en tanto que lágrimas de felicidad, nacidas del despertar del ser moral dormido en él desde hacía años; pero malas también, porque eran lágrimas de enternecimiento por sí mismo y por su bondad de alma.
Se ahogaba. Avanzó y abrió la ventana que daba al jardín. La noche era fresca, blanca de luna. A lo lejos resonó un ruido de ruedas, y luego todo volvió a quedar en silencio. Bajo la ventana, sobre la arena de la alameda y sobre el césped, se perfilaba la sombra de un gran álamo desnudo. A la izquierda, bajo los diáfanos rayos de la luna, el techo de la cochera parecía todo blanco. Al fondo se entrecruzaban las ramas de los árboles y transversalmente la línea negra del seto. Y Nejludov contemplaba el jardín, lleno de una dulce luz argentada, y la cochera, y la sombra del álamo; escuchaba y aspiraba el soplo vivificante de la noche.
-¡Qué hermoso es todo! ¡Qué hermoso es todo, Dios mío! -decía.
Y estas palabras eran la expresión de lo que pasaba en su alma
XIX
Maslova no fue llevada a la cárcel hasta las seis, doloridos los pies después de quince verstas ( medidas itineraria equivalente a 1.067 metros) de marcha desacostumbrada por una calzada de piedra. Aunque aniquilada por la severidad imprevista de la sentencia, tenía hambre.
Durante una suspensión de la vista, los guardianes habían comido en su presencia pan y huevos duros; la boca se le hizo agua y se dio cuenta de que tenía hambre, pero le habría parecido humillante pedirles algo. y la vista recomenzó y duró todavía más de tres horas, y había acabado por no sentir ya hambre, sino únicamente debilidad. La lectura de la sentencia la había encontrado en esta disposición de espíritu, y al escucharla creyó estar soñando. La idea de los trabajos forzados no consiguió implantarse fácilmente en su espritu. Pero la acogida que se le dio a la lectura de su condnna por los magIstrados y los jurados le hizo ver pronto la realidad de la misma. Entonces, sublevada, había gritado su inocencia con todas sus fuerzas, pero también su grito fue acogido como una cosa natural, prevista y sin alcance en su situación. Se había deshecho en lágrimas, fatalmente resignada a soportar hasta el fin la extraña y cruel injusticia que se había realizado en detrimento de ella. Una cosa sobre todo la asombraba: que aquella dura sentencia le fuese infligida por hombres, por hombres jóvenes y no viejos, los mismos que de ordinario la miraban con tanta complacencia. Únicamente el fiscal era la excepción. En la sala de los presos, aguardando el comienzo de la vista, y luego, durante las suspensiones, había visto que aquellos hombres, so pretexto de que tenían que hacer algo alli, pasaban por delante de la puerta de la estancia donde se encontraba e incluso entraban para tener ocasión de mirarla. ¡Y estos mismos hombres la habían condenado a la cárcel, aunque ella fuese inocente de lo que se la acusaba! Había comenzado a llorar, hasta quedar, poco a poco, sin lágrimas y completamente postrada. Cua.ndo, despues de la vista, la encerraron en el calabozo del Palacio de Justicia en espera de su traslado a la cárcel, no tenía más que un pensamiento: fumar.
En este estado la encontraron Botchkova y Kartinkin, llevados igualmente después de la sentencia al mismo calabozo. Botchkova se había puesto a insultarla, diciéndole que era un "piojo carcelario".
-Qué, ¿has ganado, te has justificado? ¡No te has escapado, pendón! ¡No tienes más que lo que mereces! ¡En la cárcel no te darás ya aires de princesa!
Maslova permanecía impasible, con las manos hundidas en las mangas de su capote, la cabeza baja, mirando obstinadamente a dos pasos delante de ella; se limitó a decir:
-Yo no me ocupo de usted; déjeme tranquila. No me ocupo de usted -repitió varias veces.
Luego se calló.
Se animó un poco cuando se llevaron a Botchkova ya Kartinkin, y un guardia entró a traerle un envío de tres rublos.
-¿Eres tú Maslova? -preguntó. Y añadió, tendiéndole el dinero -: Esto te lo envía una señora.
-¿Qué señora?
-¡Vamos, toma! No tenemos por qué daros conversación.
El dinero le era enviado a Maslova por Kitaieva, la patrona de la casa de tolerancia. Ésta, al salir de la Audiencia, había preguntado al portero de estrados si podía dar un poco de dinero a Maslova. Al escuchar la respuesta afirmativa, se quitó con precaución el guante de piel de Suecia que recubría su blanca y gordezuela mano y sacó del bolsillo de detrás de su falda de seda una cartera de última moda atiborrada de billetes. Entre una gran cantidad de cupones y de títulos ganados por ella, eligió un billete de dos rublos cincuenta, añadió cincuenta copeques en plata y entregó todo al portero de estrados. Éste llamó al guardia y le entregó la suma en presencia de la señora.
-Se lo ruego, le entregará eso, ¿verdad? -dijo Karolina Albertovna al guardia.
Este último se sintió vejado por semejante desconfianza; de ahí su malhumor contra Maslova.
Ésta no dejó de sentirse encantada al recibir tal dinero, que le iba a permtir realizar su deseo.
"¡Con tal que pueda procurarme pronto cigarrillos...!", se dijo; y en este único deseo de fumar se concentraban todos sus pensamientos. Tenía tantas ganas, que aspiraba con avidez el olor de tabaco que entraba, a bocanadas, en su celda. Pero tuvo que aguardar mucho tiempo para satisfacer su deseo. El escribano, encargado de ordenar el traslado de los condenados desde la Audiencia a la cárcel se habia en efecto olvidado de ellos y se había retrasado discutiendo con un abogado el articulo del periódico prohibido
Por fin, a eso de las cinco se hizo partir a Maslova entre sus dos guardias, el de Nijni-Novgorod y el chuvaco, que la hicieron salir por una puerta trasera del palacio. En el vestíbulo del tribunal ella les había dado veinte copeques rogándoles que fuesen a comprarle dos panes blancos y cigarrillos.
El chuvaco se había echado a reír:
-Está bien, te lo compraré- había dicho.
Honradamente, había ido a comprar los panes y los cigarrillos y le había devuelto lo que quedaba. Pero estaba prohibido fumar en ruta; así, pues, Maslova había llegado hasta la cárcel sin haber podido satisfacer sus ganas de fumar.
En el momento de llegar entraba un convoy de un centenar de presos y se había cruzado con ellos a la puerta. Los había viejos y jóvenes, barbudos o afeitados, rusos y de otras razas. Algunos llevaban rapada la mitad de la cabeza y tenian hierros en los pies. Llenaban el vestíbulo de polvo, del ruido de sus pasos y de sus conversaciones y de un acre tufo a sudor. Todos, al pasar cerca de Maslova, la habían mirado; algunos se habían acercado a ella para requebrarla.
-iVaya, vaya, la hermosa muchacha! -había dicho uno.
¡Mis respetos a la madrecita!- había dicho otro, guiñando un ojo.
Y uno de ellos, moreno, con la cabeza rapada y enormes bigotes, haciendo resonar sus hierros, se le había acercado para agarrarla del talle.
-¿Es que no reconoces a tu amiguito? ¡Vamos, no tengas tantos escrúpulos! -le dijo, enseñando los dientes y con los ojos brillantes cuando ella lo rechazó.
-¿Qué haces tú ahí, bribón?- gritó el subdirector de la cárcel, apareciendo de improviso.
Inmediatamente, el forzado se retiró, agachando la espalda. y el subdirector se volvió hacia Maslova.
-¿ Y tú, qué vienes a hacer aquí?
Maslova estaba tan cansada, que le faltaron fuerzas para decir que volvía del tribunal.
-Llega de la Audiencia, señoría -respondió uno de los soldados, llevándose la mano a la garra.
-Hay que entregársela al guardián jefe. ¿Qué significa este desorden?
-A sus órdenes. señoría.
-jSokolov! ¡Hazte cargo de ella! -gritó el subdirector. El guardián jefe se acercó, la agarró por un hombro con malhumor y, haciéndole una señal con la cabeza, la condujo él mismo por el corredor de las mujeres. Allí la registraron por todas partes sin encontrar nada (el paquete de cigarrillos lo había escondido dentro del pan) y la hicieron entrar de nuevo en la sala de donde había partido por la mañana.
XXX
Esta sala a la que llevaban de nuevo a Maslova era una gran pieza de nueve archines ( medida de longitud = 0.71m.- N.del T.) de largo por siete de ancho con dos ventanas; por todo mobiliario, una vieja estufa blanca en sus tiempos y una veintena de camas de tablas desunidas y que ocupaban los dos tercios de la superficie de la sala. Hacia el centro, frente a la puerta, ardía un cirio ante un icono ennegrecido de grasa y adornado con un viejo ramillete de siemprevivas. A la izquierda, detrás de la puerta, el cubo de las basuras.
Acababan de pasar la lista de retreta y de encerrar alas presas para la noche.
Quince personas ocupaban la sala: doce mujeres y tres niños.
Había aún claridad y sólo dos mujeres estaban acostadas. Una de ellas dormía, tapada la cabeza con su capote: era una idiota, encarcelada por vagabunda, y que dormía día y noche. La otra, condenada por robo, era tísica. Sin dormir, permanecía extendida, abiertos los grandes ojos, posada la cabeza sobre su capote; un hilo de saliva corría de sus labios, apretada la garganta en un duro esfuerzo para no toser. Entre las demás mujeres, vestidas la mayoría solamente con camisas de tela gruesa, unas cosían, sentadas en sus camastros; otras, de pie junto a las ventanas, miraban pasar por el paño el convoy de los presos. De las tres mujeres que cosían, una era la vieja Korableva, quien por la mañana había hablado a Maslova por la mirilla de la puerta. Era una mujer alta y fuerte, de cara enfurruñada, con grandes cejas fruncidas, carrillos que le caían bajo el mentón, cabellos ralos y amarillentos, griseando ya en las sienes, y una verruga cubierta de pelos en la mejilla. Había sido condenada a prisión por haber matado a su marido, al que encontró a punto de violar a su hija. Decana de la sala, gozaba del privilegio de vender aguardiente. En aquellos momentos cosía, provista de gafas y sosteniendo la aguja al modo campesino, esto es, con tres dedos de su gran mano callosa. Cerca de ella, cosiendo igualmente, estaba una mujercita morena de nariz roma, con ojillos negros, aire bonachón y, además, muy charlatana. Guardabarrera de ferrocarril, había sido condenada a tres meses de cárcel por haber causado un accidente al olvidar, una noche, agitar su bandera al paso de un tren. La tercera era Fedosia, o Fenitchka, como la denominaban sus compañeras, joven aún, toda blanca y toda rosa, con claros ojos de niña y, alrededor de su cabecita, dos largas trenzas enrolladas de rubios cabellos. Estaba en la cárcel por tentativa de envenenamiento contra su marido, al día siguiente de casarse, sin motivo aparente; tenía entonces apenas dieciséis años. Ahora bien, durante sus ocho meses de prisión preventiva no sólo se había reconciliado con su marido, sino, más aún, se había enamorado de él. Cuando se celebró el juicio, ella le pertenecía en cuerpo y alma, lo que no había impedido que el tribunal la condenase a trabajos forzados en Siberia, a pesar de las súplicas de su marido, de su suegro y sobre todo de su suegra, que sentían por ella una verdadera ternura y que habían hecho toda clase de esfuerzos para que la absolvieran. Buena, alegre, siempre risueña, era vecina de cama de Maslova y había congeniado pronto con ella, y la colmaba de cumplidos y de atenciones.
Cerca de allí, en una cama, estaban sentadas otras dos mujeres. Una, de unos cuarenta años, delgada y pálida, con algunos restos de belleza marchita, amamantaba a un niño. Era una campesina condenada por rebelión contra la autoridad. Habiendo ido un día a su pueblo la policía para llevarse por la fuerza al regimiento a uno de sus sobrinos, los campesinos, juzgando ese acto ilegal, se habían rebelado, avasallando al comisario de policía rural, y la mujer había saltado a los belfos del caballo sobre el cual habían hecho subir a su sobrino, a fin de liberar a éste. Una viejecilla, jorobada, de cabellos ya grises, estaba sentada cerca de la joven madre. Fingía querer atrapar a un grueso niñito de cuatro años, ventrudo, que corría alrededor de ella lanzando carcajadas. Y, en camisa, el niño corría, repitiendo sin cesar:
-¡No me coges! ¡No me coges!
El hijo de aquella vieja había sido condenado por tentativa de incendio, y ella había sido reconocida cómplice. Resignándose, en cuanto a ella, a su pena, no dejaba de gemir por su hijo, encarcelado igualmente, y sobre todo por su viejo marido; pues ella temía que su nuera se hubiese ido y que el viejo no tuviera a nadie para lavarlo y quitarle los piojos.
Además de estas siete mujeres, otras cuatro. en pie ante una ventana abierta, se agarraban a los barrotes de hierro; hablaban con los presos que pasaban por el patio, los mismos que Maslova había encontrado en el vestíbulo. Una de esas mujeres, que expiaba un robo, era una alta pelirroja de cuerpo desmalazado, con pecas en todo su joven rostro. Con voz aguardentosa, lanzaba a través de la ventana gran cantidad de palabras chocarreras. A su lado había una mujercita morena a la que su largo tronco y sus cortas piernas daban el aire de tener diez años. Su rostro, de color de ladrillo, estaba lleno de manchas; sus ojos eran grandes y negros, con gruesos labios recortados, levantados sobre una fila de blancos y prominentes dientes. Soltaba risotadas al escuchar las respuestas de su vecina a los presos del patio. Su coquetería le había merecido el apodo de la Hermosa. Estaba condenada por robo e incendio. Delgada, huesuda, lastimosa, se erguía detrás de ella otra mujer, condenada por ocultación de objetos robados; inmóvil, con una camisa de tela gris muy sucia, pesada con su vientre fecundado, permanecía en pie, muda, sonriendo a veces, con aire aprobador y enternecido, a lo que ocurría en el patio. La cuarta detenida, de pequeña estatura, fuerte, de ojos salientes y aire bonachón, había sido condenada por venta fraudulenta de aguardiente. Era la madre del niño que jugaba con la jorobada y de una niñita de siete años, autorizados a compartir su prisión porque no habían sabido a quién confiárselos. La madre, como las demás mujeres, miraba por la ventana, pero sin dejar de hacer punto de media, y cerraba los ojos, pareciendo desaprobar lo que decían los presos que pasaban por el patio. En cuanto ala niñita de siete años, tenía cabellos de un rubio casi blanco, en desorden; agarrada con su delgada manecita a la falda de la pelirroja, fija la mirada, escuchaba atentamente los juramentos cruzados entre las mujeres y los presos y los repetía en voz baja, como si se los hubiese aprendido de memoria.
Por último, la duodécima detenida era la hija de un sacristán; había ahogado a su hijo recién nacido en un pozo. Era una muchacha alta, larguirucha, rubia, con una trenza gruesa y corta, dorada y mal peinada, y ojos salientes y fijos. Descalza y en camisa de tela gris, caminaba sin tregua de arriba abajo por el estrecho espacio que dejaban las camas, sin ver a nadie ni hablar con nadie, y, cuando llegaba a la pared, daba una brusca media vuelta.
XXXI
Cuando la puerta se abrió para dejar paso a Maslova, todas se volvieron hacia ella; incluso la hija del sacristán detuvo su paseo, levantó las cejas al examinar a la recién llegada y luego, sin decir palabra, reemprendió su marcha de autómata. Korableva pinchó su aguja en el saco que estaba cosiendo, y, por encima de sus gafas, interrogó a Maslova con la mirada:
-¡Perra suerte! -exclamó con su voz de bajo -.¡Ha vuelto! ¡Yo que pensaba que la iban a dejar en libertad!
Se quitó las gafas y las depositó sobre la cama, juntamente con su labor.
-Precisamente estábamos diciendo con la madrecita que quizá te habrían soltado ya. Parece que de vez en cuando ocurre eso. Y hay veces en que incluso le dan a una dinero -dijo la guardabarrera con voz cantarina -. Y he aquí lo que te ocurre; no hemos adivinado. ¡Estamos en las manos de Dios, cariño! -añadió ella con voz enternecida y continuando su costura.
-Entonces, ¿de verdad te han condenado? -preguntó Fedosia con compasión, mirando a Maslova con sus azules ojos infantiles. y todo su rostro joven y alegre pareció a punto de inundarse de lágrimas.
Maslova no respondió nada. Se acercó a su cama, vecina a la de Korableva, y se sentó.
-Y quizá ni siquiera has comido, ¿verdad? -dijo Fedosia, sentándose al lado de ella.
Maslova, sin responder, depositó los panes sobre la cabecera y se desnudó; se quitó su polvoriento capote, deshizo el pañolón que recubría los bucles de sus negros cabellos y volvió a sentarse.
La vieja jorobada, que, al extremo de la sala, jugaba con el niño, se acercó a su vez:
-¡Ts!, ¡ts!, ¡ts! -dijo con un chasquido de la lengua e inclinando compasivamente la cabeza.
El niño acudió detrás de ella. Boquiabierto y con ojos como platos, se quedó mirando los panes traídos por Maslova. esta, después de todo lo que le había pasado, al volver a ver aquellos rostros llenos de compasión, sintió ganas de llorar y le temblaron los labios; sin embargo, se contuvo hasta el momento en que la vieja y el niño se le acercaron. Pero ante las exclamaciones de la primera y las miradas serias del niño que iban desde los panes a ella, no pudo dominarse. Todos sus rasgos se estremecieron y estalló en sollozos.
-Siempre te lo dije: ¡escoge un abogado ladino! -dijo Korableva-. Bueno, ¿qué ha pasado? ¿Deportación?
Las lágrimas le impidieron a Maslova responder. Recogió el pan y tendió a Korableva el paquete de cigarrillos, donde estaba representada una dama toda rosa de alto pescuezo y escotada en triángulo. Korableva miró la imagen y meneó la cabeza, pareciendo desaprobar a Maslova por haber gastado tan tontamente su dinero; luego sacó un cigarrillo, lo encendió en la lámpara y, habiendo dado una chupada, se lo tendió a Maslova, quien, todavía llorando, se puso a fumar con avidez.
-¡Trabajos forzados! -gimió ella por fin entre dos sollozos.
-¡No sienten temor de Dios esos malditos vampiros! -exclamó Korableva -¡Han condenado a esta muchacha por nada!
En aquel momento, las cuatro mujeres, en pie ante la otra ventana, lanzaron una gran risotada. Se oyó también la risa fresca de la niña mezclada a las risas enronquecidas y agudas de las mujeres. Sin duda, uno de los presos había provocado aquel estallido de alegría chocarrera con un gesto equívoco.
-¡Vaya, el perro rapado! ¿Habéis visto lo que ha hecho? -clamó la mujer pelirroja, moviendo su desmalazado cuerpo.
-¡Vaya una piel de tambor! ¡Pues sí que hay mucho de qué reír!- dijo Korableva, señalando con la cabeza a la mujer pelirroja. Y, dirigiéndose a Maslova -: ¿ y por cuántos años?
-Por cuatro -respondió Maslova, con una abundancia tal de lágrimas, que una de ellas cayó sobre su cigarrillo.
Maslova lo miró con malhumor, lo tiró y cogió otro.
Aunque ella no fumaba, la guardabarrera recogió inmedia tamente la colilla y dijo a su vez:
-¡Ay, hermosa mía, qué verdad cuando dicen que nos comen los puercos! Hacen lo que les da la gana. ¡Y nosotras que habíamos creído que te pondrían en libertad! Matveievna aseguraba que te absolverían. Y yo le respondí: "No, cariño, mi corazón presiente que la van a devorar." Y he aquí que es cierto- proseguía la guardabarrera, escuchando con un placer visible el sonido de su propia voz.
Durante este tiempo, los presos habían acabado de atravesar el patio. Las mujeres que habían cruzado con ellos groseras pullas abandonaron la ventana para acercarse a Maslova. Llegó primeramente la tabernera con su hijita.
-Qué, ¿han sido muy severos?- preguntó sentándose al lado de Maslova y sin dejar de hacer punto apresuradamente.
-¡La han condenado porque no tenía dinero! -replicó Korableva -.Si lo hubiese tenido, habría podido pagar a un abogado astuto y ladino que habría hecho que la absolvieran. Hay uno (no me acuerdo ya de su nombre), uno peludo, con una gran nariz; ése, muchacha, te sacaría completamente seca del fondo del agua. Había que haber cogido a ése.
-¡Ah, sí, cogerlo! -dijo la Hermosa mostrando sus dientes -.¡Ese no pediría menos de mil rublos!
-Sin duda,. es tu estrella- interrumpió la buena vieja condenada por incendio -. No es porque yo lo diga. El miserable que le quitó la mujer a mi hijo y que le hizo poner a él entre rejas para que alimentase a los piojos y que me ha hecho encerrar a mí en mi vejez... -continuó, recomenzando su historia por centésima vez.
-No hay medio de evitar la cárcel ni la pobreza. Si no es la una, es la otra. Son todos lo mismo -dijo la tabernera. Y de repente, mirando la cabeza de su hija, soltó la media que estaba tejiendo cogió a la niña entre sus rodillas y, con gran destreza, se puso a buscarle entre los cabellos -.¿Por qué te dedicaste a vender aguardiente? -y se respondió -:¿Con qué, si no, habría dado de comer a mis hijos?
Esta palabra de "aguardiente" dio a Maslova ganas de beberlo.
Me gustaría beber un vaso -dijo a Korableva. Se enjugó las lágrimas con la manga de la camisa y no dejó escapar un sollozo más que de tarde en tarde.
-Entonces, dame- dijo Korableva.
XXXII
Maslova había escondido también su dinero en el pan. Lo retiró y tendió el billete a Korableva. Ésta no sabía leer; se lo enseñó a la Hermosa, quien le dijo que aquel cuadradito de papel valia dos rublos cincuenta. La vieja fue entonces a la estufa, abrió la puerta del tiro y sacó un frasco de aguardiente. Al ver aquello, las mujeres que no eran vecinas suyas regresaron a sus puestos. Esperando el aguardiente, Maslova sacudió el polvo de su capote y de su pañolon, subió a su camastro y se puso a comer su pan:
-Te había dejado té, pero ahora está frío -le dijo Fedosia, quien tomó de una plancha una tetera y un vaso de hierro fundido envueltos en un trapo.
La bebida estaba en efecto completamente fría y sabía más a hierro que a té. Sin embargo, Maslova la bebió comiendo su pan.
-¡Toma, Finaschka! -le gritó al niño, partiendo un pedazo de pan, que le dio.
Korableva tendió el frasco de aguardiente y el vaso, y Maslova le ofreció un poco, igual que a la Hermosa. Ellas tres componían la aristocracia del lugar , siendo las únicas que de vez en cuando tenían dinero, y compartían siempre entre ellas lo que tenían.
Maslova, pronto toda animada, contó lo que le había impresionado en la Audiencia y remedó los ademanes y el tono del fiscal. Dijo el interés que habían mostrado todo el día los hombres por acercársele. En la vista, todo el mundo la había estado mirando, y aun después del juicio, en la habitación donde la habían encerrado, no dejaba de venir gente a verla.
-Uno de los guardias me decía: "Es a ti a quien vienen a ver." Entonces llegaba alguien: "¿Dónde está tal papel?, Y yo veía que él no tenía necesidad de papel alguno, pero que me comía con los ojos. ¡Vaya unos farsantes! -contaba ella, sonriendo, con un movimiento de cabeza en el que se transparentaba un reproche.
-Siempre ocurre así- aprobó la guardabarrera, quien de nuevo empezó a perorar con su voz cantarina -.Caen como moscas sobre el azúcar. Para otra cosa, no se les ve venir; mas para eso, siempre están dispuestos.
-Y aquí -continuó Maslova, sonriendo -también tuve una buena acogida. Al entrar en la cárcel, el paso estaba cortado por una bandada de presos a los que traían de la estación. Menos mal que el subditector acudió a librarme. Había uno sobre todo que estaba rabioso: tuve que pegarle para que me soltase.
-¿ Y cómo era? -preguntó la Hermosa.
-Uno moreno, con grandes bigotes.
-Seguro que era él.
¿Quién?
-Pues Stcheglov. Acaba de pasar por el patio. -
¿Qué Stcheglov es ése?
-¿Cómo, no conoces a Stcheglov? Se ha escapado ya dos veces de Siberia. Lo han vuelto a coger, pero se evadirá una vez más. Los guardias le tienen miedo -añadió la Hermosa, que a menudo transmitía clandestinamente cartitas a los presos y conocía todos los líos de la cárcel-. Seguro que se escapará de nuevo.
-Es posible. Pero no nos llevará con él -comentó Korableva Escucha -continuó, volviendose hacia Maslova -, será mejor que nos cuentes lo que te ha dicho tu abogado para tu instancia. ¿Tienes que firmarla ahora?
Maslova respondi que no sabía nada de eso.
Entonces la mujer pelirroja, con los brazos manchados de pecas hundidos en su espesa cabellera y rascándose furiosamente la cabeza con las uñas, se acercó a las tres mujeres, que continuaban saboreando su aguardiente.
-¿Quieres que te diga lo que tienes que hacer, Catalina? -le dijo a Maslova -.Es preciso que digas: "Estoy descontenta del juicio", y declarárselo así al fiscal.
-¿Qué tonterías vienes a decir? -le preguntó Korableva con su voz irritada de bajo -.¡Tiene que ver esta fulana que ha comerciado con aguardiente! ¡No hace falta que vengas a damos consejos! Sabemos lo que hay que hacer; no se te necesita.
-¿ Es que te estoy hablando a ti? ¿ A qué te metes en esto?
Y como ésta hubiera dado un paso al frente, Korableva le dio un golpe en el pecho desnudo y graso.
Como si no hubiera esperado más que aquella provocación la pelirroja hundió bruscamente los dedos de una de sus manos en los cabellos de Korableva, tratando con la otra mano de golpearla en la cara, mientras su adversaria le agarraba el brazo. Maslova y la Hermosa intentaron apartarlas, pero la pelirroja había agarrado tan sólidamente los cabellos de la vieja, que no se podía conseguir que los soltara. Korableva, bajada la cabeza, golpeaba al azar sobre el cuerpo de su enemiga y se esforzaba en morderle el brazo. Alrededor de ellas se habían amontonado las mujeres, que gesticulaban y gritaban. Incluso la tísica se había levantado para ver la pelea. Los niños se apretaban uno contra otro y lloraban. Y el estrépito se hizo de tal magnitud, que acudieron la vigilanta y el vigilante.
Separaron a las dos adversarias. Korableva deshizo su trenza gris, de la que cayeron puñados de cabellos arrancados por la pelirroja. Ésta, por otra parte, trataba de arreglarse sobre el pecho amarillento los jirones de su camisa desgarrada. Y a coro se pusieron a gritar, a vocear sus agravios y sus explicaciones.
-Sí, sí, ya sé- dijo la vigilanta -; el aguardiente es la causa de todo esto. Mañana por la mañana se lo diré al director, que va a ajustaros las cuentas. Huelo muy bien el aguardiente. Bueno, calladas ya, o, si no, ¡ay de vosotras! No tengo tiempo de poneros de acuerdo. Cada una a su sitio y silencio.
Pero no era cosa fácil lograr el silencio. Durante mucho tlempo, las mujeres disputaron entre ellas, en desacuerdo sobre el origen de la pelea. Por último, el vigilante y la vigilanta se marcharon y las mujeres se dispusieron a acostarse para pasar la noche. La vieja jorobada fue a rezar delante del icono.
-¡Vaya dos piojos carcela:ios que querían damos una lección. -dijo de repente la pehrroja desde el otro extremo de la sala, con su voz aguardentosa y añadiendo los juramentos más soeces de su repertorio.
-Tú- replicó Korableva usando vocablos parecidos ten culdado de que no vaya a dejarte tuerta esta noche.
Se callaron un instante.
-Si no me hubieran sujetado, te habría arrancado todos los pelos -gritó de nuevo la pelirroja.
A lo que no se hizo esperar una respuesta apropiada de Korableva. Y, de cuando en cuando, el silencio de la sala se veía cortado por una nueva explosión de amenazas y de invectlvas.
Las presas estaban todas acostadas y algunas roncaban ya. Únicamente la vieja jorobada y la hija del sacristán seguían en pie. La primera,. en sus largos rezos, continuaba sus salutaciones. delante del icono; la segunda, después de la marcha de los vlgilantes, se había levantado para reanudar sus idas y venidas.
Maslova no dormía tampoco, no dejando de pensar que ahora era "un piojo carcelario". Dos veces ya, en pocas horas, le habían aplicado aquel epíteto: primero Botchkova y luego la pelirroja. No podía acostumbrarse a. aquella idea.
Al principio, Korableva le había vuelto la espalda para dormir; luego se volvió bruscamente.
-Era algo en lo que no había pensado, que no había previsto en absoluto. ¡Yo, que no he hecho nada! -gimió Maslova en voz muy baja -. A los demás que hacen daño, no les dicen nada, y yo, sin haberlo hecho, me veo perdida.
-¡No te atormentes, muchacha! También se vive en Siberia. No morirás aí.
-No moriré, ya lo sé; pero, ¿y la vergüenza? ¿Era ésa la suerte que me esperaba a mí, que estaba acostumbrada a vivir con el mayor desahogo?
-Contra Dios no puede ir nadie -respondió Korableva, suspirando -. Contra El, nadie puede ir.
-Es verdad, madrecita, pero de cualquier manera es duro.
Se callaron.
-Escucha a la llorona esa -dijo Korableva, haciendo observar a Maslova un ruido extraño que llegaba desde el fondo de la sala.
Era la mujer pelirroja que lloraba porque la habían insultado, la habían pegado y le habían negado aquel aguardiente del que tenía tantas ganas. Lloraba también porque en toda su vida no había sufrido más que injurias, afrentas, humillaciones y golpes. Había creído poder consolarse con el recuerdo de su primer amor, de sus relaciones con un joven obrero. Se había acordado bien del comienzo, pero también del fin, cuando su amante, ebrio, le había rociado con vitriolo el sitio más sensible y se había regocijado, con sus camaradas, viéndola retorcerse de dolor. y llena de tristeza, creyendo no ser oída, se había puesto a llorar, como los niños, resollando y bebiéndose las saladas lágrimas.
-Es una lástima -murmuró Maslova.
-Desde luego, es una lástima- respondió Korableva -; pero, ¿por qué se mete en líos?
XXXIII
A la mañana siguiente, al despertar, Nejludov experimentó al punto la sensación vaga de que la víspera le había ocurrido algo muy hermoso y muy importante. y sus recuerdos se precisaron. "Katucha, el tribunal." Sí, y su resolución de repudiar la mentira, de decir en lo sucesivo toda la verdad. Y, por una extraña coincidencia, encontró en su correo la carta tanto tiempo esperada de María Vassilievna, la mujer del mariscal de la nobleza. Ella le devolvía su libertad y le expresaba sus mejores deseos de felicidad en su próximo casamiento.
"¡Mi casamiento! -pensó él con ironía -. ¡Cuán lejos está eso!"
Se acordó de su proyecto de la víspera de decir todo al marido, de pedirle perdón y de ofrecerle la reparación que exigiera. Aquella mañana eso no le parecía ya tan fácil de cumplir. ¿Para qué hacer la desdicha de un hombre con la revelación de una verdad que lo haría sufrir? "Si me lo pregunta se lo diré; es inútil ir a decírselo yo mismo."
Al reflexionar, vio que tampoco era nada fácil decirle toda la verdad a Missy. También en ese caso, si hablaba, resultaría ofensivo para ella. Más valía dejar la cosa en un sobrentendido. Decidió solamente no ir más a casa de los Kortchaguin excepto para decirles la verdad si se la pedían.
Por el contrario, en lo concerniente a sus relaciones con Katucha, no había por qué recurrir a ningún sobrentendido. "Iré a verla a la cárcel, se lo diré todo, le pediré que me perdone. Y, si es necesario, me casaré con ella."
La idea de sacrificarlo todo por satisfacer su conciencia y de casarse con Katucha en caso necesario lo enternecía particularmente aquella mañana.
Su jornada empezaba con una energía a la que no estaba habituado desde hacía mucho tiempo. Cuando acudió al comedor Agrafena Petrovna a recibir sus órdenes, él le declaró inmediatamente, sorprendido él mismo de su firmeza, que iba a cambiar de alojamiento y que se veía obligado a renunciar a sus servicios. Desde la muerte de su madre, nunca había hablado con el ama de llaves de lo que pensaba hacer con sucasa. Por un convenio tácito, estaba reconocido que, hallándose a punto de casarse, continuaría habitando la grande y lujosa morada. Su proyecto de abandonar aquel apartamento indicaba, pues, algo imprevisto. Agrafena Petrovna lo miró con sorpresa.
-Le estoy muy agradecido, Agrafena Petrovna, por su solicitud para conmigo, pero en lo sucesivo no tengo necesidad ni de una residencia tan grande ni de un personal tan numeroso. Mientras pueda usted seguir ayudándome, le pediré que se cuide de que embalen todas mis cosas, como se hacía en vida de mi madre. Cuando Natacha venga -Natacha era la hermana de. Nejludov -, ya verá ella lo que convenga hacer con esas cosas.
Agrafena Petrovna meneó la cabeza.
-¿Cómo lo que convenga hacer? -dijo -. Usted las necesitará.
-No, Agrafena Petrovna, no las necesitaré -dijo Nejludov, respondiendo a los pensamientos secretos del ama de llaves -. Y luego, haga el favor de decirle a Kornei que le pagaré dos meses anticipados y que desde hoy vaya pensando en colocarse en otra parte.
-Hace usted mal al obrar así, Dmitri Ivanovitch. Aunque vaya usted al extranjero, siempre le hará falta un apartamento.
-No es lo que usted piensa, Agrafena Petrcivna -respondió Nejludov -. No voy al extranjero, o, si voy a alguna parte, no será allí.
Al decir estas palabras se le empurpuraron las mejillas. "Vamos -pensó -, hay que decírselo todo. Aquí, nada me obliga a callarme y debo empezar inmediatamente diciendo la verdad."
Ayer me ocurrió una aventura muy rara y muy grave. ¿Se acuerda usted de Katucha, que servía en casa de mi tía María Ivanovna?
-¿Cómo no? Fui yo quien la enseñé a coser.
-Pues bien, ayer la condenaron en la Audiencia en un juicio donde yo era jurado.
-¡Oh, señor, qué lástima! -exclamó Agrafena Petrovna-. y ¿por qué crimen la han condenado?
-Por asesinato. y yo me siento responsable.
-¿Cómo es posible? He ahí una cosa blen extraña, en efecto- dijo Agrafena Petrovna; y una llama paso por sus apagados ojos.
Ella conocía toda la historia de Katucha.
Sí, soy yo quien tiene la culpa de todo. Y todos rnis planes han quedado trastornados por este encuentro.
-¿Qué cambio puede resultar de eso para usted? -dijo Agrafena Petrovna reteniendo una sonrisa.
-Puesto que yo tengo la culpa de que ella tomase ese camino, ¿no soy yo quien debo llevarle socorro?
-Demuestra usted que tiene muy buen corazon. Pero ¿qué culpa tiene en todo eso? La misma aventura ocurre a todo el mundo; con una persona de juicio todo se arregla, todo se olvida, y la vida continúa- dijo Agrafena Petrovna con tono grave -.y usted no tiene por qué acusarse. Me enteré de que después ella se había salido dd buen camino: ¿de quén es la culpa?
-Mía. Y soy yo quien tiene que repararla.
-¡Oh, con lo difícil que será reparar eso!
-Es una cuestión que me incumbe. Pero si esta usted preocupada por su propia situación, Agrafena Petrovna, me apresuro a decirle que lo que mi madre dejó dicho...
-¡Oh, no, no me preocupo por mí! La difunta me colmó de tantos favores, que no tengo necesidades. Mi sobrina Lizegnka está casada y me invita a irme con ella: iré cuando tenga la certidumbre de que ya no puedo servirle a usted. Pero hace usted mal al tomar ese asunto tan a pecho: cosas parecidas le ocurren a todo d mundo.
-Pues bien, yo pienso de otra manera. Y, se lo vuelvo a rogar, disponga todo lo necesario para que pueda marcharme de aquí. y no me guarde rencor. Le estoy muy agradecido por todo lo que ha hecho.
Cosa sorprendente: desde que se había descubierto así mismo malvado y egoísta, Nejludov había cesado de despreciar a los demás. Por el contrario, experimentaba hacia Agrafena Petrovna y Kornei los más afectuosos sentimientos. Sintió el deseo de arrepentirse también ante Kornei; pero éste tenía un aire tan gravemente respetuoso, que no se atrevió a hacerlo.
Al dirigirse al Palacio de Justicia, en el mismo coche y por las mismas calles que la víspera, Nejludov se asombraba de! cambio sobrevenido en él desde el día anterior. Se sentía un hombre completamente distinto.
Su casamiento con Missy, tan próximo el día anterior, por lo que él creía, se le aparecía ahora como irrealizable. La víspera estaba persuadido de que ella se sentiría feliz casándose con él; hoy, no sólo se sentía indigno de desposarla, sino incluso de tratarla. "Si ella me conociera tal como soy, por nada en el mundo me recibiría. ¡ Y yo era lo bastante inconsciente como para reprocharle sus coqueterías con aquel otro joven! E incluso, unido a ella, ¿Podría yo tener un solo instante de felicidad o simplemente de reposo sabiendo que la otra, la desgraciada cuya perdición causé, está en la cárcel y que uno de estos días saldría para Siberia, por etapas, en tanto que yo, aquí, recibiría felicitaciones o haría visitas con mi joven esposa? O bien estando sentado en la asamblea, al lado del mariscal de la nobleza al que he engañado indignamente, contaría los votos a favor o en contra del nuevo reglamento de inspección de escuelas, etcétera, y me iría seguidamente a reunirme en secreto con la mujer de ese mismo amigo. ¡Qué vergüenza! O bien, reemprendería ese maldito cuadro que no acabaré jamás, porque no tengo por qué ocuparme con tales puerilidades. No, en lo sucesivo, nada de eso me es ya posible", se decía, alegrándose cada vez más de! cambio interior sobrevenido en él.
"Ante todo -seguía pensando -, volver a ver al abogado, saber el resultado de su gestión; y luego, después de eso..., después de eso, ir a verla a la cárcel, y decírselo todo."
Y cada vez que, con el pensamiento, se representaba el modo como la abordaría, cómo le diría todo, cómo expondría ante ella la confesi6n de su falta, cómo le declararía que él solo tenía la culpa de todo y que se casaría con ella para reparar su falta, cada vez que pensaba en eso, se extasiaba con su resolución y los ojos se le llenaban de lágrimas.
XXXIV
En el corredor del Palacio de Justicia, Nejludov encontró al portero de estrados de la sala de lo criminal. Le preguntó a qué sitio llevaban a los condenados después del juicio y qué persona podía dar la autorización para verlos. El portero le informó de que estaban repartidos por diversos lugares y que sólo al fiscal correspondía dar esa autorización.
-Después de la vista -añadió -vendré a buscarlo a usted para conducirlo al despacho del fiscal, quien, de momento, no ha llegado aún. Ahora, le ruego que se dirija lo antes posible a la sala del jurado: la vista va a comenzar.
Nejludov dio las gracias al portero, que hoy le pareció particularmente digno de lástima, y se dirigió hacia la sala del jurado.
En el momento en que se acercaba a ella, los jurados salían para pasar a la sala de audiencias. El comerciante estaba tan alegre como la víspera y parecía haber bebido y comido copiosamente antes de venir. Acogió a Nejludov como a un viejo amigo; Peter Guerassimovitch, por su parte, a pesar de su familiaridad, no produjo en Nejludov la misma impresión desagradable.
Este se preguntó si no debía revelar a los jurados sus pasadas relaciones con la mujer condenada la víspera. "Para hacer bien las cosas -pensaba -, habría debido levantarme ayer, en plena sesión, y confesar públicamente mi falta." Pero, al volver a entrar en la sala de audiencias, cuando vio renovarse el procedimiento de la víspera: el anuncio del tribunal, los tres jueces de cuello bordado reaparecidos sobre el estrado, el silencio, el llamamiento a los jurados, el viejo pope, comprendió que, la víspera, no habría tenido. nunca el valor necesario para perturbar aquel aparato imponente.
Los preparativos del juicio fueron los mismos que en la primera sesión, excepto que se suprimió el juramento de los jurados y la alocución del presidente dirigida a los mismos.
Se juzgaba aquel día un robo con fractura. El acusado era un muchacho de veinte años, delgado, de hombros estrechos, la cara exangüe y vestido con un capote gris. Custodiado por dos guardias con el sable desenvainado, lanzaba una mirada a todo el que llegaba. Con un camarada, este muchacho había forzado la puerta de una cochera y se había apoderado de un paquete de viejas alfombras que valía en total tres rublos sesenta y siete copeques. El acta de acusación mencionaba que un agente había detenido a los ladrones en el momento en que emprendían la fuga con las alfombras a la espalda. Habían confesado completamente y los habían metido en la cárcel. El compañero del muchacho, un cerrajero, había muerto; por eso éste comparecía solo ante el jurado. Las alfombras figuraban sobre la mesa de las piezas de convicción.
El proceso siguió las mismas fases que el de Maslova: el mismo aparato de interrogatorios, de declaraciones de testigos, de peritos. El agente que había detenido al acusado respondía a todas las preguntas del presidente, del fiscal, del abogado:
-¡Perfectamente! ¡Yo no puedo saberlo! ¡Perfectamente!
Pero, a pesar de su embrutecimiento y de su automatismo militar, se veía que sentía lástima del acusado y que no estaba muy orgulloso de su captura.
Un segundo testigo, un viejecillo, propietario de la casa donde se había cometido el robo y propietario asimismo de las alfombras, hombre indudablemente bilioso, respondió, con visible malhumor, que reconocía desde luego el cuerpo del delito. y cuando el fiscal le preguntó si aquellas alfombras le eran de gran utilidad, respondió con tono irritado:
-¡Que el diablo se lleve esas malditas alfombras! No me servían para nada. Dada gustosamente diez rublos más, e incluso veinte, por haberme evitado tantas molestias. Sólo en coches ya me he gastado cinco rublos. Y, además, estoy enfermo. Tengo una hernia y reúma.
Así hablaron los testigos. En cuanto al acusado, confesó y contó todo lo que había pasado. Como un animal cogido en el cepo, los ojos huraños, volviendo la cabeza en todas las direcciones, refería todo sin malicia.
El asunto era de los más claros; pero, lo mismo que la víspera, el fiscal se encogía de hombros y se ingeniaba en hacer preguntas insidiosas, como para desmontar la astucia del acusado y rebatirla.
Estableció, en su requisitoria, que el robo se había cometido en una habitación cerrada, con fractura, y merecía, por consiguiente, el castigo mas severo.
Por su parte, el abogado, designado de oficio, afirmó que el robo se había realizado en un anexo de edificio no cerrado; y, aunque no hubiera por qué negar el delito, el acusado no era tan peligroso para la sociedad como decía el fiscal.
.Luego el presidente, esforzándose en mostrarse tan imparcial como la vispera, explico punto por punto a los jurados lo que ellos sabían del asunto y no tenían derecho a ignorar . Como. la víspera, se suspendió la vista; los jurados fumaron cigarrillos; el portero de estrados anunció: "¡El tribunal!" Como la víspera, los guardias, que parecían amenazar al reo con sus sables, resistieron lo mejor que pudieron al sueño.
Se supo por los debates que el acusado había sido colocado por su. Padre en una fábrica de tabaco, donde había permanecido cinco años y que, en el año en curso, había sido despedido como consecuencia de una disputa entre el director de la fábrica y sus obreros. Entonces se halló sin trabajo. Errando por las calles a la ventura, había entablado conocimiento con un obrero cerrajero, igualmente sin trabajo y bebedor. Una noche en que los dos estaban ebrios, habían violentado la puerta de una cochera y se habían apoderado del primer objeto que les cayó en las manos. Los cogieron. Habían confesado todo. El cerrajero había muerto en la cárcel, y sólo su cómplice era presentado ante el jurado como un ser peligroso que amenazaba a la sociedad.
"¡Tan peligroso como la condenada de ayer! -pensaba Nejludov siguiendo las fases del proceso -.¡Los dos son seres.peligrosos! ¡Sea! Pero nosotros que los juzgamos, ¿no somos peligrosos...? ¿ Yo, por ejemplo, el libertino, el mentiroso? ¿ Y los que, no conociéndome tal como yo era en lugar de despreciarme, me estimaban?
"Con toda seguridad, este muchacho no es un gran criminal, sino un hombre como los demás. Todo el mundo se da cuenta de eso; todos lo ven, desde luego; no se ha convertido en lo que es, más que en virtud de condiciones propicias para hacerlo así. Parece, pues, claro que hay que suprimir primeramente las condiciones que producen tales seres.
"Habría bastado con que hubiese un hombre -seguía pensando Nejludov mirando el rostro enfermizo y asustado del muchacho -, un hombre que lo hubiera socorrido en el momento en que, por necesidad, lo trasladaron del campo a la ciudad, o bien en la ciudad misma, cuando después de sus doce horas de trabajo en la fábrica iba a la taberna, arrastrado por camaradas de más edad. Si hubiese habido entonces alguien que le hubiera dicho: "¡No vayas ahí, Vania, no está bien!", no habría ido y no habría hecho daño.
"Pero ni un solo hombre tuvo piedad de él durante todo el tiempo que vivió en su fábrica como un animalito. Todo el mundo, por el contrario: capataces, camaradas, durante esos cinco años le enseñaron que, para un muchacho de su edad, la sabiduría consiste en mentir, en beber, en jurar, en pelearse y en correr detrás de las muchachas.
"Cuando luego, agotado, gangrenado por un trabajo mal sano, por el alcoholismo y la disipación, habiendo errado a la ventura por las calles, se deja arrastrar a introducirse en una cochera para robar allí unas viejas alfombras fuera de uso, entonces, nosotros que no nos hemos cuidado de hacer desaparecer las causas que han traído a este niño a su estado actual, pretendemos remediar el mal castigándolo a é1... ¡Es horrible!"
Así pensaba Nejludov, sin atender a nada de lo que le rodeaba. Se preguntaba cómo ni él ni los demás se habían dado cuenta de todo aquello.
XXXV
Durante la primera suspensión, Nejludov se levantó y salió al corredor, con la intención de abandonar el Palacio de Justicia para no volver más a él. "¡Que hagan lo que quieran con ese desgraciado!- se dijo -. Por mi parte, no quiero participar más tiempo en esta comedia."
Preguntó dónde estaba el despacho del fiscal y se dirigió allí inmediatamente. El escribiente se negó al principio a dejarlo pasar, alegando que el fiscal estaba ocupado; pero Nejludov siguió adelante, abrió la puerta de la antecámara, se dirigió al empleado que estaba allí sentado y le rogó que avisase al fiscal que un jurado deseaba hablarle por un asunto urgente. Su título de príncipe y su porte elegante impresionaron al empleado, que lo anunció al fiscal, y Nejludov pudo pasar en seguida.
Visiblemente disgustado por su insistencia, el fiscal lo recibió de pie.
-¿En qué puedo servirle? -le preguntó con tono severo.
-Soy jurado, me llamo Nejludov y tengo absoluta precisión de ver a la condenada Maslova en la cárcel donde se encuentre -respondió Nejludov de un tirón, enrojeciendo al pensar que aquel paso tendría sobre toda su vida una influencia decisiva.
El fiscal era un hombre bajito, delgado y seco, de cabellos cortos, grisáceos ya, con ojos muy vivos y una barbita puntiaguda sobre un mentón prominente.
-¿Maslova? Sí, ya sé. Acusada de envenenamiento, ¿no es así? Mas, ¿para qué tiene usted necesidad de verla?
Luego, con un tono más amable:
-Disculpe mi pregunta, pero no puedo autorizarle sin estar enterado del motivo.
-Tengo necesidad de ver a esa mujer; es para mí un asunto de la mayor importancia -dijo Nejludov, enrojeciendo de nuevo.
-Bien -dijo el fiscal, que a1zó los ojos para fijar sobre NeJludov una mirada penetrante -.¿Ha venido ya su proceso, o no?
-Fue juzgada y condenada irregularmente ayer a cuatro años de trabajos forzados. ¡Es inocente!
-Bien -replicó d fiscal sin parecer escandalizarse por aquella afirmación de inocencia -. Juzgada ayer, debe de encontrarse todavía, antes de que expire el plazo para recurrir, en la perutenciaría de detención preventiva. Hay días señalados para ver a los presos. Le sugiero que se dirija allí.
-Es que tengo necesidad de verla inmediatamente -dijo Nejludov con un temblor de su mandíbula inferior y comprendiendo que había llegado el momento decisivo.
-Pero ¿por qué tiene usted necesidad de verla inmediatamente? -preguntó el fiscal, un poco inquieto y con las cejas fruncidas.
-Porque ella es inocente y la han condenado a trabajos forzados. ¡Soy yo quien tiene la culpa de todo, y no ella! -añadió Nejludov con voz temblorosa y comprendiendo que no expresaba bien su pensamiento.
-¿ y cómo es eso?
-Fui yo quien la sedujo y la colocó en la situación donde se encuentra. Si yo no hubiese obrado así, ella no habría tenido que responder de la acusación que se le ha hecho.
-No comprendo cómo justifica eso su deseo de verla. -Es que quiero seguirla... ¡Y casarme con ella! -declaró Nejludov.
Y, como siempre, cuando se afirmaba en esa resolución, le subieron lágrimas a los ojos.
-¡Ah, se trata de eso! -dijo el fiscal-. El caso es curioso, en efecto. ¿No es usted el mismo que fue miembro de! Zemstvo ( Asamblea electiva de provincia o de distrito- N.del T.) de Krasnopersk? -continuó, como acordándose de haber oído hablar ya de este Nejludov que venía a comunicarle una resolución tan extraña.
-Perdóneme, pero, que yo sepa, eso no se relaciona en lo más mínimo con mi petición -replicó Nejludov con tono molesto.
-No, desde luego- respondió el fiscal con una imperceptible sonrisa y sin desconcertarse -; pero ese proyecto de usted es tan singular y tan diferente de las formas ordinarias...
-Bueno, ¿Puedo conseguir esa autorización?
-¿La autorización? Desde luego. Voy a entregársela ahora mismo. Tenga la bondad de sentarse.
Él se sentó a su mesa y se puso a escribir.
-¡Siéntese, se lo ruego!
Nejludov permaneció en pie.
Cuando el fiscal acabó de escribir, se levantó y, sin dejar de observar con curiosidad a Nejludov, le alargó el pase.
-Debo decirle todavía otra cosa -explicó este último -, y es que, en lo sucesivo, me será imposible participar como jurado en esta serie de vistas.
-Como usted sabe, tendrá entonces que alegar sus motivos ante el tribunal, que le otorgará dispensa.
-Considero que todos sus juicios son inútiles e inmorarales: ¡he ahí mis motivos!
-Está bien -dijo el fiscal con aquella misma imperceptible sonrisa, que equivalía a decir que esos principios ya le eran conocidos y que lo habían regocijado más de una vez -. No le costará trabajo comprender, ¿verdad? , que en mi calidad de fiscal no pueda ser de su opinión sobre este punto. Pero donde hay que explicar eso es ante el tribunal. Apreciará sus argumentos, los declarará aceptables o no, y, en este último caso, le impondrá una multa. Diríjase usted al tribunal.
-Ya he dicho lo que tenía que decir y no iré a ninguna parte -replicó Nejludov con malhumor.
-Reciba usted mis saludos -dijo entonces el fiscal, mostrando impacientemente sus deseos de verse libre de su extraño visitante.
-¿A quien acaba usted de recibir?- le preguntó algunos instantes después un juez que se había cruzado con Nejludov en la puerta.
-Es Nejludov, ya usted sabe, el que hace algún tiempo, en el Zemtsvo de Krasnopersk, se hizo notar por sus propuestas excéntricas. Imagínese que, siendo jurado, ha vuelto a encontrar, en el banquillo de los acusados, a una muchacha seducida por él, según dice. ¡Y quiere casarse con ella!
-¿Es posible?
-Acaba de decírmelo. Y no puede usted imaginarse con qué exaltación extravagante.
-Se diría verdaderamente que ocurre algo de anormal en el cerebro de la gente joven de hoy día.
-Pero es que éste no tiene un aire muy joven que digamos... Dígame, padrecito, ¿ha dicho ya todo lo que tenía que decir su famoso Ivanchekov? ¡Ese animal se ha propuesto matamos de aburrimiento! ¡Habla y habla hasta el infinito!
-Simplemente, debería retirársele la palabra. Hablar hasta tal punto significa una verdadera obstrucción.
XXXVI
Al abandonar al fiscal, Nejludov se dirigió derechamente a la penitenciaría de detención preventiva. Pero no encontró allí a Maslova. El director le explicó que debía de estar, provisionalmente, en la vieja prisión de los deportados, adonde Nejludov se hizo llevar en seguida.
En efecto, Catalina Maslova se encontraba allí.
La distancia entre las dos cárceles era muy grande, por lo que Nejludov no llegó sino al caer la noche. Cuando se disoponía a entrar, el centinela lo detuvo, y luego llamó; se abrió la puerta, y un vigilante avanzó al encuentro de Nejludov. Habiendo exihibido éste su pase, el otro le declaró que no podía dejado entrar sin autorización de! director.
Nejludov se dirigió, pues, a la vivienda de dicho funcionario. En la escalera que llevaba a su apartamento oyó al piano los sonidos apagados de un trozo de música complicado y arrebatador. Una criada hosca, con un parche en un ojo, le abrió la puerta del apartamento, y los sonidos del piano, escapando de una habitación contigua, resonaron en sus oídos. Era la más conocida de las Rapsodias de Liszt, muy bien tocada, pero con la singularidad de que el ejecutante no pasaba nunca de un determinado pasaje, al llegar al cual se detenía y volvía a empezar.
Nejludov preguntó a la criada de! parche si el director estaba en casa. La criada dijo que no.
En aquel momento, la rapsodia se detuvo de nuevo y, tan ruidosa y retumbante como las veces pasadas, recomenzó hasta el punto fatídico.
-¿Volverá pronto?
-Voy a preguntar.
Y la criada se alejó.
La rapsodia se lanzaba ya en su carrera, cuando se detuvo, esta vez sin haber alcanzado su término habitual, y se dejó oír una voz de mujer:
-Dile que no está ni estará hoy. Está de visita. ¿Para qué vienen a molestado aquí? -dijo la voz femenina detrás de la puerta.
Y la rapsodia recomenzó, mas para interrumpirse después de algunas compases. Y Nejludov oyó el ruido de una silla movida por alguien. Sin duda alguna, la pianista, irritada, había tomado la decisión de acudir en persona a despedir al importuno capaz de atreverse a molestada.
-¡Mi padre ha salido! -declaró ella, en efecto, con tono de malhumor.
Era una muchacha pálida, con cabellos rubios en desorden y grandes ojeras.
A la vista de un joven elegantemente vestido, cambió de tono.
-Entre, si quiere. ¿Qué desea usted?
-Quisiera ver a una mujer, detenida aquí.
-Sin duda una detenida política, ¿verdad?
-No, no política. Tengo un pase del fiscal.
-Lo siento muchísimo. Mi padre ha salido y no puedo hacer nada sin él. Pero, entre, se lo ruego, siéntese unos momentos -continuó -.O bien, dirijase al subdirector. Debe de estar en el despacho y le dirá lo que haya... ¿Cómo se llama usted?
-Muchísimas gracias -dijo Nejludov, eludiendo la pregunta.
Y salió.
Apenas había cerrado la puerta tras él, cuando resonaton los mismos sonidos brillantes, ruidosos y alegres, poco en armonía con el lugar y con el aspecto lastimoso de la joven que se empeñaba en repetidos con tanta terquedad. En el patio, Nejludov encontró a un joven funcionario de bigotes retorcidos y le preguntó dónde podría encontrar al subdirector. Precisamente era él. Cogió el permiso, lo examinó y declaró que alli se mencionaba únicamente la penitenciaría de detención preventiva, pero que no valía para aquella cárcel.
-Por lo demás, es una hora muy avanzada. Vuelva mañana, si quiere. A las diez, todo el mundo puede visitar a los presos. El director estatá aquí. Podrá ver usted a la presa en el locutorio común o en la oficina, si el director lo consiente.
Frustrado así su esperanza de verla aquel día, Nejludov regresó a su casa. Caminaba por las calles conmovido ante el pensamiento de aquella entrevista, y los detalles de aquella jornada se amontonaban en su memoria. Se acordaba no del juicio, sino de su conversación con el fiscal y con los funcionarios de las cárceles. Y el hecho de haber buscado una entrevista con Katucha, de haber manifestado su intención al fiscal y de haber ido a las dos cárceles para verla lo trastornaba hasta tal punto, que tardó mucho tiempo en recuperar su calma.
Una vez en su casa, sacó de un cajón su diario íntimo, abandonado desde hacía tanto tiempo, releyó algunos pasajes y añadió las líneas siguientes:
"Desde hace dos años no he escrito nada en este diario y estaba convencido de que jamás volvería a entregarme a esta niñería. ¿Niñería? Nada de eso, sino una conversación conmigo mismo, con ese yo verdadero y divino que vive en cada hombre. Durante todo este tiempo, ese yo estaba dormido en el fondo de mi alma y yo no tenía a nadie con quien hablar. Pero bruscamente.. el 28 de abril, un acontecimiento extraordinario, que ha tenido como teatro la Audiencia donde yo era jurado, lo ha despertado. En el banquillo de los acusados vestida con el capotón de las presas, volví a encontrar a aquella Katucha a la que en otros tiempos seduje y abandoné. Una extraña equivocación, que era deber mío haber evitado ha tenido como consecuencia su condena a trabajos forzados. Hoy me he dirigido al fiscal y a la cárcel donde está detenida. No he podido hablar con ella, pero mi firme resolución es hacer todo lo posible por volver a verla, pedirle perdón y reparar mi falta, aunque para eso tuviera que casarme con ella. ¡Señor, ayúdame! ¡Qué alegría y qué bienestar llena mi alma!
XXXVII
Aquella noche de su condena, Maslova tardó mucho tiempo en dormirse. Acostada, abiertos los ojos y pensativa, miraba hacia la puerta, tapada de cuando en cuando por la hija del sacritán que seguía caminando por la sala.
Pensaba que por nada en el mundo, cuando estuviese en la isla Sajalín, consentiría en casarse con un forzado y que se arreglaría de otra manera. Trataría de colocarse con algunas de las autoridades: un escribiente. un vigilante o incluso un simple guardián. Esas gentes son fáciles de seducir. "Con tal que no adelgace demasiado, porque entonces estaría perdida."
Se acordaba del modo como la habían mirado el abogado y el presidente y cómo la habían mirado también en la Audiencia todos aquellos con los que se había cruzado o que se habían acercado a ella de propio intento. Berta, su amiga, que había venido a verla a la cárcel, le había contado hasta qué punto su cliente preferido, un estudiante, estaba desolado por no encontrarla ya en casa de la Kitaieva. Se acordó de la pelea con la pelirroja y sintió lástima de ella; se acordó del panadero, que le había enviado un pan de más, y se acordó de muchos otros, excepto de Nejludov.
En su infancia y en su juventud, pero sobre todo en su amor por Nejludov, no pensaba nunca. Eran para ella recuerdos demasiado penosos; los había sepultado en lo más profundo de su corazón para no tocarlos nunca más. En el curso de las sesiones de la Audiencia, ella no lo había reconocido no solo porque, cuando lo vio la última vez, iba de uniforme, sin barba, con un breve bigote y cabellos cortos pero abundantes, y sin embargo ahora había envejecido y llevaba toda su barba, sino, sobre todo, porque ella no había pensado jamás en él. Todos los recuerdos de su encuentro con él habían quedado sepultados en aquella terrible noche negra en que él pasó, a su regreso de la guerra, sin detenerse en casa de sus tías.
En aquel momento, Katucha sabía ya que estaba encinta. Mientras había esperado volver a ver a Nejludov, el pensamiento del niño que iba a nacer, lejos de apenarla, la ponía por el contrario contenta y la enternecían los movimientos que a veces notaba en su vientre. Pero desde aquella noche había cambiado. y el niño que iba a nacer no sería en lo sucesivo más que un estorbo.
Sabiendo que Nejludov debía pasar cerca de su casa, las dos ancianas tías le habían rogado que se detuviese con ellas; pero él había telegrafiado que no podría hacerlo, pues tenía la obligación de llegar cuanto antes a San Petersburgo. Katucha formó entonces el proyecto de ir a la estación para verlo pasar .
El tren la atravesaba de noche, a las dos de la madrugada. Después de haber ayudado a las señoritas a acostarse, Katucha se calzó una botas altas, se cubrió la cabeza con un pañuelo y partió en compañía de Machka, la hijita de la cocinera.
La noche era negra y helada. A intervalos, la lluvia caía en grandes gotas apretadas y se interrumpía. A través de los campos no se podía distinguir el sendero a dos pasos, y en el bosque había la misma oscuridad que en un sótano. Katucha, aun conociendo muy bien el camino, estuvo a punto de extraviarse y llegó a la estación, donde el tren no se detenía más que tres minutos, cuando ya habían dado el segundo toque de campana. Corrió al andén y reconoció inmediatamente, en un coche de primera clase, a Nejludov sentado junto a la ventana. El vagón estaba vivamente alumbrado. Sentados frente a frente en las butacas de terciopelo, dos oficiales jugaban a las cartas. Sobre la mesita estaban encendidas dos grandes bujías; y Nejludov, con pantalón bombacho y en mangas de camisa, se mantenía apoyado sobre el brazo en el respaldo de un sillón y reía.
En cuanto lo vio, ella, con sus dedos entumecidos, golpeó en el cristal. Pero, en el mismo instante, se dejó oír la señal de partida; el tren se movió lentamente y los vagones empezaron a desfilar con topetazos sucesivos.
Uno de los jugadores se levantó, con las cartas en la mano, y miró por el cristal. Ella golpeó de nuevo y acercó su rostro a la ventanilla. Pero, en aquel momento, el vagón junto al cual se encontraba se puso en movimiento y ella se dedicó a seguirlo, los ojos siempre fijos en la ventanilla. Habiendo intentado el oficial bajar el cristal sin conseguirlo, Nejludov se levantó a su vez, apartó a su camarada y empezó a bajar el cristal. El tren, entonces, aceleró su velocidad, y Katucha tuvo que apretar el paso. Las ruedas giraban más rápidamente aún cuando, estando ya el cristal completamente bajado, el revisor apartó a la joven y saltó al vagón. Ella echó a correr sobre las mojadas losas de! andén, llegó hasta el final y estuvo a punto de caerse en los escalones que enlazaban el andén con el suelo. Siguió corriendo cuando ya estaba lejos el coche de primera clase. Los de segunda, y luego, más rápidamente, los vagones de tercera clase, pasaron ante la muchacha sin que ésta interrumpiese su carrera; por fin, el último vagón se alejó, con sus farolillos rojos, y Katucha sobrepasó el depósito de agua. El viento, que, en aquel lugar, no encontraba ya obstáculos, le arrancó el pañuelo de la cabeza y le pegó las faldas a las piernas. Aun habiéndosele volado el pañuelo, Katucha seguía corriendo.
-¡Tita Mijailovna! -le gritó la niña, que tenía dificultad para seguirla -. Se le ha caído el pañuelo.
Katucha se detuvo, se cogió con las dos manos la cabeza echada hacia atrás y estalló en sollozos.
-¡Se ha ido! -exclamó.
"Así, pues, él va ahí, en ese vagón bien iluminado, en una butaca de terciopelo, y se divierte y bebe -se había dicho ella -, y yo, yo estoy sola aquí, en el fango, en las tinieblas, bajo la lluvia y el viento, y lloro por mi suerte." Se había sentado en el suelo, estallando en sollozos tan violentos, que la niña, asustada, no había podido menos que decirle para consolarla:
-¡Tita, vamos a casa!
"Va a pasar otro tren: tirarme debajo y todo habrá acabado", pensaba Katucha, sin responder a la niña. Iba a poner en ejecución ese proyecto, cuando, en un momento de calma que siempre sucede a una viva emoción, su hijo, el niño que llevaba en su ser, se había estremecido de pronto, chocando contra las paredes de su vientre, estirándose dulcemente, haciéndole sentir algo de menudo, de tierno y de lancinante. Inmediatamente, toda su desesperación desapareció. Todo lo que unos momentos antes la había angustiado, el sentimiento de la vida que se le había hecho imposible, su odio hacia Nejludov, su deseo de vengarse de él mediante el suicidio, todo eso se había desvanecido. Se calmó, se levantó y volvió a ponerse el pañuelo a la cabeza, y se fue. Extenuada, completamente mojada y llena de fango, volvió a casa.
Y desde aquel día se había producido en ella aquel trastorno de su alma que la llevó a aquello en que se había convertido. En aquella noche terrible había dejado de creer en Dios. Hasta entonces había creído en Dios y en el bien, y había creído que los otros también creían lo mismo; pero aquella noche se dijo que no había Dios, que nadie creía en Él, y que todos los que hablaban de Él, así como de su Ley, no tenían otro objeto que engañarla. Aquel hombre al que ella amaba, que la había amado, ella lo sabía, la había abandonado y pisoteado sus sentimientos. ¡Y él era el mejor de los hombres entre los que ella había conocido! ¡Los otros eran peores aún! Todo lo que le pasó a Katucha a continuación había fortificado en ella esa convicción. Las tías de Nejludov, aquellas viejas señoritas devotas, la habían expulsado el día en que ya no le fue posible trabajar como en el pasado. De las diversas personas con las que tuvo tratos a raíz de aquello, algunas, las mujeres, no vieron en ella más que dinero a ganar; las otras, los bombres, desde el comisario de la policía rural hasta los guardianes de la cárcel, la consideraron únicamente como carne para el placer. No había nadie en el mundo que buscase otra cosa que la satisfacción de sus instintos. Y el viejo escritor del que Katucha fue amante en tiempos había acabado de hacérselo comprender al declararle abiertamente que la satisfacción de los instintos sensuales es la única sabiduría, la única belleza de la vida. Él llamaba a eso la poesía, la estética.
Nadie en el mundo vivía más que para sí, para su placer, y todo lo que se decía de Dios y del bien no era más que engaño. Y cuando, por casualidad, se planteaba la cuestión de saber por qué, en este mundo, todo estaba tan mal organizado y por qué los hombres no hacían más que atormentarse unos a otros y sufrir, ella se apresuraba a eludir esta pregunta importuna. Un cigarrillo, un vaso de aguardiente, una hora de amor, ¡Y todo se desvanecía!
XXXVIII
El día siguiente era domingo. A las cinco de la mañana, desde que resonó en el corredor de la sección de mujeres el sonido del silbato del vigilante, Korableva, ya despierta, despertó a Maslova.
"¡Forzada!", se dijo Maslova con espanto mientras se frotaba los ojos y aspiraba a su pesar la hediondez infecta de la sala. Le entraron ganas de volver a dormirse, para encontrar de nuevo un refugio en la inconsciencia. Pero la costumbre y el espanto le habían ahuyentado el sueño, por lo que se incorporó, se sentó sobre el camastro, cruzando las piernas por debajo de ella, y se puso a mirar en torno.
Todas las mujeres estaban ya despiertas; solo los niños dormían aún. La tabernera de ojos saltones retiraba con precaución el capote sobre el cual estaban acostadas las criaturas. La "amotinada" extendía, ante la estufa los trapajos que servían de panales a su reclen nacido, mientras éste en brazos de Fedosia, se retorcía, lloraba y lanzaba gritos contra los cuales resultaban impotentes las caricias de la joven. La tísica, el rostro todo inyectado de sangre y sujetándose el pecho con las dos manos, sufría su ataque de tos matinal y, en los intervalos de respiro, exhalaba profundos suspiros, casi gritos. La pelirroja, tendlda de espaldas, extendía sobre la cama sus gruesas piernas desnudas; en voz alta y rasposa, contaba un sueño embrollado que la tenía obsesionada. La vieja incendiaria, en pie ante el icono, farfullaba sin tregua las mismas palabras y hacía señales de la cruz y salutaciones. La hija del sacristán sentada en su cama, fijaba ante ella sus grandes ojos, agotados de insomnio. La Hermosa rizaba entre sus dedos sus negros cabellos gracientos.
Pesados pasos de hombre retumbaron en el corredor; la puerta dejó paso a dos presos de expresión adusta y huraña, vestldos. con chaquetas y pantalones grises arremangados hasta por encIma de la pantorrilla. Levantaron el pestilente cubo y se lo llevaron. Una a una, las mujeres salieron al pasillo para ir a lavarse al grifo. Esperando su turno, la pelirroja tuvo un altercado con. otra mujer salida de una sala vecina, y también con ella cambió injurias, gritos y vociferaciones.
Por lo visto, estáis empeñadas en ir al calabozo -gritó el vlgliante, quien se acercó a la pelirroja y le aplicó en su espalda grasa y desnuda un golpe tan violento, que resonó en todo el corredor.
-Que no te oiga más -añadió, alejándose.
-.Verdareramente, el viejo tiene un puño sólido -dijo la pelirroja sin enfadarse por aquella dura caricia.
-¡Darse prisa!- continuó el vigilante-. Es hora de ir a misa.
Maslova no había acabado de peinarse cuando el director llegó con su séquito.
En fila para la lista -gritó el vigilante.
Salieron mujeres igualmente de otras salas; todas las presas se alinearon a lo largo del corredor en dos filas, las de la se gunda colocando las manos sobre los hombros de las mujeres situadas delante de ellas, y así se las contó.
Después de la lista apareció la vigilanta, quien conducía a las detenidas a la misa. Maslova y Fedosia se encontraban en el centro de la columna, compuesta por más de cien mujures salidas de todas las celdas. Estaban uniformemente vestidas con camisolas y sayas blancas y la cabeza cubierta. con pañuelos igualmente blancos. Solamente algunas tenían vestidos de color: eran mujeres a las que se admitía a compartir la suerte de sus maridos. La larga columna cogía toda la escalera. Se oian los pasos amortiguados de los pies con calzados de fieltro, y un murmullo de voces, mezclado a veces con risas.. En un recodo, Maslova entrevió la figura malvada de su enemiga Botchkova, quien caminaba a la cabeza de la columna, y se la mostro a Fedosia.
Al final de los escalones se estableció el silencio entre las mujeres que con señales de la cruz y profundos saludos, entraron dos a dos en la capilla todavía vacía y resplandeciente de dorados. En apretado tropel, fueron a colocarse a la derecha. Inmediatamente después, los hombres, con capote de tela gris, vinieron a colocarse a la izquierda y en el. centro de la capilla. Eran detenidos condenados a la deportación a, Siberia por decisión de sus comunidades rurales y presos alli provisionalmente. En lo alto de la nave se encontraban ya, a un lado, los forzados, con la mitad de la cabeza afeitada y cuya presencia revelaba un ruido de cadenas; al otro lado, los presos preventivos, no rapados y sin cadenas.
La capilla de la prisión había sido edificada recientemente, gracias a la generosidad de un rico comerciante que habia gastado en eso varias docenas de millares de rublos. Chorreaba dorados y colores vivos.
La capilla permaneció cierto tiempo silenciosa: no se oía más que los ruidos de narices que se sonaban, de toses, de gritos de niños y, de cuando en cuando, el chirrido de cadenas removidas. Pero pronto los presos del centro se apartaron para dejar paso al director de la prisión, quien avanzó hasta la primera fila.
XXXIX
Comenzó el oficio divino.
Este oficio se desarrollaba como sigue: el sacerdote, llevando un vestido especial, de brocado, extraño y muy incómodo, rompía y colocaba menudos trozos de pan sobre un plato y luego los metía en una copa llena de vino, sin dejar de mascullar frases y plegarias. Durante este tiempo, el sacristán primeramente leía, y luego cantaba, alternando con el coro de los presos, diversas plegarias en eslavón ( antigua fórma, comparable al latín medieval, de la lengua rusa, empleda en el ritual de la iglesia ortodoxa. N. del T.), ya casi incomprensibles de por sí y que se hacían completamente ininteligibles a causa de la rapidez de la lectura y del canto... Su fin principal era desear la felicidad del emperador y de su familia. Se repetían varias veces, con otras o por separado, y de rodillas. El sacristán leía seguidamente algunos versículos de los Hechos de los Apóstoles, mascullando tan bien, que no se comprendía palabra. El sacerdote leía por el contrario muy claramente el pasaje del evangelio de San Marcos donde se dice que habiendo resucitado Cristo, y antes de subir al cielo y de sentarse a la derecha de su Padre, se apareció primero a María Magdalena y la exorcizó de los siete demonios; luego se apareció a sus once discípulos y les enseñó la manera de predicar d evangelio a todo ser viviente, declarando que el que no crea perecerá, en tanto que el que crea y sea bautizado, se salvará; y también que podrá exorcizar los demonios, curar a los hombres de la enfermedad por la imposición de manos, hablar nuevas lenguas, fascinar serpientes y, si bebe veneno, ser preservado de la muerte.
El oficio consistía en transformar el trozo de pan cortado por el sacerdote y mojado en vino, gracias a manipulaciones y oraciones, en carne y sangre de Dios. Estas manipulaciones consistían en que el sacerdote elevaba los brazos cadenciosamente, aunque la túnica de brocado molestase sus movimientos, luego los bajaba hacia sus rodillas y tocaba la mesa o lo que allí se encontraba. El punto más importante era cuando el sacerdote, teniendo con sus dos manos una servilleta, la agitase según el rito por encima del plato y del cáliz de oro. En aquel momento, el pan y el vino se transformaban en carne y en sangre de Dios. Así, toda esta parte del oficio divino estaba rodeada por una especie de solemnidad particular.
-¡Roguemos mucho a la santa, pura, bienaventurada Virgen María! -gritaba en voz muy alta el sacerdote desde detrás de un tabique; y el coro cantaba solemnemente la alabanza de la que, sin que su virginidad fuera manchada, puso en el mundo a Cristo: la Virgen María, más honrada a causa de eso que los querubines, más gloriosa que los serafines. Después de eso, la transubstanciación se había realizado; y el sacerdote quitó la servilleta que cubría el plato, rompió en cuatro el pedazo de pan del medio, lo mojó previamente en el vino y se lo metió en la boca. Había comido un trozo de la carne de Dios y bebido un sorbo de su sangre. El sacerdote descorrió seguidamente una cortina y abrió una puerta por la que iba a pasar,.después de haberse provisto de una taza dorada, para invitar a los fieles a comer igualmente la carne y a beber la sangre de Dios, contenidas en la taza.
Únicamente se acercaron algunos niños.
Después de haberles preguntado sus nombres, el sacerdote cogió con precaución de la taza, con la ayuda de una cucharilla, trozos de pan mojados en el vino y los hundió profundamente en la boca de cada uno de aquellos niños. Y el sacristán, después de haberles enjugado los labios, cantó con alegría un cántico en el que se decía que aquellos niños habían comido la carne de Dios y bebido su sangre. El sacerdote se llevó después la taza detrás del tabique y bebió toda la sangre y comió todo el trozo de la carne de Dios que quedaban; luego secó cuidadosamente sus bigotes con los labios, se enjuagó la boca, enjuagó la taza y volvió a salir todo contento, con paso firme, haciendo crujir las finas sudas de sus botas.
Allí terminaba la parte principal del oficio cristiano. Pero, deseoso de consolar a los desgraciados presos, el sacerdote añadió al servicio ordinario una ceremonia particular. Se colocó ante la imagen de aquel Dios, de rostro negro y negras manos, que acababa de comer y que estaba alumbrado por una docena de cirios, y empezó a declamar, con voz de falsete, en un tono entre recitado y cantado, la serie de palabras siguientes:
-¡Dulce Jesús, gloria de los apóstoles! ¡Jesús, alabanza de los mártires! ¡Señor todopoderoso, sálvame! .¡Jesús, sálvame! ¡Jesús, a ti recurro! ¡Sálvame, Jesús! ¡Ten piedad de mí! ¡Por las plegarias de tu nacimiento, Jesús; por todos tus santos, Profeta de todos, sálvame, Jesús! ¡Y concédeme las dulzuras del paraíso, Jesús, amante de la humanidad!
Aquí se detuvo, respiró, hizo la señal de la cruz y se inclinó hasta el suelo; y todos lo imitaron. El director, los vigilantes, los presos, todos se inclinaron; y en lo alto de la nave se oyó resonar más fuerte las cadenas.
-¡Creador de los ángeles y dueño de las fuerzas! -continuó el sacerdote -.¡Jesús maravilloso, sorpresa de los ángeles! ¡Jesús todopoderoso, salvador de nuestros primeros padres! ¡Dulce Jesús, grandeza de los patriarcas! ¡Jesús el glorioso, Rey de reyes! ¡Jesús el bienaventurado, voluntad de los profetas! ¡Jesús espléndido, firmeza de los mártires! ¡Jesús el resignado, alegría de los monjes! ¡Jesús misericordioso, dulzura de los sacerdotes! ¡Jesús magnánimo, abstinencia de los que ayunan! ¡Jesús, el más dulce, felicidad de los santos! ¡Jesús el puro, castidad de las vírgenes! ¡Jesús eterno, salvación de los pecadores! ¡Jesús, hijo de Dios, ten piedad de nosotros!
Era el punto de detención y la palabra "Jesús" se pronunciaba con un silbido estridente. Con la mano, el sacerdote se levantó entonces su sotana recamada de seda, hincó una rodilla y se inclinó hasta el suelo mientras el coro cantaba las últimas palabras: "¡Jesús, hijo de Dios, ten piedad de nosotros!" Los presos cayeron de rodillas y se levantaron a su vez, sacudiendo los cabellos que les quedaban en la mitad de la cabeza y haciendo resonar los hierros que laceraban sus piernas enflaquecidas.
Eso continuó todavía mucho tiempo. Eran primero alabanzas que acababan con las palabras: "¡Ten piedad de nosotros!"; luego, otras alabanzas terminadas con aleluyas. Al principio, los prisioneros se santiguaban y prosternaban a cada invocación; luego empezaron a no inclinarse más que a cada dos invocaciones, y por fin a cada tres, y se sintieron muy dichosos cuando aquello acabó. Después de un suspiro de alivio, el sacerdote recogió su breviario y regresó detrás del tabique.
Pero quedaba un último acto: el sacerdote cogió de encima de la gran mesa una cruz dorada cuyas extremidades estaban adornadas de medallones esmaltados y avanzó hasta el centro de la iglesia. Todos empezaron a desfilar y a besar la cruz: el director primeramente, y luego los vigilantes; a continuación, apretándose e intercambiando juramentos en voz baja, pasaron todos los presos. El sacerdote, charlando con el director tendía la cruz o la mano, ya hacia las bocas, ya hacia las narices de los presos, quienes se esforzaban en besar la cruz y la mano.
Así terminó el oficio cristiano, celebrado para consuelo y enseñanza de las ovejas extraviadas.
XV
Nadie en la concurrencia, desde los sacerdotes y el director hasta Maslova, habían pensado un instante que ese mismo Jesús, cuyo nombre acababa de repetirse tantas veces con un silbido, había prohibido no solo juzgar a los hombres, encarcelarlos, martirizarlos, degradarlos e infligirles toda clase de suplicios, como se hacía aquí, sino además todas las violencias, diciendo que había venido para liberar a todos los presos.
Nadie, entre los asistentes, había pensado que lo que se cometía allí era la más enorme blasfemia y una burla sangrienta contra aquel mismo Cristo, en el nombre del cual se cometían todos aquellos actos. Nadie había pensado que la cruz dorada con sus medallones esmaltados, traída por el sacerdote y besada por los fieles, no era otra cosa que la reproducción de la cruz sobre la cual Cristo fue ajusticiado precisamente porque había prohibido esos mismos actos que se cometían aquí en su nombre.
El sacerdote procedía a ejecutar estas ceremonias con una conciencia tranquila, porque desde la infancia le habían inculcado que eran la verdadera y única creencia, profesada por todos los santos y adoptada hoy por todas las autoridades espirituales y temporales. Y lo que lo confirmaba particularmente en esta creencia era el hecho de haber, desde hacía dieciocho anos, extraído beneficios del cumplimiento de su sacerdocio de haber podido asegurar la existencia de su familia, pagar el colegío para su hijo y enviar a su hija a la escue]a eclesiástica.
Idéntica y más firme aún era la creencia del sacristán; porque el había olvidado completamente la esencia de los dogmas de su fe y solo sabía que la plegaria por los muertos, las horas eclesiásticas, las misas simples y las misas cantadas en fin todos los servicios tenían un precio fijo, pagado gustosamente por los verdaderos cristlanos. Por eso clamaba sus "misereres" y leía y cantaba todo lo que comportaba la regla con aquella misma tranquila seguridad que caracteriza para otros hombres la necesidad de vender madera, harina o patatas.
El director de la cárcel y los vigilantes, aunque nunca se hubiesen planteado dudas ni hubiesen jamás tratado de saber en qué consistían los dogmas de aquella creencia ni lo que sigrnficaban esas ceremonias de iglesia, creían que era absolutamente preciso creer en aquella creencia, porque la autoridad Superior, y el zar mismo, creían en ella.
Además, muy vagamente, porque no podían explicárselo, tenían la sensación de que aquella creencia justificaba sus funciones crueles. En cuanto a los presos, salvo un pequeño número que se burlaba de aquella religión, la mayoría creía que los iconos dorados, los cirios, las copas, las casullas, las cruces y las incomprensibles letanías contenían una fuerza misteriosa gracias a la cual se podían adquirir grandes comodidades en esta vida y en la vida futura.
Aunque la mayoría, en diversas ocasiones y sin ningún resultado, había intentado conseguir esa adquisición de comodidades terrestres por medio de oraciones, de misas y de cirios, sin que sus plegarias hubiesen sido oídas, todos estaban firmemente convencidos de que esa falta de éxito se debía al azar y que esta institución, aprobada por los sabios y por los obispos, era una institución muy grave, importante y útil, si no en esta vida, al menos en la vida futura.
Maslova creía lo mismo. Como los demás, experimentaba durante el oficio un sentimiento de recogimiento mezclado de fastidio.
De pie en medio de la multitud de las presas, no podía ver más que las espaldas de las mujeres colocadas delante de ella. Pero cuando los asistentes se pusieron en movimiento para ir a besar la cruz y la mano del sacerdote, distinguió al director y a los vigilantes y reconoció detrás de ellos a un hombre de barbita y de cabellos rubios, el marido de Fedosia, que tenía los ojos tiernamente clavados en su mujer. Entonces Maslova, aun rezando, santiguándose y saludando como los demás, se absorbió en su conversación con Fedosia y en la contemplación de su marido.
XLI
Nejludov se había levantado temprano. En la ciudad, cuando salió de su casa, todo el mundo parecía dormir aún. Por la callejuela únicamente pasaba un campesino que gritaba con una voz especial:
-¡Leche! ¡Leche! ¡Leche !
La primera lluvia cálida de la primavera había caído la víspera. La hierba verdecía en las junturas de los adoquines. En los parques, los abedules se habían adornado con frondas verdeantes; los cerezos de monte y los álamos estiraban sus hojas alargadas y olorosas. En las casas y en las tiendas limpiaban los cristales. Pero en el baratillo de los ropavejeros, que Nejludov tuvo que atravesar, había ya una muchedumbre que se apretaba alrededor de las barracas, en tanto que hombres cubiertos de harapos deambulaban con botas bajo el brazo y pantalones y chalecos remendados echados al hombro.
Había mucha gente también en las tabernas. Se veía penetrar en ellas a obreros con blusas limpias y botas relucientes, felices de verse libres por un día de los trabajos de las fábricas, y mujeres que llevaban a la cabeza pañolones de seda de vistosos matices y chaquetillas adornadas de abalorios. Agentes de policía con uniforme de gala, sujetas sus pistolas al cinto por cordones amarillos, se inmovilizaban en las esquinas de las calles, esperando poder distraerse reprimiendo algún desorden. En las alamedas de los bulevares, sobre la hierba de los céspedes, húmeda aún, corrían y jugaban niños y perros mientras las nodrizas, para charlar alegremente, se sentaban por grupos en los bancos. En las calles, todavía frescas y húmedas por la parte izquirda, a la sombra, y secas en el centro, retumbaba el ruido de pesadas carretas y de ligeros coches de punto y el sonido de los tranvías. En el aire tintineaban ruidos diversos, y el repique de campanas convocaba a los fieles a asistir a un oficio parecido al que se celebraba en la capilla de la cárcel. Por grupos, la gente endomingada se dirigía a las parroquias.
El cochero de Nejludov no fue hasta la cárcel, sino que se detuvo en el recodo del camino que conducía hasta allí. Cerca de aquel recodo, a cien pasos de la cárcel, había un grupo de hombres y de mujeres, la mayoría con paquetes en las manos. A la derecha se extendían unas construcciones bajas, de madera, y a la izquierda se alzaba un edificio de dos pisos con un cartel. Al fondo se destacaba la enorme construcción de la cárcel, defendida por un soldado con el fusil al hombro.
Ante la puertecita de las casas de madera estaba sentado un vigilante, con uniforme galoneado y con un libro registro sobre las rodillas. Era el encargado de inscribir los nombres de los presos que los visitantes solicitaban ver.
Nejludov se le acercó y dijo:
-Catalina Maslova.
El vigilante anotó aquel nombre.
-¿Por qué no se permite entrar? -preguntó Nejludov.
-Están diciendo misa. En cuanto acabe podrá usted entrar.
Nejludov se acercó al grupo de visitantes, del cual se destacó, para deslizarse hacia la puerta de la cárcel, un individuo cubierto de harapos, con un sombrero muy ajado, los pies envueltos en unas bandas de tela, sin más calzado, y la cara toda surcada en líneas rojas.
-¡Eh, tú!, ¿adónde vas? -le gritó el soldado, empuñando el fusil.
-¿Y tú por qué tienes que gritar así -respondió el hombre retrocediendo lentamente y sin impresionarse por los gritos del soldado -.¿No quieres dejarme entrar? Está bien, esperaré. Pero, ¿dónde se ha visto gritar así? ¡Ni que fuera un general!
Una risa aprobadora acogió aquella broma. Casi todos los visitantes eran pobres diablos. Iban míseramente vestidos, y algunos completamente andrajosos; sólo unos pocos, hombres y mujeres, tenían un porte más cuidado. Cerca de Nejludov había un hombre bien trajeado, recién afeitado, gordo y sonrosado, que llevaba en la mano un pesado paquete que parecía estar lleno de ropa blanca. Nejludov le preguntó si venía a la cárcel por primera vez. El hombre respondió que ya había venido muchas veces, todos los domingos. Portero en un Banco, venía a ver a su hermano, condenado por falsificación; le contó a Nejludov toda su historia, y se preparaba a interrogarlo a su vez cuando su atención fue atraída por una calesa de ruedas cauchutadas, tirada por un buen caballo, de la que descendieron un joven estudiante y una dama con velo. El estudiante llevaba en la mano un gran paquete. Avanzó hacia Nejludov y le preguntó si creía que lo autorizarían a distribuir entre los presos una ración de pan blanco contenida en su paquete.
-Es por deseo de mi novia, que me acompaña. Sus padres nos han permitido traer esto a los presos.
-Vengo aquí por primera vez e ignoro las costumbres; pero haría usted bien dirigiéndose a aquel hombre- respondió Nejludov mostrando con el dedo al galoneado guardián sentado ante su registro.
En aquel momento, la puerta principal, horadada por una ventanilla en el centro, se abrió para dejar paso a un funcionario con uniforme de gala, escoltado por un vigilante que cambió en voz muy baja algunas palabras con él y anunció luego que los visitantes podían entrar. El centinela se echó a un lado, y todo el mundo se precipitó por la puerta de la cárcel como temiendo llegar con retraso. Detrás de la puerta había un guardián que contaba en voz alta los visitantes al pasar: 16, 17, etcétera... Más lejos, en el interior del edificio, otro guardián les tocaba el brazo, antes de dejarlos franqucar una puertecita, y los recontaba. De esta manera podía asegurarse, a la salida, de que ningún visitante había quedado dentro de la prisión y que ninguno de los presos había salido de ella. Demasiado ocupado con su cálculo para examinar las figuras de quienes entraban, aquel guardián tocó bruscamente el hombro de Nejludov, lo que no dejó de irritar a éste un poco, a pesar de sus buenas intenciones. Pero inmediatamente se acordó de para qué había venido y le dio vergüenza de su descontento.
La puertecita daba a una gran sala abovedada, con estrechas ventanas guarnecidas con barras de hierro. En aquella sala había un nicho donde Nejludov divisó con sorpresa un gran crucifijo.
"¿A qué viene eso aquí?", pensó, uniendo involuntariamente en su pensamiento la imagen del Cristo con hombres libres y no con presos.
Caminó con paso lento, dejando fluir delante de él la oleada apresurada de los visitantes. Experimentaba a la vez un sentimtento de horror hacia los malhechores encerrados en aquella cárcel y un sentimiento de compasión hacia los inocentes como el acusado de la víspera y Katucha, que estaban encerrados allí en compañía de aquéllos, y un sentimiénto de timidez y de emoción ante la idea de la entrevista que iba a celebrar.
Al otro extremo de la gran sala, un guardián anunció a]go. Pero, sumido en sus reflexiones, Nejludov no lo oyó y siguió en pos del grupo más numeroso. Así se encontró llevado al locutorio de los hombres, cuando habría debido dirigirse al de las mujeres.
En el momento en que, el último de todos entró en el locutorio, se sintió impresionado meramente por un ruido ensordecedor, mezcla de voces numerosas que gritaban todas al mlsmo tiempo. Sólo comprendió la causa de aquella barahúnda al llegar al centro de la sala, donde, a semejanza de un enjambre de moscas sobre un trozo de azúcar, la muchedumbre de los visltantes se apretaba ante un enrejado.
Ese enrejado era doble; iba desde el techo hasta el suelo y dividía la sala en dos mitades. Por el pasillo intermedio se paseaban los vigilantes. A un lado estaban los presos; al otro, los visitantes. Estaban separados por dos enrejados y un espacio vacío de tres archines, lo que imposibilitaba a los visitantes no solo entregar cualquier cosa a los presos, sino incluso verlos bien. Y no resultaba menos difícil hablar a través de ese espacio; para hacerse oír había que gritar con todas las fuerzas A ambos lados de la división, las caras se apretaban contra ei enrejado: mujeres, maridos, padres, madres e hijos trataban de verse y de decirse lo que querían. Y como todos deseaban hacerse oír y las voces se cubrían recíprocamente pronto cada cual se creía obligado a gritar más fuerte que sus vecinos. De ahí la barahúnda que había impresionado a Nejludov al entrar en la sala.
No había que pensar en aprehender el sentido de las palabras. La única cosa posible era adivinar en los rostros de qué se trataba y las relaciones existentes entre los intelocutores.
Muy cerca de Nejludov, pegada al enrejado, había una viejecita con un pañuelo a la cabeza que interpelaba a un joven, un forzado, cuya cabeza estaba semirrapada; y el preso, con las cejas fruncidas, parecía escucharla con la más viva atención. Al lado de la vieja, un hombre joven, con blusa, hacía señas con la cabeza a un preso que se le parecía, de barba gris, de rostro fatigado. Más lejos aún estaba el hombre harapiento, que gesticulaba mucho, gritaba y reía a carcajadas. Luego, sentada en el suelo, una joven de porte decoroso con un niño en brazos lloraba y sollozaba al volver a ver, sin duda por primera vez a un hombre de edad que estaba frente a ella, al otro lado del enrejado, con uniforme carcelario, cabeza rapada y hierros en los pies. Más allá de esta mujer, el portero de Banco que había hablado con Nejludov elevaba mucho la voz para ser oído por un preso calvo, de ojos chispeantes.
Ante la perspectiva de tener que hablar con Katucha en semejantes condiciones, Nejludov se llenó de indignación contra los hombres que habían podido inventar y autorizar semejante suplicio. Se quedó estupefacto al pensar que nadie antes que él nunca, se había indignado ante una institución tan espantosa, ante una violación tan cruel de los sentimientos más sagrados. Lo escandalizó ver que soldados y vigilantes, visitantes y presos aceptaban como cosa natural e inevitable esta manera de conversar.
Nejludov permaneció así, inmóvil, durante varios minutos, bajo el peso de una extraña impresión de tristeza, consciente de su propia debilidad y de su desacuerdo con todo lo que le rodeaba. Sintió algo parecido a un mareo en el mar.
No importa -se dijo Nejludov, volviendo a hacer acopio de valor -.Es necesario que haga lo que he venido a hacer. Pero, ¿cómo conseguirlo?"
Buscó con los ojos una autoridad cualquiera, y vio, detrás de la multitud, al subdirector con el que había hablado la noche anterior. Nejludov avanzó hacia él.
-Perdón, señor -le dijo con una deferencia exagerada -, ¿no podría usted indicarme la sección de las mujeres y dónde se autoriza a verlas?
-O sea, que usted quería ir a la sección de las mujeres, ¿no?
-Sí, deseo ver a una presa-respondió Nejludov, siempre con la misma cortesía afectada.
-¿Por qué no lo dijo usted hace un momento, cuando se le indicó en la primera sala? ¿ Ya quién desea usted ver?
-A Catalina Maslova.
-¿Una detenida política? -preguntó el subdirector. -No, es simplemente...
-Entonces, ¿una condenada?
-Eso es, condenada desde anteayer -respondió dulcemente Nejludov, temiendo, por una palabra demasiado viva, enajenarse la buena disposición que percibía en el subdirector.
Por el aspecto exterior de Nejludov, el funcionario juzgó que merecía una consideración particular y llamó a un funcionario subalterno todo cubierto de medallas.
-Sidorov, lleve al señor a la sección de las mujeres -dijo. -¡A sus órdenes!
En aquel momento, unos sollozos que desgarraban el alma se dejoron oír cerca del enrejado.
Todo aquel espectáculo pareció extraño a Nejludov, y más extraño aún resultó para él la necesidad de dar las gracias al subdirector y al vigilante jefe y de sentirse agradecido a aquellas gentes, instrumentos de una obra tan cruel como la que se desarrollaba en aquella casa.
Desde el locutorio de los hombres, el funcionario subalterno hizo pasar a Nejludov por el corredor, y por una puerta que estaba enfrente lo condujo al locutorio de las mujeres.
Exactamente igual que el otro, este locutorio estaba dividido, mediante dos enrejados, en tres partes; aunque fuese sensiblemente más pequeño y los visitantes menos numerosos, los gritos y el ruido eran allí lo mismo de violentos. Igualmente allí la autoridad velaba entre los dos enrejados, pero esta vez en la persona de una vigilanta también de uniforme: galones en las mangas, ribetes azules y cinturón del mismo color. Y, como en la sección de los hombres, los visitantes, con los trajes más variados, se aferraban al enrejado; al otro lado estaban las presas, en su mayoría con uniforme carcelario; las demás, con sus vestidos de ciudad. No había ni siquiera un sitio libre en toda la extensión del enrejado. y el amontonamiento era tal, que varias personas se vieron obligadas a ponerse de puntillas para gritar por encima de la cabeza de las que se encontraban delante de ellas; también otras estaban sentadas en el suelo.
La atención de Nejludov fue atraída por la alta y delgada figura de una gitana cuyos rizados cabellos se escapaban de un pañolon; cerca de la columna del enrejado, por la parte de las presas, ella explicaba algo con voz chillona y gesticulando con viveza a un visitante de traje azul ceñido por un cinturón, un gitano también, en pie al otro lado. Cerca del gitano, un soldado, sentado en el suelo, hablaba con una presa. Luego, asido al enrejado, un mujik bajito calzado con almadreñas de corteza, de barba rubia y rostro todo rojo, no hacía ningún esfuerzo por reprimir sus lágrimas. Escuchaba lo que le decía frente a él una presa rubia y bonita que, mientras le hablaba, lo miraba tiernamente con sus azules ojos. Eran Fedosia y su marido. Cerca de ellos había un hombre harapiento que hablaba con una mujer de pómulos salientes y de rala cabellera; luego, dos mujeres, un hombre y de nuevo una mujer; y, frente a cada visitante, una presa.
Maslova no se dejaba ver. Pero, oculta detrás de la primera fila, estaba en pie una mujer; y Nejludov, adivinando que era ella, sintió redoblar los latidos de su corazón y que se le paraba el aliento.
Se iba acercando el momento decisivo.
Se aproximó al enrejado; penosamente logró hacerse un sitio y clavó su mirada en Maslova. Colocada detrás de Fedosia, ella parecía escuchar sonriendo la conversaci6n de ésta con su marido. En lugar del capotón gris de la antevíspera, llevaba, ceñida al talle por un cinturón, una camisola blanca que se le abombaba por el pecho. De su pañolón se escapaban los bucles de sus cabellos negros.
"Vamos, el momento se acerca- pensó Nejludov-. Pero, ¿cómo llamarla? ¿No se le ocurrirá acudir a ella?"
Pero ella no venía. Esperaba la visita de Berta y no podía sospechar que aquel hombre estuviese allí por ella.
-¿A quién desea usted ver? -preguntó la vigilanta a Nejludov, parándose delante de él.
-A Catalina Maslova -respondió Nejludov, hablando con esfuerzo.
-¡Eh, tú, Maslova- gritó la vigilanta -, gente que viene a verte!
Maslova se volvió, levantó la cabeza, sacó el pecho, con aquella expresión de apresuramiento que Nejludov le había conocido antaño, y, deslizándose entre dos presas, se acercó al enrejado. Se puso a mirar a Nejludov con una mezcla de asombro y de interrogación, sin reconocedo. Pero muy pronto, por su porte, reconoció a un hombre rico y le sonrió.
-¿Ha venido usted por mí? -preguntó, pegando al enrejado sus ojos risueños, bizqueando un poco.
-Sí, he querido...
Se detuvo, no sabiendo si debía hablarle de "usted" o de"tú". Se decidió por el "usted".
-He querido verla... Yo...
-¡No me hagas faenas! -gritaba, cerca de él, un visitante harapiento -.¿La cogiste o no?
-¡Te digo que se muere! -gritaban del otro lado.
Maslova no pudo entender nada de las palabras de Nejludov. Pero por la expresi6n del rostro de éste, mientras hablaba, creyó reconocerlo. Pero todavía dudaba. Se borró la sonrisa de sus labios, y un pliegue de sufrimiento le surcó la frente.
-No se oye lo que usted dice -gritó ella, entornando los párpados para ver mejor, y la frente cada vez más arrugada.
-He venido...
"jSí, cumplo mi deber, expío ", pensaba Nejludov.
Ante este pensamiento, las lágrimas le llenaron los ojos y la garganta, y, aferrándose con los dedos al enrejado, se calló. Sentía que a la primera palabra estallaría en sollozos.
Al lado de él gritaban:
-Yo me dije: ¿por qué ibas adonde no debías ir?
-¡Tan verdad como que Dios me oye que no sé nada de eso! -respondió una presa al otro lado.
La emoción había impreso en el rostro de Nejludov una expresión que Maslova reconoció inmediatamente.
-No estoy muy segura de reconocerlo -creyó ella, sin embargo, que era su deber decir, sin mirarlo.
Y las mejillas se le empurpuraron; su rostro se ensombreció aún más.
-He venido a pedirte perdón- dijo entonces Nejludov, con la voz más alta que pudo, monótonamente, como una lección aprendida.
Tras decir a gritos estas palabras, se llenó de vergüenza y miró en torno de él. Pero juzgó que esa vergüenza era saludable y que su deber consistía en exponerse a ella. Con todas sus fuerzas gritó:
-¡Perdóname! ¡Tengo una gran culpa para con...! Inmóvil, ella no dejaba de mirarlo con sus bizqueadores ojos.
Él no tuvo fuerzas para acabar su frase y, haciendo un esofuerzo para reprimir los sollozos que le sacudían el pecho, se alejó del enrejado.
El subdirector, evidentemente interesado por aquel visitante, se había dirigido al locutorio donde estaba Nejludov. Al verlo apartarse del enrejado, le preguntó por qué interrumpía su conversación con la mujer que había venido a ver. Nejludov se sonó, se esforzó en dominarse y respondió:
-Es imposible entenderse a través de ese enrejado.
El subdirector reflexionó un instante.
-Bueno -dijo -, se podría hacer venir aquí a la detenida algunos momentos. ¡María Karlovna! -gritó a la vigilanta -, haga venir aquí a Maslova.
XLIII
Pronto por una puerta lateral, entró Maslova. Acercándose suavemente a Nejludov, se detuvo y lo miró de arriba abajo. Como la antevíspera, sus negros cabellos se escapaban en bucles del pañolón. Su rostro enfermizo, abotagado, exangüe, sin embargo siempre agradable de ver, respiraba calma; sólo los negros ojos bajo los párpados hinchados resplandecían con un brillo particular.
-Pueden ustedes hablar aquí -dijo el subdirector, alejándose.
Nejludov estaba sentado en un banco pegado al muro. Maslova miró primeramente al subdirector con aire interrogativo. Cuando éste se hubo apartado, ella tuvo un encogimiento de hombros que denotaba su sorpresa y, decidiéndose a acercarse a Nejludov, se levantó la falda y se sentó junto a él sobre el banco.
-Le será a usted difícil perdonarme, lo sé- empezó a decir Nejludov. Se detuvo, sintiendo que de nuevo las lágrimas le subían a los ojos; luego continuó -: Pero si no está en mis manos reparar el pasado, a lo menos estoy resuelto a hacer todo lo que pueda. Dígame usted...
-¿Cómo se las ha arreglado usted para encontrarme? -preguntó ella eludiendo su pregunta. y ora su mirada se clavaba en él, ora la apartaba hacia el suelo.
"¡Dios mío, ayúdame! ¡Enséñame lo que debo hacer!", se decía a sí mismo Nejludov, consternado por el cambio sobrevenido en el rostro ahora tan enfermizo de la joven.
Fue anteayer- dijo él-; yo era jurado cuando la juzgaron en la Audiencia... ¿No me reconoció usted?
No, en absoluto. No era momento de reconocer a nadie.
-Así, pues, ¿hubo un niño? -preguntó Nejludov, sintiéndose enrojecer.
Murió inmediatamente, a Dios gracias -respondió Maslova con voz seca y maligna, apartando los ojos.
-¿Y de qué? ¿y cómo?
-Yo misma me encontraba enferma y estuve a punto de morir -prosiguió ella sin levantar los ojos.
-¿Cómo fue que mis tías la despidieron?
-¿Es que se conserva a una criada con un niño? En cuanto me vieron encinta, me despidieron... Pero, ¿de qué sirve hablar de todo eso? Ya no me acuerdo de nada, lo he olvidado todo. Está bien acabado.
-¡No, no está acabado! ¡No sabría resolverme a eso! ¡Quiero al menos redimir mi falta!
-No hay nada que redimir: lo que se hizo, hecho está, y todo eso pasó -insistió ella.
Y, con gran sorpresa por parte de él, Katucha lo miró de pronto con una sonrisa seductora y lastimosa.
Maslova no había soñado nunca con volver a ver a Nejludov, sobre todo en aquellos momentos y en aquel sitio. Su vista, pues, la había sorprendido al principio; luego la había hecho acordarse de cosas resueltamente enterradas en el fondo de ella misma. En los primeros momentos, al volver a ver a Nejludov, había recordado el mundo espléndido de sentimientos y de sueños suscitado en otros tiempos por el encantador adolescente que la había amado y al que ella había amado a su vez. Después recordó la crueldad de su incomprensible abandono y la larga serie de humillaciones y de sufrimientos que siguió a tales instantes de felicidad. Pero, sin fuerzas para ahondar en aquello, había recurrido al medio de rechazar los recuerdos dolorosos y ahogarlos en las brumas de su vida de disipación. Una vez más, acababa de hacer lo mismo. Al volver a ver a Nejludov, lo había identificado al principio con el adolescente amado en otros tiempos; pero resultándole aquello penoso, había renunciado a los pocos instantes. Y, desde entonces, aquel señor vestido con elegancia, con su barba perfumada, no era para ella más que uno de esos "clientes" acostumbrados, cuando tenían necesidad, a servirse de criaturas como ella y de los que criaturas como ella tenían el deber de servirse mientras podían hacerlo. De ahí su sonrisa acariciadora.
Muda, reflexionaba, pues, sobre la manera como mejor podría servirse de él.
-Sí -insistió ella -, todo eso acabó. ¡Y ahora resulta que me condenan a trabajos forzados!
Estas terribles palabras llevaron un estremecimiento a sus labios.
-Yo sabia que usted no era culpable, estaba seguro -dijo Nejludov.
-Desde luego que no era culpable. ¿Es que soy quizás una ladrona? Aquí dicen que todo es culpa del abogado -continuó -; y que habría que firmar una instancia. Pero aseguran que eso cuesta muy caro..
-Sí, sin -duda -dijo Nejludov -.yo ya me he puesto de acuerdo con un abogado.
-Pero hay que coger uno bueno... uno caro..
-Haré todo lo que sea posible.
Nuevo silencio.
Una breve y seductora sonrisa floreció otra vez en los labios de Maslova.
Quisiera pedirle a usted... un poco de dinero. No mucho... diez rublos. Con eso me bastará.
-¡Desde luego, no faltaba más! -respondió Nejludov todo confuso, sacando su cartera.
Maslova lanzó una mirada rápida hacia el subdirector, que se paseaba por la sala.
-Démelo sin que él lo vea; de lo contrario, me lo qui tarán.
Nejludov sacó de la cartera un billete de diez rublos; pero, en el momento en que iba a dárselo, el subdirector se volvió. Escondió el billete en la palma de la mano.
"¡Pero ésta es una criatura muerta!", pensaba Nejludov examinando aquel rostro tan encantador en otros tiempos, ahora degradado y abotagado, y el brillo maligno de los ojos negros que bizqueaban espiando alternativamente los movimientos de! subdirector y los de la mano que tenía el billete de diez rublos. Y Nejludov tuvo un momento de vacilación.
El tentador, cuya voz había oído la pasada noche, habló de nuevo en él, para desviarlo de pensar en lo que debía hacer y para que pensase más bien en las consecuencias de lo que quería hacer.
"Nunca -decía el tentador -harás nada de esta mujer. No conseguirás más que colgarte una piedra al cuello para ahogarte y dejar así de ser útil a los demás. Está bien darle dinero: todo el que lleves en la cartera. y luego decirle adiós y terminar con ella para siempre. "
Pero Nejludov comprendió que en aquellos momentos se desarrollaba en él la crisis decisiva; que su alma se hallaba como colocada en una balanza oscilante y que el menor peso, el menor esfuerzo la harían inclinarse a un lado o a otro. Hizo ese esfuerzo, después de haber llamado en su ayuda a aquel Dios cuya presencia había sentido la víspera en su corazón. y Dios se manifestó en él.
Resolvió decir todo inmediatamente a Maslova. -¡Katucha! ¡He venido a ti para implorar tu perdón! Y tú no me has respondido; no me has dicho si me perdonabas, si me perdonarás alguna vez- dijo, pasando al tuteo.
Pero Maslova no lo escuchaba y continuaba acechando alternativamente los diez rublos y al subdirector. En el momento en que éste se volvía de espalda, ella tendió la mano con un ademán rápido, agarró el billete y se lo guardó en el cinturón.
-Es muy extraño lo que usted me dice -replicó ella con una sonrisa que a Nejludov le pareció un poco despreciativa.
Tuvo la impresión de que esa sonrisa ocultaba una especie de odio hacia él y que nunca él llegaría a penetrar a fondo en aquella alma. Pero, cosa extraña, no sólo esa impresión no lo apartaba ya de Maslova, sino que, por el contrario, lo atraía más fuertemente hacia ella. Se sentía obligado, costase lo que costase, a despertar a aquella alma y, cuanto más difícil se le presentaba la tarea, tanto más lo atraía. Nunca, respecto a persona alguna, había experimentado un sentimiento como el que experimentaba hacia Maslova; no deseaba de ella nada para él mismo, sino únicamente que dejase de ser tal como la veía para volverse a convertir en la que él había visto en otros tiempos.
-Katucha, ¿por qué me hablas así? Tú sabes, sin emba;go, que te conozco, que me acuerdo de lo que eras en otros tiempos en Panovo...
-¡Lo que es viejo, se borra!- respondió ella secamente. -¡Me acuerdo de todo eso, Katucha, para reparar, para redimir mi falta! -insistió Nejludov.
E iba a decirle que estaba dispuesto a casarse con ella; pero encontró su mirada y leyó en la misma algo tan vil y repulsivo, que no encontró fuerzas para acabar su confesión. ...
En aqud instante, las personas que habían venido a visitar a los presos empezaron a salir. El subdirector, acercándose a Nejludov, le comunicó que había llegado el momento de poner fin a la entrevista. Maslova se levantó, esperando con resignación el momento de marcharse.
-Hasta la vista; todavía tengo muchas cosas que decirle -dijo Nejludov tendiéndole la mano -.Vendré a verla de nuevo -añadió.
-Pero me parece que ya ha dicho usted todo lo que tenía que decir.
Ella le tocó la mano, pero no se la estrechó.
-No, no he dicho todo. Trataré de conseguir la autorización necesaria para poder verla con más libertad, y entonces le diré la cosa importante que tengo que decirle.
-Pues bien, venga usted- respondió ella, encontrando de nuevo para él la sonrisa que concedía a los hombres cuando quería agradarles.
-Está usted más cerca de mí que una hermana -añadió aún Nejludov.
-¡Qué cosa tan rara! -dijo ella, meneando la cabeza. y desapareció detrás del enrejado.
XLIV
Nejludov se había figurado que al volverlo a ver, al comprobar su arrepentimiento y su intención de acudir en su ayuda, Katucha se alegraría, se enternecería y volvería a ser inmediatamente la Katucha de otros tiempos. Comprendió que Katucha no existía ya y que, en lo sucesivo, existía sólo Maslova. Y eso lo sorprendió y lo consternó.
Lo que lo asombraba sobre todo no era solamente que Katucha no se avergonzara de su estado ( de su estado de prostituta, porque sí tenía bastante vergüenza de su estado de presa), sino que incluso pareciera satisfecha y casi orgullosa de ser una prostituta.
A decir verdad, aquello no tenía nada de sorprendente. Para poder obrar, todos tenemos necesidad de considerar como importante y buena nuestra ocupación. Resulta de ello, cualquiera que sea la condición de un ser humano, que él se hace naturalmente de la vida una concepción que hace resaltar, como importante y buena, su propia actividad.
Gustosamente, uno se persuade de que el ladrón, el espía, el asesino, la prostituta, se avergüenzan de su oficio o, al menos, lo consideran detestable. Eso es un error. Los hombres colocados por su destino y sus faltas en una situación determinada, por inmoral que sea ésta, se las componen siempre para que su concepción general de la vida haga resaltar, como buena y honorable, su situación particular. y para confirmar en ellos esta concepción, se apoyan instintivamente en otros hombres que se encuentran en una situación idéntica, que tienen un concepto semejante de la vida y del lugar que ellos ocupan en la vida.
Uno se asombra al ver cómo los ladrones se enorgullecen de su destreza; las prostitutas, de su corrupción; los asesinos, de su crueldad. Pero uno se asombra solamente porque, siendo limitada la especie de aquéllos, el círculo y la atmósfera de los mismos se encuentran fuera de los nuestros. Y a nosotros no nos asombra, por ejemplo, ver a ricos enorgullecerse de su riqueza, es decir, de su robo y de sus defraudaciones; a los jefes del Ejército, enorgullecerse de su victoria, es decir, del asesinato; a los soberanos, enorgullecerse de su poder, es decir, de su violencia. No notamos en estos hombres su equivocada concepción de la vida, del bien y del mal, concepto que deforman con vistas solamente a justificar su situación. No lo notamos porque el círculo de estos hombres es grande y nosotros formamos parte de él.
Maslova se había forjado una concepción de este tipo de la vida en general y de su propio papel en particular. Prostituta, condenada a trabajos forzados, no por eso dejaba de hacerse una concepción de la vida propia para justificar su conducta e incluso para enorgullecerse ante los demás de su condición.
Esta concepción reposaba sobre la idea de que la mayor felicidad de los hombres ( todos sin excepción, viejos y jovenes, c01egiales y generales, sabios y analfabetos) consiste en la posesión carnal de la mujer. Maslova se creía segura de que, a despecho de todos los demás pensamientos que decían tener en la cabeza, todos los hombres no tenían otro pensamiento que aquél .
Y sabiéndose una mujer agradable, apta para satisfacer o no, a voluntad, este deseo de los hombres, se estimaba en consecuencia infinitamente importante y necesaria. Toda su vida pasada, como su vida actual, no hacían más que confirmar la justeza de esta concepción.
En todas partes, desde hacía diez años ( empezando por Nejludov, pasando por el viejo comisario de policía rural, para terminar en los guardianes de la cárcel), había visto a todos los hombres penetrados del deseo de poseerla. Quizás hubo en su camino a!gunos que no tuvieron aquel deseo, pero a ésos nunca se había parado a mirarlos. Así, pues, el mundo entero se le aparecía como una reunión de hombres llenos de lujuria, infatigables en desearla y que se esforzaban en poseerla por todos los medios posibles: seducción, violencia, astucia o dinero.
Así era como Maslova comprendía la vida, lo que le permitía creer en la importancia de su posición. Se había adherido tanto más a aquella concepción cuanto que al perderla habría perdido al mismo tiempo la importancia que ella se atribuía. y para no perderla se aferraba instintivamente al círculo de personas que comprendían la vida de la misma manera. Presintiendo que Nejludov quería atraerla a otro ambiente, ella se resistía, previendo que allí perdería aquella posición en la vida que le daba la seguridad y la estima de sí misma. De ahí provenía también el cuidado con que procuraba ahogar en su corazón los recuerdos de su primera juventud, ya que aquellos recuerdos de sus primeras relaciones con Nejludov no concordaban con su concepción presente de la vida; sin duda, no había conseguido apagarlos por completo, pero los había relegado a lo más profundo de su corazón; los había borrado emparedados, como las abejas taponan la entrada de los nidos de ciertos gusanos que podrían, ellas lo saben, destruir sus colmenas. y por eso, al volver a ver a Nejludov, se había negado a considerar en él al adolescente al que amó en otros tiempos con un amor cándido y casto, y no había querido ver en él más que aun señor rico, con el que tenía el derecho y el deber de aprovecharse, manteniendo con él relaciones del mismo género que con los demás hombres de su "clientela".
"No, hoy no he podido decirle lo principal- pensaba Nejludov, abandonando el locutorio con la muchedumbre de los visitantes-.No le he dicho que me casaré con ella. Pero la pr6xima vez se lo diré.. "
En la sala grande, los guardianes contaban de nuevo a los que pasaban, para que no saliese ningún preso y para que ningún visitante se quedase en la cárcel. y de nuevo Nejludov fue zarandeado y tocado en el hombro: no pensó en ofenderse por ello, ni siquiera en darse por enterado.
XLV
La resoluci6n de Nejludov era cambiar su forma material de vivir, alquilar su apartamento, despedir a su servidumbre e irse a vivir al hotel.
Pero Agrafena Petrovna le demostró que no había para él ninguna razón plausible de cambiar su vida antes del invierno, porque en verano nadie querría alquilar el apartamento y, hasta entonces, hacía falta vivir y depositar los muebles en alguna parte. Así, todos los esfuerzos de Nejludov por modificar su vida exterior {habría querido vivir como simple estudiante} no desembocaban en nada. Y no solamente en su casa continuó todo como en el pasado, sino que se pusieron a descolgar, a inventariar, quitar el polvo de la ropa de lana y de las pieles, trabajo al que se dedicaron el portero y su ayudante, la cocinera y Kornei, el criado. Nejludov vio retirar de los guardarropas y colgar de cuerdas una gran cantidad de trajes, de uniformes, de viejas pieles de las que en lo sucesivo nadie podría hacer uso; vio descolgar tapices y transportar muebles de una habitación a otra; asistió a una multitud de limpiezas y tuvo que soportar el olor a naftalina esparcido por todas las habitaciones. Al pasar por el patio y mirar por las ventanas se asombró al descubrir la enorme cantidad de cosas inútiles que había guardado en su apartamento. "Su única razón de ser y su destino -pensaba él- no pueden ser otros, sin duda, que permitir a Agrafena Petrovna, a Kornei, al portero y a su ayudante, y a la cocinera, matar el tiempo. En realidad- seguía diciéndose a sí mismo -, no puedo cambiar mi tren de vida mientras no se decida la suerte de Maslova. Todo depende de lo que hagan con ella: devolverle la libertad o enviarla a Siberia. En este último caso, iré con ella."
El día convenido, Nejludov fue a casa del abogado Fanarin. Éste vivía en una casa grande y suntuosa, adornada con plantas raras, con espléndidas cortinas en las ventanas y un mobiliario impresionante, demostrando así el dinero ganado sin molestia y locamente disipado, como se ve en los advenedizos que se enriquecen demasiado rápidamente. En la sala de espera, Nejludov encontró, como en casa de un médico, a clientes que aguardaban su turno y que, melancólicamente sentados alrededor de las mesas, buscaban algún consuelo en la lectura: de revistas. Pero el pasante del abogado, instalado al fondo del salón delante de un majestuoso pupitre, reconoció inmediatamente a Nejludov, avanzó hacia él y le dijo que iba a advertir al "patrón" que había llegado.
En el mismo instante se abrió la puerta del despacho de Fanarin y se vio salir de él al propio abogado, hablando con mucha animación con un hombre joven, rechoncho, de rostro rubicundo y grandes bigotes, vestido con un traje completamente nuevo. Por la expresión particular de las caras de los dos se adivinaba que acababan de concertar un espléndido negocio, no muy limpio, pero totalmente provechoso.
-¡Es culpa suya, padrecito! -decía sonriendo Fanarin. -Yo bien quisiera ir al paraíso, pero mis pecados me lo impiden.
-¡Está bien, está bien! ¡Ya sabemos lo que pasa!
Y los dos se echaron a reír con afectación.
-¡Ah, príncipe, tómese la molestia de entrar! -dijo Fanarin al distinguir a Nejludov; y, después de un rápido y último saludo al comerciante que se retiraba, introdujo a Nejludov en su despacho, severamente amueblado.
-Se lo ruego, fume a su gusto -continuó, sentándose frente a Nejludov y disimulando la alegría que seguía sintiendo por su excelente negocio.
-Gracias -respondió Nejludov -. He venido por ese asunto de Maslova...
-Sí, sí, perfectamente. ¡Qué canallas estos grandes burgueses! ¿Ha visto usted el que salía de aquí? ¡Figúrese que tiene doce millones de capital! ¡Y, si puede birlarle a uno un billete de veinticinco rublos, lo arrancará si es preciso con los dientes!
Nejludov sintió una involuntaria repulsión hacia aquel hombre que, con sus modales caballerescos, parecía querer recordarle que él era de la misma formación que el príncipe y que no tenía nada de común con su anterior visitante.
-Excúseme usted, pero ese canalla me ataca los nervios. Tenía necesidad de desahogarme un poco -continuó, como para excusar su digresión-.Y ahora, veamos nuestro asunto. He estudiado cuidadosamente los autos y "no he aprobado su contenido", como dice un personaje de Turgueniev. Ese maldito abogaducho se ha comportado horrendamente. Ha dejado escapar todos los motivos de casación.
-En ese caso, ¿qué dice usted?
-Espere un momento. Digale -declaró a su pasante, que acababa de entrar -, dígale que tendrá que ser como yo he dicho. Si tiene los medios, de acuerdo. Si no, todo es inútil.
-Pero es que él insiste en que no puede aceptar.
-Entonces, todo es inútil- repitió Fanarin; y de alegre y amable que era, su rostro se puso, de pronto, taciturno y malévolo.
-Se dice que los abogados ganan dinero sin hacer nada -continuó, volviéndose para sonreír diligentemente a Nejludov-. Figúrese usted que he sacado de un proceso casi perdido de antemano a un deudor de mala fe, y he aquí que ahora todos sus compañeros vienen a acosarme. ¡Y si supiera usted el trabajo que me da eso! Pero nosotros también, como dice un escritor, "nosotros dejamos trozos de nuestra carne en el tintero". Volviendo. a su asunto de usted, o mejor dicho, al asunto que le interesa, le decía, pues, que ella ha sido condenada a despecho del sentido común. Apenas he encontrado motivos serios para el recurso; pero en fin, siempre se puede intentar. Vea usted aquí un proyecto de instancia que he preparado.
Cogió un papel de su mesa y empezó a leerlo en voz alta, pasando rápidamente por encima las fórmulas de procedimiento para recalcar, por el contrario, ciertos pasajes:
-"Instancia de fulano de tal, etcétera... ante el departamento criminal de casación en el Senado, etcétera, etcétera... contra el veredicto de la Audiencia, etcétera, etcétera, que reconoció a la mujer Maslova culpable de asesinato por envenenamiento en la persona del comerciante Smielkov y, en virtud del artículo 1.454 del código penal, la condenó, etcétera, etcétera, a trabajos forzados, etcétera, etcétera..
Al llegar aquí, el abogado se detuvo. Evidentemente, a pesar de su larga costumbre, se complacía en la lectura de su obra.
-"Este veredicto -prosiguió -, nos parece viciado de ilegalidades de procedimiento y de errores graves que exigen que sea modificado. En primer lugar, el presidente interrumpió antes del fin la lectura del proceso verbal de autopsia del comerciante Smielkov ." Ya va una.
-Pero ¿no accedió a eso el fiscal? -dijo Nejludov con sorpresa.
-Eso no significa nada. También la defensa podía apoyarse en ese documento.
-Pero dicho documento no tenía utilidad para nadie.
-Eso no importa; siempre es un motivo de casación. Continuemos: "En segundo lugar, el presidente intermmpió al defensor de Maslova en el momento de su defensa en que juzgaba conveniente caracterizar la personalidad de la acusada y exponía los motivos secretos de su hundimiento, lo que el presidente declaró ajeno al asunto; ahora bien, como el Senado ha dicho en diversas ocasiones, la definición psicológica del carácter es de importancia capital en la valoraci6n de la criminalidad." Ya tenemos dos -dijo el abogado, alzando los ojos hacia Nejludov.
-Aquel abogado hablaba muy mal y de manera ininteligible -comentó Nejludov.
-Ese pequeñajo es completamente tonto- respondió Fanarin, riendo -; no podía decir más que estupideces. Pero de cualquier forma, es un motivo. Y después: "En tercer lugar, el presidente, contrariamente al enunciado categórico del primer párrafo del artículo 801 del código de enjuiciamiento criminal, no explicó a los jurados, en su resumen, de qué elementos jurídicos se compone el principio de culpabilidad; no les dijo que podían declarar que Maslova, al verter el veneno al comerciante Smielkov, no había tenido intención de causarle la muerte. Si hubiesen sido advertidos por el presidente de la posibilidad de semejante restricción, el acto de Maslova dejaba de ser considerado asesinato y se convertía en un homicidio por imprudencia." Es el prinripal motivo.
-Pero nos tocaba a nosotros comprender, y el error está de nuestra parte.
-"Por último, en cuarto lugar, hay contradicción en las respuestas de los jurados. Maslova estaba acusada de envenenamiento premeditado en la persona del comerciante Smielkov, con un fin de lucro que aparecía como el único móvil del crimen. Ahora bien, los jurados han desechado el fin de robo y la participación de Maslova en ese robo. Se sigue de aquí que tenían la intención de rechazar igualmente todo propósito de asesinato por parte de la acusada; solamente por una equivocación, nacida de la laguna contenida en el resumen del presidente, la respuesta ha motivado una interpretación inexacta. Por eso se pudo aplicar a esta respuesta del jurado los artículos 808 y 816 del código de enjuiciamiento criminal; el deber del presidente era señalarles el error y enviarlos de nuevo a su sala de deliberaciones a fin de que diesen una nueva respuesta.
-Pero, ¿por qué no lo hizo?
-¡Ah, eso también a mí me gustaría saberlo! -exclamó alegremente Fanarin.
-Entonces, ¿reparará el error el Senado?
-Eso dependerá de los senadores que se encarguen de la instancia. Y escribimos más adelante: "Una situación tal no daba derecho al tribunal a aplicar a Maslova una pena criminal; y la aplicación a la acusada del tercer párrafo del artículo 771 del código de enjuiciamiento criminal es una violación flagrante de los principios fundamentales de nuestro derecho penal. Por lo expuesto, tengo el honor de solicitar, etcétera, la casación de la sentencia, en virtud de los artículos 909 y 910, del segundo párrafo del artículo 912 y del artículo 928 del código de enjuiciamiento criminal, etcétera, etcétera, y que el proceso sea llevado, a fin de un nuevo examen, a otra cámara de jurisdicción competente.. Esto es lo que hay -concluyó el abogado -. Todo lo que se podía hacer, lo he hecho. Pero, francamente, he aquí lo que pienso: apenas tenemos esperanzas de triunfar. Por lo demás, todo dependerá de la composición del departamento dd Senado. Si dispone usted de algunas influencias, hágalas entrar en juego.
-Sí, tengo algunas.
-Entonces, dése prisa, porque esos venerables magistrados pronto van a ir a cuidar sus hemorroides y serían tres meses perdidos. En fin, en caso de no tener éxito, nos quedará el recurso de gracia. Ahí es donde todo dependerá de un trabajo entre bastidores. No tengo necesidad de decirle que, también entonces, estoy dispuesto a servirle, no para maniobrar entre bastidores, sino para redactar la solicitud.
-Se lo agradezco. Y en cuanto a los honorarios...
-Cuando le entregue la copia de la instancia, mi pasante se lo indicará.
-Quería pedirle otra cosa aún. El fiscal me entregó un permiso escrito para ver a la condenada en su prisión; pero en la cárcel me han dicho que para las entrevistas fuera de los días reglamentarios hacía falta otra autorizaci6n del gobernador. ¿Es eso verdad?
-Creo que sí. De momento, el gobernador está ausente y es el "vice" quien lo reemplaza. Pero es un cretino tan grande, que le será a usted difícil obtener de él lo que quiera que sea.
-¿No es Maslennikov?
-Lo conozco- dijo Nejludov, levantándose para despedirse.
Durante su conversación con el abogado, una mujercita espantosamente fea, toda amarilla y huesuda, con la nariz chata, había entrado con paso rápido en el salón de espera. Era la mujer del abogado. A pesar de su fealdad, se había vestido con un lujo inaudito, cubierta de seda y de terciopelo de vivos matices: amarillo y verde; el peinado de sus cabellos, que ya clareaban, era complicadísimo. Irrumpió triunfalmente en el salón de espera, acompañada por un largo señor de rostro terroso iluminado por una pálida sonrisa, con un redingote de forro de seda y una corbata blanca. Era un escritor, y Nejludov lo conocía de vista.
-¡Anatolio! -dijo la dama a su marido, entreabriendo la puerta del despacho -.¡Ven! He aquí a Semen Ivanovitch que quiere leernos una de sus poesías; y, por tu parte, nos leerás tu ensayo sobre Garchin.
Nejludov quiso retirarse; pero, después de haber cambiado algunas palabras en voz baja con su marido, la señora se volvi6 hacia él:
-¡Se lo ruego, príncipe! Lo conozco y creo que es inútil toda presentación. jDénos la alegría de asistir a nuestra velada matinal literaria! Será muy interesante. Anatolio lee a la perfección.
¡Ya ve usted cuán variadas son mis ocupaciones! -dijo Anatolio, sonriendo; y con un gesto señalando a su mujer mostró que no se podía negar nada a una persona tan seductora.
Muy cortésmente, pero con mucha frialdad, Nejludov dio las gracias a la señora Fanarin por el gran honor y dijo que, sintiéndolo mucho, no podía aceptar. Luego salió.
-¡Qué antipático! -dijo de él la mujer del abogado en cuanto Nejludov se alejó.
En el salón, una copia de la instancia fue entregada por el pasante a Nejludov. A su pregunta respecto a los honorarios, el otro lo informó de que Anatolio Petrovitch los había fijado en mil rublos, y eso únicamente por serle agradable, ya que nunca se ocupaba de asuntos de esa índole.
-¿Y quién deberá firmar este papel? -preguntó Nej1udov. -La condenada misma, si sabe hacerlo; de lo contrario, Anatolio Petrovitch firmaría en nombre de ella
-No, voy a llevársela a la condenada para que la firme -dijo Nejludov, muy contento de que se le presentara aquella ocasión de verla antes del día convenido.
XLVI
A la hora acostumbrada, los silbatos de los guardianes resonaron en los corredores de la prisión; se abrieron las puertas de hierro de las salas, se oyeron ruidos de pasos y, por los pasillos, se expandió la hediondez sofocante de los cubos que retiraban los presos. Los presos y las presas se lavaron, se vistieron, respondieron a la lista en el corredor y fueron a buscar agua hirviendo para su té.
Aquel día, en todas las salas, las conversaciones fueron especialmente animadas y giraron sobre el acontecimiento de la actualidad: la paliza que iban a dar a dos presos. Uno de ellos era un joven empleado inteligente e instruido, llamado Vassiliev, condenado por haber matado a su amante en un acceso de celos. Era muy querido por todos sus camaradas de sala por su buen humor, su liberalidad y la manera como sabía tenérselas tiesas ante la autoridad; conociendo a fondo el reglamento, no admitía que se lo transgrediese. Por eso la autoridad no podía sufrirlo.
Tres semanas antes, un preso, al pasar, había derramado sopa sobre el uniforme nuevo de un vigilante, y éste lo había maltratado. Vassiliev intervino, alegando que el reglamento prohibía golpear a los presos.
¿El reglamento? ¡Voy a enseñarte yo el reglamento! -había respondido el vigilante, injuriando, además, a Vassiliev.
A una réplica de este último en el mismo tono, el vigilante quiso golpearlo, pero Vassiliev lo agarró por las manos, lo sujetó y luego lo lanzó fuera de la sala. El vigilante había presentado queja, y el director condenó a Vassiliev al calabozo.
Los calabozos consistían en una fila de celdas tenebrosas, cerradas por fuera con cerrojo. En esas celdas negras y frías no había ni cama, ni mesa, ni silla. Forzoso era, por tanto, que el preso se sentara y se acostara sobre el repugnante suelo; y las ratas eran allí tan numerosas y tan audaces, que, no contentas con correr alrededor y por encima de él, acudían a quitarle el pan de entre la manos.
Vassiliev había declarado que, como no era culpable, no iría al calabozo, y lo arrastraron a viva fuerza. Cuando se debatía, dos de sus camaradas lo ayudaron a escaparse de las manos de los vigilantes, que habían pedido refuerzos, especialmente el de un cierto Petrov, de fuerza extraordinaria. Los tres rebeldes fueron reducidos y llevados al calabozo. Un informe al gobernador, exagerando el incidente, le había presentado como un comienzo de revuelta. y del palacio del gobernador llegó, como respuesta, la orden de inflingir treinta azotes a los dos principales culpables: Vassiliev y un vagabundo llamado Nepomniastchy.
Los azotes se darían aquella misma mañana, en el locutorio de las mujeres.
Desde la víspera, habiéndose propalado la noticia por la cárcel, no se hablaba de otra cosa en todas las salas.
Korableva, la Hermosa, Fedosia y Maslova estaban sentadas y charlaban en su rincón favorito, arreboladas las cuatro y excitadas por el aguardiente que, gracias al dinero de Maslova, no faltaba para ellas. Bebían su té y hablaban de los azotes.
-¡Como si se hubiese sublevado! -decía Korableva mordisqueando un terrón de azúcar entre sus sólidos dientes -.No hizo más que acudir en defensa de su camarada. ¡Pues bien, no hay derecho a azotar por eso!
-Dicen que el muchacho es muy bueno -añadió Fedosia, sentada, con sus dos largas trenzas colgantes, sobre un taburete de madera frente al camastro en el cual estaba colocada la tetera.
-¡Si tú le hablases del pobre muchacho, Mijailovna! -dijo la guardabarrera a Maslova, haciendo alusión a Nejludov.
-Claro que le hablaré. Está dispuesto a hacer por mí cualquier cosa -respondió Maslova con una sonrisa de vanidad.
-Pero Dios sabe cuándo vendrá, y dicen que ya han ido a buscar a Vassiliev- replicó Fedosia -.¡Es espantoso! -añadió con un suspiro.
-Una vez vi azotar a un mujik en la prevención del pueblo. Mi suegro me había enviado a ver al starosta, y al llegar...
Y la guardabarrera empezó un relato interminable.
Pero su narración fue cortada bruscamente por ruidos de pasos y de voces en el corredor del piso de arriba.
-¡Ya los están arrastrando los demonios! -declaró la Hermosa -.Ahora van a matarlo. Sobre todo porque los vigilantes están furiosos contra él porque les impide que hagan lo que les da la gana.
Arriba no se oyó nada más. La guardabarrera reanudó su relato narrando cómo en presencia suya, bajo un cobertizo, habían azotado a muerte a un mujik; al ver aquello, las entrañas le habían saltado en el vientre. La Hermosa contó a su vez cómo habían azotado a Stcheglov sin arrancarle una queja. Luego Fedosia sirvió el té; Korableva y la guardabarrera se pusieron a coser, y Maslova se sentó en su cama. encogidas las piernas, con las rodillas entre las manos. Se disponía a descabezar un sueñecito cuando la vigilanta vino a decirle que fuera a la oficina, donde la requería un visitante.
-¡No dejes de hablarle de nosotros! -dijo la vieja Menchova a Maslov, en tanto que ésta se arreglaba el pañuelo ante un espejo medio empañado -.Dile que no fuimos nosotros quienes prendimos fuego, sino aquel bribón de tabernero en persona: un trabajador lo vio. Dile que mande llamar a Mitri. Mitri se lo explicará todo, claro como la luz del día. Que nos han metido en la cárcel, a nosotros que no hemos hecho nada cuando el bribón se pavonea en su taberna con la mujer de otro.
-Es algo que va contra la ley -confirmó Korableva. -Se lo diré, se lo diré sin falta -respondió Maslova - ¡Vamos ! -añadió -, bebamos otro trago para darnos valor.
Korableva le sirvió media taza de aguardiente que ella bebió de un golpe. Luego se enjugó la boca y, con una alegre sonrisa, repitiendo: "Para darnos valor", se unió a la vigilanta, quien la aguardaba en el corredor.
XLVII
Nejludov hacía ya mucho tiempo que estaba en el vestíbulo de la cárcel.
Al llegar había enseñado al vigilante de semana la autorización del fiscal.
-A la presa Maslova.
-Imposible en este momento -declaró el vigilante -, el director está ocupado.
-¿En la oficina? -preguntó Nejludov.
-No, aquí, en el locutorio -respondió el vigilante con visible embarazo.
-Espérelo aquí. Cuando pase, dentro de un rato, lo verá usted.
En el mismo momento apareció por una puerta lateral un joven sargento primero de galones resplandecientes de rostro sonrosado y de bigotes manchados de humo de tabaco, quien, al ver a Nejludov, se volvió severamente hacia el vigilante.
-¿Por qué lo ha hecho usted entrar aquí y no en la oficina?
-Me han dicho que el director iba a pasar por aquí dijo Nejludov, sorprendido de la actitud embarazada dd suboficial, que ya había notado en el vigilante.
La puerta por la que había entrado el sargento primero se abrió de nuevo para dejar paso a Petrov, todo acalorado, la cara sudorosa.
-¡Se acordará de esto! -dijo, dirigiéndose al suboficial.
Pero este último señaló con los ojos a Nejludov; Petrov se calló, frunció las cejas y salió por otra puerta.
"¿Quién se acordará? ¿Por qué tienen un aire tan embarazado? ¿ Y por qué el sargento primero le ha hecho una señal?", se preguntaba Nejludov.
-No se espera aquí. Haga usted el favor de dirigirse a la oficina -le dijo el suboficial.
Nejludov se disponía a salir cuando el director de la cárcel entró por la misma puerta que los demás. Parecía más embarazado aún que sus subordinados y no dejaba de suspirar. Al distinguir a Nejludov, dijo al vigilante:
-Fedotov, es por Maslova, de la quinta sala... ¡A la oficina! -y dirigiéndose a Nejludov, dijo -: Haga usted el favor de pasar.
Subieron por una empinada escalera a una habitacioncita alumbrada por una sola ventana y amueblada con una mesa y algunas sillas.
El director se sentó.
-¡Qué profesión tan dura! ¡Qué profesión tan dura!-dijo, suspirando y sacando de su estuche un gran puro.
-Parece usted fatigado, ¿no? --preguntó Nejludov.
-Estoy cansado de todo mi servicio. Verdaderamente, las obligaciones son demasiado duras. Uno querría aliviar la suerte de estos desgraciados, y todo lo que se hace por ellos desemboca en algo peor. Si, por lo menos, encontrase un medio de irme de aquí. ¡Duro, duro oficio!
Nejludov ignoraba el porqué de la penosa tarea del director; sin embargo, aunque no lo conociera, creyó percibir en él aquel día un sufrimiento excepcional, un ánimo particularmente triste y desalentado que lo movía a compasión.
-Sí, creo desde luego que su profesión es dura -le dijo -. Pero, ¿por qué no renuncia usted a este puesto?
-La falta de medios, la familia...
-Pero, puesto que esto le resulta penoso...
-Sin embargo, puedo decirle que, en la medida de mis fuerzas, hago todo lo que está en mi mano para suavizar la suerte de los presos; otro cualquiera, en mi lugar, los trataría de un modo muy distinto. ¿Cree usted que sea una insignificancía gobernar a cerca de dos mil individuos de esta especie? Hay que saverlos llevar. Son seres humanos; es imposible no tenerles lastima. Pero si se les mima, todo está perdido.
Luego se puso a contar una aventura reciente: una riña entre dos presos, seguida por la muerte de uno de ellos.
La entrada de Maslova, precedida de un vigilante interrumpió el relato.
Nejludov la vio desde el umbral, incluso antes de que ella se hubiese dado cuenta de la presencia del director. Traía el rostro rojo e inflamado. Caminaba con paso suelto detrás del vigilante, sonriendo y sacudiendo la cabeza. Al ver al director se detuvo un instante ante él, con aire asustado; pero en seguida se volvió alegremente hacia Nejludov:
-¡Buenos días! -le dijo toda risueña, estrechándole con fuerza la mano que simplemente había rozado la otra vez.
Le he traído su instancia de casación, para que la firme -le dijo Nejludov, sorprendido al verla tan exuberante -.La ha redactado el abogado; no tiene usted más que firmarla y la enviaremos a Petersburgo.
-Muy bien, la firmaré. Es fácil- dijo ella sonriendo y guiñando un ojo.
Nejludov sacó el papel de un bolsillo y se acercó a la mesa.
-.¿Puede firmarse esto aquí? -preguntó al director.
-¡Vamos, siéntate allí! -dijo éste a Maslova-. Toma una pluma. ¿Sabes escribir?
-En tiempos sabía- respondió ella con una sonrisa.
Luego, después de haberse recogido la falda y arrezagado una manga de su camisola, se sentó ante la mesa, empuñó torpemente la pluma con su enérgica manecita y miró a Nejludov con una sonrisa interrogativa.
El le indicó dónde debía poner la firma.
Cuidadosamente, ella mojó y sacudió la pluma y escribió su nombre.
¿Es esto todo? -le preguntó, cuando hubo acabado, mirando alternativamente a Nejludov y al director y poniendo la pluma ora sobre el tintero, ora sobre los papeles.
-Tengo todavía algo que decirle -le respondió él, quitándole la pluma de la mano.
-Pues bien, dígalo.
Al mismo tiempo el rostro volvió a ponérsele serio, como si le hubiese pasado un pensamiento por el espíritu o la hubiese invadido una somnolencia.
El director se levantó y salió. y Nejludov se quedó a solas con Maslova.
XLVIII
El vigilante que había conducido a Maslova se sentó algo apartado junto al alféizar de la ventana.
Por fin llegó el minuto decisivo para Nejludov. No había dejado de reprocharse el hecho de no haberse atrevido, en su primera entrevista con Maslova, a decirle lo principal: su intención de casarse con ella. Esta vez se lo diría todo, pasase lo que pasase.
Ella se había sentado a un lado de la mesa; Nejludov se sentó al otro lado, frente a ella. La habitación donde se encontraban era clara, y Nejludov pudo, de cerca y por primra vez, examinar a Maslova: vio las arrugas alrededor de los ojos y de la boca y la hinchazón de los párpados. Y su lástima por ella aumentó aún más.
Colocándose delante de la mesa de manera que no pudiera oírlo el vigilante, un hombre de tipo judío y de patillas grises, Nejludov se inclinó hacia Maslova y le dijo:
-Si la solicitud de casación no es admitida, dirigiremos un recurso de gracia al emperador. Haremos todo lo que sea posible.
-¡Si hubiese usted podido hacer todo esto antes! Me habría buscado un buen abogado. Mi defensor era un completo imbécil y no se ocupaba más que en hacerme cumplidos- añadió ella, echándose a reír -.¡Ah, si hubiese sabido que usted me conocía, la cosa habría ido de otra manera! Pero sin eso... Pues bien, se han dicho ellos, no es más que una ladrona.
"¡Qué rara está hoy!", pensó Nejludov. Iba, sin embargo, a abordar la gran cuestión cuando ella tomó de nuevo la palabra.
-Por mi parte, tengo algo que decirle. Hay en nuestra cárccl una viejecita que deja maravillado a todo el mundo. Una viejecita tan buena, que no encontraría usted a nadie igual. y he aquí que, Dios sabe por qué, la han condenado con su hijo; y todo el mundo sabe que son inocentes, aunque los hayan acusado de haber prendido fuego. Entonces -continuó Maslova remilgadamente -, al enterarse de que yo lo conocía a usted, ella me dijo: "Dile que haga venir a mi hijo y que él se lo ex.plicará todo." El apellido es Menchov. Lo hará usted, ¿verdad? ¡Si usted supiese, una viejecita tan excelente...! En seguida se comprende que no es culpable. ¿No es verdad, mi buen amigo, que se ocupará usted de eso? -dijo ella, ora mirándolo, ora bajando los ojos con una sonrisa familiar.
-Naturalmente, me cuidaré de eso, me informaré- replicó Nejludov, a quien aquella expansión asombraba cada vez más -.Pero de lo que quiero hablarle es de un asunto personal. ¿Se acuerda usted de lo que le dije el otro día?
-¡Me dijo usted tantas cosas el otro día! ¿Qué me dijo? -preguntó ella, sin dejar de sonreírle y de volver la cabeza a uno y otro lado.
-Le dije que había venido a rogarle que me perdonase.
-¿Cómo, perdonar? ¡Siempre perdonar! Es inútil... Haría usted mejor...
-Tengo que decirle además -prosiguió Nejludov -que quiero reparar mi falta, no con palabras, sino con actos... ¡Estoy resuelto a casarme con usted.
A estas palabras, de pronto, el rostro de Maslova expresó espanto. Sus ojos dejaron de bizquear para clavarse con severidad sobre los de Nejludov.
-¿ Y para qué hacerlo? -replicó ella con tono maligno.
-Ante Dios, tengo el sentimiento de que debo hacerlo así.
-¿Qué Dios se ha sacado usted de la manga? ¿Dios? ¿Qué Dios? Habría hecho mejor pensando en Dios antes, el día en que...
Se detuvo, con la boca abierta.
Por primera vez, Nejludov olió entonces el fuerte olor de aguardiente que exhalaba su aliento y comprendió la causa de su excitación.
-¡No tengo necesidad de calmarme! ¿Crees que estoy borracha? ¡Pues sí, estoy borracha, pero sé lo que me digo! -replicó ella de un tirón, y la sangre le subió al rostro -. ¡Soy una presa, una cualquiera, y tú eres un señor, un príncipe! ¡No tienes que liarte conmigo! ¡Ve a reunirte con tus princesas! ¡Por lo que a mí se refiere, mi precio es un billete rojo!
-Por crueles que sean tus palabras -murmuró Nejludov con un temblor -, no son nada en comparación con lo que yo mismo siento. ¡No puedes figurarte hasta qué punto tengo conciencia de mi falta para contigo!
-¡Conciencia de tu falta! -replicó ella con una risa malvada -.¡Nada de conciencia tenías cuando me pusiste en la mano los cien rublos! ¡Eso era lo que yo valía para ti!
-Lo sé, lo sé; pero, ¿qué hacer ahora? Me he hecho el juramento de no abandonarte. Lo he dicho y lo haré.
-¡Y yo te digo por mi parte que no lo harás! -exclamó ella con una grosera risotada.
-¡Katucha! -dijo Nejludov, tratando de agarrarle una mano.
-¡No me toques! ¡Yo soy una presa; tú, un príncipe! ¡No tienes nada que hacer aquí! -gritó, loca de cólera, retirando la mano-. ¡Vete de aquí! -continuó ella, oprimida con todo lo que volvía a subirle al corazón -.¡Te detesto! ¡Para ti he sido un objeto de placer y ahora quieres, gracias a mí, ganar tu salvación en el otro mundo! ¡De ti me repugna todo, lo mismo tu monóculo que toda tu sucia cara grasienta! ¡Vete de aquí!
-¿Qué es eso de armar escándalo? ¡No puede permitirse...!
-No debe comportarse de esta forma- respondió el vigilante.
-Se lo ruego, espere todavía unos minutos.
El guardián se alejó y volvió a colocarse junto a la ventana. Maslova se sentó de nuevo, bajó los ojos y se puso a jugar febrilmente con los entrecruzados dedos de sus menudas manos.
Cerca de ella, en pie, se mantenía Nejludov, quien no sabía qué hacer.
-¿No me crees? -preguntó.
-¿Que usted quiere casarse conmigo? ¡Eso no será nunca! ¡Antes preferiría ahorcarme! ¡Sépalo de una vez!
-No importa, no por eso dejaré de seguirte sirviendo.
-Eso es cuenta suya. Pero no tengo necesidad alguna de usted. Se lo digo como lo pienso. ¿Por qué no me quedé muerta en aquel tiempo? -añadió.
Y estalló en lastimeros sollozos.
Nejludov quiso hablarle, pero no pudo: también a él lo ven cieron las lágrimas.
Un instante después, ella alzó los ojos, dirigió hacia él como una mirada de asombro y se puso a secarse con su pañuelo las lágrimas que le corrían por las mejillas.
El vigilante se acercó de nuevo y recordó que había llegado el momento de volver a conducirla.
Maslova se puso en pie.
-Hoy está usted muy agitada. Mañana volveré, si es posible. Y mientras tanto, le ruego que reflexione -dijo Nejludov.
Ella no respondió una sola palabra y, sin mirarlo, salió con el vigilante
-¡Bueno, hermosa mía -dijo Korableva a Maslova cuando ésta volvió a entrar en la sala -, ahora te van a sacar de apuros! Por lo visto está loco por ti. No pierdas el tiempo durante sus visitas. Él sabrá hacerte salir de aquí. La gente rica lo consigue todo.
-¡Qué verdad es ésa! -dijo la guardabarrera con su voz cantarina -. El pobre ni siquiera encuentra una noche para casarse. Todo ocurre como lo desea el hombre rico. Había uno entre nosotros, querida mía...
-¿Le has hablado de mi asunto? -preguntó la viejecilla. Pero, sin responder a nadie, Maslova se tendió en su cama y, con los ojos clavados en el vacío, permaneció acostada hasta el anochecer. Una dolorosa reacción se operaba en ella. Las palabras de Nejludov la transportaron de nuevo a ese mundo donde había sufrido, del que se había escapado y que empezó a odiar sin darse cuenta. Ahora, este olvido en el que vivió se había disipado; pero, a su vez, el claro recuerdo del pasado le resultaba penoso. A la caída de la noche, compró de nuevo aguardiente y lo bebió con sus compañeras.
XLIX
Así estamos!", pensaba Nejludov al salir de la cárcel. Solamente ahora, y por primera vez, comprendía .la extensión de su falta. Si no hubiese intentado redimirla, repararla, jamás se habría dado cuenta de toda la profundidad de la misma. Y jamás Katucha tampoco habría sentido la inmensidad del mal que él le había causado. Y desde aquellos tiempos, solamente ahora salía a la luz del día todo aquello, en todo su horror. Y solamente ahora se daba cuenta del enorme daño causado por él en el alma de aquella mujer, cuando ella misma vio y comprendió lo que él había hecho de ella.
Hasta entonces él se había complacido en entemecerse de sí mismo, y su expiación le había parecido un juego; pero ahora experimentaba un verdadero espanto. En lo sucesivo le era ya imposible abandonar a aquella mujer e igualmente imposible imaginarse lo que podría resultar de sus relaciones con ella.
Ante la puerta de la cárcel vio que se le acercaba un vigilante todo cubierto de cruces y de medallas, un hombre de cara astuta y desagradable, que le deslizó con misterio un papel en la mano.
-Esto, para vuecencia -murmuró -.Es una carta de cierta persona...
-Tómese usted la molestia de leerla; ya lo verá. Una presa política. Yo soy guardián de esa sección. Pues bien,. ella me suplicó... está prohibido, pero por humanidad... -añadió el vigilante con tono hipócrita.
Un poco sorprendido al ver a uno de los guardianes de los presos políticos encargarse de semejante recado, en la cárcel misma, casi a la vista de todos ( él no sabía entonces que ese vigilante era al mismo tiempo un espía), Nejludov cogió el papel y lo leyó una vez que estuvo fuera. A lápiz, a toda prisa, habían escrito allí las líneas siguientes:
"Habiéndome enterado de que viene usted a la cárcel y que se interesa por una detenida de la sección criminal, desearía vivamente hablar con usted. Solicite la autorización para verme: se la concederán. Le diré muchas cosas importantes, tanto para su protegida como para nuestro grupo. Su agradecida, Vera Bogodujovskaia." .
Vera Bogodujovskaia era maestra en un pueblo de la provincia de Novgorod en una época en que Nejludov fue allí con unos amigos para una cacería de osos. Ella le había pedido al príncipe que le diese dinero para poder abandonar la escuela e ir a estudiar a la universidad. Nejludov le dio la suma que ella deseaba, y, después, la olvidó totalmente. He aquí que ahora ella se le reaparecía en forma de una detenida política que, en la cárcel, habiéndose sin duda enterado de su historia, le proponía sus servicios.
¡Cuán fácil y simple era, pues, todo! ¡Y cómo, ahora, todo resultaba penoso y complicado! Nejludov tuvo un verdadero alivio al recordar el día en que había conocido a Vera Bogodujovskaia.
Era la víspera del camaval, en un pueblo perdido a sesenta verstas del ferrocarril. La cacería había sido muy afortunada. Habían matado dos osos, cenado copiosamente y, en el momento de marcharse, el posadero había entrado a decir que la hija del diácono quería ver al príncipe Nejludov.
-¿Es bonita? -preguntó uno de los cazadores. -¡Vamos, dejaos de bromas! -respondió Nejludov. Luego se levantó de la mesa, se enjuagó la boca y salió, no imaginando,qué podría querer de él una hija de diácono.
En la habitación contigua, vestida con una ligera pelliza y tocada con un gorro de fieltro, había una muchacha musculosa, de rostro delgado y feo en el que únicamente los ojos tenían alguna belleza.
-Aquí está el príncipe, Vera Efremovna. Háblele usted; yo les dejo -dijo el posadero.
-¿En qué puedo servirla? -preguntó Nejludov.
-Yo... yo... Mire, usted es rico, usted tira su dinero a tontas y a locas, cazando. Lo sé -contestó la muchacha con mucho embarazo -.y yo, por mi parte, no deseo más que una cosa: hacerme útil a los demás. Y no puedo nada porque no sé nada.
Sus ojos eran buenos y francos; su rostro expresaba a la vez tanta resolución y timidez, que Nejludov, como le ocurría con frecuencia, se hizo cargo inmediatamente del asunto, la comprendió y sintió lástima de ella.
-Bueno, ¿qué puedo hacer por usted?
-Soy maestra; quisiera ir a la universidad, y no me dejan ir. Bueno, no es que no me dejen, es que me hacen falta medios. Déme un poco de dinero. Se lo devolveré cuando haya acabado mis estudios. Yo me digo: "Las gentes ricas matan osos, emborrachan a los mujiks, y todo eso está mal; ¿por qué no harían también un poco de bien?" No necesito más que ochenta rublos. Y si usted no quiere, peor para mí -concluyó ella con buen humor.
- Todo lo contrario; le agradezco la ocasión que me ofrece. Voy a traérselos en seguida.
Nejludov volvió a entrar en el vestíbulo y divisó a uno de sus amigos que escuchaba la conversación. Sin responder a las bromas de sus camaradas, fue a sacar el dinero de su cartera y se lo llevó a la maestra.
-Se lo ruego, no me dé las gracias; soy yo quien tengo que dárselas.
Ahora, Nejludov experimentaba un gran placer recordando todo aquello; y también cómo había estado a punto. de querellarse con uno de sus amigos que qulso convertlr el incidente en una broma de mal gusto; cómo otro de sus camaradas lo había aprobado y cómo, habiendo terminado la cacería de manera feliz y alegre y sintiéndose él mismo contento, habla disfrutado durante la noche en el trayecto del pueblo a la estación de ferrocarril. Por parejas, los trineos se deslizaban sil:nciosamente a lo largo de! camino del bosque, bordeado de pinos bajos o alargados cargados de nieve. En la oscuridad, cuando uno de los cazadores encendía un perfumado cigarri1lo, estallaba un resplandor rojo. El batidor Ossip corría de un trineo a otro y se hundía en la nieve hasta las rodillas; hablaba a los cazadores de los alces que, en aquella época, erraban por el bosque y se alimentaban con la corteza de los álamos; les hablaba también de los osos que a esa hora descansaban bien calentitos en el hueco de sus cubiles. Nejludov se acordaba de todo eso, pero mucho más aún de la impresión deliciosa que extraía entonces de la conciencia de su salud, de su fuerza y de su despreocupación.
"Una ligera pelliza, un aire frío y seco, la nieve que cae de las ramas sacudidas por el atalaje en forma de arco de las varas del trineo. El cuerpo caliente, la cara fresca, el alma libre de cuidados, de remordimientos y de temores y de deseos. ¡Qué bueno era todo! ¿Y ahora? ¡Dios mío! ¡Cómo ahora todo es doloroso y triste!"
Sin duda alguna, Vera Efremovna se había convertido en una revolucionaria y la habían metido en la cárcel por su actividad subversiva. Era preciso ir a verla, sobre todo porque había prometido decir cómo se podría suavizar la situación de Maslova.
L
A la mañana siguiente, al despertar, Nejludov se acordó de pronto de todo lo que le había ocurrido la víspera, y se sintió lleno de espanto.
A pesar de este terror, decidió proseguir más que nunca la obra empezada.
Con este sentimiento consciente de su deber salió de su casa para dirigirse ala de Maslennikov. .Quería pedirle autorizaci6n para hablar, en la cárcel, no solo con Maslova, sino con la vieja Menchova y con su hijo, al que había hecho referencia Maslova. Al mismo tiempo quería solicitar autorización para ver a Bodogujovskaia, quien podía ser útil a Maslova.
Nejludov conocía desde hacía mucho tiempo a Maslennikov. Eso databa de! regimiento, donde Maslennikov era el cajero. Era entonces un oficial cnncienzudo y bonachón que ni veía ni quería ver nada que no fuera su regimiento y la familia imperial. Había pasado a la administración civil a instigación de su mujer, persona muy rica y muy hábil.
Ésta se burlaba de su marido, lo mimaba y lo trataba como aun animalito sociable. El invierno último, Nejludov había ido a visitarlo; pero la pareja le había parecido tan desprovista de interés, que nunca más había vuelto a aquella casa.
Al ver entrar a Nejludov, Maslennikov se puso radiante. El vicegobernador tenía el mismo rostro grueso y rubicundo, la misma corpulencia, el mismo atildamiento que antiguamente en el ejército. En el regimiento, Maslennikov llevaba un uniforme militar de una limpieza irreprochable, cortado conforme a la última moda y que le moldeaba los hombros y el pecho; ahora llevaba un uniforme civil del último modelo, que ceñía su grueso cuerpo y hacía resaltar su ancho pecho.
A pesar de la diferencia de edad (Maslennikov tenía cerca de cuarenta años), los dos antiguos camaradas se tuteaban.
-¡Dichosos los ojos! Es muy amable por tu parte haber venido. Voy a llevarte al salón de mi mujer. Dispongo justamente de diez minutos antes de la sesión. El jefe está ausente. Soy yo quien actúa como gobernador -dijo sin poder ocultar su satisfacci6n.
-Pero es que yo he venido a verte para tratar de unos asuntos.
-¿Qué ocurre? -preguntó Maslennikov mostrándose de pronto más reservado y adoptando un tono más severo.
-Hay en la cárcel una persona por la que me intereso mucho -al oír la palabra "cárcel", el rostro de Maslennikov se puso más sombrío aún -; quisiera tener autorización para hablar con ella, no en el locutorio común, sino en la oficina, y no sólo en los días reglamentarios, sino con más frecuencia. Me han dicho que eso depende de ti, ¿no es así?
-Ni que decir tiene, mon cher, que estoy dispuesto a hacer todo por ti -respondió Maslennikov tocando con sus manos las rodillas de Nejludov, como descendiendo de su altura -. Es posible; pero, mira, no soy más que un califa provisional.
-Entonces, ¿Puedes darme un papel que me permita ver la a cualquier hora?
-Condenada por envenenamiento. Pero la han condenado injustamente.
-¡Vaya, he ahí la verdadera justicia! Ils n'en font pas d'autres! -añadió en francés, sin saber a ciencia cierta por qué -.Sé que no estamos de acuerdo sobre este tema -continuó -; pero, ¿qué hacer? C'est mon opinion bien arrêtée! -dijo, expresando las ideas que, durante un año, había extraído de los artículos de un periódico reaccionario -.Sé que tú, por tu parte, eres un liberal.
Se asombraba siempre de que lo catalogasen en un partido cualquiera y de que lo llamasen "liberal", simplemente porque decía que, ante la justicia, todos los hombres son iguales y que no hay que hacer sufrir ni golpear a los hombres en general y muchísimo menos a los que todavía no están condenados.
-No sé si soy liberal o no -continuó -, pero sé que nuestra justicia actual, con todos sus defectos, vale sin embar go más que la de antes.
-¿A qué abogado te has dirigido?
-A Fanarin.
-¡Ah! jFanarin! -dijo Maslennikov con una mueca, acordándose de que, el año anterior, aquel Fanarin lo había obligado a comparecer como testigo en un juicio y de que durante media hora había divertido muy cortésmente a la concurrencia a expensas suyas -.Yo no te habría aconsejado que te dirigieses a él: C'est un homme taré.
-Tengo que pedirte todavía otra cosa -continuó Nejludov sin prestar atención a aquel comentario -. Conocí en otros tiempos a una muchacha, una maestra... Hoy, la desgraciada está en la cárcel, también ella, y me ha pedido que vaya a verla. ¿Podrías darme también una autorización?
Maslennikov inclinó ligeramente la cabeza a un lado y reflexionó un instante.
-¿Es una condenada política?
-Sí, eso me han dicho.
-Es que, mira, el derecho de visitar a los detenidos politicos no se concede más que a los parientes. Pero voy a darte una autorización general. Je sais que tu n'en abuseras pas... Et la protégée, est-elle jolie?
-Hideuse.
Con aire desaprobador, Maslennikov sacudió la cabeza, se dirigió a la mesa escritorio, cogió un papel con membrete impreso y se puso a escribir rápidamente:
"Autorizo al portador de la presente, príncipe Dmitri Ivanovitch Nejludov, a visitar en la oficina de la cárcel a la mestchanka Maslova, así como a la reclusa Bogodujovskaia." Y firmó con un ancho arabesco.
-Ya verás el orden que reina en la prisión. Y eso que no es fácil mantenerlo en estos momentos, cuando los forzados son tan numerosos. Pero yo me cuido severamente de todo; me intereso mucho por eso. Verás lo bien organizado que está todo y cómo todo el mundo está contento. Lo esencial es saber tratar a esa gente. Así, hace poco, hubo algún roce: un caso de insumisión. Cualquier otro, en mi lugar, habría considerado eso como una revuelta y habría hecho que muchos desgraciados pagasen injustamente. Conmigo, por el contrario, todo se ha resuelto muy bien. Lo que hace falta es, por una parte, la preocupación por su bienestar, y por la otra, una mano firme -dijo, cerrando su puño blanco, gordezuelo, adornado con una turquesa montada en anillo, y que salía de una manga de tela fuerte, muy blanca, sujeta por un botón de oro -.¡La preocupación del bienestar y un puño firme!
-Bueno, no sé- respondió Nejludov -; he ido allí dos veces y he sacado una impresión muy penosa.
-¿Sabes una cosa? Deberías ir a ver a la condesa Passek -continuó Maslennikov mostrándose más expansivo -.Se ha dedicado por entero a esta obra. Elle fait beaucoup de bien. Gracias a ella, y, puedo confesarlo sin falsa modestia, gracias a mí, el régimen de nuestras cárceles se ha transformado por completo. En él no subsiste nada de los horrores del antiguo régimen; y los presos, ahora, se encuentran muy bien. Ya lo verás.., Pero, a propósito de Fanarin: no lo conozco personalmente; nuestras respectivas situaciones sociales nos alejan; lo que no impide que se trate realmente de un hombre detestable, Y además, en pleno tribunal, se permite decir unas cosas tales...
-Muchas gracias por tu amabilidad- dijo Nejludov recogiendo el papel.
Y, sin dejarle que acabara, se levantó para salir ,
-Pero, ¿y mi mujer? ¿Es que no vas a venir a verla?
No, Preséntale mis excusas, pero hoy no tengo tiempo.
-Ella no me perdonaría que te dejase marchar -insistió Maslennikov, acompañando a su antiguo camarada hasta los peldanos de la escalera; lo hacia asi con los hombres que no eran de primera importancia, sino de importancia media, y entre estos catalogaba a Nejludov -. ¡Vamos, un pequeño esfuerzo! ¡Solo un momentito!
Pero Nejludov permaneció inflexible, Y, mientras el lacayo y el portero le tendian su abrigo y su bastón y le abrian la puerta, cerca de la cual estaba apostado un agente de policía, Maslenmkov le gritó desde lo alto de la escalinata:
-¡Bueno, ,entonces ven el jueves sin falta! ¡Es el dia en que recibe mi mujer; le anunciaré tu visita!
LI
Al abandonar a Maslennikov, Nejludov se hizo Llevar directamente a la cárcel y se dirigió hacia el apartamento del director, que ya sabía dónde estaba situado.
Como, en su primera, visita, oyó, al acercarse, las notas de un mal piano. En lugar de la rapsodia, tocaban hoy un estudio de Clementi, con el mismo exceso de vigor, la misma precisión y la misma velocidad.
La criada del parche en un ojo, quien salió a abrirle a Nejludov, le dijo que el capitan estaba en casa y lo hizo entrar en un saloncito amueblado con un diván, una mesa, tres sillas y una enorme lampara colocada sobre una alfombra de punto de lana y velada con una pantalla de cartón rosa quemada por un lado. Un instante despues, con su aire cansado y lastimero entró el director.
-Por favor, ¿en qué puedo servirle? -preguntó, abrochandose el botón de en medio de su uniforme.
-He ido a ver al vicegobernador y me ha dado esta autolización -respondió Nejludov tendiendo el papel-. Querría ver a Maslova.
-¿Markova? -preguntó el director, que habia oido mal a causa de la musica.
El director se levantó y avanzó hacia la puerta que dejaba pasar las oleadas de Clementi.
-¡Marussia, para por lo menos un minuto! -dijo con un tono que daba a entender claramente que aquella música era la cruz de su vida -.¡No se entiende nada!
El piano calló, unas sillas fueron movidas con un arrebato de malhumor, y alguien entreabrió la puerta.
Aliviado sin duda por el cese de la música, el director sacó de su estuche un gran puro y le ofreció otro a Nejludov, quien rehusó.
-Bueno, quisiera ver a Maslova.
Muy bien,. es posible. ¿Qué vienes a hacer aquí? -preguntó luego el director a una niña de cinco o seis años que se había deslizado en el salón y que, sin dejar de mirar a Nejludov, se dirijía hacia su padre-. ¡Ten cuidado, vas a caerte! continuó con una sonrisa, al ver que la pequeña sin mirar lo que tenía delante, se enredaba en la alfombra.
-Bueno, si es posible, voy a ir ahora mismo -insistió Nejludov.
-Lo que pasa, desgraciadamente, es que convendría que no viese usted hoy a Maslova.
-¿Por qué?
-La culpa es de usted mismo -respondió el director con una ligera sonrisa -.Créame, príncipe, no le entregue más dinero directamente. O bien démelo a mí; se lo administraremos. Ayer, sin duda, usted le dio dinero, y ella se agenció aguardiente: éste es un mal que no extirparemos nunca, y hoy está completamente borracha y ha armado un gran escándalo.
-¡Desde luego! Yo mismo he tenido que adoptar medidas severas: la han trasladado a otra sala. Por lo demás, corrientemente es una detenida tranquila; pero, se lo ruego, no le entregue ya nunca dinero en mano. ¡Si conociera usted como yo a esta clase de gente!
Nejludov se acordó de la escena de la víspera y toda su angustia le volvió de nuevo.
¿ Y a Bogodujovskaia, de la sección política, podría verla? -preguntó, después de un silencio.
El director apartó dulcemente a su hijita, que continuaba mirando con fijeza a Nejludov, y acompañó a éste a la antecámara.
Aún no había terminado Nejludov de ponerse el abrigo que le había traído la criada, cuando los borbotones de Clementi secamente ritmados, resonaron de nuevo.
-Estaba en el conservatorio, pero todo va manga por hombro. Y ella tiene disposiciones- dijo el director mientras bajaban la escalera -.Querría tocar en conciertos.
El director, acompañado de Nejludov, se dirigió a la cárcel. Al acercarse, la puertecita se abrió en seguida y los guardianes, saludando militarmente, los siguieron con los ojos. En el corredor, cuatro forzados que llevaban cubos se cruzaron con ellos; se escabulleron al divisar al director. Especialmente uno de ellos bajó la cabeza, adoptó un aire adusto y sus ojos relampaguearon.
-Naturalmente, hay que alentar el talento y no se tiene derecho alguno a ponerle trabas; pero, mire usted, en un apartamento pequeño como el nuestro, ese piano que no se para nunca es a menudo penoso -continuó el director, sin prestar la menor atención a sus presos.
Y, arrastrando sus cansadas piernas, condujo a Nejludov hasta el gran locutorio.
-¿A quién me dijo usted que quería ver? -preguntó.
-A Bogodujovskaia.
-Está en la torre. Tendrá usted que esperar un poco.
-¿No podría, mientras tanto, ver a los presos Menchov, madre e hijo, acusados de incendiaríos?
-Él está en la celda veintiuno. Sí, se le puede llamar.
-¿No puedo ver a Menchov en su celda?
-Pero estará usted más cómodo en el locutorio.
-No, eso me interesará.
-Le advierto que no hay nada de interesante.
En aquel momento, el atildado subdirector entró en la sala. -Lleve al príncipe a la celda de Menchov, la celda veintiuno -le dijo su jefe -. Luego volverá usted a traerlo a la oficina. Mientras tanto, diré que llamen... Perdón, ¿cómo dice usted que se llama ella?
El subdirector era un joven oficial rubio, de bigotes en punta, que esparcía en torno de él un perfume de agua de Colonia.
-¿Quiere usted tener la bondad de seguirme? -dijo a Nejludov con una amable sonrisa -.¿Es que le interesa nuestro establecimiento?
-Sí, pero ese hombre me interesa aún más porque, como me han dicho, es inocente del crimen que se le imputa.
El subdirector se encogió de hombros.
-Puede ser -dijo con placidez, después de haberse detenido cortésmente para dejar que Nejludov entrase primero en un amplio corredor de una hediondez nauseabunda-. Pero con mucha frecuencia mienten... Pase, se lo ruego.
Las puertas de las celdas estaban abiertas, y varios presos se encontraban en el corredor. Respondiendo apenas al saludo de los guardianes y mirando con el rabillo del ojo a los presos que se aconchaban contra la pared, se escabullían en sus celdas, o bien, en una rígida actitud militar, seguían con los ojos a la autoridad, el subdirector franqueó, con Nejludov, un gran pasillo y luego otro, a la izquierda, cerrado por una puerta de hierro y más sombrío y más infecto aún. A ambos lados había puertas cerradas con llave y atravesadas por pequeñas mirillas de medio dedo de diámetro. Nadie se encontraba en este segundo corredor, excepto un viejo guardián de cara triste y arrugada.
-¿En qué celda está Menchov? -preguntó el subdirector. -En la octava a la izquierda.
-¿ Y todas estas celdas están ocupadas? -preguntó Nejludov.
-Todas, menos una.
LII
Puedo mirar? -preguntó Nejludov.
Como usted quiera -respondió el subdirector con su sonrisa amable; y se puso a hablar con el guardián. Nejludov echó un vistazo a través de la mirilla de una de las celdas. Vio a un joven de elevada estatura con una barbita negra, que se paseaba de un lado a otro con paso rápido, vestido solamente con la ropa interior. Al oír ruido levantó la cabeza y la dirigió luego hacia la puerta, frunció las cejas y continuó caminando.
Nejludov se detuvo delante de otra celda. Su mirada tropezó allí, al otro lado, con la mirada inquietante de un gran ojo negro pegado contra la mirilla. Nejludov se retiró vivamente. Por una tercera abertura vio a un hombrecillo que dormía en una cama con las piernas encogidas y la cabeza tapada. En la celda siguiente, un preso de ancha cara pálida estaba sentado, la cabeza gacha y los codos descansando sobre las rodillas. Al ruido de los pasos, aquel hombre enderezó el busto y se volvió maquinalmente hacia la puerta; en todo su rostro, en sus grandes ojos sobre todo, había una expresión de aburrimiento y de desesperanza. Evidentemente, nada le importaba lo que a él se refiriese: nada bueno tenía que esperar .
La angustia se apoderó de Nejludov. Dejó de mirar por las mirillas y se dirigió sin detenerse más a la celda 21, la de Menchov.
El guardián metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. Un joven musculoso, con un largo cuello, barbilla y bondadosos ojos redondos, estaba en pie, cerca de su camastro, y se apresuraba a ponerse el capote con aire de espanto. Sin detenerse, sus bondadosos ojos redondos, interrogadores e inquietos, erraban de Nejludov al subdirector y viceversa.
-Éste es un señor que quiere hacerte unas preguntas sobre tu asunto.
-Sí, me han hablado de su caso -dijo Nejludov, avanzando hasta el fondo de la celda y colocándose cerca de la ventana enrejada -.Quisiera oír de su propia boca el relato de lo que ocurrió.
También Menchov se acercó a la ventana e inició sin dilación su relato. Hablaba al principio con timidez, lanzando miradas inquietas hacia el subdirector; pero, cuando éste hubo salido de la celda para ir al corredor a dar órdenes, fue animándose poco a poco y perdió toda su timidez.
Sus palabras y sus modales eran los de un mujik honrado y sencillo; y Nejludov experimentaba una singular impresión al encontrarlo con el uniforme de preso, en una negra celda. Mientras lo escuchaba examinaba el bajo camastro con su jergón, la ventana pesadamente enrejada de hierro, las paredes sucias y húmedas, y el rostro lastimero, las formas enflaquecidas de aquel desgraciado mujik, tan desambientado con sus zapatos y su uniforme de penado. y se ponía cada vez más triste, negándose a creer en la veracidad de lo que le contaba aquel buen muchacho tanto lo horrorizaba el pensamiento de que se había podido, sin motivo, arrancar a un hombre de su vida normal, convertirlo en preso y encerrarlo en este lugar siniestro. Pero, por otro lado, experimentaba más horror aún al pensar que aquel relato verídico, hecho con semblante tan franco, pudiera ser una invención y una mentira.
El preso contaba que inmediatamente después de su casamiento, el tabernero de su pueblo le había substraído a la mujer. Había reclamado justicia en todas partes; pero en todas partes el tabemero había sobomado a las autoridades y habla salido indemne. Un día, a viva fuerza, Menchov había llevado a su mujer a casa, pero ella se había fugado al dia siguiente. Entonces él había ido a reclamarla al tabemero y este le habla respondido que no estaba en casa {Menchov la había visto entrar allí) y lo había intimado a que se marchase, cosa que él no había hecho. Con la ayuda de un obrero, su rival lo había golpeado hasta hacerle sangre. Al día siguiente, un incendio se había declarado en la finca del tabemero. Habían acusado como autores a Menchov y a su madre. Pero Menchov no había prendido el fuego; aquel día estaba en casa de su compadre.
-¿Es verdad que no fue usted quien prendió el fuego?
-¡Ni siquiera se me ocurrió, barin! ¡Seguro que fue él, el bandido, quien provocó el incendio! Se dijo que acababa de asegurar sus propiedades. Y he aquí que se nos acusó a mi madre y a mí de haberlo amenazado con el.incendio. Es verdad que aquel día lo injurié, al reclamarle a mi mujer: mi corazón no se contenía ya. Pero lo de prender fuego, nunca, nunca lo hice. Ni siquiera estaba allí cuando el incendio se declaró. Fue él quien lo provocó para cobrar la prima del seguro y quien nos acusó después.
-¡No es posible!
-¡Tan verdad como si hablase delante de Dios, barin! ¡Sea usted mi padre! -exclamó, queriendo inclinarse hasta el suelo, pero Nejludov se lo impidió -. ¡Tenga piedad de mí, estoy muriendo por nada!
De pronto, sus labios temblaron, y se puso a llorar. Luego se arrezagó la manga del abrigo y se enjugó los ojos con la manga de su sucia camisa.
-¿Ha acabado usted? -preguntó el subdirector.
-Sí... ¡Vamos, no se desanime usted; haremos todo lo po sible! -dijo Nejludov, y salió.
Menchov se lanzó hacia la entrada, y el guardián, al cerrar la puerta, lo rechazó al interior. Pero, mientras la puerta no estuvo completamente cerrada, el pobre diablo se obstinó en seguir mirando por la rendija.
LIII
Cuando Nejludov volvió a pasar por el gran corredor, era la hora de la comida, y todas las puertas de las salas estaban abiertas. Al ver en torno de él aquella multitud de hombres, todos vestidos de largos capotes amarillo claro, de pantalones cortos y anchos, calzados con kolys, y al examinarlos con curiosidad, Nejludov experimentó un extraño sentimiento: a la vez de compasión por aquellos presos, y de asombro y de horror por los hombres que los tenían así enclaustrados, y de vergüenza por él mismo que asistía a todo aquello con una mirada plácida.
En uno de los corredores vio penetrar corriendo a un hombre en una sala, de la que salieron inmediatamente presos que se alinearon y saludaron al paso de Nejludov.
-Dé usted orden, señoría... no sé cómo llamarlo, dé usted orden para que se decida de una vez nuestra suerte.
-¡No importa! -replicó una voz indignada -.Hable de nosotros a la autoridad. No hemos hecho nada y hace ya dos meses que sufrimos aquí.
-¿Cómo? ¿Por qué? -preguntó Nejludov.
-Sí, nos han metido en la cárcel. Hace ya dos meses que estamos aquí, y no sabemos por qué.
-Es exacto -dijo el subdirector -, pero el asunto es puramente fortuito. Todas estas gentes fueron detenidas porque tenían los salvoconductos caducados y había que enviarlos a su respectiva provincia; pero no hemos podido hacerlo porque allí se ha incendiado la cárcel. Todos los de las demás provincias han sido reexpedidos, pero nos vemos obligados a retener a éstos.
-¿Cómo, no es más que por eso? -dijo Nejludov deteniéndose a la puerta.
En grupo, unos cuarenta hombres con uniforme carcelario rodearon a Nejludov y al subdirector. Como algunos elevaban la voz al mismo tiempo, el subdirector los detuvo:
Un campesino de unos cincuenta años, de alta estatura y de movimientos flexibles, salió de las filas. Explicó que los habían metido en la cárcel porque no tenían salvoconductos. A decir verdad, los tenían, pero habían caducado hacía unos quince días. Todos los años ocurría eso de tener pasaportes caducados y nunca les habían dicho nada; pero esta vez los habían detenido a todos y desde hacía dos meses los retenían en la cárcel como a criminales.
-Somos todos carreros y del mismo gremio. Y hemos venido juntos a trabajar aquí. ¿Tenemos la culpa de que se haya quemado la cárcel en nuestra provincia? ¡Por el amor de Dios, haga algo por nosotros!
Nejludov, mientras escuchaba aquel discurso, estaba un poco distraído porque, a pesar suyo, su atención había sido atraída por un enorme piojo gris que había abandonado los cabellos del venerable carrero para correrle por la mejilla.
-¿Es posible? ¿Es verdad que solamente es por eso? -preguntó Nejludov dirigiéndose al subdirector.
-Pues sí, habría que haberlos reexpedido a su provincia-respondió el subdirector.
Apenas este último había acabado de hablar, cuando un hombrecillo, destacándose del grupo, tomó la palabra a su vez para quejarse del modo como los atormentaban sin motivo alguno los guardianes.
-¡Nos tratan peor que a perros! -empezó a decir.
-¡Vamos, vamos, tampoco hay que hablar más de la cuenta! -dijo el subdirector -.De lo contrario, ya sabes...
-¿Qué tengo que saber? -replicó el hombrecillo con un tono desesperado -.¿Hemos merecido estar aquí? -¡Silencio! -gritó el subdirector.
Y el hombrecillo se calló.
"¿Es posible?", continuaba preguntándose Nejludov siguiendo por el corredor mientras centenares de ojos lo espiaban a su paso.
-Pero, ¿es verdad que se puede retener a inocentes? -preguntó Nejludov una vez fuera del corredor.
-¿Qué quiere usted que hagamos? Y, además, mire, esta gente miente mucho. Si hubiera que creerlos, todos serían inocentes.
-Sí, éstos, lo reconozco. Pero es una especie completamente depravada; no se conseguiría nada de ellos sin severidad. Hay aquí unos bribones tan grandes, que sería una imprudencia acercarles el dedo a la boca. Por eso ayer no hubo más remedio que castigar a dos.
-Yo creía que los castigos corporales estaban prohibidos.
-No para los presos privados de sus derechos. A ésos se les puede aplicar.
Nejludov se acordó entonces de todo lo que vio la víspera, mientras estaba aguardando en el vestíbulo, y comprendió que en aquellos momentos se había procedido al castigo. Y, más vivamente que nunca, experimentó una mezcla de curiosidad, de tristeza, de asombro, de vergüenza y de repugnancia que lindaba con la náusea.
Sin escuchar al subdirector y sin mirar en torno de él, salió rápidamente de los corredores y se dirigió hacia la oficina, donde encontró al director; pero, preocupado por otras cosas, éste se había olvidado de ordenar que llamasen a Bogodujovskaia. No se acordó sino al ver entrar a Nejludov.
-Voy a decir que la llamen inmediatamente --le dijo -. Mientras tanto, tómese la molestia de sentarse.
La oficina se componía de dos habitaciones. En la primera, alumbrada por dos ventanas grasientas y adornada con uná estufa desconchada, se veía en un rincón una regla negra que servía para tallar a los presos; en otro rincón había colgada una gran imagen de Cristo. En esta primera sala se encontraban algunos guardianes. La segunda, más amplia, contenía una veintena de personas de uno y otro sexo, sentadas en grupos distintos sobre bancos colocados a lo largo de la pared, y hablando en voz baja. Una mesa estaba colocada cerca de la ventana.
El director, sentado ante esta mesa; ofreció, cerca de él, una silla a Nejludov y, una vez sentado, éste se puso a examinar a las personas que estaban en la habitación.
Ante todo, su atención fue atraída por la visión de un joven enchaquetado, de exterior agradable, que hablaba, gesticulando con animación, a una mujer de cejas negras, de edad madura.
Más lejos, un hombre de edad, con gafas azules, inmóvil, tenía cogida por la mano a una joven con uniforme de presa y, sin hacer un movimiento, escuchaba lo que ella le decía. Un pequeño colegial, con uniforme escolar y de aire temeroso, en pie junto al anciano, no le quitaba ojo.
En un rincón, detrás de ellos, una pareja de enamorados. La muchacha era una jovencita rubia, bonita, de aire enérgico, los cabellos cortados muy cortos y ataviada con un vestido a la última moda; él era un guapo muchacho de rasgos finos, de cabellos ondulados, con chaqueta de cuero. Los dos charlaban alegremente mirándose con amor.
Más cerca de la mesa estaba sentada una mujer de cabellos grises, vestida de negro; evidentemente, una madre. Devoraba con los ojos a un joven tísico que llevaba también una chaqueta de cuero; ella trataba de hablarle, pero, ahogada por las lágrimas, no podía conseguirlo: empezaba una palabra y se detenía bruscamente. El joven tenía en la mano un papel con el que no sabía qué hacer y lo arrugaba con aire descontento.
Cerca de la llorosa madre estaba en pie una muchacha fuerte y bella de grandes ojos salientes, con vestido gris y una esclavina, que la miraba tiernamente y le acariciaba el hombro. Todo era hermoso en aquella joven: tanto sus grandes manos blancas y sus cabellos ondulados, cortados muy cortos, como su nariz y sus labios firmes; pero el principal atractivo de su bello rostro procedía de sus grandes ojos de oveja, castaños, bondadosos y francos. Los quitó del rostro de la madre en el momento en que entraba Nejludov, y sus miradas se cruzaron. Pero se volvió en seguida para continuar su obra de consuelo. No lejos de la pareja amorosa estaba sentado un hombre moreno, velludo, de rostro sombrío, que hablaba con cólera a un visitante imberbe que tenía aire de pertenecer a la secta de los castrados.
Nejludov, sentado cerca del director, examinaba con curio sidad aquellos grupos tan diversos.
Lo distrajo en su tarea un niño de cabellos cortados al rape que se acercó a él y le preguntó con una vocecita aflautada:
-¿Y usted a quién espera?
Esta pregunta asombró al principio a Nejludov; pero se sintió conmovido por el rostro reflexivo, los ojos vivaces y móviles del niño, y, con la mayor seriedad, le dijo que esperaba a una señora.
-¿Su hermana? -preguntó el pequeño.
-No, no es mi hermana. Pero, ¿y tú, con quién estás aquí? -¿Yo? Con mamá. Es "una política" -respondió el niño.
-¡María Pavlovna, llame a Kolia! -dijo el director, considerando sin duda como ilegal la conversación de Nejludov con el pequeño.
María Pavlovna, la hermosa muchacha de ojos de oveja, se enderezó en toda su alta estatura y, con paso firme, casi masculino, se acercó a ellos:
-Desde luego, le habrá preguntado a usted quién es, ¿verdad? -dijo ella a Nejludov con una ligera sonrisa, mirándolo con sus ojos confiados y tan sencillamente, que no podía dudarse que sus relaciones fueran con todos naturales, afectuosas y fraternales -.Es que quiere estar enterado de todo -continuó ella.
Y le sonrió al niño con una sonrisa tan dulce y tan tierna, que éste le sonrió en respuesta, mientras involuntariamente Nejludov hacía lo mismo.
-María Pavlovna, no tiene usted derecho a hablar a desconocidos; lo sabe muy bien- dijo el director.
Y, tomando en su gran mano blanca la manecita de Kolia volvió junto a la madre del joven tísico.
-Pero, ¿de quién es hijo ese niño? -preguntó Nejludov al director.
-De una detenida política. ¡Y ha nacido en la cárcel! -respondió el director con una especie de satisfacción como si hubiese indicado un fenómeno peculiar de su estableciento.
-Perdóneme, no sabría responderle sobre todas esas cosas. Por lo demás, he aquí a Bogodujovskaia.
LV
Vera Efremovna, pequeña, delgada, macilenta, cortados cortos los cabellos, entró en la habitación con su paso ágil, parpadeando sus grandes ojos sin malicia.
-Bueno, gracias por haber venido -dijo ella estrechando la mano de Nejludov -.¿Se acuerda usted todavía de mí? Sentémosmos.
-¡Oh, me encuentro aquí muy bien; tanto, que no podría desear nada mejor! -dijo Vera Efremovna.
Según su costumbre, clavaba en Nejludov la mirada de sus bondadosos ojos redondos y, mientras hablaba, no dejaba de girar en todas direcciones su cuello largo, delgado y amarillento, que salía del cuellecito sucio y arrugado de su blusa.
Habiéndole preguntado Nejludov el motivo de su encarcelamiento, empezó, con viva animación, un relato mezclado todo él de palabras extranjeras, hablando de propaganda, de organización, de grupos, de secciones, de subsecciones y otras divisiones revolucionarias, conocidas por todo el mundo, creía ella, pero que Nejludov oía citar por primera vez.
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